- mar 24, 2011 • 11:30h
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por Robert S. Boynton
La República Democrática de Corea es el verdadero arquetipo de una “sociedad cerrada.” Ocupa el último lugar —puesto 196 entre 196 naciones— en el índice de libertad de prensa de Freedom House. Al contrario que los ciudadanos de, digamos, Túnez o Egipto, por mencionar dos países cuyas poblaciones han usado el poder de las redes sociales para ayudar a derribar el poder político existente, pocos norcoreanos tienen acceso a Twitter, Facebook o YouTube. De hecho, excepto una pequeña élite, los veinticinco millones de habitantes de la República Popular de Corea no están conectados a Internet. Las televisiones sólo captan estaciones gubernamentales, las señales de radio internacionales son interferidas sistemáticamente y el fluido eléctrico no es de fiar. Las radios independientes son ilegales. Pero cada casa y negocio norcoreano está dotado con una radio controlada por el gobierno y conectada a una estación central. El altavoz viene con un control del volumen pero sin interruptor. En una nueva era sumergida por la información universalmente compartida —una edad de mensajes planetarios instantáneos y manifiestos sms— la República Democrática de Corea sigue siendo un resistente testarudo, un régimen con un control casi total de su narrativa nacional.
Dado su aislamiento, es aún más destacable que desde el 2004 se hayan creado media docena de organizaciones independientes en el noroeste de Asia para comunicarse con los norcoreanos —tanto para sacar noticias fuera del país como para llevar información potencialmente desestabilizadora. Estos rebeldes de la prensa tienen una estrategia de doble enfoque: integrar los métodos de la Guerra Fría (emitiendo noticieros en onda corta del tipo Voz de las Américas y recibiendo información tipo samizdat) y hardware del siglo XXI: chips SD, memorias de bolsillo, e-books, instrumentos de grabación miniaturizados y teléfonos móviles. Como en todos los proyectos de recopilación de información, sus principales activos son los humanos: una red de reporteros en Corea del Norte y China que despachan un torrente de informes, ya sea sobre las intrigas de palacio que rodean la elección del sucesor de Kim Jong Il, o sobre el precio de la harina en Wonsan.
Mantenido con presupuestos mínimos por desertores norcoreanos y activistas surcoreanos y japoneses, estos grupos están en el límite entre el periodismo y la defensa de los derechos. Las dos Coreas siguen en guerra, y ningún bando excluye del todo la censura, la desinformación y la propaganda abierta. Corea del Sur, por ejemplo, bloquea el acceso a los websites y las emisiones norcoreanas. Su Ley de Seguridad Nacional promete largas sentencias de prisión para cualquier actividad que el gobierno juzgue como pronorcoreana. El pasado noviembre, por ejemplo, su Tribunal Supremo mantuvo una condena de prisión para una mujer convicta de poseer música instrumental que tenía títulos que elogiaban el Norte. Sería inocente suponer que estas organizaciones informativas no están influenciadas por esas medidas. Pero no importa donde se sitúen en el espectro ideológico de Corea del Sur o si apoyan totalmente la línea dura contra Corea del Norte del actual presidente surcoreano, Lee Myung Bak, estas organizaciones informativas están ayudando a crear algo digno de encomio: un cuerpo de reporteros ciudadanos norcoreanos que practican un verdadero periodismo dentro del país.
Su trabajo es ilegal y extremadamente peligroso, y está dando resultados. En diciembre de 2009, por ejemplo, un reportero del Daily NK, un sitio web con base en Seúl, creó una situación embarazosa a Pyongyang al interceptar una copia del mensaje anual de Kim Jong Il, un documento crítico que marca el tono ideológico del año, antes de que apareciese en el periódico oficial norcoreano, Rodong Sinmun. Este pasado diciembre, Open Radio North Korea, una organización radial, dio en primicia la noticia de que un tren dirigido a Pyongyang con regalos de China para Kim Jong Un, el supuesto heredero, fue supuestamente saboteado y descarrilado, en uno de los varios actos esporádicos y normalmente no informados de resistencia que hubieran sido impensables años atrás.
La súbita disponibilidad de tanta información oportuna sobre lo que Donald Gregg, el antiguo jefe de la CIA y embajador estadounidense en Seúl, llamó el “más duradero fracaso informativo” ha sacudido el mundo de los expertos en Pyongyang. Hasta hace poco los expertos podían decir más o menos lo que querían sobre Corea del Norte porque nadie podía probar sus errores. Los lugares comunes, la información fabricada y los rumores han sido por largo tiempo moneda de cambio en este tema.
Hemos visto lo serias que pueden ser las consecuencias de esa información distorsionada —o de la falta de ella. Convencido por los expertos sobre Corea del Norte, en 2002, de que el régimen estaba “a punto” de colapsar, el presidente George W. Bush no vio ningún interés en negociar con Kim Jong Il, a quien de entrada despreciaba y con el que no estaba inclinado a pactar. No sólo el régimen norcoreano no se colapsó, sino que en octubre de 2006 hizo detonar su primera arma nuclear.
El impacto de estos nuevos grupos sobre el periodismo ha sido transformador. Rara es la historia sobre Corea del Norte que aparece en The New York Times, The Wall Street Journal, o The Washington Post que no haya salido, o sido confirmada antes por entes como el Daily NK u Open Radio North Korea. “La prensa internacional obtiene la mayor parte de su información de Corea del Norte de ellos,” declara Kim Young Sam, un editor de la más vieja revista surcoreana, el Chosun Monthly, cuya publicación hermana, el periódico Chosun Ilbo, regularmente cita sus historias. “Nadie más tiene los recursos, contactos y experiencia.” Incluso agentes del Servicio de Inteligencia Nacional surcoreano (la antigua KCIA) a veces contactan el Daily NK y otros grupos similares para pedir información.
No todo son fans. Esta primavera, el gobierno norcoreano expresó su enfado: “Nos ha sido confiado el dar una estricta advertencia en nombre de la República a aquellas organizaciones que estarán entre los primeros blancos de un severo castigo.” El anuncio se refería a las organizaciones noticiosas expresamente, y los expertos en Pyongyang se dieron cuenta de que la frase nos ha sido confiado indicaba que el mensaje llegaba directamente de Kim Jong Il. No eran amenazas en vano. La pasada primavera, dos espías coreanos haciéndose pasar por desertores fueron enviados a asesinar a Hwang Jang Yop, el oficial norcoreano de más alto nivel que ha desertado nunca a Corea del Sur. (Hwang murió, pacíficamente, de un ataque al corazón en octubre.) Y en enero de 2010, un obrero norcoreano fue ejecutado públicamente por un pelotón de fusilamiento por dar noticias por teléfono sobre el precio del arroz a alguien en Corea del Sur.
Alojado en el segundo piso de un desaprovechado edificio comercial que cualquiera puede encontrar, en una calle pequeña, ventosa, a pocas cuadras del Palacio Gyeongbokgung de Seúl, el Daily NK parece más un locutorio que una empresa internacional de noticias en crecimiento. Los editores se sientan en 17 cubículos grises que rodean la sala. Los teléfonos suenan y son contestados con un gruñido, colgados y redirigidos —la rutina del periódico para comunicarse con sus reporteros.
Uno de los fundadores del Daily NK, Park In Ho, pasa mucho tiempo reclutando y entrenando reporteros en la frontera norcoreana con China. Publicado en coreano, chino, inglés y japonés, su sitio web recibe 150.000 visitas al mes. Como una gran parte de las otras organizaciones noticiosas independientes, recibe fondos del National Endowment for Democracy, así como de otras ONGs y donantes privados. El Daily NK, como sus colegas, paga a sus corresponsales norcoreanos pequeñas cantidades mensuales (más por las exclusivas), y fondos adicionales que pueden usar para sobornar en caso de situaciones difíciles.
Park me contó como reclutó a uno de sus reporteros. “Me reuní con él en China a través de una ONG. Estaba graduado en la Universidad Kim Il Sung, así que estaba destinado a convertirse en un miembro de la élite. La primera cosa que me pidió fue que le ayudase a conseguir algo de dinamita, para poder volar a Kim Jong Il. Creía que todo en Corea del Norte cambiaría si lo mataba.” Pasaron tres meses juntos, hablando y leyendo libros sobre la historia del Nordeste de Asia. “Quería que comprendiese la situación en la región, y persuadirle no sólo de que el terrorismo era malo, sino de que no cambiaría nada.” El hombre es ahora un comerciante en Corea del Norte, y como su trabajo requiere constantes desplazamientos se ha convertido en uno de los corresponsales más valiosos del Daily NK.
Ha habido varios casos peligrosos. El 2008 un oficial de Seguridad capturó a uno de los reporteros del Daily NK cuando cruzaba el río hacia China. El reportero había grabado en secreto conversaciones con funcionarios del Partido, y llevaba tres memorias portátiles llenas de archivos de audio. Corea del Norte acababa de lanzar varios misiles de prueba, el reportero y sus contactos estaban discutiendo la reacción internacional.
Tal y como había ensayado con Park, el reportero le dijo al oficial que era sólo un eslabón en una operación más amplia. Estaba entregando las memorias a un pariente en China que vendería la información a los periodistas y le daría su parte. Puedes sobornar prácticamente a cualquiera en Corea del Norte, al parecer, a menos que haya algo sobre Corea del Sur o materiales religiosos de por medio. Si el oficial descubría que el reportero trabajaba para el Daily NK, lo podía enviar a un campo de trabajo o incluso ejecutarlo. El reportero sugirió que el oficial llamase a su pariente en China para confirmar la historia.
Park trabaja siguiendo un protocolo estricto. Lleva varios teléfonos móviles, cada uno asignado a un reportero distinto, y están de acuerdo en comunicarse sólo en algunos momentos de ciertos días. Cualquier llamada no convenida es motivo de sospecha. Así que cuando su teléfono sonó, Park contestó con su mejor acento chino coreano. El oficial asumió que estaba hablando al pariente del reportero y pidió cinco mil dólares para dejarlo ir. Después de intercambiar varias llamadas, el soborno fue pagado y el reportero liberado (aunque sin las memorias). Sin embargo el oficial se dio cuenta de que había encontrado algo bueno, y trató de enrolar a Park como socio comercial. “Me llamó cada día durante un mes, como un acosador. Quería comerciar con drogas norcoreanas. Él me las mandaría, yo las vendería y dividiríamos las ganancias” —cuenta Park.
Otras de las fuentes de alto nivel de Park es la viuda de un funcionario del partido que cree injustamente purgado. Está resentida y da a Park la información que recibe de sus hijos —muchos de los cuales tienen empleos gubernamentales— durante viajes que hace a China. Vive cerca del Mar Amarillo y a veces lo cruza con los pescadores locales. En un viaje, el pesquero fue abordado por una patrulla naval norcoreana. El único lugar donde esconderse a bordo era entre las capas de pescado y hielo almacenadas en las bodegas del barco. Escapó sin ser detectada pero casi se congela. Park pagó por una estancia de dos meses en un hospital chino, y cuando ella se recuperó le dijo: “No se preocupe por mí. Soy demasiado vieja para volverme a casar, así que mi apariencia no cuenta.”
A finales de los noventa, apareció una atrevida estrategia para usar videos y completar la información recogida a través de entrevistas en Corea del Norte. Para saber más sobre esto, viajé a Osaka, Japón, para reunirme con Ishimaru Jiro, de 48 años, un hombre pequeño, serio, con una perilla cuidadosamente recortada, que trabaja para Asia Press International, un consorcio de periodistas independientes famosos por su cobertura de las zonas de guerra en Afganistán, Irak y otras partes del Oriente Medio. Durante los últimos 12 años, sus reporteros en Corea del Norte han rodado buena parte del metraje más dramático que haya salido nunca de ese país.
Ishimaru comenzó a viajar a la frontera chino-norcoreana en los noventa, entrevistando refugiados, grabando video y escribiendo. Dos veces entró a Corea del Norte legalmente, y otra vez empleó un pasaporte chino falsificado. Un día de 1998, Ahn Chul, uno de los jóvenes que habían ido de un lado a otro de la frontera, le hizo una extraordinaria propuesta: “¿Por qué corres tantos riesgos filmando videos aquí?” preguntó. “Dame una cámara y filmaré dentro de Corea del Norte.”
Ishimaru le dio un entrenamiento rudimentario de videofotografía y una cámara escondida en una bolsa de la compra. Fijaron una fecha para encontrarse tres meses después. El metraje que Ahn trajo fue sorprendente: niños sucios, descalzos, buscando comida, recogiendo restos de maíz de entre el estiércol de vaca. Con ojos vacíos, los niños le dijeron al entrevistador que sus padres habían muerto y estaban sin hogar y solos. El metraje fue repartido por todo el mundo.
El experimento fue tan exitoso que Ishimaru comenzó a entrenar a otros aspirantes a reporteros, empleando los repletos mercados chinos para enseñarles cómo filmar en secreto. Ahora Ishimaru se reúne en China con sus reporteros que viven en Corea del Norte cada pocos meses para recoger y ayudarles a editar sus cintas.
¿Cómo pudo un país tan cerrado volverse lo suficientemente poroso como para apoyar tanta recopilación de noticias por activistas del Sur? La respuesta nos devuelve al colapso del comunismo a finales de los ochenta, que privó a Corea del Norte de los subsidios del Bloque Oriental de los que había dependido para mantener a su pueblo. A mediados de los noventa, una serie de inundaciones arrasó varias cosechas y desembocó en una hambruna que finalmente mató un estimado de un millón de norcoreanos, o cerca del 5% de la población. El sistema de reparto de comida gubernamental colapsó, y la gente que había dependido del mismo por cincuenta años no supo qué hacer. Muchos murieron de hambre. Otros, a pesar de grandes peligros, cruzaron a China en busca de comida. El número de desertores que pasó de China a Corea del Sur —antes no superaba unos pocos al año— se multiplicó por diez entre 1998 y 2002.
Una vez que esos desertores norcoreanos cruzaban a través de los ríos Yalu o Tumen, se sorprendían al ver que incluso el chino pobre tenía mejores estándares de vida que ellos. La comida era abundante. Y los chinos se hacían cada vez más ricos.
El hambre estimuló la aparición de mercados al aire libre en Corea del Norte. Comenzaron a aparecer tras la muerte de Kim Il Sung en 1994. La gente lo bastante afortunada como para cultivar pequeños lotes de terreno vendía su producción extra. Estallaron disturbios cuando la policía trató de cerrar los mercados, así que el gobierno decidió mirar hacia otra parte. A medida que los mercados se extendían, pronto se convirtieron en lugares en los que uno podía comprar no sólo arroz sino también copias piratas de culebrones surcoreanos y electrodomésticos usados.
La extensión de ese comercio dio a Ishimaru otra idea. ¿Podían las fuerzas del mercado ser usadas no sólo para conseguir información sino también para meter de contrabando sus videos? Él y sus colegas comenzaron con un video sobre la era de Kim Il Sung. Su contenido ideológico era sutil: alabando las décadas en que la vida era buena y la comida abundante, criticaba de forma implícita la actual era de Kim Jong Il, en que ninguna de las dos cosas existía. El video fue editado en Japón y enviado a China, donde se grabaron algunos cientos de copias. Los comerciantes de la frontera se sintieron felices de conseguir mercancía gratuita y en pocos días los discos eran comprados y vendidos en mercados a lo largo del país.
Del otro lado de la frontera, a medida que los chinos se enriquecían, cambiaban sus walkman y computadoras baratas por iPods y computadoras con discos duros de mayor capacidad y grabadores de DVD. ¿Y qué hizo un billón de chinos con sus cosas viejas? Vendérselas a sus vecinos pobres. (Un estudio-encuesta del 2009 encontró que el 58% de los norcoreanos tenían acceso regular a radiocasetes con radio incorporada, y que el el 21 % veían videos en reproductores de DVDs.) La confluencia de esos desarrollos creó una gran apertura periodística; justo cuando desertores en cantidades sin precedentes sacaban más información de Corea del Norte, la extensión de los mercados y la tecnología de segunda mano creaban un conducto para conseguir más información. Como los expertos en Corea del Norte Stephan Haggard y Marcus Noland informaron en un estudio reciente basado en sus encuestas entre refugiados, “no sólo la prensa extranjera se volvió disponible de una manera más amplia, también declinaron las inhibiciones sobre su consumo.”
El gobierno norcoreano siempre ha sido ambivalente con respecto a la tecnología. A pesar de su doctrina filosófica y guía de “autosuficiencia” (Zuche), ha dependido de sus vecinos a la hora de entrar en la era de la información. Sus videos oficiales en YouTube, Twitter y Facebook están registrados en China. Hasta finales de los años noventa, todas las llamadas internacionales pasaban por Beijing o Moscú. Y las pocas conexiones a Internet del país pasan a través de una conexión a través de la frontera con Unicom de China.
No son más de un millar de investigadores y altos funcionarios norcoreanos los que tienen acceso a Internet. La mayor parte de los ciudadanos norcoreanos depende para informarse del portal de Intranet Kwangmyong (“Estrella brillante”), que facilita acceso a noticias censuradas y documentos oficiales, y tiene un servicio rudimentario de e-mail. Lanzado el año 2000, Kwangmyong está basado en una versión japonesa del Microsoft Windows. Se puede acceder al mismo en las universidades y oficinas gubernamentales, así como en el casi un centenar de cibercafés a los que los jóvenes de las ciudades más grandes acuden para jugar y mirar videos.
Poseer computadores es legal, aunque deben estar registradas con las autoridades locales. La mayor parte de las computadoras, que generalmente funcionan con software pirata de Microsoft, llegan de China. La unica compañía que fabrica computadoras en el país, Morning Panda, produce apenas unas 10.000 al año. Si las computadoras son raras, las impresoras lo son más aún. Están vigiladas de cerca debido a su potencial para reproducir documentos contra el régimen. De forma similar a los ciudadanos se les prohíbe tener máquinas de fax, que pueden ser encontradas únicamente en las oficinas de correos y negocios. Mandar un fax requiere de la aprobación de un empleador de alto nivel. Los teléfonos móviles, tanto legales como ilegales, se han convertido en una realidad únicamente durante los últimos cinco años.
La radio es el principal medio a través del cual el régimen se comunica con sus ciudadanos y es, por muchas razones que incluyen patrones históricos de uso, la tecnología elegida por los medios de prensa exiliados. Algunos buscan audiencias específicas. North Korea Reform Radio, fundada el 2007, dirige un mensaje a favor del mercado libre a los burócratas del gobierno (recientemente lanzó al aire una serie de 44 episodios sobre la liberalización económica de China); North Korea Intellectual Solidarity, o NKIS, un híbrido entre grupo de debate y organización noticiosa, se concentra en la intelectualidad (“La parte más baja de la sociedad es demasiado ignorante y tiene el cerebro lavado, y las élites son de la línea dura,” declara su fundador, Kim Heung Kwang).
Gran parte de la programación tiene un carácter claramente social. Voices of the People de la Free North Korea Radio incluye entrevistas con norcoreanos, cuyas voces son digitalmente alteradas antes de ser radiadas de vuelta a su país. NK Reform Radio entrevista desertores que ahora viven en Corea del Sur. Algunos son incapaces de adaptarse a la sociedad surcoreana, y su ambivalencia respecto a su nuevo hogar que se deduce de sus comentarios, evidencia por sí misma su recién encontrada libertad de expresión.
El tema que más interesa a los surcoreanos en la dinastía reinante en el país: el fundador Kim Il Sung, su hijo Kim Jong Il, y su presunto heredero, Kim Jong Un. Muchos de sus súbditos saben poco más que la idealizada historia de los Kim, preparada por los centros de propaganda del estado. Se sorprenden cuando se enteran de que Kim Jong Il nació en Rusia y no el mítico monte Paektu; los coreanos son socialmente conservadores y están desagradablemente sorprendidos por el hecho de que haya tenido varios hijos con otras mujeres aparte de sus esposas.
Los editores no han perdido el tiempo y han creado una serie de programas centrados en los Kim. Open Radio North Korea retransmite un drama original llamado 2012, cuyo título se refiere al muy anticipado centenario del nacimiento de Kim Il Sung. Comienza con la premisa con de que Kim Jong Il ha sido inhabilitado por un segundo ataque al corazón, e imagina lo que Corea del Norte puede llegar a ser en un futuro próximo. Radio Free Chosun ha dramatizado varias memorias sobre la familia gobernante, incluyendo una del chef de Kim Jong Il. E incluso NK Reform Radio se ha metido en la acción con un drama original titulado “¿Qué comió Kim Jong Il durante la Gran Hambruna?”.
La apuesta es que una mezcla de diversión y noticias resulta más estimulante que emisiones que se centren en el hambre o los abusos contra los derechos humanos (cosas de las que la mayor parte de los norcoreanos ya están al corriente). La evidencia sugiere que esos programas funcionan. En sus encuestas de refugiados norcoreanos, Haggard y Noland encontraron una clara correlación entre el “consumo de prensa extranjera” y “mayores declaraciones negativas sobre el régimen y sus intenciones.” Kim Seong Min, el fundador de Free North Korea Radio, acredita su propio despertar a los programa de radio de onda corta. Como oficial de propaganda norcoreano, a veces oía las radios ilegales que confiscaba. Una noche oyó un programa surcoreano que contradecía muchos de los mitos que rodeaban la familia Kim. Tras algo de investigación, descubrió que las emisiones eran veraces. Se preguntó si era una mentira todo lo que le habían enseñado. No pasó mucho tiempo antes que desertase.
Sin duda, North Korea Intellectual Solidarity es la organización que ha reflexionado más sobre el papel de la tecnología. Sus reporteros está equipados con teléfonos móviles surcoreanos más que chinos, porque NKIS piensa que sus protocolos codificados son más difíciles de seguir para la inteligencia norcoreana. No satisfechos con comprar grabadoras y videos normales, NKIS usa material hecho a la medida, cuyas baterías y tiempo de grabación son supuestamente superiores. Mi petición de ver uno fue (elegantemente) rechazada.
El énfasis del grupo en lo técnico viene de su fundador, Kim Heung Kwang. Kim era un profesor de computación en la Universidad Tecnológica de Hamhung, una rama del ejército norcoreano. Parece una década más viejo que sus 51 años cumplidos, y tiene el semblante ojeroso de alguien que ha caído en desgracia frente a las autoridades. En Corea del Norte, educaba a los estudiantes para carreras como ingenieros o soldados. Los mejores eran reclutados por las unidades de hackers de elite del ejército, que supuestamente interrumpieron los websites de los gobiernos surcoreano y estadounidense en el 2009. Dos de sus antiguos estudiantes desertaron recientemente y ahora trabajan con él en el NKIS.
La facilidad de Kim para la tecnología le costó problemas en el Norte. “Tenia varios e-books que conseguí en China. La fuerza nacional de seguridad me detuvo por poseerlos,” me cuenta. Los libros eran del tipo inocuo, sobre todo títulos motivacionales del tipo del Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie. “No eran libros contra el régimen, ¿así que por qué eran un crimen?” pregunta ácidamente. “Vi que no había ningún tipo de esperanza en el sistema norcoreano. Comencé a soñar con irme a cualquier lugar donde pudiera leer libremente lo que quisiera.” Kim desertó el 2003 y llegó a Corea del Sur un año después.
Una de las primeras cosas que el equipo de Kim creó fue un e-book llamado Ventana a la aldea global. Una introducción a Corea del Sur y el resto del mundo, cargado con videos, música, fotos y archivos de voz. El lápiz de memoria de tres gigabytes tenía espacio extra, así que añadió un programa de matemáticas para los niños, un programa de adivinación del futuro para adultos y un montón de herramientas para computadoras.
Kim alcanza su bolsillo y me muestra uno de sus lápices de memoria especialmente programados. Se leerá como “vacío” cuando se enchufe a una computadora, por si acaso cae en las manos de un guardia fronterizo. Cuando el usuario conocedor (o desprevenido) haga doble click sobre el logo el programa se desplegara e instalará un archivo llamado “Welcome World” en su computadora. (Algunos de los que le respaldan objetan estas técnicas subrepticias de distribución, temiendo que pueden poner en peligro a gente inocente). Y luego está la opción de autodestrucción. “Lo preparamos para que se borre a sí mismo después de un mes, o después de determinada cantidad de descargas,” explica Kim, alzando uno de sus lápices de memoria. “Incluso si te pillan leyendo el e-book, la seguridad nacional no podrá seguirlo. Después de todo puedes decir que cuando lo recibiste pensabas que estaba vacío.”
Dado el control que el régimen norcoreano mantiene sobre la información, la misión de esas organizaciones subversivas puede parecer quijotesca —un acto de fe tanto como de periodismo. De todos los comunicadores de onda corta que toman por blanco a Corea del Norte, el más pequeño es Shiokaze (“brisa del mar” en japonés), una estación creada por la Comisión de investigación de los japoneses perdidos probablemente en relación con Corea del Norte, o COMJAN. A finales de los años setenta, Corea del Norte comenzó a raptar al azar ciudadanos japoneses de las playas y parques, y a mantenerlos cautivos en Piongyang durante el cuarto de siglo siguiente. Sus familias asumieron que se habían escapado o muerto. El por qué habían sido precisamente raptados nunca estuvo claro, aunque lo más probable es que tuviera que ver con entrenar espías. Incluso el número exacto de raptados es desconocido. En la cumbre del 2002 con el Primer Ministro japonés Junichiro Koizumi, Kim Jong Il confesó haber secuestrado trece japoneses, cinco de los cuales seguían vivos (y fueron devueltos rápidamente a Japón). El gobierno japonés insiste que por los menos fueron secuestrados diecisiete, y se niega a creer que los otros han muerto. Desde el tercer piso de un edificio de apartamentos que es cualquier cosa menos lujoso, cerca de la estación de ferrocarriles Iidabashi de Tokio, el COMJAN defiende la causa de los secuestrados no oficialmente reconocidos por el gobierno japonés y confía en llegar hasta los mismos a través de sus emisiones de radio.
El día que le visito, Araki Zazuhiro, un profesor de estudios coreanos y presidente del COMJAN, está sentado en la pequeña cabina radial de conglomerado, leyendo noticias sobre las recientes negociaciones de armas nucleares para uno de las dos emisiones diarias en onda corta de Shiokaze. Cuando acaba, nos sentamos en una mesa de conferencias y tomamos un poco de té. Araki dice creer que más de cuatrocientos japoneses han sido secuestrados y que los secuestros continúan incluso hoy en día. Como con otros muchos noticieros en onda corta, Corea del Norte a menudo intercepta la señal de Shiokaze. Shiokaze regularmente cambia la frecuencia, pero el Norte enseguida localiza la nueva, y la interfiere.
Mientras el Daily NK y otros medios ocasionalmente interactúan con sus oyentes, Shiokaze opera en un vacío virtual. Aparte de los cinco japoneses liberados el 2002, no se ha vuelto a oír hablar de ningún otro secuestrado. Comienzo a hablar renuentemente del tema: ¿tiene Araki alguna prueba de que alguien en Corea —secuestrado o no— ha oído alguna vez la emisión?
Araki y su productor consultan entre sí. “Bueno, oímos una vez sobre un estudiante de secundaria que fue capaz de captar el programa en Pyongyang, pero no estamos seguros de ello,” dice. Después de más té, Araki se disculpa y regresa a la cabina. Es casi medio día y necesita acabar otro segmento en lengua coreana antes de que el programa de la tarde cruce por encima del mar y a Corea del Norte.
* Publicado originalmente en The Atlantic, abril de 2011. Traducción exprés de Juan Carlos Castillón.










Un amigo de la escuela de periodismo y becado en el edificio de malecon me conto que en los 80 habia norcoreanos becados alli tambien. Me contaba que eran como robots de lo lavado que tenian el cerebro, pero poco a poco se fueron destapando. Por ejemplo iban al cine y se empujaban la misma pelicula hasta tres y cuatro veces cuando habia un desnudo en alguna escena. Uno de ello, mi amigo me contaba, un dia no aguanto mas y empezo a usar jeans, T-shirts y popis que compraba en el mercado negro. Y tambien hacia sus negocios porque podia entrar en la dipotiendas. Me dijo que un dia el susodicho se aparecio con un punk y el pelo tenido con agua oxigenada. Al otro dia lo fueron a buscar unos oficiales de la embajada y mas nunca se supo de el. Cuando preguntaban por el a los otros norcoreanos cambiaban el tema rapidisimo.
ese pais esta peor que cuba en cuanto a dictadura, sabra dios cuantos crimenes les hace el dictador ese norcoreano a su pueblo por dios.
Este artículo es interesantísimo.
No sabía que las nuevas tecnologías fuesen usadas tan eficazmente para romper el monopolio informativo en Corea del Norte.