- feb 26, 2011 • 01:38h
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Tuve un ejemplar de Los ingenios de Cuba de Cantero y Laplante. Las mudanzas y los cambios de país me lo hicieron perder —es increíble cuantos libros he perdido así… Se trataba de un volumen editado por Moderna Poesía, pequeño y cuadrado, de 22 por 22 centímetros, pocas páginas —una treintena—, bien presentado, encuadernado en tela y con sobrecubierta. Se trata de un libro de grabados, que reproduce algunas láminas del texto original que llevó en su día ese mismo título.
El original, del siglo antepasado, no era ni pequeño, ni cuadrado, ni, en muchas ocasiones, un libro propiamente dicho. Tal y como me contó un viejo cliente, se trataba de una serie de láminas (32) que los compradores encuadernaban por su cuenta por lo que no es imposible, pero si raro (y caro), encontrar láminas sueltas. Creo que no existen dos volúmenes exactamente iguales. El de la Moderna Poesía no corresponde en sus dimensiones al original y reproduce en su formato el de otra obra muy posterior, Cuba: Economía y Sociedad, de Leví Marrero, donde algunas de esas láminas fueron incluidas —en el volumen X, si no recuerdo mal.
Se trata pues de un libro sobre Cuba, editado y distribuido en Miami por una compañía norteamericana que es continuidad de otra compañía cubana. Es un libro que ha sido comprado en muchos casos como complemento de otra obra. Un pequeño volumen de treinta y pocas páginas puede servirme así de pretexto para una serie de consideraciones. Sobre Cuba, sobre Miami, sobre Leví. ¿Quién fue Leví Marrero? ¿Qué importancia tiene su obra? ¿Cómo se llevó a cabo ésta? ¿Por qué un libro editado en Miami lo ha sido por una editorial que lleva un nombre habanero?
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Leví Marrero fue un hombre encantador y un gran profesor. En Cuba fue autor de una Geografía de Cuba con la que aprendieron varias generaciones de alumnos, reproducida también por la Moderna Poesía, y, ya en el exilio, de numerosos estudios sobre economía cubana. Fue también el hombre que recuperó en los archivos españoles numerosos textos perdidos del periodo colonial. Me lo imagino a veces como profesor de instituto, un trabajo que ocupó por largo tiempo y sé que, por torpes que pudieran ser, sus alumnos debían salir de aquel instituto mucho más sabios.
Hace unos años escribí en una necrológica que Aguilar León que era un hombre bueno y sabio, y ahora me toca repetir esas palabras con Leví. En ambos casos sé que nadie me contradecirá. Leví era un auténtico erudito y un hombre sistemático y trabajador que se hizo a sí mismo y se dio, al salir de Cuba, la tarea de reconstruir sin ayuda, prácticamente en solitario, la historia colonial de su país, desde el descubrimiento hasta la guerra de 1868. Para Leví, o al menos en su obra, la Colonia culminaba con aquella primera guerra frustrada de independencia, aunque España tardase treinta años más en irse, aunque la corona ganase, o al menos no perdiese, aquella primera contienda; la Cuba posterior a la Guerra de los Diez Años ya no era española aunque todavía no fuese independiente.
La obra principal de Leví, Cuba: Economía y sociedad, tiene quince volúmenes y es una historia de la Isla a través de sus documentos. No es sólo, aunque sí en gran parte, una laboriosa recopilación de datos (en la que se superponen las cartas personales, los mapas, documentos oficiales, las listas de inversores, los estados de cuentas y las estadísticas de producción) hasta entonces perdidos, olvidados, ignorados o dispersos, que una vez reunidos nos dan una imagen de la historia de Cuba. Una imagen nueva, distinta: Cuba tal y como fue vista, contada o fabulada por sus protagonistas.
El primer volumen sitúa a Cuba en su excepcionalidad insular. El último volumen habla de los prolegómenos de las guerras de independencia, de los abolicionistas y los autonomistas y hace crónica de las expediciones de Narciso López, aunque en portada no aparezca López sino Céspedes en la Demajagua.
Al final de la obra, Leví publicó un volumen adicional dedicado a los apellidos cubanos, Cuba: Isla abierta, donde aparece el origen de los apellidos que ahora se consideran “cubanos” a pesar de sus orígenes franceses, escoceses, irlandeses o griegos. Es interesante ver como apellidos como Kindelán u O’Farrill pasaron de una isla, Irlanda, a otra, y cómo llegaron a Cuba como soldados de la corona, como otros tantos gansos salvajes irlandeses acogidos por las banderas de la Casa de Borbón.
La conquista y población de la isla, la Cuba anterior a la llegada del azúcar, ocupa la primera parte de la obra, entre los volumenes dos y ocho. Aunque realmente creo que es la segunda parte, agrupada bajo el título de Cuba: azúcar e ilustración (volúmenes nueve al catorce), la más importante. Esos tomos cubren la Cuba española posterior a la independencia del resto de las Américas, esa colonia que llegó a facilitar por sí misma más rentas a la Corona que el resto del Imperio perdido en tierra firme. El retrato de esa Cuba no se corresponde con el de una isla tropical y soñolienta bajo el sol del trópico, sino que es el de una sociedad vital, mercantilista, avanzada con respecto a su tiempo en más de un aspecto, decididamente despierta y viva. La Isla más rica del mundo gracias a su virtual monopolio del azúcar, un producto para el que en aquel momento no existían substitutos y del que no se conocían los efectos colaterales. La provincia más rica y, a menudo, más leal, de España entre 1830 y 1868.
Julio Lobo, el magnate azucarero, tenía razón, tal vez no toda la razón pero sí mucha razón, cuando decía que sin azúcar no hay país. Algunos de estos volúmenes demuestran que sin azúcar tampoco hay historia de Cuba. Fue el azúcar lo que dio a La Habana Vieja su forma definitiva, la que fortificó su puerto y al mismo tiempo la que logró que la ciudad sobrepasase las viejas murallas, la que construyó en La Habana el Teatro Tacón, después Nacional —y ahora creo que Federico García Lorca—, y trazó la primera línea de ferrocarril de España entre La Habana y Güines.
Y esos quince volúmenes, esa inmensa fuente de datos e información no fue reunida por un equipo de estudiantes, dirigidos por un grupo de académicos, dotados de cuantiosos fondos por parte de una Universidad, o un centro oficial o casi oficial, sino juntados por una sola persona, que no solo reunía los textos y los reelaboraba, buscaba la bibliografía, las ilustraciones y llegaba incluso a paginar los volúmenes, sino que además pagaba por ellos, por la bibliografía y hasta por la edición. Levi pagaba por sus libros, por sus viajes, recuperaba en persona los datos, revolvía los archivos, bibliotecas y librerías hasta reunir la que fue probablemente la mejor biblioteca privada referente a la Cuba colonial. Y pagaba por esos libros haciendo otros libros, de texto.
Leví no era tan sólo un erudito, era un gigante.
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Los Ingenios de Cuba son un testimonio de aquella riqueza y el perfecto complemento de la obra de Leví. Una isla menos rica no hubiera atraído a tantos extranjeros como aparecen en Cuba: Isla abierta, ni se hubiera podido permitir los ingenios representados por sus láminas. Según Leví, el original había sido el libro más bello de la historia de Cuba.
La belleza no es necesariamente sinónimo de bondad. Los ingenios cubanos, ya se sabe, fueron elementos decisivos de la economía de la Isla, pero también el lugar que consagró la mano de obra esclava.
Las láminas del libro son de dos tipos: visiones generales de los centrales y vistas de sus salas de máquinas. Por un lado, una visión del campo cubano que se ajusta a lo que esperamos del mismo; del otro, unas sorprendentes imágenes de maquinarias enormes que nos muestran que estamos frente a un proceso de refinado industrial. Hay calderas, grandes calderas de vapor, carros moviéndose sobre carriles metálicos, estructuras de varios pisos que no tienen nada que envidiar a las estructuras industriales inglesas de aquel mismo siglo. Estamos frente al retrato de un complicado proceso químico-industrial, en el que la mano de obra, como anticipando lo que pasaría un siglo más tarde en otros países, en otras industrias, es mano de obra esclava. De alguna manera, aquella parte de la Cuba española del siglo XIX nos concede, por obra de su economía esclavista, un triste pronóstico de lo que serán las relaciones laborales en algunas dictaduras totalitarias del siglo XX.
Si la esclavitud siempre ha sido mala, que podremos pensar de la esclavitud industrial.
Cuando pensamos en la esclavitud en las Américas —hablo como español— solemos pensar en las largas filas de esclavos algodoneros del Sur de los Estados Unidos, recogiendo el algodón mientras cantan algo parecido a un spiritual. Desde hace generaciones, la memoria visual de los occidentales, no importa donde hayamos nacido, nace en los Estados Unidos. En Europa nadie piensa en la Casa grande y la senzala brasileñas, o en el central azucarero cubano. (Eso es tan cierto que hasta la primera edición española del Capitán de cimarrones de César Leante, publicada por Argos Vergara a principios de los años ochenta, tiene en portada una plantación algodonera del Sur de los Estados Unidos a pesar de transcurrir en la parte oriental de Cuba.) En cualquier caso la esclavitud que aparece en la memoria colectiva rara vez es industrial, es agraria y deja suficiente espacio para la fabulación e incluso la idealización. Un espacio que desaparece ante estas láminas hermosas y terribles.
Lo cierto es que la llegada del azúcar supuso un antes y un después en la historia de Cuba, pero también de la esclavitud en la Isla. Los esclavos pre-plantacionales, menos numerosos que los de la Cuba azucarera, vivían en pequeñas parcelas, lejos de sus amos, dentro de unas familias que los Códigos Negros de la corona no permitían, al menos en principio, separar; más o menos evangelizados, viviendo todas sus vidas al servicio de un mismo amo, liberados a menudo en los testamentos de sus amos. No era raro que los esclavos de la Cuba anterior al azúcar muriesen de viejos. La Cuba preplantacional conoció de los cabildos de negros libres, de libertos que ocuparon distintos terrenos de la economía local dentro del comercio y el artesanado, e incluso de unidades de la milicia local compuestas por “pardos y morenos”, según la denominación de la época.
Todo eso desaparece con la llegada del azúcar desde Haití. Es difícil viendo a Cuba hoy creer que en su día fuera la isla más rica del mundo, pero más aún pensar que antes ese título le correspondió a Haití. En cualquier caso, lo único que llegó de Haití no fue el azúcar sino también la desconfianza hacia el negro esclavo, y por extensión también hacia el libre. No más milicias de “pardos y morenos” para el rey. El azúcar transforma también el trabajo esclavo. Llega el barracón con sus controles de entrada y salida. El vararon que es el complemento perfecto de la sala de máquinas retratada en Los ingenios aunque no aparezca en sus láminas.
Así se hizo la “civilización cubana”. Detrás del Teatro Tacón estaba el dinero de Pancho Martí, traficante de esclavos. Entre los inversores del primer ferrocarril entre La Habana y Güines esta Pedro Blanco, el negrero, —que no va aquí en cursiva porque es una persona, no la novela de Lino Novás Calvo.
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Los ingenios de Cuba lo publicó la Moderna Poesía en Miami. Muchos acusan a los miamienses a la vez de carecer memoria histórica y de ser excesivamente nostálgicos y tratar de vivir en el pasado. Conociendo a muchos exilados de todo tipo, siendo algunos de mis abuelos exilados republicanos españoles, tengo que decir que ambas posturas no son necesariamente excluyentes. El exilado vive en la nostalgia y la nostalgia, perdónenme lo pedestre del apunte, es algo que a veces gana con la falta de memoria real.
Lo cierto es que la topografía de Miami está llena de de lugares que reproducen una topografía ajena, que recuerdan otros lugares de otro país: una Bodeguita del medio, una Esquina de Tejas, un Floridita, una Casa de los Trucos, una Funeraria Rivero y un Gato Tuerto —que en Miami es tienda de licores y no bar.
Hubo también una Moderna Poesía que durante largo tiempo fue la principal librería de Miami como antes lo había sido de La Habana. De alguna manera los topónimos cubanos se han superpuesto a la geografía local. No es la primera vez que eso pasa. También los nombres norteamericanos se superpusieron a los indígenas, hasta que de los indígenas no quedaron sino algunos, pocos, nombres llegados de los indios tequesta: Miami, Tamiami, Hialeah, Opalocka.
Había desde luego una gran diferencia entre ambas. He visto el edificio original de la Moderna Poesía de La Habana en fotos, un bello edificio Art Decó que ni siquiera la incompetencia y la desidia de más de medio siglo han logrado destruir.
Sería tentador decir que los dueños de la segunda Moderna Poesía eran nostálgicos. Sería también falso. Detrás de esa voluntad de reconstruir en tierra extraña una nueva librería con el mismo nombre de la original, de recuperar tantos clásicos de la educación cubana, como los libros de matemáticas de Baldor o la Geografía de Cuba de Leví, yo no veo nostalgia, veo constancia. Veo también la voluntad de no rendirse, de no integrarse, de decirle al nuevo país que por agradecido que se esté se sigue perteneciendo al otro, a pesar de haber pasado media vida fuera. Veo también la voluntad de decirle a la cultura oficial de la Isla que puede ser la oficial pero no la única: los libros de Baldor predatan al castrato, la que es probablemente la mejor historia de la Cuba colonial, la de Leví, se ha hecho al margen de la historiografía oficial.
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A Leví le encantaban los libros y a pesar de sus conocimientos sabía ser amable con sus libreros —lo sé por experiencia propia— y atender a sugerencias. Le encantaba ver nuevos libros, comentar la obra ajena e incluso recomendarla. Poco después de acabada su obra, Leví vendió su biblioteca. Era demasiado grande para un hombre solo. La compró —sigo hablando de memoria— la Universidad de Miami, la Biblioteca Otto Richter. A pesar de ello pasó poco después por la librería en que yo trabajaba y me compró un nuevo libro, recuerdo que sobre demografía cubana y emigración en el siglo XIX.
De una de sus visitas, me queda una anécdota que ahora comparto. Leví, ya lo he dicho, había juntado su propia bibliografía libro a libro. A veces había tenido que sacarlos de viejos archivos, otras veces había tenido que ir a los sitios más improbables. Uno de ellos tuvo que comprarlo en Andorra, un territorio independiente entre España y Francia que ahora vive sobre todo de la ausencia de impuestos sobre el alcohol, pero que en tiempos de Franco servía de librería para aquellos que viviendo en España querían leer autores izquierdistas. Debió ser a principios de los años setenta. En 1972, el mismo año que Leví publicó el primer volumen de su obra, Ruedo Ibérico, una editorial izquierdista española que editaba en Francia, publicó un pequeño volumen de ensayos económicos de dos autores, Juan y Verena Martínez Alier, que llevaba el mismo título de la obra de Leví. Él mismo era además citado en la bibliografía de los Alier así que no le quedaba más remedio que comprarlo y se fue a Andorra. Llegó, vio, compró, sin problemas… Al menos hasta su regreso a España, en cuya frontera se topó con la Guardia Civil, que aquel día estuvo particularmente amable.
El agente sacó el pequeño volumen de portada blanca del equipaje del doctor Marrero y éste, que ya conocía los problemas de Ruedo Ibérico en España, se explicó. “Mire, soy un historiador cubano exilado y necesito este libro para mi trabajo.” El guardia civil contestó algo así como “Señor, yo le creo. Pero tengo órdenes de que por esta frontera de Ruedo Ibérico no pasa ni una novela de Corin Tellado”. A lo que Leví le dijo, como último argumento “es que me citan en la bibliografía” y le enseñó la parte del libro en el que se citaba su obra. El guardia civil confrontó el nombre del autor del libro citado con el pasaporte del autor, sopesó la peligrosidad de un pequeño volumen de textos de economía que ni siquiera tenían que ver con España y decidió en pocos segundos… “Venga, adelante… pero no le diga a nadie que le he dejado pasar.” Más de veinte años después Levi suponía que ya no le pasaría nada a aquel guardia por haberle dejado pasar el libro, o eso nos dijo con una risa de buena gente. Reímos todos. Era un hombre que a pesar de la edad y del exilio tenía todavía la risa de un niño. Fue la última vez que le vi en persona.
Después de eso todavía pude venderle, aunque por correo, algunos otros libros. Haber acabado su gran obra no había acabado con su curiosidad o sus ganas de aprender. Después murió en Puerto Rico y pude leer sus esquelas, que coincidían en lo básico: había sido un gran historiador y un gran educador. El próximo 10 de marzo se cumplirá un año más desde su muerte y aunque a destiempo yo también quiero recordarlo.
Juan Carlos Castillón
Barcelona








Gracias, Nilda, lo mismo para usted desde una nublada Barcelona…
Gracias:
Me alegro tanto haber encontrado el articulo de JCC sobre Levi Marrero y tambien el comentario del Sr. Echerri. Como me encanta la lectura les dire que he disfrutado y aprendido de los dos. Me hubiera gustado mucho haber visto el libro de Justo Germán Cantero y tambien el de Levi.
Hoy en Miami Beach hace un dia precioso y con el cambio de la hora podremos gozarlo aun mas. Aqui saboreando un cortado, les envio a Barcelona un rayito de sol.
Buen dia, Nilda
estudie Geografia en la primaria de mediados de los 50, y hace algunos meses recordando con uno de mis amigos de infancia, el me decia “te acuerdas de “Los tramos”, y es que eran muy nombrados y aquella curiosa forma de estudiar Geografia, recuerdo perfectamente el de Punta de Hicacos a Punta de Maternillos, todos los accidentes de esa costa, y yo me pregunto, si esa forma de estudiar a nuestra Isla por tramos de la costa es la referencia al libro de Levi Marrero.
De nuevo tiene razón el que me corrige… aunque en mi descargo tengo que decir que el proyecto completo era LA HABANA/GÜINES, y es a ese proyecto al que se refiere el libro EL CAMINO DE HIERRO DE LA HABANA A GÜINES. PRIMER FERROCARRIL DE IBEROAMERICA
(http://www.todocoleccion.net/el-camino-hierro-habana-guines-primer-ferrocarril-iberoamerica~x16844824), aunque el primer trayecto acabado fue el que corría entre La Habana y Bejucal, inaugurado un año antes que el trayecto Bejucal-Güines…
En esta página puede verse más informacion al respecto
(http://www.spanishrailway.com/capitulos_html/caminodehierrodelahabanaaguines.htm)
Que recuerde el primer tramo de ferrocarril fue Habana- Bejucal y no Guines como dice el articulo.
Tuve alguna vez, no sé si cortadas limpiamente del ecuadernado o vendidas sueltas desde su impresión, algunas láminas de la primera edición de Los ingenios de la Isla de Cuba, efectivamente publicados en la fecha y formato que señala el señor Echerri. Opino que el señor Castillón ha hecho un excelente trabajo, mucho más allá de las reseñas al uso, y exagera cuando pide repetidas disculpas por un error que, pienso es más una omisión bibliográfica que error, y en nada devalúa su magnífico trabajo, tan disfrutable como necesario. Esperamos con gusto su próxima entrega.
Coño JCC, que tronco de homenaje a ese gran ser humano y educador que es Levi Marrero; muchas gracias. Tengo un viejo tomo de su Geografía de Cuba, editado por Minerva Books en 1966. Para esa época él era profesor en el Colegio Regional de la Universidad de Puerto Rico en Humacao, PR.
Saludos,
MI
Duante largo tiempo Los Ingenios de Cuba estuvo agotado y no tuve de éste sino la visión obtenida hablando con mis clientes. Así no llegué a ver del libro, sino algunas laminas sueltas. Y a conocer del mismo sino las historias que me hicieron un par clientes.
Hace años que no soy librero y he perdido bastante de vista algunos libros, sobre todo aquellos que siendo ediciones o coediciones casi oficiales rara vez se ven en las librerias comerciales de Barcelona… Numerosos libros editados o coeditados oficialmente, al margen de su valor parecen no exitir para el público, como si fuera más fácil editarlos que distribuirlos… es lo que tiene editar sin tener que preocuparse por cubrir gastos…
Es pues evidente, y me alegro, que el Señor Echerri tiene mejor información que yo sobre ese libro. Y se lo agradezco.
Yo no llegué a conocer en mis tiempos sino ese librito al que me refería. Y es cierto que no le hace justicia al original, pero es que nunca trató de hacersela o de sustituirlo sino tan sólo de ser un complemento a esa otra obra que sí llegúe a conocer: el “Cuba Economía y Sociedad”.
Dentro de su modestia tengo que salir en defensa de esa edición de la Moderna Poesia, que permitió en un momento en el que era difícil acceder al original o publicar una edición sin duda cara del mismo, ver algunas de las láminas y recuperar parte de una memoria histórica largamente perdida. Creo ese pequeño volumen, dignamente editado, era un bonito regalo y un buen recordatorio de lo que Cuba fue en su momento.
Lamento que la información que sirve de base a parte a mi artículo no fuera correcta,..
Agradezco como siempre la corrección de los errores, de mis errores, y espero que las equivocaciones propias no impidan apreciar la obra ajena, en este caso de Leví Marrero.
Aprovecho este error para hacer notar de nuevo la diferenciai entre la obra de Levi y la de los editores modernos de Los Ingenios. Levi hizo una obra comparable a la de Cantero sin tener una fortuna propia equivalente a la de aquel, y la editó sin tener el apoyo de una entidad oficial, como sí han tenido los editores de la nueva edición de Los Ingerios. Y decir esto no quita ningún valor a nos nuevos editores, sino que se lo da a Marrero. Si es de agradecer esta nueva edición, que trataré de conseguir, o al menos ver, tanto más fue de agradecer tanto el trabajo de un erudito independiente como Marrero como la edición de un pequeño editor local, trabajando tanto el uno como el otro sin el aparato de un estado respaldando su trabajo.
Gracias de nuevo.
jcc
El libro Los ingenios de la Isla de Cuba del hacendado Justo Germán Cantero,ilustrado por Eduardo Laplante no sólo es un libro desde que se editó en 1857, sino un libro de gran formato (35 x 24.13 cm) y bastante más de 300 páginas, de los que sobreviven algunos ejemplares. De esos originales he visto dos o tres en mi vida, el último en posesión de María Luisa Lobo, que se conservaba en bastante buen estado. Hacia fines del siglo pasado, estos ejemplares de la edición original se valoraban aproximadamente en $30.000; precio que, por lo menos, debe haberse duplicado desde entonces.
En 2005, los editores Luis Miguel García Mora y Antonio Santamaría García, con el auspicio de los ministerios españoles de Fomento y Educación y Ciencia, además de otras fundaciones, produjeron una edición facsimilar, precedida por algunos ensayos de algunos especialistas contemporáneos. Yo adquirí uno de estos ejemplares en la librería Universal de Miami, donde el autor de este artículo trabajó durante unos años. Desde luego, la edición de La Moderna Poesía, que no conozco, no creo que le haga justicia —al menos desde el punto de vista gráfico— a esta obra.
Como bien dice Cantero en su Introducción, los exquisitos grabados que Laplante empezó haciendo de algunos de los ingenios del hacendado trinitario, convencieron a éste de “lo conveniente que sería una obra en donde figurasen las fincas principales de Cuba y por este medio dar a conocer los adelantos y esfuerzos que impenden los agricultores para seguir la marcha universal del progreso”.
Cantero fue uno de esos adelantados inversores, y uno de los primeros, si no el primero, en introducir la máquina de vapor en la industria azucarera cubana.