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Belle époque, porteña

  • feb 19, 201107:43h
  • 13 comentarios

Penumbra, velas encendidas, aceite tibio sobre mi cuerpo, manos fornidas apretándome los muslos y hundiéndose por las rendijas de mis costillas. No soy tan osada como para obedecer a todos mis deseos carnales porque quién sabe el tipo de consecuencias que tendría que afrontar. Y además, no podía pasar por alto tan fácilmente que aquel hombre que me daba un masaje tendría cuando mínimo setenta años y lucía tan pequeño e indefenso como un duende perdido en una aldea de gigantas en celo. Pero sentí fugazmente un antojo, quería que me indagara un poco más allá de lo establecido por el tratamiento terapéutico, y hasta llegué a pensar que se atrevería. Pero el momento de lujuria culminó con un beso en la frente y un discreto “namasté” que yo agradecí, después de todo.

Hay algo en Buenos Aires que incita un sentimiento irreverente entre lo nostálgico y lo erótico, algo así como una decadencia sobrecogedora que llega a provocar asfixia, locura y necesidad. Es una ciudad sensual; sí, eso es, muy sensual. Tal vez es la cantidad de carne que se consume, chorreando sangre. Los tangos de amor y desamor, los paseos por Puerto Madero después de un almuerzo al aire libre; el río a las espaldadas, a veces atormentado y a veces suave como un ensueño. Me pierdo por las calles con sus farolas de hierro forjado. Entro a un café y enseguida saben que no soy de ahí. Les gusta mi acento, aman todas las cosas que vienen de mi país, por más mierda que éste sea. Un taxista locuaz me conversa acerca de su mujer y sus hijos, de sus estudios universitarios y su posición política, que de ahora en adelante debo adoptar porque según cuenta él es de los que ilumina con esas cosas. Me dice, además, que el River y el Boca se van a enfrentar pronto y la ciudad será esclava tanto del ganador como del perdedor. Me invita a un asado en su casa el día del partido, por supuesto. Cada vez que se da la vuelta abandona el timón y mientras suelta carcajadas me toca las piernas con su manota áspera y un poco sucia. Pienso que me va a atracar, pero no, sólo hace contacto como cuando uno habla con un amigo y a veces le roza levemente el hombro o un brazo por un puro instinto de espontaneidad.

Me siento bien en Buenos Aires. Quisiera, tal vez, si pudiera, vivir allí, o al menos pasar largas temporadas. Se juntan y se potencian la mayoría de los elementos esenciales que me agradan de una ciudad, excepto que el mar se encuentra lejos —aunque no tan lejos. La gente es bellísima, tal parece que ha sido sometida a un estricto casting para poder habitar en la capital, que como todas las ciudades medianamente civilizadas de Latinoaméricano, bordea sitios horrendos y deprimentes. Los porteños son personas algo arrogantes pero extremadamente amables, animadas, alegres y desdichadas a la vez. Son sarcásticos y criticones, explotan ante el más mínimo desencanto. Son de buen comer, de hacer ejercicios, de leer y discutir, de viajar y dejarse abandonar a los placeres simples de un día cualquiera. Son versátiles y hacen muchas cosas en una misma jornada. La moda es imprescindible, la vitalidad de la juventud, también. Hay una inyección de vida en todo aquello, y es precisamente eso lo que más me atrae.

Como si nada tuviera más importancia en la vida que un bocadito de miga y un café durante el ocaso. Como si comenzara un nuevo día dentro del mismo día. Las patinetas balacean las aceras. Los señores van orondos, con sombrero y bastón. Las viejitas andan de la mano, como en los tiempos de antes, con alguna cartera vintage de piel y un moquero floreado con el monograma de sus iniciales. Faldas que besan las rodillas, abriguito con botones de perlas, cabelleras recogidas en un moño que reposa en la nuca y va guardado bajo un pañuelo de tela, también de otros tiempos. Se sientan en una mesa de madera oscura y noble a oír música. El bandoneón, sí, pero a veces también entran en escena las voces gloriosas de grandes óperas y música clásica. Hay vitrales imponentes en todos esos locales, altas ventanas y puertas, pisos de lozas coloridas, vasos y copas de otro mundo. Entre el humo y el tintineo de los hielos persistentes, las viejitas ríen con complicidad. Seguro han acudido a ese sitio desde que eran amigas del colegio y entonces pedían un té acompañado de alfajores, antes que la vida las envolviera en sus marañas.

¿Es acaso esta ciudad un punto en París o una esquina de Londres, con boludos desdentados y engreídos? Hay de eso y de todo un poco. Hay Europa y hay América, hay chorizos y hay olores urbanos. Lo que no hay es frijoles, nada de frijoles. Es más, esa es como una palabra inexistente que uno hasta puede llegar a olvidar. Hay algo, incluso, de La Habana, sólo que no sé qué es.

Después de sus meriendas la gente sale a la calle, curiosea las vitrinas, va al gimnasio o a dormir una siesta, a reponerse porque más tarde, mucho más tarde será la hora de la cena, y eso es todo un acto cultural.

Voy al teatro, al cine, a los parques. Los anaqueles de las librerías permanecen atiborrados de nombres desconocidos para mí, y me paso horas descubriendo ese mundo sureño, raro. Ensarto un café con otro, un vino con una empanada de Doña Tota. ¡Qué ricas son esas empanadas hechas al momento! Y ni siquiera están entre las diez mejores de la ciudad, según me cuentan. La última vez que estuve en Buenos Aires pasé por allí de camino al aeropuerto y me las iba comiendo desesperadamente, quemándome la lengua, embarrándome de grasa y salsa de tomate, viendo la ciudad pasar y vibrar ante mis ojos tristones, porque ya entonces supe que mi suerte me conduce siempre en una dirección opuesta a esa ciudad en la que tanto he querido y de la que me enamoré desde la primera vez.

Grettel J. Singer
Miami

13 respuestas
Comentarios

  • Te escribo porque conozco Buenos Aires como la palma de mi mano, que crecí allí en tiempos pretéritos. Me encanta que te encante esa mi media ciudad. Si te miran como extranjera es que ponés cara de extranjera, es decir mirás para adentro antes de entrar. La próxima entrá así nomás y decí, !hola a todos! No te contestarán todos pero ya verás que son/somos más iguales que los demás. ¿Te has dado un paseito por La Boca? ¿Has visitado los bares donde se baila tango? De seguro allí te encontrarás a alguien que te de un masaje en forma, porque nos encantan las cubanas, buenos las mujeres tropicales. Pero no te confiés, los argentinos temen amar, les da miedo enamorarse y son/somos un poco brutos por lo de posesivos. Me supongo que fuistes a Buenos Aires por la Feria del libro. ¿Qué tal? ¿Te topaste con los robotizados de izquierda? Intentan quitarnos la libertad de pensamiento, pero no nos dejamos robar.
    Un beso, que se te ve muy bien y enterita

    Carlos
    cmedinarebolledo@yahoo.se

  • Oscilaciones dice:

    Si, interesante.
    Vale la pena esperar para leerte algo por la red, aunque ahora parece ser, que lo haces p’or partida doble.
    A mi me gustría escribir por aqui,
    ¿a quién tengo que sobornar?
    Saludos

  • MIxha dice:

    Siempre me ha gustado tu escritura y la direción que lleva tiene los elementos precisos para llevarte a sentir lo que nos cuentas, excelente, besos

  • Precioso, Grettel. Siempre se agradecen tus escritos.
    Un beso.

  • the airy touch of a stranger, mamisela, could lead to good things… mmm, noto un estilo nuevo, más compacto. oraciones cortas, adverbios escuetos, nada de -mentes –que tanto estorban–, palabrería suelta, ágil… me gustó esta crónica, pero ando confusa por qué nadie ha comentado sobre lo linda que te ves con esos shortcitos blancos… ja, dale, pedalea por las vías abiertas del coño sur…

  • YC dice:

    También hay algo de Buenos Aires en tí, y ya voy conociendo lo que es.

  • arleen dice:

    A mi tambien me fascina BAIRES….

  • Osvaldo Fructuoso dice:

    Gracias por tu cronica,amo BsAs tan intenso como si fuese el primer amor,es mi ciudad……son mi gente…el Sur existe a pesar de todo…gracias por escribir…….te beso….OF.

  • Miguel Iturralde dice:

    ¡Regio! Fui hace 21 años y pienso que permanece igual en muchos aspectos, según Grettel escribe aquí. La ciudad y su gente son un espectáculo. Cierto que al entrar a una confitería o restaurante, la gente cala a uno con cierta mezcla de arrogancia y curiosidad, como diciendo “estos no son de por acá”. Saludos.

  • Amigo y Lector dice:

    Excelente, Grettel, una de nuestras mejores escritoras ya. La leo con enorme placer. Siempre.

  • Anónimo dice:

    Pretty, pretty.

  • anil contractor dice:

    Grettel …………..gracias por tu escrito. Si tuviera el dinero me daba una vuelta por Buenos Aires. Volemos en alas de la imaginacion. Por que la Yuma esta dura. Pero quien sabe? En otros tiempos me compraba una mochila y dejaba todo atras. Hoy dia el tiempo es inclemente. Goza mientras puedas. Es lo que uno se lleva. Cuidate amor.

  • Fernando dice:

    Hermoso, me ecanta la frescura y la pasión por las cosas simples de la vida con que escribe Grettel, gracias por transportarme de aquí esta mañanita de sábado.