- ene 06, 2011 • 17:39h
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Desde hace muchos años he vuelto a celebrar el Día de Reyes, la fecha del calendario litúrgico en que se recuerda la visitación de los Reyes Magos al niño Jesús, y con la cual culminan en los países de tradición católica los festejos navideños.
Aunque reconozco que Santa Claus es un viejito simpático, de risa contagiosa y gran habilidad para volar en trineo y deshollinar chimeneas no obstante ser tan grueso, me resulta un advenedizo vulgar en comparación con los tres Reyes Magos, que andan gravemente a lomos de camello con un vasto séquito de criados y palafreneros y que no tienen necesidad de trepar por los tejados como ladrones, sino que entran cargados de regalos por las rendijas de las casas transformados en humo o en hormigas; si bien, la mayoría de las veces, los padres les abren las puertas mientras sus hijos duermen y les obsequian dulces, así como agua y pasto a sus cabalgaduras.
Por supuesto, los Reyes Magos son mucho más exclusivos que Santa y sólo traen regalos a los niños, del mismo modo que llevaron regalos al niño Jesús hace poco más de un par de milenios. En los países donde aún pervive esta tradición, los adultos pueden intercambiarse regalos en Navidad o Año Nuevo; pero los Reyes no se ocupan de ellos; tan sólo de los niños, y de los niños buenos. A los niños malos o desobedientes los Reyes les dejan saquitos de carbón o hacen que sus juguetes se tornen en carbón o en ortigas al ir a tocarlos. Este último rasgo de severidad no encuentra mucho asidero en el relato bíblico, donde estos viajeros solamente se atrevieron a engañar al rey Herodes, y por elementales razones de seguridad personal.
El Evangelio no dice tampoco que los que siguieron la estrella para encontrar al Cristo fueran reyes ni fueran tres. El relato bíblico habla de “magos”, en el sentido de sabios o astrólogos que, orientados por una estrella, vinieron “del Oriente” para adorar al Mesías recién nacido. Si nos atenemos a los detalles de esta narración, los visitantes eran una suerte de astrónomos itinerantes que procedían de lo que es hoy Irak o Irán (hay una tradición que los hace venir de un fabuloso país aún más remoto que puede confundirse con la China) y que hicieron este largo recorrido hasta Israel para celebrar el nacimiento de un niño judío: un viaje de buena voluntad que, 20 siglos después, nos parecería del todo inconcebible.
Estos magos, luego de torpes indagaciones que les llevaron al palacio de Herodes el Grande, a quien, sin proponérselo, dieron la pista del Mesías infante, (lo que tuvo como secuela, según el Evangelio, la matanza de los inocentes y la huida de la Sagrada Familia a Egipto) llegaron hasta la cuna del recién nacido con tres regalos: oro, incienso y mirra. Estos tres regalos que, según la tradición mesiánica, simbolizan el triple ministerio de Jesús —su exaltación real, su oficio sacerdotal y su muerte expiatoria— dieron pie a la creencia de que los donantes eran tres, y posteriormente, basándose en un pasaje del profeta Isaías (60:3), a que no sólo eran magos, sino también reyes. Habrían de pasar mil años antes de que la Iglesia, por boca de San Anselmo, Arzobispo de Cantórbery en el Siglo XI, bautizara a estos tres personajes con los nombres de Melchor, Gaspar y Baltazar.
Sin embargo, desde el punto de vista del mensaje cristiano, lo más importante de estos personajes no era su condición de magos o de reyes, sino de extranjeros, de “gentiles”, es decir, de no judíos, lo cual resalta que el mesianismo hebreo había traspasado ya las fronteras de su cultura y se proclamaba una religión universal. El recién nacido no es sólo el que “salvará a su pueblo de sus pecados”, como anunciara el ángel a los pastores la noche de Navidad, sino también “la luz para alumbrar a las naciones”. De aquí por qué a la visitación de los reyes magos también se le conoce como la fiesta de la Epifanía o de la manifestación; en la cual Jesús, el Mesías de Israel, se da a conocer a los otros pueblos del mundo representados en las personas de los ilustres visitantes.
En la Cuba colonial, la fiesta del Día de Reyes tenía un cierto aire carnavalesco, pues en esa ocasión se permitía que los negros lucieran sus atuendos típicos y sonaran sus tambores rituales, una fiesta que, muy transformada, pervivía de algún modo en la célebre “parranda de pitos”, que todavía tenía lugar en la noche de Epifanía de mi niñez.
Esa noche siempre la he de recordar como la más hermosa y emocionante de la infancia. La expectativa de los niños no se mezcla, como aquí, con otras celebraciones religiosas, cenas y conciertos de Navidad, sino que se reserva exclusivamente para ellos al término de una temporada de continuos festejos. En la duodécima noche —que Shakespeare inmortalizara en Twelfth Night— llega el momento de los regalos de los niños traídos por estos tres fabulosos personajes que se han conservado por tantos siglos en la memoria de la cristiandad.
Se dice que los restos de los auténticos tres Reyes Magos se encuentran en la catedral de Colonia, templo que está bajo su advocación. Por puro azar, visité esa catedral un 6 de enero, cuando las reliquias de los reyes magos son expuestas a la veneración pública, y sentí la tristeza de quien visita la tumba de familiares entrañables asociados a lo mejor de la infancia.
Es muy dudosa la autenticidad de estas reliquias que se conservan en la catedral alemana, ni pruebas hay de la existencia histórica de tres sabios que viajaran en busca de Jesús guiados por una estrella “en días del rey Herodes”. Pero de niños era lindo imaginar la visita anual a nuestras casas de estos tres imponentes personajes con sus camellos, y creer oír, en el silencio de la noche de Epifanía, el sonar de sus cencerros prodigiosos, mucho más auténticos y venerables que los cascabeles de los ciervos voladores de Santa Claus.
Vicente Echerri
Nueva York
Ilustración: “La Adoración de los Reyes Magos”, de Andrea Mantegna (J. Paul Getty Museum).







Gracias Ernesto por este artículo de Echerri sobre la Noche de Epifania
Señor Echerri, esta la belleza en el mito, esa que Carpenter habla del hombre moderno que ha perdido la religion, y que lo ha llevado a la desacralizacion de la Navidad. Visité España y puedo decir que la Navidad que conoci alli en los 80 no es ni espejo del ayer, pobre de los pueblos que confunden modernidad con espiritualidad, gracias por la evocacion esa que solo los magos hacen anidar en nuestra mentes, recuerda que el Mesias trae un mensaje para todos no solo para el pueblo elegido, recuerde que el limpia el templo de falsos sacerdotes en fin, que la verdad nos hara libres.
¡Magnífico artículo! Igualmente que los demás comentaristas guardo agradables recuerdos del Día de Reyes. La anticipación en la noche de la víspera, cortando yerba para ponerla en una cajita junto a un recipiente con agua, todo un rito, y la alegría al abrir los regalos y constatar que no era un saquito de carbón.
Al amigo santiaguero, en algunos pueblos de la región central de Puerto Rico, país donde resido, todavía se realizan las cabalgatas y las parrandas de trovadores que van de una vivienda a otra.
¡Feliz Día de los Santos Reyes Magos!
Saludos, MI
muy lindo el escrito de Echerri
Yo recuerdo que en mi niñez, en Santiago, nos llevaban nuestros padres a ver la Cabalgata anual que, con alguna que otra carroza subía por la calle Aguilera y frente al Parque de Céspedes, los tres Reyes Magos a caballo (a falta de camellos) luciendo sus reales vestiduras y coronas repartían desde sus corceles caramelos a los niños.
Excelente, Vicente, este texto es encantador, viéndote hacer chiquillerías en la “parranda de pitos”
Tu fiel lector.
Precioso articulo!! Para mi, tambien el 6 de enero es de grata recordacion. Con cuantas ansias preparabamos la hierbita, haciamos las cartas y nos ibamos a dormir con el corazon palpitante, deseando que amaneciera para abrir los regalos que como “ninas buenas”, mereciamos.
Ojala que esta hermosa tradicion sea recobrada algun dia.
Saludos, J.
Muy bonito y emotivo este escrito de Vicente Echerri El Bueno.
Y exquisito tambien el oleo que lo acompaña.
Feliz Dia de Reyes a todos.