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Wikileaks evoluciona

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    Editor Jefe
  • dic 04, 201021:42h
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por Raffi Khatchadourian

Este verano, cuando Wired.com informó que Wikileaks estaba en posesión de decenas de miles de comunicados internos del Departamento de Estado, Julián Assange, el fundador de Wikileaks, inició lo que podría llamarse un pequeño acto de diplomacia pública. Wired había identificado a una de sus fuentes confidenciales, un analista militar de bajo rango, llamado Bradley Manning, que había confesado en privado a un hacker haberle dado a Assange “260.000 comunicados del departamento, procedentes de embajadas y consulados de todo el mundo.” La revelación puso a Wikileaks en una situación difícil —como a cualquier otra organización informativa. ¿Cómo iba Assange a responder esa historia siendo fiel a la verdad, pero sin comprometer su fuente ni confirmar la sustancia de la compleja filtración masiva que aún no estaba listo para publicar?
Como Henry Kissinger dijo en una ocasión. “A veces el arte de la diplomacia es el mantener lo obvio a oscuras.” Assange se negó a reconocer que de alguna manera Manning hubiera dado nada a su organización, y el 7 de junio Wikileaks hizo una declaración en Twitter: “Los alegatos en Wired de que se nos han mandado 260.000 comunicaciones clasificadas de embajadas estadonunidenses son, por lo que podemos decir, incorrectos.” Sabemos que esta declaración era cierta en lo concreto pero falsa en su significado. Esta semana, Wikileaks ha estado publicando parte de 252,287 comunicados del Departamento de Estado (no 260.000), y ha declarado que poco más de la mitad de los mismos estaban en realidad desclasificados. Un periódico convencional se hubiera negado a hacer un comentario; las declaraciones engañosas, incluso si son técnicamente ciertas, pueden dañar el más importante activo de cualquier organización informativa: su credibilidad. En una organización como el New York Times, por ejemplo, el producto final, una noticia, es elaborado por muchos empleados, reflejando en la investigación, la escritura y edición de una noticia, y en su calidad como conjunto, a la institución como un todo. Pero Wikileaks, como mayorista de la información, saca su credibilidad de materiales crudos que otra gente ha creado, de su habilidad para investigar y manejar la información y del anonimato que garantiza a los que filtran esos materiales. Sus documentos y videos, en su mayoría, hablan por sí mismos.
La filtración de es esta semana, sin precedentes por su tamaño, ha llevado a un legislador republicano a intentar provocar que la Administración Obama declare a Wikileaks organización terrorista. Esta es una idea extrema y equivocada —Assange no usa la violencia para favorecer un objetivo político— y resulta de alguna manera irónica porque, en cada sucesivo proyecto, Wikileaks parece comportarse cada vez más como una organización de comunicación de masas convencional. Me encontré con Assange esta primavera en Islandia y pasé algún tiempo con los voluntarios de Wikileaks que trabajaban en un video llamado “Asesinato colateral,” y Assange enfáticamente no quería tomar contacto con el ejército americano antes de la emisión del video. En una filtración subsiguiente, los llamados Diarios de guerra afganos, las organizaciones informativas que habían tenido acceso previo a los miles de informes de campo que Assange había obtenido, fueron capaces de comunicarse con funcionarios del gobierno antes de la fecha de embargo de Wikileaks, y Assange hizo un esfuerzo —lamentablemente imperfecto— por ocultar documentos que identificaban a informantes militares que habrían podido sufrir represalias violentas. En los Diarios de guerra afganos, publicados el pasado mes de octubre, Wikileaks protegió la identidad de las personas de forma más pensada y lograda. Wikileaks comenzó a redactar los documentos antes de colocarlos en línea.
Con los mensajes de las embajadas americanas, Assange contactó personalmente al Departamento de Estado. El 26 de noviembre, escribió al Embajador estadounidense en el Reino Unido, y declaró, “Wikileaks agradecería que el gobierno de los Estados Unidos nombrara de forma privada algunas instancias específicas (números de referencia o nombres), allá donde considere que la publicación de información puede colocar a individuos concretos frente a un riesgo significante no preexistente.” Assange incluso indicó —sin ironía aparente— que “Wikileaks respetará la confidencialidad del consejo dado por el gobierno de los Estados Unidos y está dispuesto a considerar cualquiera de esas sugerencias sin demora.” Es innecesario decir que la Administración Obama declinó su oferta y demandó la devolución de todos los comunicados. “No iniciaremos una negociación respecto a la publicación o diseminación de materiales clasificados del Gobierno Estadounidense, obtenidos ilegalmente,” respondió un abogado del Departamento de Estado, a pesar de que el gobierno parece haber iniciado negociaciones similares con el New York Times, respecto a la entrega por parte del periódico de un conjunto de esos mismos cables.
La sugerencia de la Administración Obama de que Wikileaks ha actuado ilegalmente es cuestionable: todos los medios de prensa a menudo manejan documentos clasificados. (Según los precedentes legales, es típicamente el que filtra, no el editor, quien infringe la ley en tales casos.) De la misma manera, el alegato de la Secretaria de Estado Hillary Clinton de que esta filtración en concreto amenaza la seguridad nacional tiene todo el aspecto de una hipérbole. Aún así Assange no debe ver en la falta de voluntad del Departamento de Estado de negociar con Wikileaks un tótem del estatus independiente de su organización, sino como un problema que requiere solución. Es posible comprometerse con gobiernos democráticos de forma constructiva sin someterse a los mismos, y a largo plazo conviene a los intereses de Assange ser capaz de hacerlo eventualmente. Wikileaks necesita evolucionar hacia una institución más estable, con protocolos coherentes que puedan acomodarse a situaciones en las que lo justo e injusto no estén claramente trazados, como a menudo pasa, sin diluir el centro de la misión de Wikileaks: desenterrar las malas acciones y dar a los denunciantes genuinos un lugar seguro. Como muchas cosas iniciadas en Internet, Wikileaks parece estar en un confuso estado transicional de crecimiento, pero al contrario que, por ejemplo, Facebook, Wikileaks tiene un margen de error muy pequeño para crecer de forma efectiva. Cuando Mark Zuckerberg se equivoca, debe enfrentarse a clientes molestos con la configuración de su seguridad. Los errores de Assange tienen implicaciones mucho más serias.
Desde su creación, Wikileaks se ha concentrado en “la filtración de grandes masas de documentos intrazables.” Este es un fenómeno nuevo, con el que Assange y la prensa convencional debe contar. Los Papeles del Pentágono eran una filtración masiva, pero de alguna manera conformaban una sola obra de historia y análisis. Las filtraciones más recientes de Assange suman miles de informes inconexos pero relacionados. Son filtraciones de bases de datos. Y sugieren la obra de un tipo distinto de informante: alguien cuyo objetivo no es revelar un simple abuso (y que puede incluso no estar completamente familiarizado con todo el material que entrega), sino más bien abrir el trabajo interno de un sistema complejo y cerrado, para que el mundo juzgue su moralidad. Una filtración que Assange planea publicar implica decenas de miles de documentos de un gran banco americano. “Serán reveladas algunas flagrantes violaciones, prácticas no éticas, pero también todas las estructuras que apoyan la toma de decisiones y el ethos ejecutivo interno que surge de ellas, y eso es tremendamente valioso,” declaró recientemente a Forbes. “Como en los diarios de guerra de Irak, habrá una masa de incidentes casuales dignos de mención, pero el principal valor es ver el espectro completo de la guerra, Puede llamarlo el ecosistema de la corrupción.”
La filtración de la base de datos, aunque pretendía revelar el ecosistema de la conducta dentro de una institución particular, también crea un efecto cegador o distorsionador al colocar mucha información disponible de forma simultánea. Supongamos que Assange hubiera decidido fraccionar la base de datos de comunicaciones del Departamento de Estados e irla soltando en pequeños desarrollos —sin empaquetarlos juntos, bajo el nombre de “Cablegate,” ni anunciar grandiosamente que representaban un simple hallazgo de 251.287 documentos, sino con el numero total oscurecido, y con los fragmentos más embarazosos escogidos y revelados en una serie de varias partes a lo largo de, digamos, un periodo de veinte meses. Supongamos que el 22 de diciembre, hubiera una pequeña noticia en el Times sobre algunos comunicados de Turquía, y el 12 de marzo de 2011, apareciese una nota en el papel sobre varios cables de Arabia Saudita. ¿Parecería eso el trabajo de un anarquista —como un columnista llamó recientemente a Assange—, un acto de espionaje o terrorismo, o simplemente noticias?

[Este artículo fue originalmente publicado en The New Yorker. Traducción de Juan Carlos Castillón.]

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