castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

castrismo

PD en la red

Del poder y lo grotesco

  • oct 11, 201020:18h
  • 10 comentarios

¡Merdre!, exclama el Rey Ubú a la entrada del espectáculo. Y sólo los que están sentados en platea, los que contemplan la puesta en escena —desde sus cómodos butacones de espectadores— pueden reír la farsa.

Ahora el Ubú cubano ha vuelto y aquellas reflexiones fantasmáticas que aparecieran en los editoriales de la prensa vuelven a tener un cuerpo, descarnado y macilento que las represente. La sintaxis ubesca añade un plus de impudor a esa imagen que regresa con las huellas del submundo. Y todo es disparate en la resurrección. Pero a pesar del absurdo —o precisamente porque se trata del absurdo— el rey Ubú ha vuelto para bromear sobre su pacto con el diablo y su fuerza de superhéroe de cómics. El grotesco se reproduce en la fértil tierra de la desesperanza.

En un breve fragmento de Los anormales, Michel Foucault esboza lo que para él es un procedimiento fundamental en la constitución redoblada y arbitraria del Poder, desde los imperios romanos hasta las formas de gobierno fascistas: cuando, más allá de todo límite de análisis o conveniencia, el Poder sustenta su potencia, su insoslayable fuerza, en lo grotesco. El poder grotesco: la imagen ubesca de quien se sabe personaje desmesurado, loco sin bridas, payaso de un orquestado circo, bufón suicida…, y aún así, en el delirio de la farsa, somete a todo un pueblo a sus alucinaciones.

Es el mecanismo que funciona como legitimación de una autoridad incuestionable; desde Nerón, extasiado ante su arpista favorito, haciéndolo tañer hasta el desfallecimiento, o Franco, el hombrecillo semicastrado y con voz insegura; pasando por la mano temblorosa del Führer encerrado en su búnker como en una temporada en el infierno, o por la senilidad de quien, con voz de sabio, habla de la URSS después de más de una década de su desaparición y revuelve miedos ancestrales como si tuviese en sus manos los hilos del destino del mundo, mientras las superpotencias traman la Tercera Guerra Mundial…

El poder que se pretende absoluto, va imponiendo su majestas a través de esta especie de ridiculización propia, que en realidad se trata de una imposición de ese plus de poder que hace que lo ridículo deba ser aplaudido y obedecido. El poder se afianza en la autoridad risible. Es una ley básica que extraemos de los refranes de las abuelas: “El jefe es jefe aunque se mee en la cama”. El acto ridículo no lo demerita; por el contrario, lo reafirma. Paradojas de la dominación. Y el Comandante en Jefe pretende seguir siendo Jefe —a pesar de que decline con taimada modestia su actual autoridad—, aunque sea un Coma andante. Lo que convierte en tristemente poderoso a este Poder es que todos los “súbditos” reconozcan el despropósito y aún así se vean obligados a obedecer, y poco puedan hacer para destronarlo.

Que sea bautizado por la burla popular como una especie de zombi no significa que ya no tenga poder; significa que aún cuenta como poder, como si con esta apelación su imagen diese un último coleteo en lo grotesco: es un muerto-vivo político que, sin embargo, habla ante la Asamblea Nacional de diputados; proyecta su sombra de ‘aparecido’ en leyes y vaticinios, y lo que es peor, amenaza con retomar las bridas del absurdo… En este caso, lo grotesco y lo abyecto se dan la mano. Nada hay más abyecto que un ser en transición, que un hormigueo inestable entre lo que se es y no se es, más aún cuando las dos posibilidades son extremos excluyentes —abyecto, precisará Kristeva, en tanto pone en equilibrio la identidad de quien lo confronta.

Nada más abyecto, entonces, que un Presidente que ha perdido toda su aura de poder, que ha ‘caído’ del podio, cadáver (cadere, caer) en transición. Justamente porque su senilidad y su salud son inapropiadas para dirigirse a un país —aunque sea en la plana editorial del Granma— y hablar de controvertidos temas que necesitan de análisis de más pulso y rigor; justamente por hacer esto y recibir a cambio el aplauso, la risa y la aprobación, es que su poder deshilachado se reteje, como si un espíritu burlón lo animara, para mostrarnos que en cincuenta años nos adiestramos como pueblo para cumplir un perfecto rol: corear el disparate, reír la farsa.

Para Foucault, las formas de rebajamiento del Poder —los chistes populares, las caricaturas u otras formas de degradación— no son rituales que limitan los efectos de poder y que contrarrestan las secuelas de la dominación. Estas formas de rebajamiento, por el contrario, son mecanismos que en definitiva muestran, por un lado, la precariedad de quien se expresa de manera marginal, y por otro, la “inevitabilidad del poder, que puede funcionar precisamente en todo su rigor y en el límite extremo de su racionalidad violenta, aun cuando esté en manos de alguien que resulta efectivamente descalificado” (Foucault).

La burla —que como corriente subrepticia ha hecho germinar sagaces críticas en el submundo privado, miniaturas condenadas a morir en la sombra— ha funcionado como un mecanismo más de redoblamiento del poder, sustentado en esa especie de doblez revolucionaria que desde hace mucho tiempo pasó a constituir la moralidad cubana: “se juega con la cadena pero no con el mono”, vuelve a advertir la abuela; aunque hemos aprendido también a jugar con el mono, a reírnos de él —siempre en el límite del espacio privado…

Sin embargo, esa burla se retuerce como pez fuera de agua: admitir que quien funge como centro de burlas y descalificaciones sea quien nos dirija, y que ese sinsentido no se detiene, sino que crece con los años, es coronar en la sucesión de nuestros fracasos a Ubú rey. Nos burlamos al mismo tiempo que aplaudimos: seguimos el ritmo de la conga.
Aunque toda burla tiene un límite… y no es lo mismo reírse con que reírse de.

II
En la esfera pública, la crítica mordaz fue amordazada desde el año 0. El 22 de julio de 1959, en la clausura del X Congreso Textil, Fidel Castro se muestra indignado con el artículo “Cambio de cucharas” del prestigioso periodista y humorista cubano Carlos Robreño, fundador de la revista Zig-Zag en 1938. Tacha al artículo de inoportuno —o de oportunista—; no es, para la Revolución naciente, el momento adecuado para el descrédito burlesco, como si el humor político no necesitara de la contundencia de la inmediatez. Nunca más llegaría el momento adecuado y los humoristas debieron enfocar sus sátiras hacia el lugar común, el enemigo de las 90 millas y otros males de rango internacional.

Zig-Zag, el popular semanario de humor gráfico que aglutinaba a una generación formada por los más importantes caricaturistas de la isla, había podido deslizar durante la dictadura batistiana algunas de sus sátiras hacia terrenos pro?fidelistas a través del personaje del “Loquito”, lo cual fue agradecido por los hermanos Castro y por el Che en enero del 59: “Un saludo al pueblo que tendrá de nuevo el placer de leer a Zig-Zag sin censura”, dice Castro en la revista, y continúa: “Rico ha de ser el anecdotario de sus redactores, directores y empleados en el esfuerzo por mantener en pie un diario que no se puede concebir con mordaza. Haber mantenido la circulación de Zig-Zag bajo la censura fue una proeza que habla muy alto de la inteligencia y agudeza de nuestro pueblo”.

Como se sabe, muy poco tiempo después Zig-Zag se verá forzada a empacar sus maletas en busca de la libertad de expresión (en una verdadera dictadura ni la “agudeza del pueblo” escamotean la censura). Palante sustituirá este espacio, y desde el título de la publicación se ratificará la linealidad de su humor con orejeras: hacia adelante, que en jerga revolucionaria significaba por el recto camino de las ordenanzas, en contraposición a la sinuosa irreverencia del zigzag.

De esta forma, en el ámbito público pronto quedará muy claro que no es lo mismo reírse de que reírse con, y que una de las mejores formas de demostrar la fidelidad es subrayar, con sonrisa notoria, la astucia del predicador. Ese espacio para la risa colectiva, en donde el orador oficia públicamente como clown para que se rían sin tapujos, ha sido trazado de manera suspicaz, como si de una estratagema se tratara, para controlar el rescoldo sumergido de las burlas… (De niños, cuando los conflictos de poder se ejercían muchas veces en el terreno de las bromas, aprendimos que recogiendo las palabras hirientes y asumiéndolas con orgullo, desviábamos las flechas burlescas. De igual forma pueden leerse las sádicas bromas del Comandante).

Si revisamos las infinitas alocuciones dirigidas al pueblo en cincuenta años, en casi todas encontramos aclaraciones puestas por los taquígrafos para señalar la risa colectiva ante las bromas del Líder. Y las bromas, muchas veces, son despiadadas: un sarcasmo dirigido a un ministro o a un colaborador de turno que debe soportar estoicamente el peso de la vergüenza frente a toda una nación; las burlas a los periodistas, a los intelectuales; el descrédito o el menosprecio ante una sugerencia, o incluso, esa falsa bondad con la que solía comenzar los discursos advirtiendo, para consuelo de tontos, que sería breve.

Castro ha sido siempre un ventrílocuo aficionado al espectáculo: ha hecho hablar a sus ministros con las cuerdas adiestradas de su estómago, desacreditando las capacidades y conocimientos de los colaboradores. Aunque la metáfora funcionaría mejor si la invertimos. Todo el saber enciclopédico, la poderosa memoria, los discursos pseudocientíficos y politológicos (¿polito-ilógicos?) del Líder, han sido el resultado de saberes usurpados que, una vez mezclados, simplificados y tergiversados, se han convertido en simulacros que adquieren el valor de verdad. Y el muñeco, en pleno espectáculo, se gira sobre sí mismo para mofarse de sus “conductores”, asumiendo la responsabilidad de la parodia. En definitiva, haberse apropiado permanentemente de lugares de enunciación —y de los enunciados— que debería haber respetado (vg., el rol del equipo ministerial y sus tomas de decisiones), y haberlo hecho, sobre todo, desde la jactancia diletante, es uno de los tantos ejemplos de cómo la verdad nace anudada al disparate, y la risa a la posibilidad de muerte…

Como advierte Foucault, hay ciertos tipos de discursos “peligrosos” que no solo provocan risa —sabemos que detrás de la figura ubesca no hay, ni mucho menos, un payaso; hasta hace poco había un Presidente—. En este caso, se trata de “discursos que pueden matar, discursos de verdad y (…) discursos que dan risa” (Foucault). Cuando esta tríada se unifica, se constituye una tecnología de poder altamente eficaz: se maximiza el dominio y sus efectos a partir de un poder incontrolado que se parodia a sí mismo, parodia el discurso científico asumiendo la capacidad de oficializar efectos de verdad, y usufructúa los fundamentos del biopoder moderno para decidir por la vida y la muerte de sus conciudadanos, siempre suponiendo estos actos de permanente simulacro como un beneficio a la nación.

Reír la bobada, babear con el chiste de turno y que todos espíen la ortodoncia perfecta del vecino de al lado, es el oficio de muchos de los invitados a esos convites televisados en los que el Líder reafirmaba su carisma, ya fuese en clausura de Congreso partidista, en Asamblea de Diputados o en Mesa Redonda. Un rostro demasiado adusto podría delatar algo más que poco sentido del humor, aunque también uno demasiado risueño podría ser indicio del disparate. En el montaje y la puesta en escena del poder, el dislate y el autoritarismo se dan la mano.

En su discurso del 26 de julio de 2006, Castro jugaba con la posibilidad, tan temida por aquella fecha, de que viviría más de 100 años: “Pero no se asuste nuestro vecinito del Norte, que yo no estoy pensando en estar ejerciendo funciones a esa edad”. ¡No, nadie se asusta, faltaba más! Es en ese límite absurdo donde, como he comentado, se coloca la dimensión grotesca de un poder que se ríe realmente con y de nosotros, y no a la inversa.

La frase citada continúa para concluir en una ovación cerrada: “porque, además, [la función] que ejerzo no se debe a mi voluntad, ni mucho menos, nunca luché para eso. Sí lucharé toda mi vida, hasta el último segundo, mientras tenga uso de razón, por hacer algo bueno, hacer algo útil, porque todos hemos aprendido a ser mejores con cada año que nos pasa por encima, todos los revolucionarios.”

La risa se cuaja en una máscara cuando nos preguntamos cuándo será ese “último segundo” de razón, y quién será el encargado de diagnosticar su pérdida; o la pertinencia de esa razón ya extraviada hace tanto, su bondad, su utilidad, ¿para quién?, ¿para qué?… Estas frases fueron reídas y aplaudidas, aún cuando el pavor ante la posibilidad de un implante de células madres, de la creación del cyborg, de un Castro conectado a una máquina eterna, circulaba en el terreno impreciso del chiste y la credulidad; y circular en ambos terrenos, que son en definitiva uno mismo, el de la posibilidad temida y conjurada con la risa, abre la brecha hacia la tristeza más denigrante: la del poder anclado a lo grotesco.

III
La cruzada hacia la imagen de un poder absoluto arraigado en el grotesco comenzó desde los primeros días del triunfo revolucionario. Sólo hay que repasar aquellas arengas iniciales, insufladas de anécdotas míticas, en donde la locura se cruza con la arrogancia; el poderío con la burla, y la ilusión, con el delirio y la quimera.

En los mítines posteriores al 1ro. de enero del 59 que se sucedieron a todo lo largo de la isla, Fidel Castro se encarga de reafirmar la locura de su hazaña: haber logrado vencer, con escasos recursos, a todo un ejército armado: “Cuando vine con 82 hombres a las playas de Cuba y la gente decía que nosotros estábamos locos y nos preguntaban que por qué pensábamos ganar la guerra, yo dije: «porque tenemos al pueblo»”.

La estampa del nuevo poder mostraba una nueva fisonomía que se acercaba más al loco del pabellón que al magistrado; a la estampa del asaltador de caminos que al Presidente de una República, y esa imagen de guerra hubo de mantenerse como fidelidad al icono de la barba que tantos adeptos había ganado frente al traje hecho a la medida de los diputados republicanos.

Las barbas ajadas, los cuerpos hambrientos y endurecidos y una verborrea imparable fruto de la eufórica victoria, fijaban la imagen histórica —histriónica— del revolucionario: la locura del quijote libresco, anárquico y libertario, se encarnaba en un personaje de carne y hueso, amado y temido como a los locos de la comarca. Un personaje que, apelando a las estrategias más elementales del populismo —la exacerbación de la autoestima de un pueblo arruinado, democrática y económicamente—, había logrado desquiciar a Sancho, que sin saber bien hacia dónde se encaminaba, ensilló su asno para seguir las huellas del caballo y el caballero andante. (Pero solo el que detenta el Poder absoluto pudo mantener la imagen “robinhoodesca”, aun cuando la patética barba se llenase de canas convirtiendo al asaltador de caminos en una especie de mago de poderes ocultos… Solo el Uno podía permitirse tal ridículo). Evidentemente esta semejanza, como recuerda Duanel Díaz, fue ratificada con la publicación del Quijote en una megatirada vendida al simbólico precio de 25 centavos, con la que se inaugurara la Imprenta Nacional de Cuba.

Recuerdo un chiste que circulaba por la Habana y que, en definitiva, como toda chanza, ancla su hilaridad en el rango de lo verosímil, y por eso mismo, de lo vergonzoso. En una visita de Fidel al Hospital Psiquiátrico de La Habana le explican que había un loco haciéndose pasar por él y que, además, se le asemejaba mucho físicamente: en el delirio había logrado imitarlo con maestría. Fidel pide conocerlo y cuando están frente a frente, el loco se le abalanza y comienza a golpearlo. Caen al piso formando un dúo indistinguible, hasta que el guardaespaldas se decide a disparar a uno de los dos sin saber a ciencia cierta quién es quién. Lo que sucede —y en esto radica la fuerza del chiste— es que no se supo nunca a quién mataron.

Cervantes había diseñado magistralmente, a través de la fuerza de las dualidades, la compañía perfecta que convierte al Poder en un impulso insoslayable. Éste necesita, indefectiblemente, de una panza pueblerina que guiar; y cuando la cabeza rectora está adornada por los acechos de la excentricidad y la locura, cuando esta cabeza rectora es perversamente dominante, el poder alcanza sus mayores cuotas de autoimposición. El tándem cervantino no es grotesco porque Sancho se regodee en la insanidad de su estulticia y de sus bajos instintos, o porque el héroe sea un chiflado temerario, un idealista deshuesado, sino porque el chiflado es capaz de arrastrar al sensato hacia el imperio de una idea tergiversada, descomunal, obligándolo a abandonar sus certezas tangibles: su pan diario, su Aldonza Lorenzo.

El pueblo cubano se fue delineando, cada vez más, como el escudero que debe ser aleccionado a cada paso si sus insolentes majaderías entorpecían la marcha: un sujeto no pensante, no apto racionalmente para decidir sus propios destinos, pero necesario para el Poder. Ya ha sido varias veces advertida esta construcción ideológica: el pueblo, como los niños o los tontos, puede ser fácilmente desviado, manipulado por los enemigos, desposeído de su capacidad de arbitraje y análisis. Y como las mujeres, penetrado. El discurso revolucionario siempre se ha fundado sobre la aparente contradicción de tener el pueblo más culto del mundo, y a la vez, el pueblo más fácilmente penetrable, ideológicamente hablando. La metáfora de la tan temida “penetración” yanqui tantas veces repetida, ha reforzado el imaginario de un pueblo feminizado que deberá ser protegido por el padre autoritario y por los brazos masculinos de la nación.

Ese mismo pueblo-escudero, o Dulcinea fantasmática, que ha visto, a pesar del extravío del poder que lo guía, que los molinos no son gigantes y que no podrán ser abatidos con lanzas obsoletas; que los molinos son espirales que mueven la economía mundial.

A pesar de ello, a pesar de no ver y creer, como su loco rector, en alucinaciones y fantasmas, ese pueblo sanchificado a fuerza del descrédito que ha sufrido en 50 años, se ha dado de bruces contra las aspas de enemigos construidos por el propio poder para sustentar sus paranoias… Y la ínsula de Barataria jamás ha sido gobernada por el pueblo, aunque hubiese podido ser Sancho su mejor gobernador, a pesar de que en los discursos oficiales —esos que dan risa y pánico a la vez— se diga lo contrario: “El que tiene que hablar de ahora en adelante, el que tiene que mandar de ahora en adelante, el que tiene que legislar de ahora en adelante, es el pueblo”; dice Alonso Quijano al inicio de la novela, el 6 de enero del 59 en un inflamado empeño de convencer al escudero. Ese falso populismo, ese proyecto imposible de un agente grupal y descabezado autodirigiéndose en una sociedad altamente disciplinaria, es la burla más acabada de un poder que se sabe absoluto, arraigado y rizomático. Un poder panóptico, como el cubano, en donde todos miran a todos con el rabillo del ojo, porque así se ha aprendido a mirar. Habría que preguntarse quién ha desbaratado y abaratado la ínsula convirtiéndola en esa nef des fous surreal al puro estilo del Bosco.

Por más que repaso la historia nacional de estos cincuenta años para hallar momentos de cordura, de planificación y progreso, y no de errores que deberán ser enmendados una y otra vez, sólo detecto las alucinaciones, los delirios, los proyectos megalómanos, de ejecución inmediata pero de finalidad desconocida, y no puedo dejar de pensar en que la mayor de las burlas que hemos soportado como pueblo —y que toda dictadura estampa en la cara de sus súbditos— es que la esperanza de cambio se sostiene sobre la doble pesadilla oscura de un tiranicidio o de una muerte natural precipitada. Cada vez que soñamos un país nuevo, soñamos un 13 de agosto sin celebraciones. (Tengo amigos que viven con la culpa de desear, intensamente, esta muerte ajena).

El poder, envejecido y grotesco, aún se ríe de nosotros cada vez que usufructúa la palabra para soñar holocaustos y exclamar “¡merdre!” como el Rey Ubú. Mientras, siente que mueve los hilos del mundo como mueve los de un pueblo que aprendió a saludar cuando se tensaba el cordel y aprovechar ese mismo gesto para taparse el sol de la cara. Otro zombi, “la sombra”, como el actual Presidente se autoproclamara en el comienzo de aquel discurso del 26 de julio de 2009, dirige nuestros destinos… Y todos ríen la frase de bolero, el acto fallido: “Esa sombra soy yo”.

El grotesco se reproduce en la fértil tierra de la desesperanza.

Mirta Suquet
Santiago de Compostela

Ilustraciones: Joan Miró, Le banquet y Le massacre du Roi de Pologne, litografías para Ubu Roi (1966).

Publicado en
Tags
10 respuestas
Comentarios

  • [...] En un breve fragmento de “Los anormales”, Michel Foucault esboza lo que para él es un procedimiento fundamental en la constitución redoblada y arbitraria del Poder, desde los imperios romanos hasta las formas de gobierno fascistas: (…) lo grotesco… Para seguir leyendo… [...]

  • rodrigo restrepo dice:

    Bueno Castro cumplió con lo prometido acabo con el capitalismo y llevó a cuba a la etapa feudal sólo que Cuba es ya un feudo con dueño único. Modernizada si, pues ya no existen carrozas hoy por hoy las reemplazan las carcasas de automóviles tirados por bueyes pues los caballos de fuerza se fueron huyendo, nadando hacia Miami. El nuevo grito en Cuba será Feudalismo patria o muerte. Risible la frase de Raulito en el sentido de preferir hundir a cuba en el atlántico antes que regresarlo al capitalismo-Como hundir a cuba, le queda bien cuellon pues carece de capital, para hacerlo, puede hacer enojar al gobierno de los Estados Unidos para que éste con su maquina infernal, aquella que produce terremotos a diez kilómetros de profundidad, hunda a Cuba.

  • oscar canosa dice:

    Claro que la burla es signo seguro de Psicopata.

  • ahmedcubano dice:

    dan ganas de reír y de llorar a la vez, algo que los cubanos hemos aprendido a hacer durante estos años fatídicos

  • PolO dice:

    Ta güeno… aunque se usufructúa la fantasmática.

  • oscar canosa dice:

    Estee, creo que es Juan Miro, no?

  • pitirre dice:

    Este articulo debe ser traducido en la mayor brevedad a todas las lenguas que sea posible …

  • Francotirador dice:

    El cagandante leyó todos los libros sobre Hitler hasta la ultima pagina. Este ultimo utilizaba el humor de la misma manera que el para burlarse de sus enemigos. Castro y Hitler los dos sufren de megalomania y tienen mucho en común desde llamarse el Maximo Lider (Castro) y el otro el Fuehrer (lo mismo) hasta gobernar sus respectivos piases de la misma manera.
    Castro asumió el poder con una tiranía unipersonal y gansteril y llego al poder prometiendo de todo y para todos, pero se convirtió en un tirano fascista donde el es centro de todo y de donde emanan todas las ideas, desde el control de lo que se piensa, hasta lo que se come y todo tiene que ser como el lo decida. El quita y pone miembros del gobierno a sus antojo, hoy dice una cosa y mañana cambia como le da sus gana.
    Castro como Hitler, es el jefe del gobierno, el jefe de estado, el jefe del partido, el jefe de las fuerza armadas, el máximo pensador y sus edictos y locuras no pueden ser discutidos ni desobedecidos como los del loco alemán.
    No en balde Jose Pardo Llada decia que el cagandante andaba con una copia de “Mi lucha” bajo el brazo durante su juventud. Ojala que también termine como el tirano alemán.

  • [...] This post was mentioned on Twitter by PenultimosDias, PenultimosDias. PenultimosDias said: Del poder y lo grotesco: ¡Merdre!, exclama el Rey Ubú a la entrada del espectáculo. Y sólo los que están sentados… http://bit.ly/d2EYff [...]

  • oscar canosa dice:

    Bueno, suicida no es.

  • matronize