- sep 30, 2010 • 22:39h
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Por Malcolm Gladwell
A la cuatro y media de la tarde del lunes 1 de febrero de 1960, cuatro universitarios se sentaron en la cafetería de Woolworth en el centro de Greensboro, en Carolina del Norte. Cursaban su primer año en North Carolina A. & T., una universidad negra a una milla de distancia.
––-Quisiera una taza de café, por favor —le dijo uno de los cuatro, Ezell Blair, a la camarera.
––-Aquí no servimos a los negros —contestó ella.
El mostrador de la cafetería de Woolworth era una barra en forma de L que podía sentar a sesenta y seis personas, con un snackbar en el que se estaba de pie a un extremo. Los asientos eran para los blancos. El snackbar para los negros. Otra empleada, una mujer negra que trabajaba en la cocina, se acercó a los estudiantes y trató de alertarlos para que se fueran. “Os estáis comportando como estúpidos, ignorantes,” dijo. No se movieron. Alrededor de las cinco y media las puertas de entrada de la tienda cerraron. Los cuatro no se movieron. Finalmente salieron por una puerta lateral. Fuera una pequeña muchedumbre se había reunido, incluyendo un fotógrafo del Greensboro Record. “Volveré mañana con el A. & T. College,” dijo uno de los estudiantes.
A la mañana siguiente, la protesta había crecido a veintisiete hombre y cuatro mujeres, la mayor parte de la misma residencia estudiantil que los cuatro iniciales. Los hombres llevaban traje y corbata. Los estudiantes habían llevado sus deberes y estudiaban sentados en la barra. El miércoles, estudiantes de la escuela secundaria “negra” de Greensboro, Dudley High, se sumaron, y el número de protestantes aumentó a ochenta. Al llegar el jueves, los manifestantes sumaban trescientos, incluyendo tres mujeres blancas del campus de la Universidad de Carolina del Norte, en Greensboro. El sábado, la sentada había llegado a los seiscientos. La gente se había extendido hasta la calle. Adolescentes blancos ondeaban banderas confederadas. Alguien tiró un petardo. Al mediodía, llegó el equipo de fútbol de A. & T.: “Ahí llega el equipo de demolición,” gritó uno de los estudiantes blancos.
El lunes siguiente, las sentadas se habían extendido a Winston-Salem, a veinticinco millas de distancia, y Durham, a cincuenta millas. El día siguiente, estudiantes del Fayetteville State Teachers College y del Johnson C. Smith College, en Charlotte, se les unieron, seguidos el miércoles por estudiantes del St. Augustine’s College y la Shaw University, en Raleigh. El jueves y viernes, la protesta cruzó las fronteras del estado, emergiendo en Hampton y Portsmouth, Virginia, en Rock Hill, South Carolina, y en Chattanooga, Tennessee. A fin de mes, habían sentadas en todo el Sur, incluso en lugares tan al oeste como Texas. “Le pregunté a cada estudiante que me crucé como había sido el primer día de sentadas en su campus,” escribió el politólogo Michael Walzer en Dissent. “La respuesta era siempre la misma: ‘Fue como una fiebre. Todo el mundo quería ir’.” Eventualmente alrededor de setenta mil estudiantes tomaron parte. Miles fueron arrestados e incontables miles más radicalizados. Estos sucesos a mediados de los sesenta se convirtieron en una guerra por los derechos civiles que arrastró al Sur durante el resto de la década —y sucedieron sin email, texting, Facebook ni Twitter.
El mundo, nos dicen, está en medio de una revolución. Las nuevas herramientas de los medios de comunicación social han reinventado el activismo. Con Facebook, Twitter y todas esas otras cosas, la relación tradicional entre la autoridad política y la voluntad popular ha sido alterada, haciendo más fácil para los que no tienen poder colaborar, coordinar y expresar sus preocupaciones. Cuando diez mil manifestantes tomaron las calles en Moldavia durante la primavera de 2009, para protestar contra el gobierno comunista de su país, la acción fue llamada la Revolución Twitter, por el medio que había reunido a los manifestantes. Unos meses después, cuando las protestas estudiantiles conmovieron Teherán, el Departamento de Estado dio el inusual paso de pedir a Twitter que suspendiera el mantenimiento programado de su sitio web, porque la administración no quería a esa herramienta crítica de organización fuera de servicio en el momento álgido de las manifestaciones. “Sin Twitter el pueblo de Irán no se habría sentido con suficiente poder o confianza como para alzarse por la libertad y la democracia,” escribió Mark Pfeifle, un antiguo asesor de seguridad nacional, luego que se nominara a Twitter para el Premio Nobel de la Paz. Allá donde los activistas eran definidos por sus causas, son ahora definidos por sus instrumentos. Los guerreros de Facebook se ponen en línea para promover el cambio, “Sois la mejor esperanza para todos nosotros,” declaró James K. Glassman, un antiguo alto funcionario del Departamento de Estado, a un grupo de ciberactivistas en una conferencia reciente patrocinada por Facebook, AT&T., Howcast, MTV y Google. Sitios como Facebook, declaró Glassman, “le dan a Estados Unidos una ventaja significativa sobre los terroristas. Hace algún tiempo, dije que Al Qaeda estaba ‘comiéndonos en Internet.’ Ya no es el caso. Al Qaeda se ha quedado en la Web 1.0. Internet ahora es interactividad y diálogo.”
Esas son afirmaciones rotundas y confusas. ¿Qué importa quién se come a quién en Internet? ¿Es la gente que se conecta a su página de Facebook la gran esperanza para todos nosotros? En lo que respecta Moldavia y su llamada Revolución Twitter, Evgeny Morozov, un académico de Stanford que ha sido el más persistente de los críticos del evangelismo digital, señala que Twitter tuvo una importancia interna marginal en un país en el que existen pocas cuentas de Twitter. Tampoco parece haber existido una revolución, aunque sólo sea porque las protestas —como sugirió Anne Appelbaum en The Washington Post— podrían haber sido preparadas por el gobierno. (En un país con complejo persecutorio con el revanchismo rumano, los manifestantes alzaron una bandera rumana en lo alto del edificio del Parlamento.) Mientras que en el caso iraní, la gente que tuiteaba sobre las manifestaciones estaba casi toda en Occidente. “Es hora de ver bien el papel de Twitter en los sucesos de Irán,” escribió Golnaz Esfandiari, esta pasado verano en Foreign Policy. “Sencillamente: no hubo una revolución Twitter en Irán.” Según Esfandiari, el cuadro de prominentes bloggers, como Andrew Sullivan, campeón del papel de las redes sociales en Irán, no comprendió la situación. “Los periodistas occidentales que no podían acceder —¿o no se molestaban en acceder?— a la gente en Irán simplemente buscaron entre los tweets publicados bajo la etiqueta #iranelection,” escribió. “Mientras, nadie pareció preguntarse por qué gente que trataba de coordinar protestas en Irán escribía en cualquier otro lenguaje que no fuera el farsi.”
Parte de esa grandiosidad era de esperar. Los innovadores tienden a ser solipistas. A menudo quieren embuchar cada hecho y experiencia dentro de su nuevo modelo. Como ha escrito el historiador Robert Darnton, “las maravillas de la tecnología de la comunicación en el presente han producido una falsa conciencia con respecto al pasado —incluso la idea de que la comunicación carece de historia, o no tiene nada importante que considerar antes de los días de la televisión y el internet.” Pero hay algo más ahí, en el sobredimensionado entusiasmo hacia las redes sociales. Cincuenta años después de uno de los más extraordinarios episodios de cambio social en la historia de América, parecemos haber olvidado la esencia del activismo.
Greensboro a principios de los sesenta era el tipo de lugar en el que la insubordinación racial se confrontaba rutinariamente con la violencia. Los cuatro primeros estudiantes que se sentaron en el mostrador estaban aterrorizados. “Supongo que si alguien hubiera llegado por detrás y gritado ‘Buuu’ me hubiera caído del asiento,” declaró uno de ellos más tarde. El primer día, el administrador de la tienda avisó al jefe de policía, que inmediatamente envió dos agentes a la tienda. El tercer día, un grupo de matones blancos se presentó en el mostrador y se colocó ostentosamente detrás de los protestantes, murmurando ominosamente epítetos como “negrata cabeza quemada.” Un líder del Ku Klux Klan apareció. El sábado, a medida que crecían las tensiones, alguien llamó con una amenaza de bomba, y toda la tienda tuvo que ser evacuada.
Los peligros era aún más claros en el Mississippi Freedom Summer Project de 1964, otra de las campañas del movimiento por los derechos civiles. El Student Nonviolent Coordinating Committee reclutó cientos de voluntarios blancos no pagados en el norte para administrar las Freedom Schools, registrar votantes negros y promover la preocupación sobre los derechos civiles en el Sur profundo. Se les instruyó: “Nadie debe ir a ninguna parte sólo, sobre todo no en automóvil y desde luego nunca de noche.” A los días de llegar a Mississippi, tres voluntarios —Michael Schwerner, James Chaney y Andrew Goodman— fueron secuestrados y asesinados, y, durante el resto del verano, treinta y siete iglesias negras fueron quemadas y docenas de casas francas bombardeadas; los voluntarios fueron golpeados, tiroteados, arrestados y perseguidos por camionetas llenas de gente armada. Una cuarta parte de los que estaban en el programa lo abandonaron. El activismo que desafía el status quo —que ataca problemas profundamente enraizados— no es para los ánimos vacilantes.
¿Qué es lo que prepara a la gente para este tipo de activismo? El sociólogo de Stanford Doug McAdam comparó los que abandonaron el Verano de la Libertad con los participantes que se quedaron, y descubrió que la diferencia clave no era, como cabría esperar, el fervor ideológico. “Todos los voluntarios —participantes y retirados por igual— resultaron ser altamente comprometidos, partidarios educados en los objetivos y valores del programa,” concluyó. Lo que más importaba era el grado de conexión personal del voluntario con el movimiento por los derechos civiles. Todos los voluntarios tenían que dar una lista de contactos personales —la gente que querían mantener informada sobre sus actividades— y los que participaron, a diferencia de los que abandonaron, eran más propicios a tener amigos que también iban a Mississippi. El activismo de alto riesgo, concluye McAdam, es un fenómeno que supone fuertes lazos personales.
Esta constante reaparece una y otra vez. Un estudio de las Brigadas Rojas, el grupo terrorista italiano de los setentas, encontró que el setenta por ciento de los reclutas tenían por lo menos un buen amigo ya en la organización. Lo mismo vale para los hombres que se unieron a los mujaidin en Afganistán. Incluso acciones revolucionarias que parecen espontáneas, como las manifestaciones de Alemania Oriental que condujeron a la caída del Muro de Berlín, eran, en su centro, un fenómeno de fuertes lazos personales. El movimiento opositor de Alemania Oriental consistía en varios cientos de grupos, cada uno de ellos con una docena de miembros. Cada grupo tenía un contacto limitado con los otros; en aquel momento sólo el trece por ciento de los germano-orientales tenía un teléfono. Lo único que sabían es que los lunes por la noche, fuera de la Iglesia de St. Nicholas en el centro de Leipzig, la gente se reunía para expresar su cólera contra el estado. Y el elemento determinante primario de quien se presentaba eran los “amigos críticos” —cuantos más amigos tenías que criticaban al régimen más fácil era que te unieses a la protesta.
Así un hecho crucial sobre los cuatro estudiantes de primero en el mostrador de Greensboro —David Richmond, Franklin McCain, Ezell Blair y Joseph McNeil— era su relación entre ellos. McNeil compartía cuarto con Blair en la residencia Scott Hall de A. & T. Richmond compartía cuarto con McCain una planta más arriba, y Blair, Richmond y McCain habían ido todos a Dudley High School. Los cuatro metían cerveza de contrabando en el dormitorio y hablaban hasta tarde en la habitación de Blair y McNeil. Los cuatro debían recordar el asesinato de Emmett Till en 1955, el boicot de autobuses de Montgomery ese mismo año y el enfrentamiento de Little Rock en 1957. Fue McNeil quien trajo a colación la idea de sentarse en Woolworth. Lo discutieron durante casi un mes. Entonces McNeil se presentó en el cuarto y preguntó a los otros si estaban listos. Hubo una pausa y McCain dijo, con esas maneras que sólo sirven con gente que hablan entre sí hasta altas horas de la noche: “¿Chicos, sois gallinas o qué?” Al día siguiente, Ezell Blair consiguió el valor necesario para pedir una taza de café porque estaba flanqueado por su compañero de cuarto y dos buenos amigos de la secundaria.
El tipo de activismo asociado con las redes de comunicación social no es así. La plataformas de relaciones sociales están construidas en torno a lazos informales. Twitter es una forma de seguir (o de ser seguido por) gente que nunca has visto. Facebook es una herramienta para administrar tus conocidos, para mantenerte al día con gente con la que de otra manera no estarías en contacto. Es por eso que puedes tener mil “amigos” en Facebook, como nunca los tendrías en el mundo real.
De muchas maneras se trata de una cosa maravillosa. Hay fuerza en los lazos informales, como ha observado el sociólogo Mark Granovetter. Nuestros conocidos —no nuestros amigos— son nuestra mayor fuente de ideas nuevas e información. Internet nos deja explotar el poder esas conexiones distantes con maravillosa eficiencia. Es magnífico para la difusión de la innovación, la colaboración interdisciplinaria, para emparejar continuamente compradores y vendedores, y para las funciones logísticas del mundo de las citas. Pero los lazos informales rara vez conducen a un activismo de alto riesgo.
En un libro reciente titulado The Dragonfly Effect: Quick, Effective, and Powerful Ways to Use Social Media to Drive Social Change, el asesor comercial Andy Smith y la profesora de la Stanford Business School Jennifer Aaker cuentan la historia de Sameer Bhatia, un joven empresario de Silicon Valley que enfermó con una grave Leucemia myelogenous crónica. Es el ejemplo perfecto de los puntos fuertes de las redes de comunicación social. Bhatia necesitaba un transplante de médula, pero no pudo encontrar una coincidencia entre sus parientes y amigos. Las posibilidades eran mejores con un donante de su propia etnia, y había poca gente del Sudeste asiático en la base nacional de datos sobre donantes de médula. Así que el socio de Bhatia mandó un email explicando su problema a más de cuatrocientos conocidos, que reenviaron el email a sus contactos personales; se crearon páginas de Facebook y videos de YouTube para la campaña de ayuda a Sameer. Eventualmente, cerca de veinticinco mil personas más se inscribieron en el Registro de médula, y Bhatia encontró una coincidencia.
¿Pero cómo esta campaña consiguió que tanta gente firmase? No pidiendo demasiado de ellos. Es la única manera de conseguir que alguien que no te conoce en realidad haga algo por ti. Puedes conseguir que miles de personas firmen en el registro de donantes, porque hacerlo es muy fácil. Tienes que mandar una muestra de saliva de la mejilla y —en el improbable caso que tu médula coincida con alguien que la necesita— pasar algunas horas en el hospital. Donar médula espinal no es una cuestión trivial. Pero no implica riesgo financiero o personal; no significa pasar un verano siendo perseguido por gente armada en camionetas. No requiere que te enfrentes a normas sociales y prácticas atrincheradas. En realidad, es el tipo de compromiso que tan sólo puede acarrear reconocimiento social y elogio.
Los predicadores de las redes de comunicación social no comprenden esta distinción; parecen creer que un amigo de Facebook es lo mismo que un amigo de verdad y que firmar en el registro de donantes de Silicon Valley hoy es activismo en el mismo sentido que sentarse en un mostrador segregado en Greensboro en 1960. “Las redes sociales son particularmente efectivas aumentando la motivación,” escriben Aaker y Smith. Pero eso no es cierto. Las redes sociales son efectivas aumentando la participación —pero rebajando el nivel de motivación que esa participación requiere. La página de Facebook de la Save Darfur Coalition tiene 1.282.339 miembros, que han donado una media de nueve céntimos cada uno. La siguiente institución de caridad para Darfur en tamaño en Faceboook tiene 22.073, que han donado una media de treinta y cinco centavos de dólar. Help Save Darfur tiene 2.797 miembros, que han dado por media, quince centavos. Un portavoz de la Save Darfur Coalition declaró a Newsweek: “No juzgamos necesariamente el valor de cualquier persona para el movimiento en base a lo que ha dado. Este es un poderoso mecanismo para comprometer a esa población crítica. Informan a su comunidad, participan en eventos, son voluntarios. Eso es algo que no puede medirse mirando un libro de cuentas.” En otras palabras, el activismo de Facebook triunfa no motivando a la gente a hacer sacrificios reales sino motivándoles a hacer cosas que la gente hace cuando no está lo bastante motivada como para hacer un sacrificio real. Estamos muy pero muy lejos del mostrador de Greensboro.
Los estudiantes que se unieron a las sentadas a todo lo largo del Sur durante el verano de 1960 describieron el movimiento como una “fiebre.” Pero el movimiento de los derechos civiles fue más una campaña militar que un contagio. A finales de los cincuenta, había habido dieciséis sentadas en varias ciudades a lo largo del Sur, quince de las cuales habían sido formalmente organizadas por organizaciones como el N.A.A.C.P. y CORE. Se exploraban posibles localizaciones para el activismo. Se trazaban planes. Los activistas del movimiento tenían sesiones de entrenamiento y retiros para posibles protestantes. Los Cuatro de Greensboro eran producto de ese trabajo sobre el terreno: todos eran miembros del Youth Council de la N.A.A.C.P. Tenían lazos cercanos con el responsable del capítulo local de la organización. Habían sido instruidos sobre la ola anterior de sentadas en Durham, y habían participado en reuniones del movimiento en iglesias activistas. Cuando el movimiento de sentadas se extendió desde Greensboro a través del Sur, no se extendió de forma indiscriminada. Se extendió a aquellas ciudades que tenían “centros del movimiento” preexistentes —un núcleo de activistas dedicado y entrenado, listo para transformar la “fiebre” en acción.
El movimiento de los derechos civiles fue un activismo arriesgado. Fue también, de manera crucial, un activismo estratégico; un reto al establishment organizado con precisión y disciplina. El N.A.A.C.P. era una organización centralizada, dirigida desde Nueva York de acuerdo a unos procedimientos de trabajo altamente formalizados. En la Southern Christian Leadership Conference, Martin Luther King Jr., era una autoridad incontestable. En el centro del movimiento estaba la Iglesia negra que tenía, como Aldon D. Morris señala en su soberbio estudio de 1984, The Origins of the Civil Rights Movement, una cuidadosa división de funciones, con varios comités y grupos disciplinados. “Cada grupo, estaba orientado hacia una tarea y coordinaba sus actividades a través de estructuras de autoridad,” escribe Morris. “Los individuos eran considerados responsables por sus tares, y los conflictos importantes resueltos por el ministro, que usualmente ejercía la autoridad final sobre la congregación.”
Esta es la segunda distinción crucial entre el activismo tradicional y su variante on line: los medios de comunicación social no giran en torno a esta organización jerárquica. Facebook y cosas así son herramientas para construir redes, que son lo contrario, en estructura y carácter, a las jerarquías. Al contrario de las jerarquías, con sus reglas y procedimientos, las redes no son controladas por una autoridad central única. Las decisiones se logran a través del consenso, y los lazos que unen a la gente son informales.
Esta estructura hace a las redes sumamente elásticas y adaptables en situaciones de bajo riesgo. La Wikipedia es un ejemplo perfecto. No tiene un editor, sentado en Nueva York, que dirija y corrija cada entrada. El esfuerzo de unir cada entrada es autoorganizado. Si cada entrada de la Wikipedia se borrase mañana, el contenido sería rápidamente restaurado, porque eso es lo que pasa cuando una red de miles consagra espontáneamente su tiempo a una tarea.
Hay muchas cosas, sin embargo, que las redes no hacen bien. Las compañías automovilísticas usan una red para organizar a sus cientos de suministradores, pero no para diseñar los coches. Nadie cree que la articulación de una filosofía coherente del diseño sea mejor administrada por un extenso sistema sin líderes. Como las redes no tienen una estructura centralizada de liderazgo ni líneas claras de autoridad, enfrentan problemas reales a la hora de alcanzar el consenso y fijar los objetivos. No pueden pensar estratégicamente; están crónicamente inclinadas al conflicto y al error. ¿Cómo se pueden hacer elecciones difíciles sobre la táctica, la estrategia o la dirección filosófica cuando todo el mundo tiene derecho a ser oído?
La Organización para la Liberación de Palestina nació como una red, y los expertos en relaciones internaciones Mette Eilstrup-Sangiovanni y Calvert Jones argumentan en un ensayo reciente en International Security que fue por eso que tuvo tantos problemas cuando creció. “Características estructurales típicas de las redes —la ausencia de una autoridad central, la autonomía sin control de grupos rivales, y la incapacidad para arbitrar peleas a través de mecanismos formales— hicieron a la OLP excesivamente vulnerable a la manipulación externa y el conflicto interior.”
En la Alemania de los setentas, siguen, “los más unificados y exitosos terroristas de extrema izquierda tendieron a organizarse jerárquicamente, con una administración de tipo profesional y una clara división de tareas. Estaban concentrados geográficamente en las universidades, donde podían establecer un liderazgo central, confianza y camaradería, a través de reuniones habituales frente a frente.” Rara vez traicionaron a sus camaradas durante los interrogatorios policiales. Sus contrapartidas en la derecha estaban organizados como redes descentralizadas y carecían de esa disciplina. Esos grupos eran infiltrados regularmente, y sus miembros, una vez arrestados, entregaban fácilmente a sus camaradas. Similarmente, Al Qaeda era más peligroso cuando tenía una jerarquía unificada. Ahora que se ha difuminado en una red, ha demostrado ser mucho menos efectivo.
Los problemas de la redes apenas importan si la red no está interesada en el cambio sistemático —si tan sólo quiere asustar, humillar o hacer ruido— o si no necesita pensar estratégicamente. Pero si estás atacando a un establishment poderoso y organizado necesitas tener una jerarquía. El boicot de los autobuses de Montgomery requería la participación de decenas de miles de personas que dependían del transporte público para ir y volver del trabajo cada día. Duró un año. Para poder persuadir a esa gente de que permaneciese fiel a la causa, los organizadores del boicot encargaron a cada iglesia negra local que mantuviese la moral, y organizaron un servicio de coches gratuito alternativo. Incluso el White Citizens Council, dijo King más tarde, reconoció que el servicio de coches funcionó con “precisión militar.” Para cuando King llegó a Birmingham, para su enfrentamiento crucial con el Comisionado de Policía Eugene (Bull) Connor, tenía un presupuesto de un millón de dólares y un centenar de trabajadores a tiempo completo sobre el terreno, divididos en unidades operacionales. La misma operación estaba dividida en varias fases escaladas, previstas por adelantado. El apoyo se mantenía a través de reuniones consecutivas en masa, rotando de iglesia en iglesia a través de la ciudad.
Boicots, sentadas y enfrentamientos no violentos —que fueron las armas que escogió el movimiento por los derechos civiles— son estrategias de alto riesgo. Dejan poco espacio para el conflicto y el error. En el momento en que un solo protestante se desvía del guión y responde a la provocación, la legitimidad moral de toda la protesta está comprometida. Los entusiastas de los medios de comunicación social sin duda nos querrán hacer creer que el trabajo de King en Birmingham habría sido muchísimo más fácil si se hubieran podido comunicar con sus seguidores a través de Facebook, y se hubiera contentado con tweets desde una cárcel de Birmingham. Pero las redes son confusas: pensad en lo constante y lo incesante de la corrección y la revisión, las enmiendas y el debate, que caracteriza la Wikipedia. Si Martin Luther King Jr., hubiera intentado un wiki-boicot en Montgomery, hubiera sido arrollado por las estructuras blancas de poder. ¿Y para qué hubiera servido una herramienta de comunicación digital en una ciudad en la que el noventa y ocho por ciento de la comunidad negra estaba cada domingo por la mañana en la Iglesia? Lo que King necesitaba en Birmingham —disciplina y estrategia— eran cosas que los medios de comunicación social no podían darle.
La biblia del movimiento de las redes sociales es el Here Comes Everybody, de Clay Shirky, profesor en la Universidad de Nueva York, un libro pensado para demostrar el poder organizativo de Internet, y que comienza con la historia de Evan, que trabajaba en Wall Street, y su amiga Ivanna, después de que ésta dejase su smart phone, un caro Sidekick, en el asiento trasero de un taxi de Nueva York. La compañía telefónica transfirió los datos del teléfono perdido de Ivanna a un nuevo teléfono, con lo que ella y Evan descubrieron que el Sidekick estaba ahora en manos de una adolescente de Queens, que lo empleaba para sacarse fotos de ella misma y de sus amigos.
Cuando Evan mandó un email a la adolescente, de nombre Sasha, pidiendo que le devolviera el teléfono, ella contestó que su “culo blanco” no merecía tenerlo de vuelta. Molesto, él creó una página web con su foto y una descripción de lo que había sucedido. Mando el link a sus amigos, y éstos se lo mandaron a sus amigos. Alguien encontró la página MySpace del novio de Sasha y su conexión encontró su camino hasta el site. Alguien encontró su dirección en línea y tomó un video de su casa mientras conducía: Evan colocó el video en el site. La historia se filtró por el agregador de noticias Digg. Evan recibí ahora diez emails por minuto. Creó un tablero de anuncios para que sus lectores compartiesen sus historias, pero éste se hundió bajo el peso de las respuestas. Evan e Ivanna acudieron a la policía, pero la policía archivó el informe bajo “perdido,” en vez de bajo “robado,” con lo cual, en esencia, daba el caso por cerrado. “En aquel momento millones de lectores estaban mirando —escribe Shirky— y docenas de medios de prensa masiva habían cubierto la historia.” Cediendo ante la presión, la policía de Nueva York reclasificó el objeto como “robado,” Sasha fue detenida y Evan consiguió el Sidekick de su amiga de vuelta.
El argumento de Shirky es que este es el tipo de cosas que nunca hubiera sucedido antes de la era del Internet —y tiene razón. La historia del Sidekick nunca hubiera recibido publicidad. Un ejército de gente nunca se habría reunido para combatir esta lucha. La policía no hubiera cedido ante la presión de una sola persona que reclamaba algo tan trivial como un teléfono móvil. La historia, según Shirky, ilustra la “rapidez y velocidad con que un grupo puede movilizarse por la causa justa” en la era del Internet.
Shirky considera este modelo de activismo un avance. Pero es simplemente la forma de organizarse que favorecen los lazos informales que nos dan acceso a la información, en contra de los lazos fuertes que nos ayudan a perseverar frente al peligro. Desvía nuestras energías de organizaciones que promueven cambios estratégicos y actividad disciplinada, hacia aquellos que promueven elasticidad y adaptabilidad. Hace más fácil que los activistas se expresen y más difícil que esa expresión tenga cualquier tipo de impacto. Los instrumentos de comunicación social están bien para hacer que el orden social existente sea más eficiente. Si opinas que todo lo que el mundo necesita son algunos retoques en los bordes, esto no deberá preocuparte. Pero si piensas que siguen habiendo mostradores ahí afuera que necesitan integrarse eso debería darte que pensar.
Shirky acaba la historia del Sidekick preguntando, “¿Ahora qué pasará?” —imaginando, sin duda, futuras olas de protestas digitales. Pero ya ha contestado la pregunta. Lo que pasa después es más de lo mismo. Un mundo de conexiones flexibles sirve para ayudar a que las adolescentes les devuelvan los teléfonos a la gente de Wall Street. ¡Viva la revolución!
[Este artículo fue publicado originalmente en la web de The New Yorker, y corresponde a la edición impresa que saldrá el 4 de octubre. Traducción: Juan Carlos Castillón.]




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Claro que si, se les hace perder tiempo(para joder).
También resulta interesante observar la influencia de los amigos a la hora de quedarse a luchar por una causa o no. Y tiene mucho sentido, porque una causa es algo abstracto, mientras que un amigo, es alguien. Eso pone sobre todo de manifiesto que somos seres sociales, y explica en parte el éxito de castro, veo que muchos de sus seguidores eran y son fanáticos de el, y hacen y han hecho lo que no hubiesen hecho por ellos mismos. Imagino que en esto aun mas influya el hecho de tener familiares, pues los que se quedan por la familia, mucho mas lo haran por su familia.
Costo, beneficio y riesgo. No se le pueden pedir peras al olmo.
La pregunta de fondo es una de causa: ¿Si no hubieran existido Twitter, Facebook, o Internet, que habría sido diferente en la Cuba o el Irán recientes?
La proposición del artículo es que poco o nada. Yo difiero. Estas redes voluntarias sirven para ganar la batalla de ideas y ablandar el muro.
Ahora bien, si la hipótesis es: ¿Tendrán como efecto estas causas el desmoronamiento de las dictaduras? Mi respuesta es no, hay que mojarse y empujar el muro como indica el artículo.
Aun así creo que la represión sale cada vez más cara cuando es retransmitida al mundo en tiempo real. Esto aumenta el ritmo de desgaste del gobierno.
Por lo tanto una hipótesis es que los eventos de Mississippi hubieran transcurrido a mayor velocidad con esta tecnologías; entendidas como complementos — que no substitutos — de la acción sobre el terreno.
Eso esta bien interesante, pero es un poco desalentador, pues significa que los que escribimos en Internet en contra de la dictadura castrista y hacemos blogs y escribimos en twiter prácticamente no estamos haciendo nada, y que es mucho mas efectivo hablar de estas cosas a personas que conocemos en persona, …lo cual en realidad es mas difícil, pero al parecer mucho mas efectivo.