- jul 16, 2010 • 00:22h
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Chicago es una ciudad teatral no sólo en la sobresaliente escenografía de su arquitectura, merecedora de grandes ovaciones, sino también por el gran interés en el “Teatro” que aquí existe y apoya gran parte de sus habitantes. Entre calles agrietadas por la gelidez de sus inviernos nacen obras y grupos teatrales que recogen efusivos besos de crítica y popularidad en Broadway y Londres, y algunos hasta logran salir con vida de entre las minadas y peligrosas páginas de reseñas del New York Times.
A orillas del lago Michigan se formó el celebrado Steppenwolf Theatre, que durante las dos últimas décadas del siglo XX salpicó el celuloide estadounidense con una generación de grandes actores. También aquí, entre estudiantes de la erudita Universidad de Chicago, nació una tradición de sátira e improvisación con el grupo The Second City que sigue viva aún, a través del programa televisivo Saturday Night Live, en el aire desde 1975.
Por eso, me dije, tiene mucho sentido que sea en Chicago donde debute, en EE UU, un grupo teatral considerado uno de los ejes de “la vanguardia” del actual “teatro cubano”. Se trata del Teatro Buendía, invitado este verano por el Latino Theater Festival, que organiza cada dos años el Goodman Theater de Chicago bajo la dirección del cubanoamericano Henry Godinez.
Los “buenos días” (como los apodara una amiga estadounidense) se presentaron la semana pasada con La visita de la vieja dama, la versión de Raquel Carrió de The Visit, del alemán Friedrich Dürrenmatt (pieza que anuncian también van a presentar en Miami el 23 de julio, en el Teatro Artime). Esta semana, además, presentan Charenton, también de Raquel Carrió, que sube a escena del 15 al 18 de julio.
Sin ser apasionada de las tablas (prefiero el cine… manías de escritofotógrafa), pero sí con sed de probar y ver qué traen las nuevas generaciones cubanas bajo el brazo en todo lo relacionado con las artes, me aventuré a sacrificar una estupenda noche de verano chicaguense, cosa tan apreciada por estos lares, y sentarme en una sala oscura y fría para presenciar a “la vanguardia” en acción.
Acudí a la presentación el sábado 10 de julio, previamente informada por Wikipedia y el crítico de teatro del Chicago Tribune que la obra trataba sobre un regreso —al cabo de los años después de un destierro forzado— y de la consecuente bienvenida, motivada por la hipocresía y el interés, por los mismos personajes que otrora mancillaran y botaran del pueblo a la ahora vieja y rica dama. “Más cubisuculento no puede estar este dramita”, me dije acomodándome entre el público. Que en la versión alemana de La visita la trama se desarrolla en un pueblo llamado Guellen (cuyo significado es “excremento”) y que en esta versión el nombre del pueblo es Gula (que a veces me sonaba a “gulag”, imagino que malpronunciado con obvia intención…), me abría más el apetito por ver qué iba a hacer el Buendía con esos afilados ingredientes.
El resultado es un tremendo menjunje de teatro épico, cabaret, pantomima, cubichonería en salsa roja aguada, relajo y tragedia, todo bien cocido a fuego lento y con gran calidad teatral. Desde el inicio queda claro que esta versión opta por la vía del humor de doble sentido, en todos los aspectos concebibles. El guión cuelga y se bambolea en labios de los actores en un vaivén rociado de sugerencias. Cualquiera puede interpretar que está presenciando tanto el drama de la vieja dama y las razones de su regreso a Gula (vengarse de quienes la trataron injustamente) como el tragicomuniquismo de esa otra secuencia de sucesos que se desarrollan a diario en un ambiente denso, gris y subtropical en una isla infestada de envidias y sofocada por la doble moral.
La escenografía es sencilla y práctica: cada elemento del atrezo se usa y se recicla. Los excesos van a cargo de la actuación, propia del teatro épico en gestos, proyecciones y representaciones. Las actuaciones del elenco, dentro del vórtice de cambios de vestuario y utilería, y de ritmos de canciones sumamente sugerentes o muy livianas son precisas, ágiles, al grano. La dirección de Flora Lauten, fundadora del grupo teatral, es notable en todos esos aspectos de la obra. Es una puesta en escena basada en “the power of the performance and the actor”, como lo describe en este comentario Godínez, director y curador del festival.
Cuando Clara, la vieja dama, hace su entrada escénica descendiendo por unos rojos peldaños, balanceando un exagerado toque de plumas y lentejuelas, y cantando “Siento la nostalgia de palmeras”, canción hecha famosa por Celia Cruz, quedó clarísimo que los cubanoamericanos en el público iban a despedir la actuación con una ovación. Y así fue. Ovación cerrada y sincera. Pero los cubanoamericanos éramos pocos y no llenábamos el teatro, como estoy segura de que sucederá en Miami. Esa noche el teatro estaba lleno, pero “de Chicago”, esa mezcla de gente de muchas partes que se encuentran de casualidad en el centro, en el medio de ambos extremos y conforman el “heartland” o corazón básico estadounidense. Y ellos, prácticos amantes del buen teatro y por lo general poco demostrativos, quedaron muy satisfechos con lo que vieron.
Om Ulloa
Chicago





Muchas gracias por esta reseña excelente om, demuestra que la gozaste plenamente. Y gracias también por el somero vistazo a Chicago, una gran ciudad pocas veces resaltada por su hacer cultural. Saludos.
MI