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Alí en La Habana

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    Editor Jefe
  • Jun 03, 201023:29h
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He pasado un par de noches muy agradables leyendo el libro de Gay Talese, Retratos y encuentros, que acaba de editar Alfaguara. (La prensa cultural le ha hecho bastante caso en estos días: hay entrevistas, reseñas, comentarios…). Pero el mejor momento me lo deparó la pieza que el pionero del Nuevo Periodismo norteamericano dedica a la visita a La Habana del célebre boxeador Cassius Clay, rebautizado como Muhammad Alí, y a su encuentro con Fidel Castro. Se trata de uno de los pocos retratos periodísticos donde el Comandante aparece en todo su rutilante ridículo de vejete pretencioso. El reportaje, que en el idioma original rebasaba las 13 mil palabras, no corrió con suerte entre las revistas norteamericanas. Fue rechazado, exactamente, por diez publicaciones (The New Yorker, GQ, Esquire, Rolling Stone, Harper’s, New York Times Magazine, Sports Illustrated…). Esquire finalmente reconsideró su decisión y acabó publicándolo —justo antes de que en diciembre fuera incluido en la antología de Los mejores ensayos norteamericanos de 1997. Que lo disfruten.

Por Gay Talese

Hace en La Habana una noche de invierno tibia, ventosa, de palmas que tremolan, y los principales restaurantes están repletos de turistas de Europa, Asia y Suramérica, que presencian la serenata de guitarristas que cantan sin descanso: “Guan-ta-na-me-ra… guajira… guan-ta-na-mera”; y en el Café Cantante hay unos bulliciosos bailarines de salsa, reyes del mambo, artistas masculinos de pechos descubiertos que bufan y levantan mesas con los dientes, y mujeres de turbante, enfundadas en faldas que les ciñen las nalgas y que tocan silbatos mientras rotan sus cuerpos resplandecientes en un frenesí erótico. Entre el público del café, así como en los restaurantes, hoteles y demás lugares públicos de la isla, se fuman cigarros y cigarrillos sin límites ni restricciones. Dos prostitutas fuman y charlan en privado en la esquina de una calle mal iluminada que limita con los prados impecables del hotel de cinco estrellas de La Habana, el hotel Nacional. Son mujeres cobrizas, rozan los veinte años y llevan blusas abrochadas en la nuca y minifaldas desteñidas; y al tiempo que conversan abren los ojos mientras dos hombres, uno blanco y negro el otro, se agachan sobre el maletero abierto de un Toyota rojo estacionado cerca, regateando los precios de las cajas de puros del mercado negro que se apilan dentro.
El blanco es un húngaro de mandíbula cuadrada, de treinta y tantos años, con un traje tropical de color beige y una corbata ancha y amarilla, y es uno de los principales empresarios de La Habana en el próspero negocio ilegal de la venta de puros cubanos enrollados a mano y de primera calidad por debajo de los precios comerciales locales e internacionales. El negro detrás del coche es un individuo
algo calvo, de barba gris, de unos cincuenta y tanto, años que vino de Los Ángeles y se llama Howard Bingham; y no importa qué precio pida el húngaro, Bingham sacude la cabeza y dice:
—¡No, no: es demasiado!
—¡Estás loco! —exclama el húngaro en un inglés con poco acento, sacando una caja del maletero y pasándosela por la cara a Howard Bingham—. ¡Si son Cohiba Espléndidos! ¡Los mejores del mundo! Pagarías mil dólares por una caja de éstas en Estados Unidos.
—No yo —dice Bingham, que lleva una camisa hawaiana y una cámara colgada del cuello: es fotógrafo profesional y se hospeda en el hotel Nacional con su amigo Muhammad Alí—. Yo no te daría más de cincuenta dólares.
—Estás loco —dice el húngaro, cortando el sello de papel de la caja con la uña y alzando la tapa para dejar ver una reluciente hilera de Espléndidos.
—Cincuenta dólares —le dice Bingham.
—Cien dólares —insiste el húngaro—. ¡Y date prisa! La policía puede estar de ronda.
El húngaro se endereza y por encima del coche mira el prado bordeado de palmas y las luces de pie que en la distancia alumbran el camino que conduce al ornamentado pórtico del hotel, que está ahora atestado de personas y vehículos; luego se vuelve para echar otro vistazo a la cercana vía pública, en donde ve que las dos prostitutas soplan el humo en su dirección. Frunce el entrecejo.
—Rápido, rápido —le dice a Bingham, entregándole la caja—. Cien dólares.
Howard Bingham no fuma. Él, Muhammad Alí y sus compañeros de viaje se van mañana de La Habana, tras tomar parte en una misión de ayuda humanitaria de cinco días que vino con un avión cargado de suministros médicos para las clínicas y hospitales desabastecidos por el embargo de Estados Unidos; y a Bingham le gustaría regresar a casa con unos buenos cigarros. Pero, por otro lado, cien siguen siendo demasiado.
—Cincuenta dólares -dice Bingham con firmeza, mirando su reloj y echando a andar.
—Está bien, está bien —dice de mal grado el húngaro—. Cincuenta.
Bingham se saca el dinero del bolsillo y el húngaro le echa mano y entrega los Espléndidos antes de irse en el Toyota. Una de las prostitutas da unos pasos hacia Bingham, pero el fotógrafo apura el paso de regreso al hotel. Esta noche Fidel Castro ofrece una recepción para Muhammad Alí, y Bingham tiene apenas media hora para cambiarse y bajar al pórtico para tomar el autobús fletado que va a llevarlos a la sede de gobierno. Trae una de sus fotografías para el caudillo cubano: un retrato ampliado y enmarcado de Muhammad Alí y Malcolm X caminando juntos por una acera de Harlem en 1963. Malcolm X estaba a la sazón por los treinta y siete años, a dos de una bala asesina; el joven Alí, de veintiún años, estaba a punto de conquistar el título de los pesos pesados en una memorable victoria inesperada contra Sonny Liston en Miami. La fotografía de Bingham lleva dedicatoria: “Al presidente Fidel Castro, de Muhammad Alí”. Bajo su firma el ex campeón ha garabateado un corazoncito.

Aunque Muhammad Alí tiene ahora cincuenta y cuatro años y lleva más de quince lejos del cuadrilátero, sigue siendo uno de los hombres más famosos del mundo, reconocible en los cinco continentes; y mientras recorre el vestíbulo del hotel Nacional con dirección al bus en un traje de rayón gris y camisa de algodón abotonada hasta el cuello v sin corbata, numerosos huéspedes se le acercan para pedirle un autógrafo. Le lleva unos treinta segundos escribir “Muhammad Alí”, tanto le tiemblan las manos por efecto de la enfermedad de Parkinson; y aunque camina sin apoyo, sus movimientos son muy lentos, y Howard Bingham y Yolanda, la cuarta esposa de Alí, lo siguen de cerca.

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Foto: Hazel Hankin.

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