- may 26, 2010 • 10:17h
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A Reinaldo García Ramos, que bien lo sabe
En menos de dos meses se cumplirán 30 años de que llegué por primera vez a Nueva York. Yo había vivido por algunos meses entre Madrid, París y Londres y esperaba encontrar a la ciudad del siglo como el súmmum de la modernidad; pero mi primer encuentro con Nueva York fue decepcionante: en 1980, convivía con la pujanza consagrada por el cine y la literatura la mugre de una palpable decadencia. El espacio público —afectado por una gestión municipal que había llegado hasta las puertas de la quiebra— exhibía, sin vergüenza, una fealdad que un arte marginal ya había empezado a jerarquizar. La suciedad, el desaliño, la decrepitud física de los edificios y la sordidez de los expendios de drogas y prostitución se habían convertido, para entonces, en parte de una puesta en escena, derivación de la subcultura hippie de finales de los sesenta que ya tenía un sello de añejamiento, hipismo vintage podríamos decir, que se iba fabricando su solera en los egresados de las manifestaciones contra la guerra de Vietnam que eran también narcómanos. Se trataba de la cultura pop que había encontrado su rostro más emblemático en la pintura de Andy Warhol y sus epígonos.
Yo llegaba con vocación de arqueólogo, queriendo rastrear entre las ruinas de una cultura su pasado esplendor: el Nueva York de que había oído hablar tantas veces, en las sobremesas de casa, a amigos y parientes que habían vivido en la ciudad, o la habían visitado, en los años cuarenta y cincuenta; el de las películas en blanco y negro con mujeres de guantes y sombreros y caballeros de capas y fedoras en un ambiente impecable que relumbraba con las luces de las marquesinas de los teatros; el de la eficacia y puntualidad de los servicios manejados por diligentes anglosajones o inmigrantes perfectamente asimilados…
En aquel verano de 1980, mis ojos tropezaban, en cambio, con un sórdido abigarramiento que le imprimía al ambiente un acento tercermundista, con sus rasgos distintivos de abandono y desfiguración: algunos edificios emblemáticos, como Grand Central Station, que habían logrado escapar a la demolición, sobrevivían con escandalosos remiendos; los amplios checker-taxis que había visto circular tantas veces en el cine eran ya unas reliquias en vías de extinción, sustituidos por otros bastante más angostos e incómodos, conducidos por sujetos que apenas conocían la ciudad, mascullaban un inglés bárbaro y, en muchos casos, apestaban. Los malos olores eran omnipresentes, pero se intensificaban en las estaciones y túneles del Subway donde gente sin hogar y mendigos profesionales —que a veces vendían drogas— vivían entre sus heces. Lo peor parecía ser la creciente vida delictiva que, frente a la pasividad de las fuerzas del orden, parecía destinada a controlarlo todo. Un año después, cuando este clima de abandono y corrupción no parecía más que acentuarse, John Carpenter estrenaba Escape from New York, en el que ya Manhattan se había convertido por entero en una cárcel de máxima seguridad donde imperaba el crimen.
Fue así que, a primera vista, Nueva York no logró provocarme el asombro que ha sabido despertar en tantos viajeros, que me han precedido y sucedido en ese encuentro, y que luego, con el tiempo y hasta el día de hoy, también ha conseguido suscitar en mí. La primera impresión fue de rechazo; pero, más allá de los andrajos, los olores y el reciente folklore impuesto por una subcultura que yo detestaba, la ciudad conservaba una silueta y un carácter, una dinámica o modo muy suyo de ser que aún somete y transforma a todo el que se pone al alcance de su imperiosa atracción.
El primer signo de este imperio que ejerce Nueva York radica en su perfil, eso que en inglés llaman skyline, la línea que el trazado urbano recorta contra el cielo, y que sólo puede apreciarse desde afuera, desde las orillas opuestas de estos brazos del río Hudson que circundan a la isla de Manhattan, porque, valga aclarar —por mucho que se empeñen en afirmar lo contrario las agencias municipales y los guías de turismo— que Nueva York es Manhattan, y el resto, esas zonas que incluyen en el “área metropolitana” —en la que, además de El Bronx, Brooklyn, Queens y Staten Island, hay que contar algunos condados de Nueva Jersey— no son más que los balcones para gozar de su contemplación.
No me acuerdo cuándo vi a Nueva York, como gigantesca abstracción y maqueta platónica, por primera vez, pero debe haber sido desde el lado de Jersey donde, años después, vendría a vivir. Boulevard East, el paseo que bordea los acantilados del río a lo largo de las ciudades de Weehawken, West New York, Guttenberg y North Bergen es, en verdad, una inmensa terraza para ver a Manhattan. De repente, las drogas y la mugre, la fealdad y las pestes, el descuido y el crimen que tanto me habían repelido en un principio desaparecían frente a aquel conjunto de atrevidos y armónicos poliedros que constituían el perfil urbano más definido y más reproducido del último siglo: Atlanta, Chicago, Johannesburgo, Pittsburgh Sao Pablo, Singapur, Toronto…, incluso allí donde los rascacielos son más altos, no pasan de ser remedos de esta portentosa silueta que aun hoy, después del desplome de las Torres Gemelas, define el carácter de la ciudad que bien llaman la capital del mundo.
Se establecía —y aún se establece, como la recomposición visual de un escenario— una súbita identidad entre ese perfil de vidrio y hormigón, que de día multiplica la luz del sol y que de noche parece volverse una galaxia, y lo que la ciudad es y contiene: la máscara de Nueva York es su rostro, su rostro es su alma. Mucho antes de que el gobierno de Rudolf Giuliani barriera con los detritus que tanto me incomodaron al principio y acercara los índices de la delincuencia a los de una aldea cuáquera, la ciudad supo conquistarme sin coqueterías superficiales: era genuina y única. La mugre y el abandono que un momento la afearon nunca formaron parte esencial de su carácter —como afirmaron luego ciertos apologistas de lo marginal—, fueron sólo accidentes. Nueva York era sobre todo una manera de procesar y transformar el mundo, de hacerlo próximo y entrañable, de brindarte un punto de vista (nunca dicho con más apego a su sentido literal), de hacer propio el panorama íntegro de la realidad. A quien la admiraba con asombro, le devolvía el favor multiplicado al ofrecerle la plataforma de una cosmovisión.
Sin embargo, no se trata de que la ciudad sea la concreción de la mítica Babel (mucho menos la “Babel de hierro” de cierta prensa cursi), el sitio bíblico donde se confundieron los idiomas. Aunque, según algunas estadísticas, se hablan en ella alrededor de 600 lenguas, no prima la confusión cultural, sino una poderosa fuerza que las integra sin negarle existencia y que tampoco pugna con el colorido multiétnico visible por las calles y que le da nombre y personalidad a ciertos barrios. Nueva York se nutre de esa diversidad sin disolverla, al tiempo que no sucumbe a su pintoresquismo y estridencias. Tiene un modo de ser que toma en cuenta lo que pasa en el mundo, pero lo que pasa en el mundo tal como se produce y reproduce aquí, y aquí todo se re-produce —la pintura de vanguardia y el fundamentalismo religioso, audacísimas operaciones bursátiles y refinadísimos escenarios de ópera, manifiestos de revolucionarios extranjeros y pactos de gobiernos igualmente foráneos, subastas de los más raros manuscritos y el mayor acto terrorista… Dicen que el neoyorquino no ve más allá de la rivera opuesta del Hudson; pero desde el mirador que es Nueva York puede alcanzarse hasta el último rincón del planeta.
Si algo infunde esta ciudad, en la cual y en su periferia he vivido por las últimas tres décadas, es la conciencia de un cosmopolitismo que no tiene ni la soberbia de París ni la condescendencia de Roma: es más orgánico, más interiorizado, sabedor de que el mundo entero es provincia que aquí se clasifica y deconstruye. Una visión que digiere los énfasis del aldeanismo que llega del Tercer Mundo y que muchos traemos en el equipaje de nuestra migración: desmesura que esta ciudad se encarga hábil y prontamente de reducir a sus exactas proporciones.
Vicente Echerri
Nueva York






Como Vicente Echerri, soy Cubano, como el soy Santiaguero,(creo que lo es) como el comparto muchas de sus opiniones politicas y como el finalmente llegue a las orillas del RIO HUDSON en 1981 y trabaje en Nueva York, y todas las noches regresaba a mi casa en la otra orilla del rio, alli donde se contempla la silueta hermosa de Manhattan en todo su esplendor, y esa IMAGEN DE MANHATTAN es la que hace a Nueva York, haberla bautizado como “LA GRAN MANZANA”, ESE ES EL NEW YORK que se conoce en el mundo.I LOVE NEW YORK.R, C,
Yo me quede con las ganas, llegue tarde.
Greetings from Union City.
New York te reduce a tus exactas proporciones, eso me encanta!!!
Vicente es un ser especial muy inteligente y equilibrado. Incluso sin estar de acuerdo con alguno de sus puntos de vista se gana tu respeto,simplemente porque es serio, y eso es una virtud rara en estos tiempos de pan y circo por todos lados.
Hermosa , muy hermosa su vision de New York.
Exactamente por eso es que New York es tan especial.
Lindo, Vicente, lindo…
Thank you for that ode to the City. Saludos desde North Bergen.