- abr 29, 2010 • 00:45h
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Por Christopher Hitchens
Rebelión en la granja, como escribió su autor más tarde, “fue el primer libro en el que intenté, de forma plenamente consciente, fundir una misión política y una artística en un todo.” Y ciertamente, sus páginas contienen una síntesis de muchos de los problemas que hemos llegado a considerar “orwellianos.” Entre ellos, el odio a la tiranía, el amor hacia los animales y el campo ingleses, y una profunda admiración hacia las fabulas satíricas de Jonathan Swift. A eso puede añadirse el deseo de Orwell de ver las cosas desde el punto de vista de la infancia y la inocencia: él siempre había deseado ser padre y, temiéndose estéril, adoptó un niño poco antes de la muerte de su primera esposa. El a medias irónico subtítulo de la novela es “Un cuento de hadas,” y Orwell se sintió complacido cuando oyó amigos como Malcolm Muggeridge y Sir Herbert Read le contaron que sus propios hijos habían disfrutado del libro.
Como gran parte de su trabajo posterior —más conspicuamente el mucho más oscuro 1984— Rebelión en la granja fue producto del compromiso de Orwell en la Guerra Civil Española. Durante el transcurso de aquel conflicto, en el que combatió en el bando antifascista y fue herido y expulsado del país por los partidarios de Stalin, sus experiencias le persuadieron de que la mayor parte de la opinión de “izquierda” estaba equivocada, y que la Unión Soviética era un nuevo tipo de infierno y no una utopía emergente. Describió la génesis de esa idea en uno de sus dos prólogos al libro:
…Durante los diez últimos años me he convencido de que la destrucción del mito soviético era esencial si queríamos la resurrección del movimiento socialista. A mi regreso de España pensé exponer el mito soviético con una historia que fuera fácilmente entendida por casi todos… Sin embargo, los detalles concretos de la historia no me llegaron durante bastante tiempo hasta que un día (estaba viviendo en un pequeño pueblo) vi a un niño, tal vez de diez años, conducir una gran carro a través de un sendero estrecho, azotándo a las bestias cada vez que trataba de dar la vuelta. Me di cuenta de que bastaría que esos animales se dieran cuenta de su propia fuerza para que no tuviéramos más poder sobre los mismos, y que el hombre explota al animal de la misma manera que el rico explota al proletariado.
Procedí a analizar la teoría de Marx desde el punto de vista animal.”
La simpleza de esa noción resulta muy engañosa. Al asumir esa tarea, Orwell escogió implicarse en una compleja y acerba polémica acerca de la revolución bolchevique en Rusa; en aquel momento bastante más controversial que hoy. Rebelión en la Granja puede ser mejor comprendida si nos aproximamos a ella desde tres direcciones distintas: su contexto histórico; el combate en torno a su publicación y su subsiguiente adopción como un arma cultural importante durante la Guerra Fría; y su continua relevancia hasta hoy.
El libro fue escrito en el punto más alto de la Segunda Guerra mundial, y en un momento en el que el pacto entre Stalin y Hitler había sido abruptamente remplazado por una alianza entre Stalin y el Imperio Británico. Londres estaba bajo el bombardeo nazi y el manuscrito de la novela debió de ser rescatado de las ruinas de la casa bombardeada de Orwell en el norte de Londres.
El modo cínico en que Stalin cambió de bando no sorprendió a Orwell, que ya estaba por aquel entonces acostumbrado a la deshonestidad y crueldad del régimen soviético. Esto le colocó dentro de una muy pequeña minoría, tanto dentro de la Inglaterra oficial como entre la izquierda inglesa.
Con algunas pequeñas alteraciones en la secuencia de los sucesos, la acción del libro se parece mucho al destino de la generación de 1917 en Rusia. De ahí que el gran esquema revolucionario del veterano cerdo Mayor (Karl Marx) sea inicialmente adoptado entusiastamente por casi todas las criaturas, lo que lleva al derrocamiento del Granjero Jones (el Zar), la derrota de los otros granjeros (las ahora olvidadas invasiones de Rusia en 1918-19) y la creación de un nuevo modelo de estado. En breve tiempo, las criaturas más crueles e inteligentes —naturalmente los cerdos— tienen a los otros animales bajo su férula y se ponen a vivir como aristócratas.
Inevitablemente, los cerdos discuten entre sí. Las fuerzas sociales representadas por diferentes animales son fácilmente reconocibles —Boxer, el noble caballo como la representación de la clase obrera; Moisés, el cuervo, como la Iglesia Ortodoxa rusa— de la misma manera que son identificables los individuos representados por los distintos cerdos. La rivalidad entre Napoleón (Stalin) y Snowball (Trotsky) acaba con el exilio de Snowball y el subsiguiente intento de borrarlo de la memoria de la granja. Stalin hizo asesinar al exilado Trotsky en México menos de tres años antes de que Orwell comenzase a trabajar en el libro.
Algunos de los pequeños detalles son meticulosamente exactos. Debido a las exigencias de la guerra, Stalin realizó varios compromisos oportunistas. Reclutó a la Iglesia Ortodoxa Rusa, para camuflarse mejor en el traje patriótico, y abolió el viejo himno socialista La Internacional por ser demasiado provocativo para sus nuevos aliados capitalistas de Londres y Washington. En Rebelión en la granja, a Moisés, el cuervo, le es permitido volver a graznar a medida que la crisis se profundiza, y a las pobres explotadas cabras, caballos y gallinas se les dice que ya no pueden cantar su amada canción “Bestias de Inglaterra”.
Sin embargo, hay una clara omisión. Existe un cerdo Stalin y un cerdo Trotsky pero no un cerdo Lenin. De forma similar, en 1984 encontramos solo un Gran Hermano Stalin y a un Emmanuel Goldstein Trotsky. Nadie parece haber señalado esto en su momento (y si puedo decirlo, nadie excepto yo lo ha hecho desde entonces, me tomó años darme cuenta de lo que estaba claramente frente a mí).
Da que pensar lo cerca que estuvo esta novela de no ser publicada. Habiendo sobrevivido al bombardeo de Hitler, el vapuleado manuscrito fue mandado a la oficina de T. S. Eliot, por aquel entonces un importante editor de Faber & Faber. Eliot, conocido de Orwell, era un conservador político y cultural, por no decir un reaccionario. Pero, influenciado tal vez, por la alianza británica con Moscú, rechazó el libro en base a que parecía demasiado “troskista”. También le dijo a Orwell que su elección de los cerdos como líderes era desafortunada, y que los lectores podían extraer la conclusión de que lo que se necesitaba eran “cerdos más animosos”. Esto tal vez no era tan fatuo como el rechazo que Orwell recibió de la Dial Press en New York, que solemnemente le informó que las historias sobre animales no tenían mercado en los Estados Unidos. Y eso en el país de Disney…
La solidaridad de tiempos de guerra entre tories ingleses y comunistas soviéticos encontró otra contrapartida en la obra de Peter Smollett, un oficial veterano del Ministerio de Información que fue después expuesto como agente soviético. Smollett hizo suya la tarea de advertir a ciertos editores, y como consecuencia a Rebelión en la granja se le negó un hogar en las respetables firmas de Victor Gollancz y Jonathan Cape. Durante un periodo Orwell consideró publicar el libro de forma privada con la ayuda de su amigo el poeta radical canadiense, Paul Potts, en la que hubiera sido una instancia pionera del samizdat, o autopublicación, antisoviética. Llegó a escribir un irritado ensayo, titulado “Libertad de prensa”, para incluirlo como presentación: un ensayo que no fue desenterrado sino hasta 1972. Eventualmente, el honor de la industria editorial fue salvado por la pequeña compañía Secker & Warburg, que en 1945 publicó una edición de tirada limitada y pagó a Orwell 45 libras por la misma.
Es posible pensar que la historia podría haber acabado como un petardo mojado, pero dos desarrollos posteriores dieron a la novela su lugar en la historia. Un grupo de socialistas ucranianos y polacos, que vivian en campos de refugiados de la posguerra europea, descubrieron un ejemplar del libro en inglés y encontraron que era una alegoría casi perfecta de su reciente experiencia personal. Su autodidacta líder y traductor angloparlante, Ihor Sevchenko, encontró una dirección de Orwell y le escribió pidiéndole permiso para traducir Rebelión en la granja al ucraniano. Le dijo que muchas de las victimas de Stalin continuaban a pesar de todo considerándose socialistas y no confiaban en un intelectual de derecha para expresar sus sentimientos. “Se veían profundamente afectados por escenas como las de los animales cantando ´Bestias de Inglaterra´ en la colina… Reaccionaban vivamente ante los valores ´absolutos´ del libro-” Orwell estuvo de acuerdo en cederles los derechos de publicación gratuitamente (hizo eso para ediciones siguientes en varios otros idiomas de Europa oriental). Impresiona el pensar a soldados y prisioneros de guerra endurecidos por la batalla, que habían sobrevivido a todas las privaciones del frente oriental, sintiéndose afectados por la imagen de unos animales de granja ingleses cantando su propia versión de La Internacional descartada, pero esa fue tan sólo una primera instancia de la forma en que libro agarraba a sus lectores. Las autoridades militares americanas en Europa no se emocionaron tan fácilmente: recogieron todos los ejemplares de Rebelión en la granja que pudieron encontrar y se los entregaron al Ejército Rojo para que los quemase. La alianza entre granjeros y cerdos, tan inolvidablemente descrita en las páginas finales del libro, seguía presente.
Pero en la parcialmente acrimoniosa escena final, que suele ser más recordada por la manera en que hombres y cerdos se han vuelto indistinguibles, Orwell predijo, como en otras ocasiones, que la ostensible amistad entre Este y Oeste no sobreviviría por largo tiempo la derrota del nazismo. La Guerra Fría, una expresión que el mismo Orwell fue el primero en emplear por escrito, pronto creó una atmósfera ideológica distinta. Esto a su vez condicionó la recepción de Rebelión en la granja en los Estados Unidos. Inicialmente rechazada en Random House por el simpatizante comunista Angus Cameron, fue rescatada del olvido por Frank Morley de Harcourt & Brace, que mientras visitaba Inglaterra se había impresionado por un encuentro casual con la novela en una librería en Cambridge. La publicación fue ayudada por dos golpes de buena suerte: Edmund Wilson escribió una muy favorable reseña para el New Yorker, comparando el talento satírico de Orwell con la obra de Swift y Voltaire; el Club del Libro del mes lo convirtió en una de sus selecciones principales, lo que llevó a imprimir casi medio millón de ejemplares. A pesar de la estupidez de Dial Press, la Compañía Walt Disney apareció con una propuesta para una versión cinematográfica. Nunca se realizó, aunque la CIA posteriormente produjo y distribuyó una Rebelión en la granja en dibujos animados para tareas de propaganda. Cuando Orwell murió en enero de 1950, tras terminar 1984, ya había alcanzado una reputación internacional y tenía que publicar repetidos desmentidos ante el uso de su obra por la derecha americana.
Probablemente, la frase más conocida de la novela es la negación que hacen los cerdos del eslogan original de que “todos los animales son iguales” al añadir que “algunos animales son mejores mas iguales que otros”. A medida que el comunismo en Rusia y Europa oriental tomaba cada vez más y más la apariencia de un sistema de “nueva clase”, con privilegios grotescos para la élite dirigente y una aplastante mediocridad existencial para la mayoría, el efecto moral de Orwell —tan simple de comprender y traducir, precisamente como él había esperado— se convirtió en una de las muchas fuerzas no cuantificables que erosionaron el comunismo como sistema tanto como ideología. Gradualmente, el mismo efecto se extendió a Asia. Recuerdo un amigo mío comunista, telefoneándome desde China cuando Deng Xiaoping anunció las “reformas” que iniciaron lo que ahora conocemos como el capitalismo chino. “Los campesinos deben hacerse ricos,” anunció el líder del partido, “y algunos serán más ricos que otros.” Mi camarada llamaba para decir que tal vez Orwell había tenido razón, a pesar de todo. Hasta ahora, Rebelión en la granja no ha sido publicado legalmente en China, Birmania o en esa tierra moralmente salvaje de Corea del Norte, pero un día veremos su aparición en esas tres sociedades, donde seguro será saludada con la sorpresa del reconocimiento que sigue siendo capaz de de inspirar.
En Zimbabwe, a medida que el gobierno de la claque cleptocrática de Robert Mugabe se hizo cada vez más exorbitante, un periódico de oposición aprovechó la oportunidad para republicar Rebelión en la granja por capítulos. Lo hizo sin comentarios, excepto que una de las ilustraciones que la acompañaban mostraba al dictador Napoleón llevando las típicas gafas de pasta negra del líder de Zimbabwe. Enseguida hicieron saltar las oficinas del periódico con una bomba, pero no habrá que esperar mucho para que los niños de Zimbabwe puedan también disfrutar del libro.
En el mundo islámico, muchos países continúan censurando Rebelión en la granja, aparentemente por su énfasis en los cerdos. Claramente esa no puede ser la única razón —aunque sea tan sólo porque la facción porcina es presentada de forma tan desfavorable— y bajo el despotismo teocrático de Irán está prohibido por razones que tienen que ver con el mensaje de la “revolución traicionada”.
Existe una cualidad atemporal, incluso trascendente en este cuento. Se percibe cuando Mayor habla a su callado, triste auditorio de animales agotados sobre un tiempo lejano, cuando las criaturas conocían la posibilidad de un mundo sin amos, y cuando recuerda en un sueño las palabras de una canción medio olvidada sobre la libertad. A Orwell le gustaba la tradición de la Revolución Protestante Inglesa, y su cita favorita a la hora de justificarse la había tomado de John Milton, que tomó partido “A favor de las reglas reconocidas de la antigua libertad.” En todas las mentes, tal vez especialmente en las de los niños, existe el sentimiento de que la vida no tiene por qué ser siempre así, y esos mal nutridos supervivientes ucranianos, respondiendo a la autenticidad de los versos y a un algo “absoluto” en la integridad del libro, estaban escuchando la poderosa cita de Milton, tanto si la entendían como si no.
[Publicado originalmente en The Guardian, 17 de abril de 2010. Traducción de Juan Carlos Castillón]






Si existe un cerdo Lenin que el autor confunde con Karl Marx. Mayor era Lenin.
La genialidad de Orwell está en proyectar aquel presente a través de sus consecuencias lógicas y dibujar el futuro del sistema soviético hasta la caída de la URSS y consecuente caída de la estatua de Mayor y la conversión de los cerdos en la clase política rusa actual, donde los antiguos dirigentes del PCUS se quedaron con las empresas y los recursos naturales del país para su aprovechamiento particular, traicionando a la clase proletaria.
Simplemente genial. Un libro tan sencillo de leer y al mismo tiempo tan profundo, solo faltaba que a Napoleon le creciera la barba. Y pensar que muchos editores no comunistas le pusieron trabas a su publicacion
En mi familia en Cuba deciamos en broma que Orwell no habia hecho una fabula sobre el comunismo sino un manual: el ComaAndante leia Rebelion en la Granja todos los dias y despues implementaba lo que habia leido