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Telegramas y radios

  • Abr 05, 201008:09h
  • 8 comentarios

Mi amigo Danilo vivía en un cuartico en la acera de enfrente de mi casa y era una de las pocas personas del barrio que tenían teléfono privado. Nos tratábamos mutuamente de “primo”, pero no éramos parientes: sólo que en el barrio había que disimular así, pues mi tío Juan le había cedido ese cuarto cuando decidió irse a pasar sus últimos años en Cienfuegos, en casa de mis abuelos maternos; esa transacción era consideraba ilícita, como tantas otras cosas en Cuba, pero la gravedad se atenuaba si el que se quedaba a “cuidar” la vivienda era, como dijimos en este caso, un “sobrino” del ocupante legal. Lo mismo pasaba con la cuestión de conservar la línea telefónica, que mi tío había tenido desde antes de 1959, porque durante mucho tiempo se ganó la vida como fotógrafo particular.

Así que fui enseguida a consultar con mi “primo”. Danilo era de confianza y yo sabía que se quería ir, de modo que fue la primera persona que me vino a la mente esa tarde, cuando sentí la necesidad de comentar la nota sobre Mariel que había salido en el Granma. Pero no lo encontré. Él me había estado buscando también para lo mismo y poco después, antes de que yo volviera por su cuartico a visitarlo, me vino a ver. Enseguida fue muy claro y me confirmó que estaba dispuesto a hacer lo que tuviera que hacer para irse del país:

—¡Lo que sea, mi primo, lo que sea!

Estuvimos un rato en casa viendo a ver qué hacíamos, mientras tomábamos un poco de café del que quedaba de la cuota, una mezcla de granos molidos sin identidad precisa, unidos a remotos residuos de verdadero café. No llegamos a ninguna conclusión, pero decidimos que lo que fuéramos a hacer lo haríamos juntos. Quedamos en vernos de nuevo en casa esa noche a las 8, para escuchar qué decían los noticieros de afuera, sobre todo la Voz de las Américas.

Yo había podido conseguir tiempo atrás un radio soviético de onda corta, un artefacto de la marca Selena (antediluviano, con diseño y tecnología copiados burdamente de los Gramophon alemanes), que me permitía escuchar las trasmisiones en español de las principales estaciones de onda corta, entre ellas la BBC, la Deutsche Welle, Radio Netherlands y, claro está, la Voz de las Américas.

Esos radios, que se habían vendido en todo el país algunos años antes con autorización de los sindicatos (pues estaban destinados a obreros destacados en la “emulación socialista”) habían llegado luego a otras personas que los habían comprado a sobreprecio en algunos de los intersticios del mercado negro o los habían adquirido incluso directamente de los obreros agraciados. Entre un radio y una suma considerable de dinero para resolver comida, éstos no vacilaban: preferían lo segundo. Y esos radios iban a desempeñar una función decisiva en las semanas subsiguientes, pues permitieron que la población deseosa de abandonar el país recibiera por onda corta la información que la prensa oficial no daba o daba a medias.

En el noticiero que trasmitió esa noche la Voz de las Américas, Danilo y yo confirmamos que, en efecto, decenas de embarcaciones procedentes de los Estados Unidos, sobre todo del sur de la Florida, se estaban aproximando al puerto de Mariel o ya habían llegado a éste y permanecían en espera de que las autoridades cubanas les entregaran a las personas que habían venido a buscar. El Servicio de Guardacostas norteamericano no les estaba impidiendo navegar hacia o desde Cuba. Todo estaba ocurriendo con una rapidez vertiginosa.

En cuanto escuchamos esas noticias, Danilo y yo decidimos que él trataría de obtener comunicación telefónica con los Estados Unidos esa misma noche desde su propio teléfono. Intentaría primero con uno de sus tíos en Tampa, y si no podía hablar con ese, probaría suerte con alguna de mis dos tías en Miami. El mensaje a trasmitir era muy simple: “Manden un barco a buscarnos.”

Yo me quedé en casa esa noche, y estuve despierto hasta muy tarde. Sintonicé otros noticieros de onda corta, a ver si decían algo más. Las estaciones cubanas, desde luego, permanecían ajenas a lo que estaba sucediendo en Mariel. Pero no logré averiguar mucho más de lo que ya sabíamos; las estaciones extranjeras que incluyeron la noticia en sus trasmisiones de esa noche repitieron con ligeras variantes los mismos escasos detalles que ya nos había dado la Voz de las Américas.

Al día siguiente, miércoles 23 de abril, Danilo vino corriendo a verme en cuanto se despertó, a eso de las 8. No había tenido suerte con las llamadas: todas las líneas telefónicas hacia los Estados Unidos estaban ocupadas, y al comenzar la madrugada las operadoras internacionales empezaron a responder de muy mala gana, y un poco más tarde dejaron de atender las solicitudes. Tal vez para soltar esa frustración, subió las escaleras de mi casa a paso doble y al llegar me dijo, agitado pero convencido:

—¡Lo que hay que hacer es poner telegramas; no uno, varios, a todos los familiares, porque no podemos perder este chance! ¡Vamos juntos hasta la oficina del correo, dale!

Yo me horroricé. Estaba empleado como revisor de traducciones en una de las editoriales del Estado, y como en el lugar no había espacio suficiente, todos los que hacíamos esa labor podíamos trabajar en nuestras casas, pero cumpliendo férreas cuotas de producción, y debíamos visitar la sede de ese empleo por lo menos una vez por semana, para presentar informes de la labor o para entregar todo el texto revisado cuando lo hubiéramos concluido. Cuando escuché a Danilo animándome a ir con él a la estación de correos, imaginé que la policía y los comités de defensa ya estarían controlando los telegramas y que unos días después, cuando yo fuera a mi trabajo a entregar unos materiales, ya me tendrían preparado el “acto de repudio”.

Pero lo que había dicho Danilo era cierto: no había más remedio que recurrir a los telegramas. Su voz me hacía ver la realidad, pero al mismo tiempo retumbaba como un cañonazo en los substratos profundos del miedo. No me dio tiempo a responderle:

—No, mejor te escribo los telegramas míos y tú los pones por mí… —esto lo dijo atropelladamente, mientras buscaba una hoja de papel en mi escritorio.

Me volví a horrorizar. Él no lo notó; se había puesto enseguida a escribir en un pedazo de papel las direcciones de sus parientes. Después me dijo:

—Aquí están las direcciones de mis parientes, pon lo mismo en todos los telegramas. Así me das tiempo y puedo llegarme hasta la Compañía de Teléfonos, ¡a ver si se pueden hacer llamadas desde allí!

Danilo estaba a millón: era una persona sanguínea y práctica, pero yo nunca lo había visto en ese estado de ansiedad. Había apuntado las direcciones en cuestión de segundos. Yo seguía en silencio; él ya estaba llegando a la puerta para irse.

—¡Dale, dale! ¡Déjate de cuentos y arranca!

Al mediodía fui a hacer la cola en la estación de correos. Era una cola tan larga y avanzaba tan lentamente, que demoré casi una hora en llegar hasta la ventanilla de los telegramas. Los avisos que envié, cuatro en total, no mencionaban la palabra “Mariel”, pero tampoco fueron tan escuetos como yo había planeado ni eran textos políticamente anodinos: “manden barco” era ya una revelación para cualquiera, y a última hora se me ocurrió añadir una línea pidiendo a mis tías que me llamaran urgentemente al teléfono de Danilo. Por teléfono, pensé, todo se podría explicar mejor.

La empleada del telégrafo, tras leer mis mensajes, me lanzó una miradita entre seca y divertida, y no pudo evitar que la boca se le torciera en una sonrisita extraña, de menosprecio sutil y de velada conmiseración.

Cuando regresé de la oficina de correos, Danilo me estaba esperando con una nueva tortura: teníamos “marcado” en otra cola, la que ya se había formado en la compañía de teléfonos para recibir unos turnos que iban a dar esa noche.

—¿Turnos? —pregunté, estremeciéndome.

—¡Sí, mi primo, turnos! ¡Van a dar turnos para que usemos las cabinas de la propia central y podamos llamar al Norte sin problemas! Dicen que desde allí la conexión va a estar garantizada, pero sólo dan cuatro minutos para cada llamada…

—¡Cuatro minutos!

—Es suficiente. Así que dale, vamos, que dejé a un viejo cuidándonos un rato el puesto, hay que darle algo, ¿tentrás por ahí… 20 pesos?

Salimos disparados. La compañía de teléfonos estaba a sólo unas cuadras, por suerte. Cuando llegamos, nos quedamos pasmados: la cola, que arrancaba de la puerta principal del edificio por la Calle Águila, ya era de tres o cuatro en fondo, le daba la vuelta a la manzana y casi volvía a salir por la cuadra en que empezaba. Pero lo peor no era eso: el viejo que Danilo había dejado cuidando nuestro puesto no apareció por ninguna parte. Tuvimos que “marcar” de nuevo al final del gentío.

(Continuará…)

Reinaldo García Ramos
Miami

© Este fragmento pertenece al libro inédito Cuerpos al borde de una isla; mi salida de Cuba por Mariel. No puede ser reproducido en ningún otro sitio, salvo con autorización expresa y por escrito de su autor. Los fragmentos publicados no son consecutivos.

PD: Entregas anteriores:

Un lunes extraño.

Un repudio casi trivial.

A buen ritmo.

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8 respuestas
Comentarios

  • Leo dice:

    Gracias, Reinaldo, lo mismo me paso. Los telegramas, pero despues pusieron al pueblo en forma de pasillo para el que entrara a llamar, lo escupieran, lo golpearan. que mierda de pais tengo, vine el 11 de mayo del 80 con 23 años. La mejor decision de mi vida. Dicen que de nuevo ya empezaron los actos de repudio. Que lo disfruten!!!!

  • Sergio dice:

    Hola, rey. Gracias por tu narración. Ese temor a ser descubiertos se percibe muy bien. Uno logra sentirlo. Felicidades y espero el próximo.

    Un beso. Ciao

  • Sergio dice:

    EN MI CASA HABIA UN RADIO DE ESOS. ERA BUENOS CANTIDAD…SUPER PODEROSOS.

  • Alejandro dice:

    Gracias a esos poderosos radios conoci la musica anglo de los 60 70 y 80. Mis hermanos y yo nos subiamos a la azotea toda la noche. Las emisoras radiales cubanas eran muy tediosas. Les puedo asegurar que todos los jovenes odiaban la musica cubana. (ahora, por lo menos yo la adoro) Recuerdo que jugabamos a adivinar cual grupo o cantante era la cancion. Otras veces mi padre nos lo quitaba para escuchar la voz de las americas antes de dormir.

  • leon de miami dice:

    pero como es eso si toda la vida me han dicho que en cuba no hay informacion ja j aja ,,que alegria al ver ese radio ,,me remonte a los anos 80 donde como muchos cubanos en la playa escuchaban todas las emisoras de afuera para estar al dia ,,dejemonos de engano ,,en cuba si hay manera de informarse solo tienen que buscarla o tener gana de informarse

    que vola con el grupo buena fe ,,donde esta esa muchacha que me decia que yo no los entendia ja ja ,,40 anos son muchos anos de equivocaciones

  • Lotus dice:

    Se siente la presión psicológica nada más al leer esta historia. Saludos!