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Por qué Internet le está fallando a los activistas iraníes

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    Editor Jefe
  • abr 03, 201001:08h
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Por Evgeny Morozov

Me alegra que Clay Shirky haya ofrecido una réplica balanceada y necesaria al optimismo inicial que abrazó en su ampliamente publicitado libro de 2008, Here Comes Everybody. Como ya escribí en el artículo de portada del Prospect de diciembre, “Cómo nos vigilan los dictadores en la Red,” yo, como Shirky, también veo los sucesos de Irán como una prueba clave para la creciente presencia de los medios de comunicación social en las sociedades autoritarias. Donde mantengo una fuerte discrepancia con Shirky, sin embargo, es en su interpretación positiva de los actuales acontecimientos políticos en Irán.

Me siento mucho menos impresionado por el papel que los medios de comunicación social han jugado allí. El palpable entusiasmo digital en torno a la situación en Irán parece muy similar al que observé en otoño de 2007, mientras la “revolución azafrán” estaba en marcha en Birmania. De forma similar, aquella revolución fue ayudada por los mensajes en los móviles y los mensajes de texto y se esperaba que lograse aflojar la forma en que la Junta se aferraba al poder. Hoy, sin embargo, sería necesaria una lupa muy poderosa para poder ver cualquier tipo de cambio democrático en aquel país.

Una posible lectura de la actual situación en Teherán es que, a despecho de toda la movilización política facilitada por los medios de comunicación social, el gobierno iraní no sólo ha sobrevivido sino que, de hecho, se ha vuelto aún más autoritario. Los cambios que tienen lugar en la actualidad en Irán están lejos de ser positivos: una catastrófica fuga de cerebros desencadenada por la reciente ola de represión política, violentas medidas contra los estudiantes universitarios políticamente activos que han escogido permanecer en el país, la persecución de bloggers, periodistas y editores, el nombramiento de ministros conservadores para el gobierno, y la creciente presión sobre los disidentes políticos. Desde esa perspectiva, los últimos seis meses pueden ser usados para revelar la impotencia de los movimientos descentralizados frente a un estado autoritario implacable —incluso cuando esos movimientos están armados con modernas herramientas de protesta.

Concentrándonos en la frecuencia e intensidad de las protestas —como hace Shirky en respuesta a mi ensayo— puede llenarnos de optimismo injustificado. Las protestas, después de todo, son casos muy raros en los estados autoritarios. Si acaso, son excepciones que a menudo van asociadas a las elecciones: lo que pasa entre las elecciones es a menudo más importante, y aquí es cuando necesitamos adoptar una visión más holística de la influencia de Internet en las sociedades autoritarias. Las protestas en las calles de Teherán pueden no haber sido desencadenadas por aquellos que usan los medios de comunicación social. El mismo Shirky reconoce que las protestas que tuvieron lugar en Irán el 4 de noviembre de 2009 — tradicionalmente un día de protesta antiamericana en Irán— han sucedido también en el pasado, con o sin medios de comunicación social. La única diferencia esta vez es que tenían un slogan distinto: el “¡Muerte a América!” fue reemplazado por los manifestantes opositores por “¡Muerte al dictador!” ¿Pero fue realmente el poder de Twitter y Facebook lo que hizo que los iraníes dejasen de odiar a América? ¿O fue el cambio de Presidente en la Casa Blanca?

La otra afirmación de Shirky —que la creciente censura de internet en Irán significa que el gobierno está perdiendo el control— tampoco me convence. La veo como la reacción lógica de un gobierno “racional” preocupado ante una posible revolución. El régimen puede intentar censurar y ralentizar Internet simplemente porque se trata de opciones baratas y fácilmente disponibles (sumadas a todas las demás formas de intimidación con las que está experimentando en la actualidad). No tiene mucho que perder sobrecensurando y, si no iniciase ningún tipo de censura, sí podría ser percibido como “débil” e “ineficaz” por su falta de habilidad o vacilación para censurar.

Y aunque es cierto que “una economía moderna simplemente no puede funcionar si la gente no puede usar sus teléfonos,” hemos visto que los gobiernos autoritarios —los de Bielorrusia, China o Moldavia son buenos ejemplos—, están confiando cada vez más en lo que se conoce como “event-based internet filtering,” (filtrado de internet ante eventos concretos) con el que apagan la cobertura de los teléfonos móviles en aquellos lugares públicos donde se organizan las marchas. El impacto en la economía es mínimo. Además, dado que la Guardia Revolucionaria iraní ha comprado recientemente el 50 por ciento de las acciones de la recién privatizada compañía de telecomunicaciones iraní (al costo de 7,8 billones de dólares), los beneficios pueden no estar muy alto en su lista de consideraciones. Tienen mucho más que perder si se les expulsa del poder. En otras palabras, simplemente no veo esa “enfermedad tecnológica autoinmune” a la que alude Shirky.

Prestar demasiada atención a quién controla las redes de comunicación ofusca el hecho de que el gobierno iraní tiene otras maneras de controlar Internet. Una desafortunada consecuencia de limitar nuestro análisis del control de internet a la censura es que presenta a todos los gobiernos autoritarios como tecnófobos e incapaces de capitalizar las nuevas tecnologías. Tal vez ese pudo ser el caso hace cinco años, pero ya no lo es.

De acuerdo con un reciente artículo del Wall Street Journal, incluso los iraníes en el extranjero son vulnerables al acoso de los medios de comunicación social por parte de la celosísima policía iraní: cualquier rastro de apoyo on line que hayan expresado hacia los manifestantes anti-Ahmadinejad ha sido cuidadosamente compilado por partidarios del régimen y, a su vez, empleado contra ellos cuando intentaron entrar en el país. (Algunos han llegado a informar que la policía les pidió entrar en Facebook en el Aeropuerto Internacional “Imán Khomeini” de Teherán). Aquellos que protestaban en las calles encontraron sus fotos colocadas en una serie de websites progubernamentales, de forma que la “comunidad” pudiera ayudar a identificar sus nombres y ayudase a las autoridades. Estamos comenzando a ver una mayor cantidad de videos falsos —uno, por ejemplo, que muestra a manifestantes quemando el retrato de Ali Khameini— que aparecen en la Red con el objetivo obvio de crear confusión interna dentro de la oposición.

La pregunta básica que propuse en mi ensayo sigue en pie: ¿Qué ganamos realmente si la habilidad para organizar protestas es igualada (y tal vez incluso superada) por la habilidad de provocar, identificar y detener a los manifestantes, así como a cualquier otro posible futuro disidente? La respuesta de Shirky, aunque ofrece algunas clarificaciones extremadamente útiles acerca del potencial de las redes sociales, no la contesta de forma concluyente.

[Publicado originalmente en Prospect, 5 de enero de 2010, número 166. Traducción: Juan Carlos Castillón]

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