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La ventaja de la red

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    Editor Jefe
  • abr 03, 201001:09h
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Por Clay Shirky

En el artículo de portada de Prospect en diciembre, “Cómo los dictadores nos vigilan en la Red” Evgeny Morozov critica mis opiniones sobre el impacto de los medios de comunicación social en la agitación política. En realidad, dice incluso que soy “el principal responsable de la confusión intelectual en torno al papel político de Internet.”

En parte debo coincidir con algunas de sus críticas, aunque también objete parcialmente algunas de sus afirmaciones.

Permítanme comenzar con una confesión de fe básica: dado que la vida cívica no se crea simplemente a partir de las acciones de los individuos, sino por la acción de los grupos, la proliferación de teléfonos celulares y la conectividad a Internet va a dar nuevas formas a esa vida cívica, cambiando las maneras en que los miembros del público interactuarán entre sí en el futuro.

Aunque relacionada con ella, esta discusión dice poco o nada sobre el tempo, modo o forma final que esa transformación adoptará. Hay una serie de escenarios posibles para el cambio de la interacción entre el público y el Estado, algunos halagüeños, otros no tanto. Sin embargo, en lo crucial, la lectura de Morozov es la respuesta a una corriente específica del utopismo de Internet —llamémosla la hipótesis del “simplemente añádele Internet.” En ese modelo, el efecto de los medios de comunicación social sobre las vidas de los ciudadanos de regímenes autoritarios será rápido, imparable y positivo, una especie de 1989 digitalizado. Y nos obliga a esperar la preeminencia de una prensa social en la rápida democratización de cualquier sociedad.

Aunque esta argumentación resulta abiertamente simplista, confieso que he ayudado a impulsarla discutiendo mecanismos a través de los cuáles los ciudadanos pueden coordinar acciones en grupo, mientras olvidaba señalar las maneras en que esas acciones visibles facilitan nuevas contramedidas a los regímenes represivos. Morozov tiene razón en criticarme por esa falta de balance, y por el resultante (e indebido) optimismo que engendra en torno a los medios de comunicación social como fuerza democratizadora: me doy por corregido.

Sin embargo, quiero defender la noción —que Morozov ataca después de la sección de ese ensayo dedicada al “principal responsable de la confusión intelectual”— de que los medios de comunicación social mejoran las “cascadas de información” política, tal y como señala la politóloga Susanne Lohmann. También representan una nueva dinámica dentro de la protesta política, que altera la lucha entre el Estado y los contestatarios, incluso si el Estado vence en algún choque concreto. ¿Dará esta nueva dinámica una ventaja para la Red en los alzamientos populares dentro de regímenes autoritarios? Es una cuestión abierta —y un punto en el que Morozov y yo estamos en desacuerdo—, pero las nuevas circunstancias de la acción pública coordinada, creo, marcan un cambio esencial en la parte civil de esa “carrera armamentística.”

La explicación de Lohmann acerca de cómo funcionan las cascadas de información es simple: cuando un pequeño grupo está determinado a actuar públicamente contra un régimen, y la reacción de ese régimen es muda, ello informa sobre el valor de la participación al grupo de ciudadanos que han optado por no participar. Algunos miembros de ese grupo se unirán, entonces, a la siguiente ronda de protestas.

A su vez, la no reacción por parte del régimen dará información adicional al siguiente grupo de “mirones,” aumentando así su participación. En consecuencia, una reacción violenta por parte del régimen puede ser efectiva al aplastar la insurrección pero al mismo tiempo corre el riesgo de constreñir, y en algunos casos, ilegitimizar al mismo régimen. Si el régimen actúa tarde, puede perder de una o dos maneras: las insurrecciones pueden vencer, o el Estado puede vencer, pero con un coste pírrico. Entre esos dos casos, el Estado puede también triunfar al aplastar la insurrección sin pagar un precio demasiado alto.

Antes del crecimiento de los medios sociales, un caso típico clásico de reacción tardía y fallida por parte del régimen ante una cascada de información es la documentada por Lohmann, que tuvo que ver con el colapso del comunismo en Europa oriental. El caso típico de reacción tardía y exitosa por parte de un régimen es la de la Plaza de Tiananmen, e, incluso allí, la subsiguiente alteración del estado comunista continua siendo dirigida en parte por el reconocimiento de que sin mejoras económicas continuas, las mismas fuerzas que condujeron a la insurrección pueden regresar. Aunque el régimen siempre mantiene la mayor parte del poder, las insurrecciones pueden aprovechar la dinámica de las cascadas de información ofreciendo capacidades tanto ofensivas como defensivas a los manifestantes —capacidades que de otra manera no hubieran tenido.

Pero ambos ejemplos tuvieron lugar antes de la invención de Internet y de la popularización de los teléfonos móviles. La cuestión, hoy, es lo que la habilidad incrementada de los ciudadanos, armados con esas herramientas, puede conseguir si comparten conocimientos y emprenden una acción coordinada.

Morozov presenta las protestas bielorrusa e iraní como ejemplos de escenarios en que puede observarse este combate. Las protestas en la Plaza de Octubre de Minks, en el 2006, no desestabilizaron pese a todo el gobierno de Lukashenko, y la vigilancia de las masas en LiveJournal ayudó a limitar el uso de las técnicas de flash mob por parte de los manifestantes. Los participantes de las flash mob no fueron capaces de usar las capacidades ofensivas o defensivas de los medios de comunicación social para obtener una ventaja permanente —no había suficiente descontento en el resto de la población como para conseguir que se les uniera, la reacción del gobierno fue suficientemente rápida y dura y la documentación de esos sucesos no resonó fuera del país.

Tristemente para los residentes de Bielorrusia, los líderes de países con baja importancia geopolítica siempre lo tendrán más fácil a la hora de desviar los movimientos democráticos, con o sin prensa social, que los líderes de países más estratégicamente vitales. El caso de Bielorrusia es, en consecuencia, uno en el que los manifestantes habían conseguido nuevas capacidades para organizarse, pero la reacción del Estado siguió siendo efectiva. En la “carrera armamentista” de Minsk, las herramientas han cambiado pero el resultado final recuerda el viejo equilibrio del Estado. Este es el tipo de resultado cuyas ramificaciones Morozov ha subrayado mejor que nadie.

La situación iraní, que Morozov también menciona, es mucho más compleja: el gobierno descansa más en su asumida legitimidad, tanto democrática como teocrática, que el de Bielorrusia. Además, la importancia geopolítica de Irán es superior en muchos frentes al mismo tiempo. Claramente, las protestas que siguieron a las elecciones del 12 de junio fueron apoyadas por los medios de comunicación social. Aunque Twitter consiguió los mayores titulares en los recuentos occidentales, las herramientas más importantes durante las protestas de Teherán fueron los teléfonos móviles, ya fuera para mandar mensajes, fotos o videos. Twitter fue, sobre todo, una puerta de entrada a la atención occidental.

Cuando el régimen logró bloquear las distintas formas de comunicación disponibles para los manifestantes de Teherán, estos se retiraron a las azoteas y se pusieron a gritar eslóganes en la noche. Aunque este acto de coordinación no empleó tecnología per se, fue posible por la evidencia visible facilitada por usuarios que documentaban y difundían la anterior solidaridad durante las protestas callejeras. Este es el motivo por el que las cifras que indican cuán poca gente emplea medios de comunicación social a favor del cambio político son pistas falsas. Las insurrecciones, incluso las insurrecciones a favor de la democracia, siempre empiezan como asuntos minoritarios, conducidos por un grupo pequeño, joven y bien educado, antes de extenderse de forma más amplia. En el caso iraní, una vez que la información sobre el descontento general se convirtió en una exitosa cascada, la coordinación entre la población permaneció intacta, incluso cuando las herramientas que ayudaban a diseminar esa información fueron bloquedas.

Esto transforma la situación de Teherán en un ensayo clave. Como es normal, el Estado tiene más poder que los insurgentes, pero la insurgencia ha logrado la transición desde un descontento extendido pero no coordinado a un movimiento de protesta real, y parte de esa transición se consiguió con esas herramientas. Mousavi, y otras figuras de la oposición, ahora saben que cuando hablan, representan a un público más que a un simple agregado de individuos descontentos. Y cuando las acciones masivas sean posibles, lanzarán de nuevo protestas, como las que pudimos ver en la increíble explosión de sentimientos contrarios a Khamenei que tuvo lugar el 13 de Aban (4 de noviembre), habitualmente un día de protesta antiamericana —una explosión documentada cientos de veces a través de videos colocados en YouTube.

Es imposible saber qué pasará los próximos meses en Irán, pero el uso de los medios de comunicación social ya ha superado varias pruebas: ha permitido a los ciudadanos coordinarse entre sí mejor que antes, difundir casos como la violencia Basij o la muerte de Neda Aga Soltan al resto del mundo y, al forzar al régimen a cerrar el aparato de comunicaciones, los manifestantes han infectado a Irán con un tipo de enfermedad tecnológica autoinmune. No importa lo grande que sea el deseo a corto plazo del régimen de impedir que los manifestantes se comuniquen entre sí, una economía moderna simplemente no puede funcionar si la gente no puede usar sus teléfonos. El régimen todavía puede aplastar las protestas, pero incluso si lo hace, los sucesos que tuvieron lugar entre junio y noviembre de este año habrán roto la vieja ilusión de un feliz balance entre el poder democrático, teocrático y militar en Irán.

Acepto la crítica de Morozov sobre Here Comes Everybody. Ese libro giraba en torno a los medios de comunicación social más que en torno a la política—era un recuento sin balance de la carrera armamentista entre los ciudadanos y sus gobiernos. Sin embargo, incluso dentro de la lógica de la carrera armamentista, cuanto más fácil era reunir a los ciudadanos, más ubicua era la habilidad para documentar atrocidades. Y cuanto más autodestructivas fueran las medidas que tomasen los estados —como cerrar las redes de telefonía móvil— más se resolverían estas como ventajas netas para la insurrección dentro de regímenes autoritarios. La ventaja de la red, en algunos casos, es una extensión de la hipótesis del “simplemente añádele Internet,” pero es una opinión mucho más optimista sobre el balance de poder entre los ciudadanos y el Estado que la de Morozov.

[Publicado originalmente en Prospect, 11 de diciembre de 2009, Nº 165. Traducción: Juan Carlos Castillón]

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