- abr 03, 2010 • 01:07h
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Por Clay Shirky
La insurrección política nunca ha sido guiada sólo por la tecnología. Pero ésta ha alterado profundamente el panorama de la contestación moderna, en favor de aquellos que luchan por la democracia.
En “Por qué Internet le está fallando a los activistas iraníes” Evgueny Morozov argumenta que las protestas que tuvieron lugar en las calles de Teherán en noviembre de 2009 pueden no haber sido desencadenadas por los medios de comunicación social, una percepción con la que estoy completamente de acuerdo. De la misma manera que la imprenta no causó por sí misma la Reforma Protestante, la fuente de esas protestas en Teherán, como todas las protestas, fue la voluntad del pueblo de desafiar a su gobierno. Esto no significa, sin embargo, que esas protestas fueran iguales a todas las anteriores, excepto por la consigna —que en 2009 estaba claramente dirigida contra la dictadura, en lugar del tradicional sentimiento de “Muerte a América.” El punto crucial para distinguir las protestas de 2009 es que, de la misma manera que la Reforma Protestante fue moldeada por la imprenta, la insurrección iraní ha sido y esta siendo favorecida por los medios de comunicación social.
El uso de los medios de comunicación social en las protestas iraníes se ganó muy pronto la etiqueta de “Twitter Revolution,” pero la auténtica revolución fue el uso de teléfonos móviles, que permitió a los primeros manifestantes comunicar sus acciones a otros ciudadanos y al mundo entero con una rapidez e inmediatez notables. Esta característica —un público rápidamente reunido y autodocumentado— es algo más que una nueva consigna.
La hipótesis básica es una versión puesta al día de lo que subrayó Jürgen Habermas en su ensayo de 1962, The Structural Transformation of the Public Sphere: an Inquiry into a Category of Bourgeois Society. De acuerdo con la teoría de Habermas, un grupo de personas que adquiere las herramientas de la libre expresión se transforma en un público, y la presencia de un público sincronizado constriñe de forma creciente a los dirigentes no democráticos mientras expande los derechos de ese público (las monarquías de Europa, en la narración de Habermas, se convierten en gobiernos autoritarios dentro de un escenario contemporáneo). Dicho de otra manera, incluso tomando en cuenta las crecientes facilidades para la vigilancia, el valor neto de los medios de comunicación social ha inclinado la balanza del poder hacia los ciudadanos iraníes.
Como Evgeny indica, esta hipótesis puede estar equivocada. O, si es correcta, las formas en que es correcta pueden ser menores, o raras, o tomar décadas para desarrollarse.
Sin embargo, mientras el régimen de Ahmadinejad tiene la clara voluntad de filtrar Internet para eventos concretos, en los que las redes de cobertura de móviles o de internet son bloqueadas temporalmente —una estrategia que podemos llamar “Birmania temporal”—, no creo que Irán pueda convertirse en una “Birmania permanente.” El tipo de censura de la información requerido para mantener todas las formas de reunión pública por debajo del punto de ebullición estará más allá de las autoridades iraníes. Esos cierres, si se extienden o alargan, serán equivalentes a lo que podemos llamar una “enfermedad autoinmune tecnológica” por dos motivos: porque la vida diaria en Teherán permite muchas más oportunidades para la reunión pública, y porque a pesar de lo mucho que Ahmadinejad desee asirse al poder, el estado iraní ha ido mucho mas allá que Birmania a la hora de hacer descansar su legitimidad tanto en las elecciones como en teócratas neutrales. Dos pilares que, sin embargo, están siendo sacudidos.
La lectura pesimista de Morozov parece sugerir que el apego al poder de cualquier estado autoritario, y en particular Irán, es lo bastante fuerte como para resistir incluso un descontento popular a largo plazo. Aun mas, el efecto principal de tal disidencia será que Irán (y por extensión, la mayor parte de los países autoritarios) avanzarán exitosamente hacia el modelo birmano de control estricto sobre las comunicaciones y la disidencia, pero esto sucederá sólo en el mismo grado en que el público insista en reunirse y expresarse por sí mismo. Aunque dudo que ese sea el caso en Irán, estoy de acuerdo con Morozov en que se trata de una posibilidad.
[Publicado originalmente en Prospect, Nº 166, 6 de enero de 2010. Traducción: Juan Carlos Castillón]






