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Un lunes extraño

  • Mar 29, 201007:45h
  • 16 comentarios

“Tal como se esperaba, a las pocas horasdel retiro de
las postas cubanas cientos de elementos constituidos por delincuentes,
lumpens, antisociales, vagos y parásitos en su inmensa mayoría
se dieron cita en el patio de la embajada de Perú.”

“Editorial: La posición de Cuba”, Diario Granma, La Habana, lunes 7 de abril de 1980, primera plana.

Yo no me enteré de nada hasta la mañana del lunes, cuando compré el Granma y vi la escueta información que contenía el Editorial de ese día. A partir de ese momento, por diferentes vías me fueron llegando otras versiones parecidas, con más o menos detalles, y nuevos rumores que me sonaron increíbles, contradictorios. Más tarde pude hablar con algunas personas de confianza y todos tratamos de desentrañar el sentido oculto de aquel Editorial. Sabíamos que la prensa oficial siempre traía consigo un sentido oculto, pero como ninguna otra publicación ni ningún otro representante del gobierno había dicho nada más al respecto, el panorama seguía estando todavía muy oscuro. La mayoría de nosotros nos sentíamos confundidos, no sólo desconfiados, y pensábamos que lo mejor era esperar, a ver cómo se iban ordenando los acontecimientos. En definitiva, podía tratarse de una trampa de las autoridades para que los descontentos “se destaparan” y al final meternos a todos en la cárcel, junto con los refugiados de la embajada y cualquier otro individuo que se atreviera a salir de su sitio.

Sin embargo, la noticia de que una embajada en La Habana había sido tomada por tantas personas (luego supe que habían llegado a diez mil) y que esas personas permanecían en el lugar con la evidente intención de forzar a las autoridades para que se les permitiera abandonar el territorio nacional estremeció los fundamentos de la vida cotidiana y echó a rodar, abierta o veladamente, un sinfín de emociones de todo tipo. La ciudad se convirtió en un hervidero de murmuraciones, visiteos, conversaciones veladas por teléfono o comentarios en clave durante súbitos encuentros en la calle.

Empezaron a correr rumores sobre otras embajadas que podrían abrir sus puertas a los cubanos que desearan emigrar, y uno de mis amigos me anunció que esa misma tarde iba a conseguir los teléfonos de todas las misiones diplomáticas de países capitalistas de la capital y las iba a llamar para preguntar si estaban admitiendo refugiados. Esto puede sonar un poco delirante, pero correspondía al clima de desajuste y urgencia que se había apoderado de la ciudad y, a la larga, del país. Sin embargo, aún seguían vigentes casi todos los viejos fantasmas del miedo: ese mismo amigo mío me aclaró enseguida que haría esas llamadas desde un teléfono público, pues no quería usar el número de su casa ni la línea de ningún conocido, por temor a perjudicarlo.

Durante todo ese día me extrañó no haber tenido noticias de Andrés, un viejo amigo a quien veía a menudo y que me había revelado sus planes de irse del país. Cuando llamé a su casa esa mañana no me lo dijeron por lo claro, pero enseguida supe lo que había. Bastó el tono de cautela y recelo que uno de sus parientes usó al responderme:

—Ellos no están…

Cuando le dije mi nombre, le aseguré que era muy amigo de Andrés y le pedí más detalles, me dijo que era una prima de él que había venido del campo a cuidar la casa.

— ¿Y ha pasado algo, hay algún enfermo en la familia? —le pregunté enseguida— ¿No sabe cuándo regresan?

—Fueron a la boda de unos familiares en Oriente… —me dijo insegura, después de pensarlo un poco.

—¿Pero no sabe cuándo regresan? —insistí.

—No… ellos… creo que… se demoran bastante… —fue diciendo ella muy despacio, tras unos segundos de duda, y por fin murmuró con rapidez: —Creo que no regresan.

Estaba claro: Andrés y sus parientes se habían metido en la embajada. En Cuba era frecuente que por teléfono se hablara en monosílabos y frases indirectas, y muchos acordaban de antemano las “claves” que usarían en una futura conversación. Pero ese día no fue necesario recurrir a ningún subterfugio adicional: el “creo” era un eufemismo y lo que la prima me estaba diciendo era que sus parientes estaban en la embajada porque querían aprovechar aquella oportunidad de abandonar el país. Como había hablado en plural, me arriesgué aún a preguntarle por la esposa y la mamá de Andrés:

—¿Y Sonia y Aurelia, se fueron con él?

—Sí, todos, y el hermano de Sonia también…

Esto lo dijo con una leve caída en la voz hacia el final de la frase, que tomé como un suave tono de lamento, tal vez por no haberse sumado ella misma a los ausentes. No quise atormentarla más con mis preguntas y nos despedimos.

—Bueno, muchas gracias, si hablan con ellos dígales que yo llamé para saber…

Cosa absurda, porque bien se sabía que los refugiados de la embajada no tenían ningún modo de comunicarse en ese momento con el resto de la población.

Al principio me fue difícil aceptar que uno de mis mejores amigos no me hubiese avisado de lo que iba a hacer la noche del sábado, que no hubiese buscado un modo de convencerme para que lo siguiera. Yo no tenía teléfono en mi casa y ellos vivían bastante lejos de mí, pero aún así la noticia me dejó contrariado. Días después, el mismo Andrés me confesó que él y su grupo de parientes habían pasado cerca de mi casa esa noche, pues les habían avisado temprano de lo que estaba ocurriendo en la embajada, pero temieron perder tiempo y que la oportunidad se les escapara de las manos. Nadie sabía cuánto iba a durar aquello. También me dijo que nunca me creyó capaz de hacer nada semejante a lo que él y sus parientes iban a intentar. No sé si fue eso o si actuó por simple, comprensible egoísmo y afán práctico, pero lo cierto es que no me avisó.

Sus explicaciones eran, en cualquier caso, verosímiles. Hasta tal punto nos habían inoculado en la conciencia el miedo a las represalias políticas, y hasta tal punto todos trampeábamos al manifestar nuestras opiniones y deseos, que dos buenos amigos podían verse juntos ante una misma situación difícil sin que ninguno de ellos pudiera imaginarse con antelación cuáles iban a ser las reacciones del otro. Todo el país había aceptado como algo natural este sistema de ocultamientos y expresiones difusas desde muchos años atrás y el hábito de nunca revelar totalmente los pensamientos se practicaba de manera instintiva, como requisito tácito de la supervivencia.

(Continuará…)

Reinaldo García Ramos
Miami

© Este fragmento pertenece al libro inédito Cuerpos al borde de una isla; mi salida de Cuba por Mariel. No puede ser reproducido en ningún otro sitio, salvo con autorización expresa de su autor.

Foto: Latin American Studies.

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16 respuestas
Comentarios

  • FERNANDO dice:

    Soy peruano. Cuando ocurrieron los hechos, nuestro país vivía tiempos de transición. Pasamos de una larga dictadura socialista, a una joven democracia representativa. Y, eso dificulto la comprensión de la
    magnitud de la toma de la embajada por miles de refugiados. De hecho, hasta hoy se discute la forma
    de calificar la situación, pues internamente en el Peru el
    Ministerio de Relaciones Exteriores lo considero un caso de Derecho Internacional Humanitario, aunque otros lo
    consideran solamente un caso de Derechos Humanos.

  • janczeck dice:

    Yo estaba en el cine Astral mirando a Farah Maria cuando senti un murmullo gentes pararandose y pregunte ,que pasa y me respondieron vamos para la embajada el cine se quedo vacio.

  • guillermo dice:

    Reinaldo, sigue escribiendo. Me tienes en vilo y quiero saber el resto de la historia. Abrazos.

  • roxana dice:

    Yo soy peruana y era chica cuando esto paso, pero lo recuerdo porque estaba un militar en el gobierno , por golpe de estado Velazco Alavarado, puso a todos los cubanos en un parque zonal, que esa dictadura inauguraba por todos lados, en carpas y las imagenes en la TV y yo no veia gente lumpen, ni vagos. La mayoria emigro a USA pero quedaron pocos que aun estan en Peru. Se hizo un reportaje el ano pasado y la verdad que los poquisimos que quedaron viven en la pobreza, no pudieron emigrar porque no tenian familia en el exterior o se casaron con peruanos, pero aun en su pobreza nunca delinquieron y no ha habido ningun caso de un cubano en las paginas policiales. Ahora en Peru hay muchos cubanos pero no se de donde han salido, si son los que escapan de bolivia o no se la verdad. Tambien muchos grupos cubanos llegan al Peru, como la Charanga Habanera que ya son caseritos del Peru.

  • Buenísimo, Reynaldo, espero la continuación. Yo tenía 14 años y recuerdo los códigos que se usaban para habalr del asunto. Una vecina nuestra dijo que se iba en busca de la flor de la canela…

  • Niagara dice:

    Yo no habia nacido cuando lo de la embajada del Peru, pero la manera de contarlo y describir la psicologia y sentimiento del momento se me hace tan familiar y viva, que realmente tuve que pensar: yo vivi esto? Me encantan los detalles y el “paso doble corto” de este fragmento…

  • Sergio dice:

    Gracias, rey, por esta ventana personal a unos de los momentos más interesantes de la historia de Cuba en los últimos tiempos…ME llama mucho la atención las anécdotas esos 20 primeros años de la Revolución. Creo son momentos que debe quedar plasmados en la memoria social…El Mariel cierra y abre una etapa. Gracias nuevamente y aquí estamos esperando por más…..TE quiero.

  • ROSITICA dice:

    hablando de “EUFEMISMOS” A mi, me llamo un amigo el Sabado de esa semana y me dijo: OYE CHABUCA, TIENE TREMENDA FIESTA EN SU CASA. Por el nombre de chabuca( gran compositora peruana) y el articulo del Granma del dia anterior, me di cuenta que era la embajada de Peru y para alli me fui ese sabado en la tarde. lo demas es historia.

  • Ramón Alejandro dice:

    Muy bueno aunque demasiado corto, quiero leer más. Un abrazo y que se publique impreso…

  • Mabel Cuesta dice:

    Reynaldo… quiero leer el resto de la historia, yo era una niña de cuatro años en una ciudad de provincia, pero tengo recuerdos de mi abuelas, mis tías y mi madre, en la cocina, discutiendo sobre mi madre debía irse o no… ella quería hacerlo sin mí. Y mis tías le decían que de tomar esa decisión, jamás me volverían a ver… no lo hizo, pero muchos de sus amigos sí y en mi casa, como en resto de los hogares cubanos, 1980 fue ese año en donde todos los adultos decidieron lo que hasta ahora sigue siendo fundamental en la isla: irse o quedarse.
    Un abrazo y seguiré estas notas con sed de historia y admiración por ti…