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La novela de la Revolución menguante

  • mar 23, 201009:39h
  • 4 comentarios

Salvando las distancias, pareciera que todos los miembros de una misma generación acaban por escribir la misma novela. Dicen que en medio del boom de los sesenta, cuando todos los grandes autores de aquel grupo hacían piña, Donoso le reprochó a Carlos Fuentes —o fue tal vez al revés— haber contado como propia una anécdota suya. Carlos Fuentes, a menos que fuera a la inversa, contestó algo así como: pero no te has dado cuenta de que en el fondo toda nuestra generación está contando la misma historia.

Cuba, que no supo crear una literatura de la Revolución triunfante que fuera más allá de lo propagandístico, ha visto aparecer —con la caída del muro de Berlín, el hundimiento del socialismo real y el regreso del turismo a la isla— una novela de la Revolución truncada y del dudoso arte de la supervivencia, que en pocos años ha dejado numerosos bestsellers y colocar a varios de los nuevos creadores y novelistas cubanos, como Zoé Valdés, Pedro Juan Gutiérrez y otros, bajo los focos de la crítica y los lectores.

Podemos hablar realmente de un nuevo género dentro de la novelística hispanoamericana: la novela de la Revolución menguante, o como uno de mis clientes de la librería gustaba llamarla, “la novela de la Habana hecha leña.”

Todo género o subgénero necesita reglas, aunque sea para romperlas. La novela de la Revolución menguante no es en eso distinta a los demás. Transcurre siempre en una Habana completamente arruinada; usa —a veces abusa— del lenguaje popular como espacio de libertad y alternativa a la retórica revolucionaria; consagra la jinetera como nuevo mito erótico; reivindica la figura del homosexual como protesta más o menos larvada contra el machismo oficial de una Revolución viril y verdeolivo. No existen en estas novelas personajes positivos; por regla general, al final del libro, aunque algo haya cambiado en la vida de los personajes, la sociedad que les rodea sigue hundida y el Estado aparece como un ente incapaz de cumplir con sus deberes elementales para con la ciudadanía. En eso, al menos, es realista. Es una literatura que a partir de su primer título, La nada cotidiana de Zoe Valdés, ha sido cultivada sobre todo por cubanos pero también por algunos autores españoles, como Jordi Serra i Fabra, con La noche de la jinetera, o J.J. Armas Marcelo, Así en la Habana como en el cielo.

La llegada de este subgénero coincidió con una gran cantidad de libros de fotografía sobre La Habana, su arquitectura y sus ruinas. Aunque no fue algo intencional, supongo, tampoco es una simple coincidencia. La crisis del bloque soviético obligó a Cuba a volver a aceptar el turismo extranjero, el turismo extranjero trajo consigo a los clientes de las jineteras, y creó tal vez un interés y un mercado para esos libros llenos de casas semidestruidas.

No recuerdo que en los setenta y ochenta existieran muchos libros de fotografías de Cuba. Cuando en 1986 el hoy desaparecido Museo Cubano de Arte y Cultura de Miami quiso hacer un catálogo para una exposición sobre La Habana fue difícil encontrar material gráfico sobre el tema, y el folleto de Guillermo de Zéndegui, publicado por el mismo Museo, se convirtió durante un tiempo en uno de los pocos textos disponibles sobre el tema.

No existían catálogos fotográficos de Cuba, al menos con la variedad que pudo verse tras la desaparición del bloque soviético. Muchas cosas cambiaron a partir de los años noventa, en el mismo momento en que los libros de autores cubanos publicados fuera de Cuba pasaron lentamente del terreno de la novela literaria al del bestseller y comenzaron a aparecer guías turísticas y arquitectónicas. Tienen más en comun de lo que podría parecer a simple vista.

Estos catálogos fotográficos sirven para apreciar mejor la textura de unas paredes destruidas por la humedad, cierta dignidad en la destrucción de la que carecen muchas casas modernas, y muchas de sus páginas sirven para ver mejor lo que los fotógrafos creen que es la población habanera: una masa de gente folklórica, típica, distinta, pobre pero feliz con lo poco que tiene. Son por lo general retratos de viejas casonas aristocráticas semiderruidas y habitadas por gente con la que que muchos cubanos del exilio no pueden ni quieren identificarse. Dudo que incluso los cubanos de la isla pudieran hacerlo si tuvieran acceso a estos libros en los que son protagonistas, porque así como la mayor parte de las novelas de la Revolución menguante son obra de cubanos, la mayor parte de los libros de fotos son obra de extranjeros que van en busca de lo exótico, de lo distinto, del otro: hermosas ruinas, muchachas jóvenes y, en bastante casos, negros descamisados. El catálogo de fotos de una arquitectura derruida se convierte así en el telón de fondo de toda esa otra ficción que gira en torno a la jinetera.

¿Cuántas jineteras han aparecido en las novelas habaneras contemporáneas? En La nada cotidiana no aparecen, en todas las demás novelas son descritas normalmente desde el punto de vista del hombre, a veces incluso, del cliente; en El hombre, la hembra y el hambre de Daína Chaviano aparecen por fin desde el punto de vista de la mujer.

Pese a las apariencias, esta no es una literatura necesariamente política. Es una novela que nació como forma de protesta, pero también una estética que ha sido recuperada por escritores más o menos oficiales, en novelas policiales como las de Leonardo Padura, o incluso por el cine del ICAIC. Hay cierto matiz apolítico en las novelas de Pedro Juan Gutiérrez, en cuya Habana destruida todo falta, incluyendo la Historia: su escenario son unas ruinas irreparables sin que se sepa muy bien la razón o el culpable, y nadie parece preocuparse por resolver esa situación. Son personajes movidos únicamente por el sexo, el hambre y el egoísmo. Y la huída, ese sueño acariciado por demasiados cubanos de hoy.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

Foto: De Havana, de Robert Polidori.

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4 respuestas
Comentarios

  • Leah dice:

    y la foto???? la fotoooo????!!!!! que lugar es este?? Alguien pudiera decir que lugar es este de la foto??? raido pero fascinante!!!

  • mara dice:

    Te equivocas Castillón, hasta en eso La Nada Cotidana se adelantó. El personaje de La Gusana, que aparece en el intercambio epistolar con el personaje de Yocandra, es una jinetera. Está con un “viejo gordo, calvo, colorado y refunfuñón-rima con bugarón-no se lo tiempla ni la mismíssima María Magdalena con diez varas de hambre. Además no tenía tanto dincero como se nos pintaba en La Habana”. Por demás también es el punto de vista femenino, y de la propia jinetera, que por demás no es una guaricandilla, sino alguien con ciertas inquietudes intelectuales(va a los museos), lee periódicos, etc. Nada , que creo no te leiste la novela.

  • OLPL dice:

    Siempre la literatura atenazada en función de la Historia. Yo apuesto por correr a contracorriente por esas mismas pistas: hoy hay una revolución de la novela menguante, de la no-vela post-cubana, será el triunfo del aliento breve y la ridiculez del Bildungsroman revolu- o contrarrevolucionario. En el episodio 4 del e-zine The Revolution Evening Post se tocan 21 puntos propedéuticos sobre este tópico típico: 21 huecos negros que nadie antes había considerado narrables porque el con-texto siempre predonderó sobre el texto a secas.

  • Osbel dice:

    Excelente!!!