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Vindicación de Miami: recuerdos de librerías

  • mar 17, 201009:44h
  • 5 comentarios

Un buen día estaba yo en un país centroamericano, vagando por una ciudad construida siguiendo el ajedrezado plano colonial, en la que el dólar era un refugio, de cuando en cuando se oía una bomba y donde no había libros en las librerías —trasformadas en papelerías o simplemente cerradas. Al domingo siguiente ya estaba en una ciudad de Estados Unidos, donde los parientes de un amigo de mi padre me llevaron a un mall, inmenso y fresco, en el que pude ver mi primera librería americana.

Debía ser una Waldenbook o una B-Dalton, de las que estaban en todos los centros comerciales: brillante, llena de libros nuevos a precios bajos, con portadas en relieve, secciones bien ordenadas, junto a aparadores donde se veían cientos de revistas de todo tipo. Una semana más tarde, recorriendo Coral Gables descubrí Books and Books, con sus estanterías de madera oscura y su selección igualmente amplia (y bastante mas cuidada) de libros, me dije que aquella ciudad, a pesar de su horrible sol y de lo monótono de sus calles, podía llegar a ser mi ciudad.

Aunque claro, yo aun no leía inglés y si alguien me hubiera dicho que iba a acabar traduciéndolo no lo hubiera creído. Por entonces sólo leía en español. Y allí, en Estados Unidos, pude volver a hacerlo. Buena parte de mis propinas de camarero acabaron en Libros Españoles, la librería más próxima a mi lugar de empleo, pero no la única.

Cuando llegue a Miami existía la Librería Interamericana, general pero con particular énfasis en los libros bautistas; estaba en la calle Flagler, casi enfrente a la rama hispánica de la biblioteca pública, y a unas pocas cuadras por encima de la localización original de la Librería Cervantes. La misma Cervantes que después se mudaría a la Calle Ocho, pero en aquellos tiempos aun era una tienda pequeña y abarrotada en la acera sur de Flagler. Al Bon Marche que vendía —vende aún— libros religiosos también estaba sobre Flagler y la Doce. En la Calle Ocho, bajando desde Coral Gables hacia el Downtown, estaban SIBI —que tenía sala de teatro, club de ajedrez e imprenta—, La Moderna Poesía, la Universal, Alpha y Libros Españoles. Finalmente, en Ponce de Leon Boulevard estaba Agartha Secret City. A lo largo de los años surgirían otras. Poco antes de que me fuera se inauguraron Impacto, una librería cubana, y Revistas y Periódicos, que recibía lo último de la abundante producción de libros colombianos.

Yo tardé tiempo en darme cuenta (para hacerlo primero había que comprender Miami y esa ciudad, a pesar de su aparente simplicidad, es difícil de digerir de un solo bocado), pero algunas de esas librerías eran más una declaración de principios que un simple negocio. Tanto Alpha como Agartha eran librerías esotéricas y de autoayuda, y hubieran podido existir en cualquier otra ciudad con una gran población hispana, de la misma manera que Al Bon Marche e Interamericana eran librerías religiosas por su contenido, aunque fueran cubanas en su espíritu y administración. Libros Españoles representaba una apuesta fallida del gobierno y los editores españoles que en tiempos del tardo franquismo trataron de crear un escaparate del libro español en Norteamérica y en su lugar acabaron creando una librería deficitaria que perdía dinero a pesar de cobrar carísimo. Pero el resto de las librerías de la Calle Ocho, eran (o son) declaraciones políticas.

Es difícil recordarlo hoy pero en un principio los cubanos pobres no eran los que se habían quedado en la isla en 1959 sino los que se iban dejándolo todo detrás. Y aunque pronto las cosas cambiaron y los exiliados pasaron a ser los primos ricos, o al menos los primos que podían comer tres veces al día, seguían siendo tan solo un grupo, pequeño, no necesariamente unido, frente a un gobierno que se lo había quedado todo —incluidos todos los libros, todas las bibliotecas públicas y privadas, todas las librerías, todas las prensas— menos la capacidad para crear de forma independiente. Eso otorga más mérito a las primeras librerías que se fundaron en Miami; crear una tienda de abastos, un supermercado, una farmacia, una sociedad médica, un restaurante… esos negocios que dan dinero y que todo el mundo visita, es una muestra de iniciativa económica; pero crear un negocio como el de los libros, en el que es difícil hacer dinero, implica algo más que la necesidad de hacer negocios.

Una librería colombiana es simplemente el ejemplo de que la de los colombianos residentes en Miami conforman una comunidad rica y educada. Pero todas esas otras librerías llenas de libros sobre Cuba eran un recordatorio distinto. Un recordatorio frente al gobierno de la isla: vamos a contestarte, no nos vamos a callar. Un recordatorio frente a los norteamericanos, e incluso frente a los cubanos del exilio, de que los cubanos no habían llegado voluntariamente y no deseaban, al contrario que otros grupos, integrarse completamente en el mainstream cultural norteamericano. Eran una muestra, como los colegios privados, los periodiquitos, las tiendas con el nombre de otras abandonadas en la ciudad perdida pero no olvidada, de que los cubanos deseaban recordar, deseaban volver e iban a resistir hasta lograrlo. Para otros grupos llegados a Estados Unidos el destino definitivo se ha alcanzado. Para los cubanos exiliados era una etapa, como podía serlo Caracas con Carlos Andrés, o Madrid.

Cuando yo llegué a Miami, Fidel Castro llevaba —sólo— 25 años en el poder. Era una generación perdida, pero quedaban suficientes cubanos adultos que recordaban cómo había sido la vida sin Fidel y la habían reconstruido en Estados Unidos. Para ellos desayunar en la Esquina de Tejas, vestirse en la Casa de la Guayabera, o incluso enterrar a un pariente querido con Rivero o Caballero era seguir estando en Cuba. Una Cuba chiquita, que a menudo tenía más de caricatura involuntaria que de retrato naturalista. Pero también una Cuba libre. Y las librerías eran la memoria de esa Cuba, no sólo un sitio en el que se vendían libros sino también un lugar en que la gente se reunía para hablar, se formaban peñas, se abrían viejas heridas o se producían reconciliaciones.

También eran el sitio para distribuir una literatura que nadie más podía entender fuera del círculo de los exiliados. La ausencia de censura, la progresiva facilidad y el abaratamiento de los trabajos de imprenta hacían que muchos que en Cuba no hubieran podido hacerlo, al llegar a Miami editaran sus memorias, sus poemas, su historia… libros que después vendían —cinco ejemplares consignados a la vez— en esas librerías. Eran libros difícilmente salían de la Pequeña Habana, pero eran los testimonios con los que una comunidad, pequeña pero libre, trataba de contestar al aparato del Estado que les había expulsado de su país.

Eran libros escritos en un español y con unos temas que a veces no podían ser comprendidos sino por aquellos que compartían con el autor origen y vivencias. ¿Qué otro pueblo de lengua castellana puede declinar los verbos “siquitrillar” y “parametrizar”? Eran títulos que no podremos ver en el catálogo de las grandes editoriales ni en las estanterías de las librerías de los malls, que nunca veremos en Amazon.com, pero sin los que Miami o los cubanos de Miami no serían lo que son.

Aquellas librerías eran también el sitio en que mucha gente que no había podido leer libremente conocía por primera vez a los autores del exilio, o bien recuperaba las lecturas dejadas en la biblioteca paterna en la primera juventud, o reencontraba aquel libro dejado a medio leer cuando lo mandaron a la cárcel, a la agricultura o a África para hacer de soldado. Y el sitio donde el lector cubano recién salido de la Isla, que sabía de la existencia de Borges sólo a través de terceros, compraba su primer Aleph, o se enfrentaba con los autores del boom latinoamericano que no eran del gusto del Censor en Jefe.

La mayor parte de aquellas librerías ya no existen. Google Earth (a veces lo empleo para seguir en la pantalla las calles que caminé), me enseña que Alpha cerró y que donde estuvo primero Libros Españoles y después Cervantes ahora hay un descampado. Cervantes ardió, SIBI creo que desapareció (pero me gustaría estar equivocado), La Moderna Poesía ha cerrado sus puertas el pasado febrero. Y con su cierre este artículo, que debería haber sido una celebración, se ha convertido en una elegía triste.

¿Por qué cerró La Moderna Poesía? Que no me digan que ha sido por culpa del libro electrónico o la venta por Internet: los libros que hacían de esas librerías algo distinto no están on line y el libro electrónico, a pesar de su gran futuro, no tiene todavía un gran presente. ¿Cómo una ciudad que supo mantener su memoria durante tantos años puede perderla ahora? No sé muy bien qué responder a esa pregunta. Sólo sé que siempre es triste cuando una librería cierra, que una parte de nuestros recuerdos muere con ella y que el mundo se vuelve un poco menos habitable.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

PD: Otros artículos de la serie Vindicación de Miami.

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5 respuestas
Comentarios

  • Paz dice:

    Juan…..me gustaría mucho saber que librerias de habla hispana puedo encontrar en Miami. ¿Puede ayudarme?

    Atte.,
    Paz

  • Yo mismo, tres o cuatro días antes de que cerrara La Moderna Poesía, me llevé de allí algunos de mis libros que habían estado en consignación. La encargada me dijo, en medio de aquella gran mudanza de libros: ” Llegaste a tiempo, nos quedan pocas horas de vida, es el fin de La Moderna Poesía”.
    Ciertamente fue algo muy triste. Cuando me retiré con mis libros, sentí profundamente eso que se siente ante la pérdida de algo muy querido, y por qué no, parecido a lo que se siente ante la pérdida de un familiar. Salí cabizbajo y antes de montar al carro, con cierta presión en mi pecho, eché un último vistazo a aquello que había sido en otro tiempo algo así como el museo, o la galería de los libros, sin dudas. Sí, era el fin de uno de los más grandes símbolos de la cultura de Miami.

    http://literatura.suite101.net/article.cfm/la_muerte_del_libro_en_papel

  • nilda sofia dice:

    Buen articulo.
    A mi me pasa que cada vez que cierran una libreria es como si me arrancaran un pedazo de memoria.

    La Moderna Poesia quedaba cerca de mi casa. Aun el edificio esta vacio. Y con la crisis economica en que nos encontramos, no creo que abriran ningun negocio alli por varios anos.

    Cada libreria que desaparece es como una muestra de que se nos ha ido uno mas de esos cubanos de los anos 60. Ellos eran sus clientes. Esos que un dia fueran nuestros padres, tios o abuelos. Hasta que poco a poco ya no quedaran ni ellos ni las librerias.

    Ahora, con el exilio venezolano–mucho de ellos viven por el area del Doral,en Miami–se ven por alli alguna que otra pequena libreria. No obstante, se encuentran mas casas de discos, pequenas tiendas de viveres o de ropa y restaurantes venezolanos que librerias. Aun asi, cuando paso por alla, esos negocios me hacen recordar lo que pasaba al principio del exilio cubano en este Miami. Senores reunidos en alguna esquina del Doral tumbando a Chavez y tomando cafe. La historia se repite! Ojala que ellos no tengan que quedarse aqui por 50 anos o mas.
    NS

  • el dani dice:

    Excelente!

  • Miguel dice:

    Buenísima esta adición a la serie. Muy interesante tu punto de vista sobre la apertura de las librerías “cubanas” en Miami, y de la progresiva desaparición de éstas con el tiempo. Me imagino que la asimilación, en ciertos aspectos, de los hijos de los primeros exiliados tenga mucho que ver. Y los Border’s con sus Isabel Allende, Paulo Coelho, y gurús de los autoayuda no ayudan mucho.

    Saludos,

    MI