“Siente el artista su ciudad, su contorno, la historia de sus casas, sus chismes, las familias en sus uniones de sangre, sus emigraciones, los secretos que se inician, las leyendas que se van extinguiendo por el cansancio de sus fantasmas”.
Aunque las escribió para referirse a creadores admirados por él como Goethe y Pico de la Mirandola, esas palabras de José Lezama Lima (1910-1976) resumen muy bien el principio rector a partir del cual concibió las columnas que él dio a conocer entre el 28 de septiembre de 1949 y el 25 de marzo de 1950 en el Diario de la Marina. En aquellos textos, que salían siempre sin firma y bajo el simple título de “La Habana”, se ocupó de los más variados temas, extraídos de la literatura y el arte, de la observación de la realidad, de la historia grande o de la cotidianidad habanera. Así, junto a páginas sobre la muerte de Carlos de la Torre y Joaquín Nin Castellanos, la Feria del Libro, las presentaciones de artistas extranjeros como Hipólito Lázaro, Alicia Markova, Serge Kousswitzky y Jascha Heifetz y la conmemoración del natalicio de José Martí o el 24 de febrero, hallamos otras sobre las novatadas universitarias, la pasión de los habaneros por el béisbol, la entrada de los primeros frentes fríos, las librerías de viejo, la excesiva cordialidad criolla, las calles de andadura deleitosa, los espectadores bulliciosos del gallinero, las casas de huéspedes y pensiones para estudiantes, el “dinerito” enviado a la hermana solterona de Cruces o Bolondrón, el cuadro desolado y triste que ofrecen las playas en invierno.
Como es característico en toda su obra, incluida la ensayística, en esos textos son abundantes las espirales envolventes y ornamentadas y las imágenes poéticas. Eso hace que en algunas ocasiones su autor se deje arrastrar por ellas, en detrimento de las reflexiones y las ideas. Pero en ese sentido vale citar la opinión del crítico peruano José Miguel Oviedo, quien ha hecho notar que “en realidad, el arte de Lezama es un arte digresivo, en el que el motivo y el pretexto pueden importar muchísimo más que la propuesta inicial; es la forma como te relaciones y trazas analogías entre lo dispar, lo que demuestra su poderosa imaginación, aparte de su impresionante erudición”.
A Lezama Lima además hay que leerlo, como recomendó Julio Cortázar, con una entrega previa al fatum, del mismo modo como subimos al avión sin preguntarnos por el color de los ojos o el estado del hígado del piloto. Quienes se acerquen con esa actitud a “La Habana”, estoy seguro de que se han de ver sobradamente gratificados con eso que el propio Lezama Lima expresó respecto a un poeta español: la inteligente alegría que produce su lectura. Autor irreductible a someterse a “la tontería de lo que se comprende y lo que no se asimila, a la vieja monserga arrinconada de lo oscuro y lo claro”, en esas colaboraciones, sin embargo, accedió a amoldarse a un lenguaje más sencillo y a abrirse a asuntos populares, de manera que sus columnas resultaran atractivas y accesibles para el público del Diario de la Marina.
El lector de esas páginas, insisto, hallará a un Lezama Lima inusual, que dedica una divertida columna a las guaguas, esos transportes imposibles, “más sombríos que los que iban de la Estigia a la Moira”. Escribe también sobre los días invernales, propicios para salir a caminar por la ciudad. Eso, comenta, brinda una excelente ocasión para descubrir sitios que antes nos habían pasado inadvertidos. En esos paseos llega a La Habana Vieja, y allí admira los trabajos coloniales de hierro forjado y los colgadores de lámparas. En esos hierros, libertados de su simple función de sostén, sorprende “figuras que la pintura más novedosa de hoy podrá recrear y saborear”. Un colgador de lámparas le parece así un arlequín de Kandisnky, y otro le hace recordar una flor de Paul Klee. Asimismo contempla cómo “en algunos quioscos de variado comercio y ornamento”, en el mostrador “han ido ocupando primeros lugares los batidos y los pasteles, las empanadillas y los mantecados”. Y con humor delicioso y juguetón transmuta en barroca una escena cotidiana: “El comprador, lleno de arcilla y lunares de cal, suelta el tintineo de su monedilla sobre el mostrador y se va tarareando o echando hacia atrás el cabello que se le derrumba por la frente”.
Pero aunque son numerosas las páginas que dedica a hablar de “La Habana mejor, que adora a los grandes artistas, que siempre sueña con las altas emociones del espíritu”, Lezama Lima no elude referirse a otras facetas menos gratas de la ciudad. Hace notar, por ejemplo, el deterioro del paseo del Malecón y advierte del peligro de que quede “rebajado a camino carretero por el abandono oficial”. Se fija también en los edificios coloniales ahora convertidos en cuarterías, o que han pasado a albergar oficinas y entidades públicas que le restan linaje y grandeza. Critica los programas que urge eliminar de las emisoras radiales, pues difunden toxinas antiestéticas, anticulturales y regresivas. Y llama la atención sobre la excesiva cordialidad criolla, que para los visitantes extranjeros puede parecer inadecuada y ajena a los usos universales del trato.
Hasta ahora, sin embargo, los lectores conocen sólo una parte de las columnas escritas por Lezama Lima. En 1958, él compiló 85 de ellas en su libro Tratados en La Habana. Varias décadas después, José Prats Sariol recogió, bajo el título de La Habana (Editorial Verbum, Madrid, 1991), aquellos textos junto a 14 más, que encontró en en la Biblioteca Nacional José Martí dentro de una carpeta que contenía los recortes anotados por su autor. La serie, no obstante, aún estaba incompleta, pues quedaron excluidas otras 14 columnas que vienen a sumar las 113 que en total aparecieron en el Diario de la Marina. Este año verán la luz por primera vez en un libro que saldrá bajo el sello de Ediciones Unión, y que llevará el mismo título que Lezama Lima les dio al reunirlas en Tratados en La Habana: Sucesiva o las Coordenadas Habaneras.
Para la edición de 1991, Gastón Baquero redactó, a solicitud de Pío Serrano, director de la Editorial Verbum, una introducción a la cual llamó “Palabreo para dejar abierto este libro”. El hecho de que se le pidiese estaba plenamente justificado: fue él, en su calidad de jefe de redacción del Diario de la Marina, quien encargó a su amigo escribir la columna, y fue además quien, según el testimonio de muchos contemporáneos, se la pagaba de su propio bolsillo. En esas páginas, Baquero confiesa no poseer claridad mental sobre aquel episodio de Lezama colaborador de un periódico. Datos y hechos, comenta, son hoy tan vagos y lejanos, que no se siente autorizado a negar o confirmar nada. Eso no le impidió escribir un texto hermoso e inteligente, del cual reproduzco este fragmento:
“Quien no vea la Cuba profunda, la Cuba real y verdadera que hay en la obra de Lezama, tendrá suficiente, me parece, con la lectura de estas páginas sobre el ser y el existir de La Habana. Yo, al menos, no he conocido a nadie tan habanero como él. Habló en algún lugar de que es «habanero de varias generaciones», y lo prueba por su amor-conocimiento de la ciudad, de sus gentes, de sus rincones, de sus alegrías y de sus penas. Lydia Cabrera, la Lydia querida y respetada por Lezama, es también persona que puede aspirar al título de habanera pura y definitiva. Pero ni aun Lydia contiene en su obra una dosis tan visible de habanidad, de habanismo, como la recibida por Lezama en el nacimiento y enriquecida, mimada y aumentada por él día tras día, hora tras hora. Esa facultad que le dieron los cielos para viajar sin moverse, para estar en el centro del mundo sin abandonar su sillón de lectura, se refleja sobre todo en sus vínculos de sangre y de alma con La Habana”
Carlos Espinosa Domínguez
Mississippi






Mas aun que Borges, Lezama Lima poseia un UNIVERSO de conocimiento y, algunas veces, lo ha plasmado en su escritura.
Excelente!
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