castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Un clon en París

  • mar 06, 201009:29h
  • 9 comentarios

Había ido un par de veces a París, pero era la primera vez que no me sentía perseguida por el apurillo habitual en esa ciudad, en la que nunca tengo tiempo para hacer y ver tanto como quisiera. Era una recién casada entonces, y cuando llegué ya llevaba varias semanas paseando sola de una ciudad a otra, así que comenzaba a echar de menos el hogar y los quehaceres —y claro, el marido—, pero estaba determinada a recorrer París a ciegas y sin compromisos antes de que llegara una amiga con la que sabía me tocaría recorrer el circuito turístico que en visitas anteriores no me había querido conocer.

Llegué a un café internet para revisar mis correos electrónicos y le saqué conversación a un mexicano que me había hecho un par de preguntas sobre el teclado. C. me dijo que era estudiante del conservatorio de México y que esa era su primera visita a la ciudad. De ahí fuimos juntos a comprar unos croissants y nos dirigimos luego hacia el Versalles, donde rentamos bicicletas y recorrimos todos los salones como los íntimos amigos que no éramos, aunque en el trayecto de ida y vuelta nos habíamos actualizado con memorable avidez.

Al día siguiente repetimos el desayuno, fuimos directo al Père-Lachaise y examinamos y documentamos en competencia espontánea (sin mapa) las tumbas de los famosos. Yo gané 15 a 14, gracias a María Callas. Al llegar a la de Apollinaire, C. se emocionó tanto que comenzó a llorar. No sabía qué decirle y me puse a llorar con él. Me gustaba su manera espontánea de explorar la ciudad y me dejé llevar por su itinerario descalabrado. Esa tarde regresamos al Barrio Latino y nos encontramos con G. y su madre en una fuente cerca del hotel donde me alojaba. G. era compositor de música experimental, vivía en Holanda y se había reunido en París con su madre para pasar parte de sus vacaciones. De ahí nos fuimos todos a Shakespeare & Company y compramos algunos libros en inglés, que costaban el doble de lo que cuestan en las librerías locales de Miami. Luego seguimos deambulando en todas las direcciones posibles y sin rumbo definido.

Cuando llegó la noche nos dividimos y quedamos en encontrarnos más tarde en un bar cubano cerca de La Bastilla. Antes de irnos, G. me dijo que yo era su media mitad, su versión de mujer. Yo le dije que no estaba tan segura, en todo caso pensaba que él era mi clon, porque cuando lo vi me pareció que me estaba mirando en un espejo. Nos alejamos pero sé que él se quedó pensando en lo que le había dicho.

En el bar cubano bailamos y bebimos, y creo que G. y yo nos enamoramos brevemente, pero era un amor raro, entre platónico e imposible, entre etéreo y material, entre casual e incestuoso, o simplemente entre fantasía y realidad. Bastaba con vernos uno en el otro, aunque recuerdo no haber sentido la fuerza del deseo, simplemente una especie de ternura sofocada por el vapor del sitio y los bolerones que nos sorprendieron en medio de la pista de baile. No se me olvida que tenía mi estatura, y como yo el labio posterior arqueadito, los ojos achinados, el pelo enredado, la piel oscura y hasta una peca cerca de la clavícula.

De camino al hotel, C. y G., medio borrachos, decidieron acompañarme aunque sus hoteles se encontraban en dirección opuesta. Se antojaron de un gyros. Mientras esperábamos en la cola nos pusimos a hablar sobre John Cage. Terminamos comiendo los gyros en la misma fuente donde nos habíamos conocido. Al día siguiente repetimos el recorrido del día anterior: museos, iglesias, comida y mucho peregrinaje. Por la noche compramos dos botellas de vino tinto y nos sentamos bajo uno de los puentes del Sena, desde donde podía divisar el hotel en el que me alojaba. Al día siguiente llegaría mi amiga y los mexicanos abandonarían la ciudad.

Esa noche París se lució. El aire corría con tal lentitud y espesor que con los dedos hacíamos hoyitos y figuras geométricas en el espacio que nos separaba a los tres. Caímos como en un encantamiento. Las botellas de vino las terminamos compartiendo con un grupo de viajeros latinoamericanos. En un momento de sentimientos encontrados me despedí bruscamente y regresé al hotel. Me desnudé y me acosté a dormir, pero aquello que dejaba en el río no merecía culminar de tal modo. Cuando vi que no podía conciliar el sueño me volví a vestir y regresé al puente. Allí estaban C. y G. esperándome, con apuesta y todo. G. había ganado y C. tuvo que comprar otra botella de vino.

Volvimos a repetir el trayecto de los gyros y la fuente. Los dos me acompañaron al hotel y, tras despedirse, C. se se alejó para regalar un poco de privacidad a la chica y su clon. G. me abrazó tan fuerte que casi nos fundimos. Su cuerpo era tan menudo como el mío. Me quiso besar pero no lo hizo. Apenas se acercó lo suficiente como para que sintiera su aliento de alcohol y especies. Así de cerca confirmé que, en efecto, éramos muy parecidos.

Al regresar del viaje fui directo a la tienda a revelar las fotos. No abrí el sobre hasta llegar a casa. No se podía negar el parecido y sin embargo cuando se las enseñé a mi esposo me dijo que tenía que dejar de creer en eso de los clones. Pero G. y yo no éramos tan fáciles de persuadir.

Grettel J. Singer
Miami

9 respuestas
Comentarios