Nunca pensamos que Orlando Zapata Tamayo fuera a morir.
Nos fue imposible calcular que la debilidad de Raúl Castro llegara al extremo de permitir que su hermano —decrépito como está— se ocupara de “ese asuntico”.
Matar a Zapata sería un error tan craso —pensamos— que alguien con un ápice de racionalidad, en algún momento, se encargaría de corregirlo.
Pero eso no sucedió y Fidel Castro pudo, una vez más, usar contra un negro humilde la misma soberbia e intimidación que lleva usando contra los cubanos desde hace 50 años. Esta vez no funcionó. Esta vez cualquier observador normal se habría percatado del error.
Ahora quieren controlar el daño, y hasta ha dedicado parte del presupuesto de la Seguridad del Estado al montaje propagandístico contra alguien al que llaman “preso común”. Ya es muy tarde. La muerte de Zapata Tamayo ha servido como núcleo de cristalización de una imagen difícil de borrar. Alrededor de ese asesinato confluyen hoy los recuerdos de medio siglo de desmanes que encajan, como piezas de un rompecabezas, en el mural indeleble de una tiranía.
Cada vez que algo como esto ha sucedido, los gritos de venganza del exilio le han permitido al castrismo recuperar esa imagen de víctima que tanto necesita. Esta vez, sin embargo, los exiliados saben que es más importante quitarle a la tiranía, de una vez y por todas, esa coartada de falsa bondad que ha usado desde hace tanto tiempo para confundir al mundo y esclavizar a los cubanos.
Pero lo que el castrismo no sospecha, al menos por ahora, es que el daño mediático que acaba de sufrir, por devastador que pueda parecer, es el menor de los males que dejará el asesinato de Orlando Zapata Tamayo. Una muerte que marca el inicio, o el resurgir, de una forma de lucha política que la propaganda castrista creyó posible estimular por un lado y controlar por el otro.
Que nadie se llame a engaño: el martirologio es la doctrina esencial de la revolución cubana. Ningún país en este mundo tiene tantas escuelas y hospitales con la palabra “mártir” en su nombre. El lema con que crecen los cubanos tiene como única alternativa la muerte; y el oxímoron preferido de la propaganda castrista es una frase del himno nacional: “Que morir por la patria es vivir”. (La fecha real de la muerte de Ernesto Che Guevara, por ejemplo, fue escamoteada en Cuba durante años para esconderle al pueblo el hecho, hoy comprobado, pero inconcebible para la doctrina esencial, de que el Guerrillero Heroico se había entregado vivo.)
Durante medio siglo el castrismo se las ha arreglado para estimular, en beneficio propio, una vocación de mártires que sólo se diferencian de los suicidas por entregar su vida a “la Revolución”. Las formas de control más efectivas de ese martirologio han sido el silencio y su diseminación centrípeta. Por un lado se las arreglaron, gracias al control de los medios, para que nadie escuchara a los mártires de la oposición, mientras por otro alimentaban, y canalizaban, allende los mares, una vocación sacrificial amplificada hasta extremos nauseabundos.
Ahora, con la muerte de Orlando Zapata Tamayo, todo eso acaba de cambiar. El ensañamiento de Fidel Castro con ese opositor es prueba de su decrepitud actual, y de la imbecilidad que siempre lo ha caracterizado, la misma limitación intelectual que una vez lo llevó a confundir genes negros y rojos mientras jugaba a la selección artificial.
El tirano es un profundo desconocedor de las implicaciones reales de la teoría de la evolución. Ignora, o no alcanza a imaginar, que esa represión que ha ejercido contra los opositores durante años no es más que un estímulo evolutivo. Olvida que con cada golpe que ha pretendido darle a la oposición lo que ha logrado es que esta crezca, se diversifique, encuentre nuevas estrategias y termine, inexorablemente, subiéndole la parada.
De la represión del movimiento pro Derechos Humanos salió una miríada de partidos políticos; el hostigamiento de éstos dio lugar al movimiento de periodistas independientes que a su vez, cuando fueron encarcelados, se convirtieron en bandera de una generación de jóvenes contestatarios que son, en este momento, un verdadero dolor de cabeza para el castrismo.
El último episodio de este devenir evolutivo de la disidencia debería preocupar a quienes mandan en Cuba. El martirologio tiene un gran arraigo entre la población cubana. Basta que nuestros compatriotas dejen de asociarlo con la doctrina esencial del castrismo, con el silencio de los medios o con los tiburones que merodean en el Estrecho de la Florida, para que se cree una situación que la tiranía no podrá controlar.
La Seguridad del Estado puede chantajear a los familiares de los presos, ordenar a sus agentes dentro del movimiento opositor que hagan campaña contra los nuevos mártires, que declaren falsas huelgas de hambre o se destapen para “demostrar”, ante las cámaras de la televisión, que esos sacrificios extremos son resultado de la propaganda y del estímulo de los exiliados. A la larga, nada de eso va a funcionar porque la muerte sigue siendo una prueba definitiva e inapelable. El sustrato de mártires que la revolución ha creado es tan extenso y variado que —por mucho que lo intenten— no van a poder controlarlo.
César Reynel Aguilera
Montreal
Foto: Opositores reunidos en casa de Laura Pollán, donde se abrió un libro libro de condolencias por la muerte del disidente Orlando Zapata Tamayo. EFE/Alejandro Ernesto






El cinismo de los Castro va más lejos de lo que podemos imaginar. Cada día conocemos algo nuevo, cada día nos percatamos de un engaño y de una manipulación más..
Hasta cuándo!!!???
Es inconcebible que continúen muriendo personas solo por estar inconformes con el régimen!!
Unidad es lo que necesitamos y luchar por derrotar a los tiranos que pisotean nuestra patria, a esos que desde 1959 solo han llevado dolor y odio a nuestras casa!!
Abajo los Castros!!