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One way ticket

  • feb 20, 201012:26h
  • 6 comentarios

Llegué, como de costumbre, con el tiempo justo para comprar el billete y montarme en el tren a Varsovia. Contando, claro, con que no hubiese demasiada cola y más de una caja abierta.

Yo alguna vez había inventado un chiste sobre los Ferrocarriles Estatales Polacos y Correos que decía que durante la transición y en secreto se había acordado dejar estas dos empresas, con las que casi todo el mundo tendría que ver alguna vez en su vida, sin reformar. El objetivo era que nadie se olvidase de la calidad de los servicios en la época socialista.

La cola se movía lentamente y ya estaba al contarle mi chiste a la chica que delante de mí miraba nerviosamente hacia su izquierda sopesando si pasarse o no a la de al lado. Pero en ese momento un hombre que comenzó a hablar en inglés, bastante alto, distrajo mi atención.

De manera simpática y gracias más a su expresividad que al inglés de la cajera, aquel hombre logró comprar rápidamente su billete de clase primera a Varsovia. One way ticket, llegué a oír.

Hay gente que genera simpatía sin ser agraciado ni especialmente diferente. Ese era su caso. Con su pasaje en una mano y una pequeña maleta en la otra, se alejó de la caja hacia otro hombre que sujetaba a un perro blanco. Se despidieron de manera efusiva y con risas. Estarían ambos en sus cincuentas. Luego de apartarse unos pasos en dirección al andén, volvió sobre éstos y le dio un achuchón al perro.

Ese gesto cariñoso llamó mi atención y me hizo sentir cierta nostalgia. Si eres cubano y has vivido muchos años en Polonia sabrás por que lo digo. Pero en todo caso no tiene mayor importancia.

Con mi billete de ida y vuelta a Varsovia en primera clase subí al primer vagón después de la locomotora y me acomodé en el último asiento de la izquierda. Me gustó la perspectiva de una hora y media de lectura: esperaba terminar Chesil Beach de Ian McEwan.

Una risa me sacó de aquella historia de incomunicación de una pareja inglesa en su luna de miel en julio del 62. La conductora se reía al devolver su billete al hombre, que cuatro asientos más adelante, le decía algo en inglés. Una mujer, con una gorra que podría haber estado de moda en el Londres a go-go de un par de años después de lo que estaba pasando en Chesil Beach, y sentada al lado con dos niños, servía de traductora.

Volví a mi novela intentando conciliar mi amor por la ficción con mi curiosidad por la realidad. De alguna manera casi siempre prevalece lo primero. Y así me va. Estaba ya en las últimas diez páginas, pensando que la novela pedía a gritos una adaptación a la pantalla, cuando me pregunte si McEwan no la habría escrito contando ya con ello. Quise hacer una pausa para intentar imaginarme el epitafio ideal para aquella historia, es decir los cuarenta años siguientes a esa noche de bodas que describen las últimas diez páginas.

Levanté la vista y vi a la señora de la gorra salir corriendo hacia la cabeza del vagón. La conductora estaba ahora al lado de aquel hombre otra vez. Ya no se reía y hablaba algo con el hombre, que ahora se movía de forma extraña. La señora de la gorra seguía traduciendo y comentaba algo con aquellos niños que ahora sí parecían sus hijos.

La conductora hizo una llamada por su móvil. Un señor extranjero que se siente mal, no puede mover la parte derecha del cuerpo, sí, está consciente, la próxima parada en 20 minutos Varsovia Oeste. Echó una ojeada a una libreta que tenía en la mano y agregó: segundo andén, primer vagón después de la locomotora.

Pasaron los veinte minutos. El tren no se retrasó. Todo fue muy tranquilo. La conductora se mantuvo al lado del hombre. En un momento, con ayuda de la señora de la gorra, le pidió alguna identificación. Tuvo que sacarla ella misma de un bolsillo de la maleta que el hombre señaló con su mano izquierda. Tomó nota de algunos datos del pasaporte. La señora de la gorra mantenía una actitud expectante e intercambiaba miradas con sus hijos.

Yo pensé en muchas cosas. Me impresionaba sobre todo la tranquilidad y las miradas furtivas de los pasajeros que se debatían entre su concepto de la buena educación y su curiosidad. Quizás también sentían miedo como yo. El hombre todo el tiempo mantuvo algún contacto con las dos mujeres.

Al llegar a la estación la conductora salió y agitó su brazo. Al momento llegaron tres hombres vestidos de rojo con una extraña silla. El más joven de ellos se acercó al hombre y habló con él. Inmediatamente lo cargaron y lo sentaron en la silla. Lo aseguraron con unas correas y salieron del vagón. El hombre tenía la cara color ceniza pero todavía agitó su mano despidiéndose de las dos mujeres.

El tren siguió y en diez minutos llegó a Varsovia Central. En esos diez minutos observé a la señora de la gorra. Antes ya había intentado algún contacto visual con ella, que no logré. Ahora había cambiado un poco su expresión circunspecta pero seguía bastante ausente. Al pasar por su lado tuve ganas de darle las gracias, no sé por qué. Pero sé que supo lo que yo pensaba.

Ya en el andén quise preguntarle a la conductora de dónde era aquel señor. Pero no lo hice. Al fin y al cabo no tenía ninguna importancia para el cuento que en ese momento ya sabía que iba a escribir.

Alejandro Muñoz López
Lodz, Polonia.

Foto: Kate Lobunet, en Flickr.

6 respuestas
Comentarios

  • Mily dice:

    Muy interesante. Te demuestra que todavia queda gente decente en este mundo que brinda ayuda, y otros que prefieren mantenerse al margen de la situacion. Cuando incluistes el perro pense que quizas el hombre era incapacitado. El cuento te deja hacer tus propias conclusiones. Felicitaciones.

  • Alejandro dice:

    Gracias a todos por la lectura y los comentarios. Si, Lourdes, soy yo.
    alejandro@hispagroup.com.

  • lourdes fernández dice:

    hola muy bien por ti, ¿eres el alejandro muñoz que en la década del 70 estudiaste en la lenin?
    Que bueno saber, si es así, de tu existencia y de que escribes, Vale mucho. Gracias

  • Eddy dice:

    Veo que ,en vez de 2 horas,ahora se hace el viaje de Lodz a Varsovia en hora y media.Y por lo que dices,todavía creen que el servicio de trenes Polaco sigue siendo bueno.No es tanto que los Polacos sean distinytos con sus perros…cupa deben tener,un poquito también,los perros,..que también son distintos a los nuestros!.Ameno su escrito,gracias!

  • Güicho dice:

    Coño, parece que los cuentos polacos son como las películas polacas.

  • Miguel dice:

    ¡Muy bueno el cuento! Gracias Alejandro.

    Saludos,

    MI