- feb 17, 2010 • 20:00h
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Por Stephen Kinzer, The Boston Globe, 16 de febrero de 2010
Visitar cualquier país tras una ausencia de 25 años ofrece naturalmente un sinfín de contrastes entre el entonces y el ahora. En Cuba son especialmente acusados. Gran parte de la vida cubana sigue siendo igual, sobre todo las asfixiantes restricciones a la empresa privada que garantizan la pobreza permanente de la nación. Hay, sin embargo, un cambio notable: la libertad con que la gente habla de los defectos del régimen y de sus dirigentes.
Dos hechos daban forma a la vida cubana durante las décadas de 1970 y 80, cuando yo visitaba frecuentemente la isla. La primera era la pródiga ayuda de la Unión Soviética, que permitía a los cubanos vivir razonablemente bien, a pesar de que su gobierno aplicaba políticas económicas que han demostrado ser un fracaso en todos los países donde se aplicado. Esa ayuda ahora se ha evaporado, lo que significa que los médicos deben conducir taxis para sobrevivir, muchos medicamentos no se encuentran, y todos los alimentos salvo los más básicos son importados y vendidos solamente en divisas, a las que la mayoría de los cubanos no tienen acceso. En términos materiales, la vida en Cuba es claramente peor hoy que hace un cuarto de siglo.
El otro hecho dominante de la vida cubana en esa época ya trascendida era el miedo. El control social era estrecho. Nadie sabía en quién confiar, y la gente mantenía la boca tan cerrada como se suponía que estuviera su mente.
Ese nivel de control es ahora un recuerdo tan distante como la ayuda soviética. Los disidentes siguen siendo estigmatizados y perseguidos; por ejemplo, yo quería visitar a la valiente blogger Yoani Sánchez, pero me advirtieron que si lo intentaba, los policías que vigilan día y noche su casa me interceptarían, me escoltarían directamente al aeropuerto y me pondrían en el siguiente vuelo que saliera del país. En las calles de La Habana, sin embargo, la gente común critica al gobierno con una libertad que habría sido inimaginable hace una generación.
Me sorprendió en particular la libertad que los cubanos parecen sentir para criticar a sus ídolos revolucionarios. En un mercado al aire libre, un vendedor de libros me preguntó si me gustaría ver algunos sobre el Che Guevara. Cuando le pregunté si era cierto que Guevara había ordenado el fusilamiento sin juicio de personas que criticaban al régimen, respondió: “¡En una sola noche envió al paredón a 150!”.
Similar revisionismo ha reformado la historia de otro héroe mítico de la revolución cubana, Camilo Cienfuegos. La versión oficial de su muerte en 1959 es que se perdió cuando su avión se estrelló en el mar. Sin embargo, cada uno de la media docena de cubanos a quienes les pregunté acerca de él dijeron que creían que Castro le temía a su popularidad y lo mandó matar. No hay evidencias que prueben esta hipótesis, pero el hecho de que las personas se atrevan a expresarla refleja el cambio en la conciencia pública cubana.
También ha habido un cambio drástico en las actitudes oficiales hacia la homosexualidad. En las décadas de 1960 y 70 los gays eran perseguidos, arrestados y conducidos a campos de detención. Hoy en día el Ministerio de Salud Pública distribuye carteles que advierten: “La homosexualidad no es un delito; la homofobia sí lo es. No insultes, degrades o aisles a las personas por su orientación sexual.”
Sobre Cuba no está a punto de amanecer una nueva era de libertad. Cuando Fidel y Raúl Castro mueran, no serán reemplazados por figuras radicalmente diferentes. Pero si los cambios políticos y sociales comienzan en las mentes de las personas, en Cuba ya han comenzado.
Traducción: Rolando Cartaya.





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