- feb 15, 2010 • 12:32h
- 6 comentarios
I
Francisca R., a la que todos llamaban Panchona, era una mujer ya mayor, superviviente de la era de Machado. Una guajira de monte adentro y ascendencia canaria, cuyos recuerdos la llevaban no a la Habana próspera de los años cincuenta, como a tantos otros exiliados del barrio, sino más allá, a una infancia campesina en medio de la hambruna de los últimos años del machadato. Supongo que seguía siendo batistiana porque de alguna manera el final de Machado y el comienzo de las muchas eras del general Batista —progresista en tiempos del New Deal, mccarthista en tiempos de Eisenhower— coincidió también con el del fin del hambre para ella y para muchos otros cubanos de su generación.
Había trabajado duro hasta tener una tienda en el campo, de esas en que al final del mostrador se juega cubilete y se sirve aguardiente, y después otra en una ciudad pequeña. Había cobrado alquileres; se había casado con un señor de la ciudad y había tenido hijos; había dado a sus hijos los estudios de los que ella carecía (la alegraba explicar que una de sus hijas era farmacéutica) y después había tenido que irse de su isla, ya mayor, sin demasiada educación formal pero sabiendo que nadie da nunca nada gratis, sin conocer una palabra de inglés.
Consiguió arrastrar a varios de sus nietos fuera del país, aprovechando que en aquellos primeros momentos aún era relativamente fácil hacerlo. Dejó detrás un hijo y una nuera, que no volvió a ver nunca (en la cárcel “por cosas de política”) pero se llevó a sus nietos para que pudieran crecer lejos de las cárceles. La primera noche en Miami, uno de sus nietos, mirando el paquete grande y cuadrado de queso amarillo que les habían dado en el Refugio, le preguntó: “¿Esto es el comunismo?”
Pronto dejó de aceptar la ayuda del Refugio o cualquier otra. Como no sabía inglés aceptó —tuvo que aceptar— trabajos mal pagados. Lavó suelos, fregó casas, trabajó en un hotel de la playa y ascendió, lenta, testarudamente, sin ayuda de nadie, hasta que volvió a cobrar alquileres, a tomar y pagar préstamos, y cuando la conocí, después de veintitantos años en Miami, tenía una casa de propiedad en Riverside, cerca de la Primera Calle del South West, a pocas cuadras del Little Havana Memorial Park. En el porche de esa casa se sentaba para contarme las historias de su Cuba y de aquel primer exilio, hechas de hambre y dificultades, pero también de buen humor.
Ahora que está muerta y nadie la recuerda fuera de su familia, quiero que se sepa que fue una buena mujer.
II
No estoy seguro de que a Cusi F. le gustara saber que yo lo había adoptado como ese tío solterón, divertido y, a veces, maledicente que todos tenemos. Era de una vieja familia cubana pero rara vez presumía de ello, excepto para indicar que uno de sus antepasados había propuesto en las Cortes Españolas la abolición de la esclavitud en Cuba, aunque al final el pendón (sus palabras no las mías) que teníamos entonces por reina en España y sus colonias sólo lo había decretado por consejo de su confesor. Abogado de pueblo y creo que rentista, tenía la casa familiar en el parque central de Cienfuegos. Había sido también de la directiva del Cienfuegos Yatch Club.
El día en que la marinería de la base naval de Cienfuegos se sublevó contra Batista, poco antes de que comenzaran los tiros, llegó de visita a su casa un viejo compañero del club, el comodoro de regatas del mismo, un tal Dorticós al que la gente no relaciona tanto con los yates como con el hundimiento de su país. “Me dijo que pasaba por allí, que estaba en la ciudad de visita, que había aprovechado para visitarme… y un carajo… comenzaron los tiros y se puso al teléfono… le oí hablar horas sobre el alzamiento. Recuerdo que dijo: “Esto es Justico Carrillo y los cuatro de la Triple A comiendo gofio” (pero Dorticós no dijo “gofio”). Se quedó todo el día llamando desde mi teléfono a unos y a otros, y si la policía de Batista hubiera tenido intervenido mi teléfono yo habría acabado en el BRAC. ¿Me imaginas a mí detenido en el BRAC?”. Y no, no me imaginaba a aquel señor tan tranquilo, tan educado, y sobre todo tan anticomunista, en el BRAC, discutiendo con uno de los “manicuristas” de Ventura. Pero F. tenía un gran sentido del humor. Normalmente, cuando contaba esa historia, añadía algo así como “Pues me hubieran matado y eso no sería lo peor… lo peor es que ahora en la casa de mi familia habría un círculo infantil que llevaría mi nombre”.
Cuando salió de Cuba, una de las aduaneras le recordó que había sido miembro de un club sólo para blancos, y él respondió: “miembro no, directivo, junto al Presidente de su República” —que evidentemente ya no era presidente.
Cusi F. vino durante años a la librería en la que yo trabajaba; compraba sobre todo libros de historia colonial, crónicas de la Conquista, clásicos. Debí venderle varios cientos de libros durante los años que le conocí. No tenía hijos ni sobrinos demasiado próximos así que tras su muerte (“si lo de Cuba no se arregla, que me parece que va para largo”) pensaba dejarle su biblioteca primero a la Otto Richter Library, con un codicilo en el testamento que aclarase que “cuando en Cuba vuelva a haber República todo vaya para la Sociedad de Amigos del país de Cienfuegos, que allí serán útiles.”
Un buen día, eran ya los años noventa, llegó feliz a la librería. Había comprado entradas para el Ballet de San Petersburgo, de visita en Miami. “San Petersburgo, nada de eso de Leningrado…” Otra vez, de nuevo en el teatro, debió ser el único espectador en la sala que viendo una representación de Los Miserables no aplaudió la escena de las barricadas con sus banderas rojas y negras.
En Cuba había vivido entre el club y el bufete pero en Miami era ya demasiado mayor para meterse en estudios y convalidaciones, así que trabajó como vendedor de zapatos para la cadena Tom McAnn. Pasar de rentista, abogado y amigo de Agustín de Foxa —sobre el que tenía anécdotas divertidísimas—, a dependiente era algo que hubiera amargado a cualquiera, menos a Cusi, que lo llevaba con dignidad e ironía.
Ya jubilado y pasados los setenta, seguía viniendo a la tienda, contando sus viejas historias de La Habana de los clubes y el Cienfuegos colonial.
III
María fue mi compañera de trabajo en mi segunda librería. Era la antítesis de Panchona y sin embargo fue algo así como mi segunda abuela en Miami. Había nacido en el Vedado, de una familia rancia y españolista. Pertenecía al Cuban Women Club, un grupo fundado por mujeres progresistas cubanas a principios del siglo XX, y había sido enfermera voluntaria. Su padre era médico, republicano, un hombre progresista y partidario de la educación de las mujeres, y su madre una lectora del ABC y del Diario de la Marina, que alardeaba de su parentesco, lejano pero real, con don Miguel Primo de Rivera y Orbaneja, Marques de Estella y por breve tiempo el dictador más complaciente y menos sanguinario de Europa.
María había salido al padre, progresista, y prefería recordar que entre sus antepasados no sólo estaba el último gobernador español de Louisiana, sino también uno de los célebres estudiantes de medicina fusilados en 1871. Estar con ella era aprender de historia de Cuba, de todas las Cubas: la colonial porque su familia aparecía en los volúmenes de genealogía del Conde de Jaruco; de la republicana posterior a la independencia, que había vivido durante su infancia; e incluso la de la decadencia republicana que había vivido de cerca y sufrido de forma activa.
Por ejemplo: una de sus sus vecinas en el Vedado, me encantaría recordar el nombre, tenía un padre, igualmente progresista, que había insistido en enseñarles cosas prácticas —como escribir a máquina y taquigrafía— y varias veces por semana aparecía por su casa un profesor de taquigrafía, suboficial del ejército, “que se veía guajiro pero bien educado”. Antes o después de las clases de las niñas, el profesor pasaba el despacho del dueño de la casa para devolverle o pedirle prestado alguno de los libros de su nutrida biblioteca. Pocos días después del 4 de septiembre de 1933, el maestro le mandó un recado al dueño de la casa que de inmediato comentó, bastante molesto: “Parece mentira, un muchacho que yo creía tan serio y ahora me manda una nota choteándose de mí, diciéndome que no puede seguir dando clases porque le han hecho jefe del ejército de la República…”
Pero no quiero hablar de Batista sino de María, que estuvo contra Batista por principios. De jovencita fue del ABC contra Machado, aunque nunca puso bombas; ya más mayor, y después del 10 de marzo, estuvo con el 26, en la célula del Vedado. La noche que Batista se fue de Cuba salió a la calle y ayudó a tomar el Ministerio del Interior de Gobernación, abandonado. De aquella ronda nocturna recordaba, sobre todo, la alegría que les supuso encontrar abandonado un Cadillac del que todos llevaban apuntada la matrícula: el de Rolando El Tigre Masferrer, que en su maletero llevaba un arma, unos zapatos ortopédicos y el traje de gala que había llevado aquella noche, bastante arrugado.
La militancia de María en el M-26-7 duró poco, lo que tardó en darse cuenta de que Fidel tenía más de Machado o de Batista que de Martí. Comenzó entonces a militar en el Directorio. Aprovechó aquellos primeros momentos en que nadie sabía muy bien lo que pasaba para entrar en las cárceles y ayudar a la primera y aún impopular resistencia anticastrista.
En el Directorio la llamaban “tía” porque había pasado de ser una de las jóvenes del ABC a convertirse en una de las mayores de un movimiento adolescente. Había llevado chicos a poner bombas —pero no le gustaban las bombas por cobardes e impersonales—, pasó dinero falso para minar la economía del castrato y recogió información antes de Playa Girón, para irse al exilio poco después.
En Miami fue menos previsora que Panchona y en vez de buscar un trabajo buscó un puesto de combate. Durante un tiempo, en el efficiency que compartía con su sobrina, tuvo guardado durante varias semanas un cañoncito de los de sin retroceso que acabó en la cubierta de un yate alquilado, disparando sobre un hotel lleno de asesores rusos en la bahía de La Habana. Cuando se desmovilizó, junto al resto del Directorio Revolucionario, trabajó en los archivos de la policía de Miami y finalmente en una librería.
Hacerse anticastrista no la reconcilió con el batistato. Siempre trató bien a Rubén Fulgencio —el hijo del General— porque era un señor educado y porque “nadie es responsable de lo que ha hecho su padre”, pero la única vez que el prepotente General Benítez coincidió con ella en la tienda, le dio la espalda y me dijo algo así como “Juan Carlos, por favor, atiende ahí.” Un ahí en el que cabía todo el desprecio del mundo.
Un buen día se retiró y pasó lo que tantas veces pasa en estos casos; los primeros meses nos visitó de forma más o menos regular, después ella se cansó, yo dejé para mañana visitar a la persona que me había guiado por la historia de Cuba casi tanto como los libros que teníamos a la venta. Otro día, malo, años después, me dijeron que había muerto.
Juan Carlos Castillón
Barcelona
Foto: miamism, en Flickr.





Muy bueno, saludos!
Excelentes viñetas Juan Carlos; ojalá nos regales otras más. Personas como Panchona fueron las que hicieron de Cuba un país, independientemente del político que fuese santo de su devoción. Me refiero al “Juan/a del Pueblo” que sin ningún privilegio de cuna ni educación formal, trabajaron arduamente, y la totalidad del esfuerzo de todos esos Panchonas y Panchones anónimos, forjaron aquéllo que era Cuba. Gracias.
Saludos,
MI
Te felicito, Juan Carlos.
Mea culpa y meo galicismo (de gallego no de galo). La memoria me ha jugado una mala pasada y he escrito Ministerio del Interior, como ahora en España y Cuba, en donde debiera haber escrito Ministerio de Gobernacion, como en la España de antes y en la Cuba precastro.
Por lo demas, agradezco los elogios pero por lo menos uno de ellos no es cierto… Lo de imparcial… Me gustaria serlo pero me temo que nunca lo soy cuando hablo de gente a la que he querido como a miembros de mi propia familia. Pese a todo gracias.
“Pasar de xxx y amigo de XXX—sobre el que tenía anécdotas divertidísimas—, a dependiente o xxx, era algo que hubiera amargado a cualquiera, menos a XXX, que lo llevaba con dignidad e ironía”.
JCC: Esta cita que saco de tu escrito se puede aplicar a miles de los viejos que hoy vemos consumirse en la diasporita efervescente que es nuestro exilio, el llamado “histórico” y del que tanto se burlan muchos. Yo los he conocido y vivido con dos. Son la mayoría, no son ésos de los que tanto hablan en los medios amarillistas.
Estas anécdotas que sacas a relucir, sobre Miami y su gente (no nec. mi santo devoción), contadas por ti de manera excelente, con un ojo crítico y limpio, con detalles maravillosos e imparcialidad, valen mucho. Por lo menos yo las valoro un montón porque se nota el respeto.
Gracias.
Excelentes,JCC.