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La extraña habilidad de los apartamentos para dividirse y multiplicarse

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    Editor Jefe
  • feb 06, 201000:57h
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Por Slavenka Drakulic

Andrea es una profesora universitaria de treinta años que trabaja en su doctorado acerca de las ideas medievales de la autobiografía. Vive con su padre y la segunda esposa de éste en un apartamento de dos habitaciones. Su habitación es pequeña, sin espacio entre el escritorio y la cama. Y como no tiene una oficina propia en la Universidad —comparte otra con dos colegas— tiene que trabajar en casa. A veces se deprime, no hay forma de que pueda conseguir un apartamento propio, incluso pequeño. Su padre no tiene el dinero necesario para comprarlo, la Universidad no le va a dar uno —además, con el nuevo gobierno la vieja política comunista de proveer a los trabajadores con apartamentos gratuitos va a desaparecer. Estaría bien si pudiera alquilar uno, pero tampoco puede hacerlo. La renta le costaría más de la mitad de sus ingresos, y el problema es que uno no puede vivir con el resto. Las estadísticas demuestran que el 75% del presupuesto familiar se gasta simplemente en comida. La forma de escapar es casarse con alguien más afortunado que ella. Pero lo más probable es que se quede encerrada en el mismo apartamento con su padre; tal vez traiga incluso a su esposo y tenga un hijo o dos, en el mismo espacio. Eso sería lo normal. Mientras, cada vez que se deprime, come chocolate. Dadas las circunstancias, me preocupa que engorde.

Alemka trabaja como periodista para una gran revista de información general. Tiene treinta y un años y está casada, con una hija de dos años. Ella y su familia viven en un apartamento de tres habitaciones y media, propiedad de su abuela. La abuela ocupa dos habitaciones —no quiere perder su comodidad— su madre tiene un habitación, y la habitación más pequeña es donde duerme la familia de Alemka. Para trabajar usa el pequeño recibidor del apartamento. Tampoco ellos tienen la oportunidad de comprar ni alquilar nada. Su esposo es un profesor de sociología sin empleo; antes de casarse con Alemka vivía con su tía. No es fácil ni siquiera pensar en ello y sin embargo tendrán más espacio habitable cuando se muera la abuela. “Somos como ratas en una cazuela,” dice Alemka. “Nos peleamos y mordemos los unos a los otros sin motivo. Y esto, sin contar la mera falta de espacio como motivo. Nuestros lazos familiares son a veces demasiado fuertes. Querría un poco de soledad, incluso de alienación.”

Después de divorciarse, Maša, una economista, regresó con sus padres junto a sus dos niños. Ha vivido con ellos los últimos quince años en su apartamento de tres habitaciones propiedad del Estado. Duerme en una habitación con su hija, que tiene ahora diecisiete años; la otra está ocupada por su hijo de veintiún años, y sus padres viven en la tercera. No tenía otra solución. Difícilmente podía sobrevivir con dos niños pequeños, un salario y sin ayuda financiera de su anterior esposo. Al menos cuando los niños eran pequeños estaban a salvo con la abuela, que les cocinaba, los llevaba al parque a jugar y los mandaba a la escuela. Pero eso significaba que carecía de intimidad. Toda su vida ha sido controlada por sus padres. “No recuerdo la ultima vez que salí con un hombre,” dice amargamente.

Katalin vive en un apartamento de tres habitaciones en medio de Budapest. Después de divorciarse, su esposo regresó con sus padres y ella permutó su pequeño apartamento en un edificio nuevo en las afueras de la ciudad por uno más grande, que necesitaba reparaciones, en el viejo centro. Pagó una cantidad sustancial de dinero a una vieja pareja por esa transferencia. Como traductora de una editorial, no tenía ese dinero, así que lo consiguió prestado de su padre, un antiguo diplomático. Desde luego, toda la transacción era ilegal, y sigue temiendo las posibles consecuencias, incluso si toda Hungría —como toda Europa Oriental— está haciendo lo mismo, porque es una de las formas más populares de conseguir más espacio para vivir.

Jadwiga se divorció de su esposo pero no de su madre. Después de la muerte de su padre, ella y su hijo volvieron a vivir en el apartamento de su madre. Es un lugar pequeño de dos habitaciones y media en un moderno edificio de concreto y aluminio en la calle Sobieskiego, en Varsovia. La habitación de su madre es el salón, su habitación es el estudio, y su hijo de dieciocho años duerme en algo que debería llamarse un armario pero que en Varsovia es aún considerado como una habitación —tal vez porque tiene una ventana. En Europa Oriental las medidas son extrañas, inventadas para la práctica de vivir apretados, y uno tiene que adaptarse a ellas. Entrando en las mismas, un extraño casi tiene que reaprender a respirar en habitaciones de techo bajo, repletas de anacrónicos muebles del siglo pasado, con cuadros y porcelanas, flores secas, libros, la máscara y los guantes de satín que una anciana llevó en una fiesta de gala en los años treinta, una pelota de fútbol y unas zapatillas deportivas —los recuerdos de las tres vidas diferentes que siguen ahí, en este pequeño espacio, enrarecen el aire. El ex esposo de Jadwiga también vive en el apartamento de su madre —excepto que él fue afortunado: ella murió.

Mis amigos Jaroslaw e Irena y sus dos hijos viven también con la madre de Irena. Tal vez el espacio no es su mayor problema, están en un amplio y renovado apartamento de tres habitaciones en la parte vieja de Praga. Es la presencia de la madre la que resulta opresiva. Está presente en toda su vida cotidiana, insiste en cocinar sus propios platos, le dice a Irena que malcría a sus hijos o a Jaroslaw que está ausente de casa demasiado tiempo, o pregunta por qué le compraron a los niños una computadora, son demasiado jóvenes, y dicho sea de paso, esta carne necesita cocinarse más, ves cómo está roja en el centro, cruda, y no somos animales ¿a que no? Irena no deberías cortarte el pelo tan corto, no te sienta bien, no me digas que no te lo advertí a tiempo, Tomasz, puedes por favor, ¡por favor!, apagar esa radio, me volveré sorda en esta casa, no respetáis a una persona mayor, sí, sé que soy vieja e inútil, pronto me iré, pero eso es lo que habéis querido desde que comenzamos a vivir juntos, no es así, decídmelo, simplemente decídmelo claramente, os estorbo, ya iré al asilo uno de estos días… Mientras tanto, Tomasz, ¡para esa música idiota inmediatamente!

Podría seguir indefinidamente. Cuando pienso en ello, la mayor parte de la gente que conozco en Yugoslavia, Polonia, Hungría, Checoslovaquia o Bulgaria, vive de la misma manera. La falta de vivienda es un problema tan común que al cabo de un rato uno simplemente deja de notarlo. En realidad me cuesta recordar a gente joven o de mi generación que no viva así, con sus padres, incluso si ya han pasado de los cuarenta. Tal vez han heredado un apartamento, o tal vez están (o estuvieron) implicados en la política —porque esa es la única manera de conseguir rápidamente un apartamento. O tal vez tenían un negocio privado o estaban relacionados con el mercado negro. Antes de la guerra, el 80% de nuestra población vivía en pueblos; era una sociedad agraria. Ahora la proporción es la contraria. Cuando comenzó el gran éxodo a las ciudades después de la guerra, éstas no pudieron crecer suficientemente rápido, las casas no podían construirse lo bastante aprisa. Así que la gente se multiplicó en los apartamentos ya existentes. ¿Qué otra cosa podían hacer? ¿Esperar?

Hace veinte años, solíamos vivir en un apartamento de tres habitaciones. Éramos seis: mis suegros, mi cuñada, mi esposo, mi hijita y yo. Nuestro cuarto de cuatro metros cuadrados en el séptimo piso de un rascacielos era nuestro salón, estudio, habitación propia y de la niña en una sola pieza. La cuna de la niña estaba al lado de nuestra cama plegable, que cerrábamos durante el día para poder movernos. La habitación estaba enterrada bajo libros, pañales, juguetes. Los dos éramos estudiantes y se suponía que estudiásemos en esa misma habitación porque no había suficientes instalaciones en la universidad. Y lo hacíamos porque para nosotros no era una situación extraña.

Antes vivía con mis padres, mi hermano y mi abuela en un apartamento de dos habitaciones. En realidad era de cuatro, pero dos de las habitaciones postrevolucionarias estaban asignadas a otros ocupantes: una pareja que no tenía ninguna conexión con nosotros. En la postguerra y el entorno postrevolucionario, el gobierno dividió los grandes apartamentos en habitaciones, forzando a completos extraños a vivir en una especie de comuna. Fuimos afortunados: esas dos personas eran silenciosas, casi invisibles. El único problema era el baño, localizado en “su” parte del apartamento; teníamos que ser cuidadosos cuando lo usábamos. Tomar un baño requería amplios preparativos, porque el anticuado calentador de metal tenía que calentarse con leña. Además tardaba. El baño común era también su cocina, y la mayor parte del tiempo el lavamanos, e incluso la bañera, estaban repletos de platos. Establecimos el sábado como nuestro día de lavarnos (desde luego, en esas condiciones no podíamos hacerlo más que una vez a la semana). Una vez hechos los preparativos, toda la familia se bañaba y después la abuela hacía la colada. Más tarde levantamos una pared de madera entre “nuestra” parte del apartamento y la de los “inquilinos;” desde luego, necesitamos nuestro propio baño. La pared era delgada: uno podía oír toser (el ocupante era un gran fumador) y moverse los muelles de la cama o las tablas del suelo. Pero nos daba la ilusión de tener nuestro propio territorio privado, una vida que no era vigilada por extraños.

Mi primer esposo tuvo una experiencia casi idéntica. A cinco de ellos les asignaron dos habitaciones; la tercera estaba ocupada por otro inquilino. Joseph Brodsky describe la misma situación en Leningrado en su ensayo “Una habitación y media.”

Después de la Revolución, de acuerdo con la política de “apretar” a la burguesía, la enfilade [serie de habitaciones] fue cortada en pedazos, con una familia por habitación. Se levantaron tabiques entre las habitaciones —inicialmente de contrachapado. Después, a lo largo de los años, tablas, ladrillos y estucado elevaron esas particiones al estatus de norma arquitectónica. Si existe un aspecto infinito en el espacio no es su expansión sino sus reducciones. Aunque sólo sea porque estas, curiosamente, serán siempre más coherentes. Están mejor estructuradas y tienen más nombres: una celda, un armario, una tumba…

Pero tal vez esta situación ofrece también algunas ventajas. Por ejemplo, hace un par de años, en 1987, un serio estudio sociológico fue llevado a cabo en la Universidad de Split. El profesor Srdjan Vrcan se interesó en un característico pero ilógico fenómeno: el por qué, a despecho del que era probablemente el índice de desempleo más alto de Europa y del hecho de que más del 85% de los parados fueran jóvenes, no existía ningún tipo de movimiento social o protesta con una economía que forzaba a la gente a esperar una media de tres años antes de conseguir su primer empleo. Los resultados confirmaron lo que ya se sospechaba: la razón está en el papel conservador de la familia en nuestra sociedad comunista. Una relación que vista desde fuera parece una romántica tendencia hacia los fuertes lazos familiares, tiene dentro de nuestra cultura una cara menos romántica. Los jóvenes sin empleo viven en los apartamentos de sus padres; sus padres les alimentan, los visten e incluso les dan algo de dinero para los gastos menores. La familia facilita una protección completa y, de hecho, los jóvenes no tienen motivos de protesta. Además, protestar no conduciría a nada. La gigantesca burocracia estatal —un sistema que fue construido para mantener a los comunistas en el poder y que percibe todo movimiento espontáneo (no importa si es por la paz, la ecología, o la simple demanda de empleos) como una amenaza a su control— acabaría con cualquier protesta de manera muy eficiente. Serían considerados como “gamberros” y castigados como tales.

Pero el problema es que incluso cuando los jóvenes consiguen empleo, no pueden alejarse de sus padres y siguen necesitando su apoyo. En una sociedad así —en toda Europa Oriental y la Unión Soviética— los jóvenes no pueden ascender a puestos importantes. Permanecen en lo más bajo, no importa cuán hábiles sean. Puede llamarse discriminación juvenil. Los padres pueden ser acusados de infantilizar a sus hijos y de proteger el status quo, pero al mismo tiempo mantienen a sus hijos fuera de las calles. ¿Cómo pueden los padres divorciarse de los hijos? ¿O los hijos de los padres, si a eso vamos? Más tarde será, tal vez, demasiado tarde; los nietos han llegado, ¿y quién sino los abuelos podrá cuidarlos? ¿Quién quiere exponer a los niños al “cuidado” del kindergarten, a las enfermedades habituales, a sacarlos temprano de la cama? De nuevo, cuando los hijos consiguen un empleo y un apartamento, el divorcio se hace imposible. Para comprender por lo menos algo de esta complicada situación, uno tiene que saber que esta es una sociedad geriátrica, en la que los líderes políticos de más de sesenta años son considerados “aún jóvenes,” por no mencionar a los ya muertos, embalsamados para que puedan vivir para siempre en sus apartamentos —absurdos mausoleos hechos de mármol.

En el principio, la gente se multiplicaba en los apartamentos. Pero más tarde, tuvo lugar un extraño fenómeno: los mismos apartamentos comenzaron a dividirse y multiplicarse. Como organismos vivos, animales prehistóricos, tal vez protozoos, se dividían en dos o tres, haciéndose cada más pequeños. Después, con la ayuda de un poco de dinero, volvían a crecer. Alguien que no haya vivido aquí no podrá comprender el sentimiento: ver un apartamento dividido en dos puede ser el momento más feliz de tu vida. Cuando me casé, me mudé con la familia de mi esposo. Vivimos juntos ocho años. Después su padre cambió el apartamento por dos más pequeños y tuvimos un estudio. Su hermana también se casó y se mudó a casa de la madre de su esposo. Mientras tanto, mi hermano menor, que vivía con mis padres, se casó y trajo su familia a su apartamento. Después de un corto plazo mi padre cambió su apartamento por otros dos más pequeños. Así, dos apartamentos de tres habitaciones, en diez años, se multiplicaron en cuatro apartamentos menores. Cuando me divorcié, mi esposo se mudó al apartamento nuevo de su esposa. Me volví a casar (mi nuevo esposo vivía con su madre) y cambiamos el pequeño apartamento por uno más grande, dándole ilegalmente algo de dinero a una anciana de forma que estuviera dispuesta a mudarse a lugar más pequeño (¡pero con calefacción central!) Ahora estamos de nuevo en un apartamento de tres habitaciones pero mi hija tiene veintidós años y pronto necesitará un apartamento propio. Qué puedo hacer sino cambiar mi apartamento, de tres habitaciones, por otros dos más pequeños, volver a donde comencé —una habitación y media, “si es que tal unidad tiene algún sentido en inglés,” como decía Joseph Brodsky. El progreso histórico en mi caso (y en el de mi país) es que finalmente puedo divorciarme de mis hijos. Pero me pregunto si alguien, excepto entre nosotros, aquí, puede comprender este extraño proceso de lo inorgánico convirtiéndose en orgánico.

Los apartamentos eran para nosotros objetos mitológicos de adoración. Eran la recompensa de una vida y seguimos viéndolos así. Una vez consigues uno, es todo lo que puedes esperar por el resto de tu vida. Casi nunca los cambiamos, como no cambianos nuestro empleo o la ciudad en que vivimos. Estamos atrapados con ellos, se convierten en parte de nuestro destino, una razón para nuestras peleas y divorcios, para nuestras neurosis y miedos, para nuestra cercanía con padres y familiares. Es cierto, nuestros hijos los disfrutan. Tienen abuelas que los cuidan. Pero sufrimos pensando que si tuviéramos nuestro propio lugar, la vida mejoraría. Aún más, un apartamento es un espacio metafísico, el único lugar donde nos sentimos más seguros. Es una cueva oscura en la que nos retirarnos del ojo omnipresente del Estado. Sé que suena tonto, e incluso me siento avergonzada al pensarlo, pero cuando leí 1984 de Orwell, lo que más me asustó fue que la televisión fuera también una cámara, un espía. Era tan escalofriante, y el miedo permaneció tan profundamente dentro de mí, que durante años me negué a comprar una televisión, diciendo que podía pasar sin ella. Y podía, porque tenía un único canal estatal, que nos lavaba el cerebro y nos aburría mortalmente. Pero esa no era mi única razón, sólo una excusa.

Orwell explotó el incómodo sentimiento que todos teníamos. Un apartamento, no importa cuán pequeño, no importa qué tan repleto de gente y cosas, niños y animales, es “nuestro.” Para sobrevivir tenemos que dividir el territorio, marcar una frontera entre lo privado y lo público. El Estado quiere que todo sea público; no puede ver nuestro apartamento pero puede controlar nuestras llamadas y leer nuestro correo. No hemos cedido: todo lo que estaba más allá de la puerta era considerado “suyo.” Querían convertir nuestros apartamentos en espacios públicos, pero no caímos en esa trampa. Lo público es del enemigo. Así que nos escondimos en nuestras pajareras, nos apoyamos los unos en los otros a pesar de todo, y nos lamimos las heridas.

Este ensayo forma parte del libro How We Survived Communism & Even Laughed.

Traducción: Juan Carlos Castillón.

Fotos: Huebner Family, en Flickr & English Russia.

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8 respuestas
Comentarios

  • Abel dice:

    Dice maria…..artesanos del espacio, arquitecto natural.
    Este fenomeno se dio y se sufre en Cuba multiplicado por 100.
    Endemico del comunismo. No es lo mismo querer vivir en Mahathan y no poder, y terminar viviendo en un apartamente en Queens. Esa es la diferencia. En un sistema capitallista, generalmente, consiguen un espacio para ti y los tuyos, sin negar que estan muy caros los alquileres y los morgates. Cierto.
    Pero aun un abismo de por medio.
    No se la situacion actual,pero me imagino que en Europa del Este, con sus especificidades, hoy este problema no sea tan grave, de otra manera, tendrian que cuestionarse que tipo de capitalismo es el que tienen, a lo mejor es un engendro.

  • maría dice:

    artesanos del espacio, arquitecto natural.

  • Gabriel dice:

    Querida Rositica,

    No hay comparación entre la escasez de vivienda que se pueda dar en los países capitalistas en tiempo y lugares muy concretos, con la escasez crónica en los países comunistas.

    La prueba está en que en los países capitalistas en ocasiones se producen excesos de oferta que causan graves problemas económicos. En España la burbuja inmobiliaria ha hecho que en estos momentos tengamos un exceso de 2 millones de viviendas que el mercado tendrá que absorver con lentitud. En estos momentos tenemos una media de una vivienda cada dos habitantes, que es más que suficiente para las necesidades de la población, aunque pueden haber puntos concretos con escasez de viviendas.

    Trasladando los números a Cuba, en Cuba deberían de haber unas 5 millones de viviendas. Teniendo en cuenta que una vivienda dura unos 50 años, en Cuba se deberían de construir anualmente unas 100.000 viviendas, sólo para substituir las que van envejeciendo. En estos momentos el gobierno cubano se pone como objetivo alcanzar la cifra de unas 30.000 viviendas nuevas al año, y esa cifra nunca la alcanza.

    Cuba se cae en pedazos, y está encaminandose a cámara lenta al colapso total de su infraestructura habitacional.

    Si el comunismo llegase a durar otros 50 años en Cuba, los cubanos terminarían viviendo en las cabernas.

  • Gabriel dice:

    El libro lo he leído hace unos meses. Ciertamente, sería interesante hacer una traducción al español, aunque creo que hay otras prioridades.

    Existen una buena cantidad de libros de la época comunista en Europa del Este y de su colapso, que están escritos en inglés y no existe la versión en español.

    Sin embargo, puestos a traducir, este libro de Slavenka Drakulic no me parece el más interesante de todos. Ofrece una visión personal de la vida privada bajo el Comunismo que resulta interesante para quién jamás vivió en el comunismo, pero que no le dice nada nuevo a los cubanos. Además, en ocasiones el libro se para demasiado en detalles personales y resulta aburrido.

    Puestos a traducir, estoy deseando que por fín hagan la traducción de “Revolution 1989. The Fall of the Soviet Empire” de Victor Sebestyen. Es una crónica histórica interesantísima de la lucha en la Europa del Este para acabar con el comunismo.

    También hay un par de libros de Timothy Garton Ash, que deberían de traducirse al castellano, aunque sea con un montón de años de retraso. Creo que el único que se ha traducido es “El Expediente.”

  • Maniel Rodriguez dice:

    Rositica tienes parte de razón , lo que habría que añadir que New York es la capital del mundo y como capital to el mundo quiere vivir allí, también habrá que resaltar los altos sueldos que hay en New York creo saber que solo un camarero con las propinas se paga medio apartamento, no se tu sabes mas que yo que vives allí.Y aparte todo el mundo no puede vivir en el centro de New York seria imposible.

    Lo que hace falta es trabajo y una sociedad liberal donde se pague y se remunere por tu esfuerzo personal y tu talento, habiendo esto creo que ninguno que no sea vago se quedara sin vivienda.

    Saludos.

  • apenao. dice:

    Coño este post dan ganas de suicidarse. Parece una pelicula rusa donde la heroina muere al final con una libra de pan bajo el brazo en medio de la nieve…..

  • Güicho dice:

    La explicación definitiva sobre el origen del legendario pescao eslavo.

  • ROSITICA dice:

    Triste. Pero la carencia de vivienda es un fenomeno mudial en las grades ciudades del mundo, Aqui en new york donde yo vivo es IMPOSIBLE comprar algo en manhattan entre taxes y precios. Rentar en manhattan es solo cosa de ricos, o muy pobres en los proyectos de viviendas, que cada dia se hacen mas escasos. Un studio pequeño en west o east village cuesta alrededor de 1700 dolares. el mas barato y es lo que puede ser en otras partes un simple WALKINCLOSET. La vivienda deberia ser un derecho humano fundamental.