- ene 30, 2010 • 13:22h
- 8 comentarios
One of them was this very Cuban-looking guy,
and he kept breathing his stinking breath in my face
while I gave him directions.
The catcher in the rye, JD Salinger, 1951
En La Habana de los 90 todo el mundo citaba a Salinger (en el campo cubano, para los narradores esas tres sílabas eran religión).
Ena Lucía Portela tardíamente me lo descubrió, en su primera y única novela con genial garra de “mala intención”: el resto de su obra tal vez tenga algo de Salinger, pero le falta sal.
Padura, por supuesto, el hombre que amaba a Salinger, no ha cesado en sus pertinentes pasajes de escualidez criolla, acaso catalizados avant-la-lettre por Ambrosio Fornet.
Jorge Enrique Lage, narrador politiquísimo que aún espera ser descubierto en todo su ludismo posnacional, me citó una cita de Vila-Matas, que cita a todo el mundo al por mayor (ya aburre el chiste de la escritura como casa de citas).
En los talleres literarios remanentes entonces, el profeta Jerome David funcionaba como un cetro o un talismán. Quien lo leía, no se arriesgaba a prestarlo a la horda analfabeta al estilo de Orlando Luis, para colmo un bioquímico. Temían que otro pudiera plagiar primero que ellos al maestro en mutismo de New Hampshire, machacando inéditos y mascando pop-corns en Cornish (casi desde el primero de los Primeros de Enero: su cumpleaños).
Mark David Chapman no podía ser menos que los cubanos en 1980, y un lunes lunático de diciembre devino su más performático lector, acribillando a Saint John con una novela-bala de calibre Salinger bajo el sobaco. Todavía hoy está en un ático del Correccional de Attica, a pesar de que ya cumplió su condena de 20 años (la viuda no lo quiere ni ver): el disco que Lennon le autografiara, fue subastado en 500 000, pero él, exorcizado por un sacerdote, tuvo que conformarse con 5 pobres diablos y un pésimo film. Por cierto, dicen que otro John atentó contra el presidente Reagan con el mismo modus operandi de lectura limítrofe.
Heme entonces de nuevo en los años cero cubanos, embarcado y embarrocado, escualo más que escuálido, esquilmado más que esquimal, haciendo el amor en lugar de la literatura, diletante del discurso, sin ganas de leer ni de hacerme leer por los talleristas. Ni por nadie en el campo literario local, ese otro tullido taller.
Mucho menos me interesaba el American Way of Write, demasiado diáfano y democrático para mis delirios despóticos. Pero igual un día me fui a comprar las ediciones real-socialistas de Salinger, en librerías de uso que a nadie vi usar mientras yo elegía entre el polvo y las polillas de sus párrafos impolutos.
Compré a Salinger por disciplina y por indolencia, por pesimismo iletrado de quien debe citar para ser serio, por venganza envidiosa de quien nunca intentaría narrar así. Lo compré porque era barato (diez pesos en moneda nacional) y un poco por mimetismo. Salinger en su ostracismo ilustrado; yo en mi cochambre retórica en clave de Rev Sostenida Mayor (costracismo). Salinger narrativo (aún no había sido acusado de esotérico por sus exégetas, ni de pedofilia ni glosolalia ni de beber orina por su propia hija); yo nadativo, incapaz de concentrarme para triunfar y luego esconderme del mal del mundo en mi Brave New Habana (quizás golpeando a los periodistas independientes que me quisieran entrevistar para la Cuba Networks News).
Bajo la capa lechosa de un barrio y un reino en ruinas, entre almendrones y camellos pastando por el Paseo de Prado, leí los Nueve cuentos de la colección cubana Cocuyo, uno de esos días en que te convences de que tu ciudad es una mortaja marcial. Después leí sin inmutarme su opus Magnum (como la marca caliente de una pistola o la felicidad). Sólo me impresionó saber que se sospecha que el texto tenga códigos satánicos subterráneos (hell html) y hasta fue prohibida en varios claustros de USA: en el resto es obligatoria. Y, aún después, malentendí un bizarro cuentecito tur-habanero que leí en su lengua anglo en una edición digital: “Some pleasant, rainy day, when you have the stomach for it, examine the bowels of any effective revolution since history began…”
Y eso fue todo. Nunca lo he vuelto a hojear.
Ahora el monstruo o monje se ha esfumado a una edad donde cualquier desastre se traduce en titulares del tipo “muerte natural”.
Su silencio avant-la-littérature fue una coda en vida que enseguida hará crash-boom-bang. Porque Salinger, que rechazó ofertas para cine desde Elia Kazan hasta Steven Spielberg, ahora no podrá parar la piñata pirata de sus pirañas. Él, que hizo votos de vacío, aunque siguió escribiendo casi hasta el The End, con la máxima de “Don’t ever tell anybody anything. If you do, you start missing everybody”. Él, que desembarcó en Normandía sólo para no contarlo.
Supongo que fue un ogro zen medio homeópata y mitomaniaco y medio. Un apestado de oro. Si no fuera porque vivió opíparamente de sus copyrights, hoy encarnaría exactamente entre nosotros el rol del escritor censurado. Un fuera de serie que se quedó fuera de feria. Al fin y al cabo, Salinger se metió casi toda la Revolución Cubana sin publicar: lo consideraba una terrible invasión de su privacidad…
En medio siglo o en medio del sigilo, ni siquiera en días agradables y lluviosos tuvo estómago para tanto.
Orlando Luis Pardo Lazo
La Habana





[...] Luis Pardo: The Catcher on the Ryevolution var addthis_language = [...]
Lila, me has hecho reir. PD, lleva a Lila suave, mi socio.
Siempre haces lo mismo. Primero no me pones el comentario, después tengo que explicarme como un pionero para que me des el premio. Esto parece un correccional virtual.
Por qué si digo que “sería difícil escribir un post peor” no aparece mi comentario? Tengo que ser escritor, hacerlo mejor, callarme lo que comparto con Ernesto G? No lo entiendo, la verdad.
Ernesto G, muy ocurrente tu comentario. Lo embulla a uno a no leer el post.
Orlando, muy ocurrente el título del post. Lo embulla a uno a leer el post. Claro, después uno se defrauda.
Salinger stories online: http://www.freeweb.hu/tchl/salinger/
No me fiaba de mi memoria pero Orlando viene a confirmarlo…
“Por cierto, dicen que otro John atentó contra el presidente Reagan con el mismo modus operandi de lectura limítrofe.”
Y estimulado por el recordatorio creo que el gatillero era hijo de un afamado constructor de yates con astillero cerca de Boston… ¡más New England imposible!