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Patos del Central Park

  • ene 30, 201008:41h
  • 3 comentarios

La gente que juzga literariamente a Salinger por los elogios que le dedicó el asesino de John Lennon me recuerda aquellos fiscales que usaron como prueba definitiva contra un joven inadaptado la evidencia de que en su mesa de noche tenía un ejemplar de Las flores del mal —o al fiscal Fidel Castro reprochándole a Marquitos sus lecturas de Poe, esa “mala influencia”.

Ese supuesto lazo recurrente entre el comportamiento antisocial y la “religión Salinger” (especie de malditismo de Nueva Inglaterra), no es más que una de las tantas formas adolescentes de entender la literatura. Y cuando hablo de una “forma adolescente” no me refiero necesariamente a la edad de sus practicantes. Hay adolescencias que perduran, enconadas, hasta edades provectas.

La maldición de Salinger (y tal vez una de las causas de su retiro definitivo de la vida pública) fue haberse convertido en un escritor para adolescentes. Terminó así como su propia víctima, el rehén de la interpretación adolescente de un libro protagonizado por un adolescente. Mucho de nihilismo púber hay en Mark David Chapman disparándole a Lennon para “preservar su inocencia”, o en todos esos copycats que siguieron al inspirado, y que leían furiosamente The catcher in the rye antes de masturbarse y tratar mal a sus padres. Pero la realidad es que no supieron leer al maestro.

Se trata, como casi siempre que se presumen morales en la literatura, de una mala lectura. En la célebre novela no queda nada claro que el autor hable por boca del protagonista. Se le concede el beneficio de la duda: todo depende de si el protagonista alcanza su “iluminación”. De hecho, el poema que da título al libro habla de que la función del guardián es “evitar que los niños caigan por un precipicio”. Alguna vez he creído ver en esa alerta uno de los tantos signos de distancia salingeriana hacia el vagabundeo adolescente de alguien que trata de encontrar un sentido en la vida.

En realidad, la gran lección —o mejor dicho, el koan— que nos dejan las aventuras de Holden Morrissey Caulfield es que los adolescentes son como esos patos del Central Park, cuando de pronto llega el invierno, el lago está helado y no tienen dónde ir. Lo importante no es encontrar el destino, sino saber que no hay camino en medio del invierno. Que de hecho, como responde el taxista en el libro, los patos del Central Park no van a ningún sitio.

Quienes no experimentaron ese satori elemental, quienes no oyeron el sonido de la palmada de una sola mano, esos patitos feos desorientados, esa grey de frustrados en nombre de una fe adolescente en la “trascendencia”, perviven muchas veces ocultos entre la sociedad hostil, hibernando, hasta que un día les da por hacer algo “sublime” con una pistola.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

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3 respuestas
Comentarios

  • maría dice:

    muy bueno.

  • Restrepo dice:

    A alguno de esos frustrados también les pueda dar por asaltar un periódico con una pistolita de juguete creyendose un samurai…

  • JM Álvarez dice:

    Magnifico Ernesto. A ver si memorizas el texto y cuando esté Arcadi Espada en tu casa, eres capaz de recitárselo, en lugar de guardar un servil silencio mirándolo con complejo de inferioridad (el del colonizado vasallo ante su señor colonizador), cuando aquel monopoliza el diálogo hablando estupideces inconexas

    Cuidate de Varela

    JM Álvarez