- ene 16, 2010 • 02:01h
- 2 comentarios
Stephen Kotkin es profesor en la Woodrow Wilson School for Public and International Affairs de la Universidad de Princeton y a lo largo de su carrera se ha especializado en el estudio de las relaciones de poder dentro de sociedades autoritarias, como el Imperio Ruso y su sucesor, la Rusia Soviética. Es editor de la revista World Politics y entre el 2003 y el 2007 fue director de la Princeton University Press. Desde 1996 dirige el programa de estudios euroasiáticos de esa universidad. Colabora con la Open Society Institute (el grupo creado por el financiero George Soros) y la Ford Foundation.
Jan Tomasz Gross es un profesor y sociólogo polaco americano, salido de su país en los años sesenta —dentro de la emigración de polacos de origen judío de aquella década. Antes de irse de su país ya había sido expulsado de la universidad como agitador sionista. En Estados Unidos, tras graduarse de la universidad de Yale pasó a ser profesor en Princeton. Ha dado también clases en las Universidades de Yale, Nueva York (NYU) y París.
El título y el subtítulo indican el contenido del texto. Civil society es un término que en inglés designa no sólo a la sociedad civil sino también a los círculos bien educados. Una uncivil society no es solamente una sociedad carente de ese elemento civil sino también una sociedad grosera: una dictadura. El subtítulo indica a su vez la tesis central del texto: que la caída de los regímenes comunistas se debió menos a la acción de los grupos de oposición que al colapso de sus clases dirigentes, con una posible excepción en Polonia, donde existía una sociedad civil completamente desarrollada y con presencia real en todos los campos y al margen de la sociedad oficial.
Polonia ocupa buena parte del libro y la mayor parte del capítulo final, donde se dan las conclusiones del mismo. Las palabras finales del texto corresponden sin embargo a las memorias de un viejo dirigente comunista germano-oriental de segunda fila, un tal Berman, que no se arrepiente del experimento político en que participó, porque “la historia estaba de nuestro lado” y a la respuesta, breve, de los autores: “no lo estaba, y fracasaron.”
Este texto traspasa la responsabilidad de la caída de los regímenes comunistas de Europa Central de quienes se beneficiaron de la misma a los que la sufrieron. Para hacerlo, repasa caso por caso las condiciones de cada partido comunista y cada clase dirigente, sus divisiones internas, la manifiesta falta de confianza entre los miembros de unas clases dirigentes normalmente impuestas desde el exterior, por la victoria soviética en la Segunda Guerra Mundial, que carecían de legitimidad y además lo sabían, y la escasa solidaridad de esas clases hacia sus gobernados, en los que nunca confiaron y por los que nunca fueron queridos. Una serie de problemas que, paradójicamente, eran incluso peores en un país con una política internacional independiente de Rusia, como lo fue la Rumania de Ceausescu. Estudia también la ausencia de oposición organizada en la mayor parte de los países comunistas hasta casi el final.
La estructura del texto sigue desarrollos nacionales —Polonia, Rumania, Alemania Oriental— aunque esos países no sean vistos de forma aislada sino en contacto con sus vecinos. Sin necesidad de un capítulo aparte dedicado a Checoslovaquia o a Hungría, vemos cómo estos países se vieron afectados por las revoluciones de sus vecinos y a su vez las afectaron —cuando el gobierno comunista húngaro abrió las fronteras de su país con Alemania Oriental y Austria permitiendo la huida de cientos de miles de germano occidentales a Occidente—, o la relación entre el sindicato Solidaridad y los intelectuales checos. Aunque el texto se concentra mucho en pocos países a expensas del resto del bloque, y no toca los Balcanes, que siempre han tenido una dinámica política distinta, sigue siendo un buen retrato de cómo desapareció el bloque soviético. Yugoslavia está ausente de prácticamente todo el libro, tal vez por su autoexclusión del bloque soviético y su intento de un comunismo nacional. Rusia, no aparece de forma directa sino en las páginas finales cuando el ejemplo polaco se extiende primero al Báltico y después a Ucrania antes de llegar al centro del Imperio, aunque el peso de su clase dirigente sobre los líderes de la Europa Central sea uno de los elementos de mayor importancia a lo largo del texto.
Los capítulos dedicados a Polonia son una reflexión sobre el papel del estado totalitario mientras que el capítulo dedicado a Rumania es particularmente interesante y se puede leer casi como una novela de acción, con una explicación hora por hora de los incidentes de Timisoara y la descripción de cómo estos evolucionaron desde un enfrentamiento étnico entre protestantes húngaros y policías rumanos hasta una revuelta de toda la población rumana que se extendió al resto del país para concluir con la huida y muerte de los Ceausescu. La suma de errores del matrimonio Ceausescu, sus mezquindades y paranoias y el complejo de persecución entre sus subordinados, el odio justificado de las masas y el origen de ese odio, concluyeron en un estallido de violencia brutal y de alegría tras su muerte que ahora podemos comprender mejor.
El análisis de la toma de decisiones, o la indecisión, dentro de la clase dirigente comunista ocupa sin embargo la parte central de este libro. Las clases dirigentes comunistas se vieron paralizadas por su propia ineficiencia, incapaces de dar respuesta económica a unos países que cada vez estaban más comunicados con Occidente, incapaces de formular un discurso que legitimase su poder, por lo que en su búsqueda de legitimidad varios regímenes comunistas se volvieron cada vez más hacia el nacionalismo —como la RDA, que soñaba ser una “Prusia Roja” y reivindicaba a Federico de Prusia y las glorias alemanas anteriores a Bismark—, o la Gran Rumania de Ceausescu, que perseguía a las minorías étnicas, por no hablar del recurso al antisemitismo de las autoridades polacas. Sin embargo, lo que concluyó con el ciclo comunista en Europa central no fue tanto la indecisión de sus líderes, o que carecieran de una cadena de mando firme, como al hecho de que esa cadena de mando tenía su punto final fuera de sus fronteras, en Rusia, y estaba en manos de alguien que por un lado mantuvo su poder firme sobre los partidos de la periferia, impidiéndoles reprimir a las masas, y por otro lado estaba dispuesto a fomentar el cambio. Paradójicamente, no fue la falta de firmeza de los germano orientales o los polacos sino la firmeza rusa la que derribó el bloque soviético.
Pero, ¿acaso no derribó Solidaridad el gobierno comunista de Polonia? En gran parte contribuyó a su caída, pero Checoslovaquia carecía de oposición organizada más allá de círculos intelectuales, Alemania Oriental y Rumania, y este último país fue la excepción violenta, carecían de oposición y las masas que provocaron la caída del Muro de Berlín o las que expulsaron del poder a Ceaucescu se organizaron sobre la marcha en países en que no existía ninguna organización opositora. En la mayor parte de los países comunistas el elemento que acabó con los sistemas en el poder fue menos su fracaso político que su fracaso económico, aunque de nuevo aquí el elemento de mayor importancia en la caída del bloque soviético fue, de nuevo, el cambio de dirección estratégico ruso, cuando una Rusia agotada, reconoció la primacía mundial norteamericana y aceptó el final de la Guerra Fría. Este punto, el que Rusia siguiera manteniendo su control sobre los partidos comunistas del exterior incluso mientras estos se hundían e impidió que estos se defendiesen, obligando así a transiciones pactadas, me parece uno de los más importantes del análisis de estos autores.
Durante años los regímenes de Europa Oriental habían pedido innumerables sacrificios a sus poblaciones y ligado su destino al destino geoestratégico ruso: el hecho de que tanto la legitimidad como los objetivos de los grupos gobernantes dentro del bloque soviético estuvieran ligados con un proyecto nacional pero también económico al que eran ajenos, contribuyó a su desaparición.
Por el contrario (y esta es otra aportación de este libro que no debiera pasar inadvertida), China y Vietnam, que han logrado integrar sus proyectos económicos dentro de una economía global dominada por los Estados Unidos no sólo han sobrevivido sino incluso prosperado de una forma que el antiguo bloque soviético fue incapaz. ¿Hubieran podido sobrevivir las dictaduras comunistas de la Europa Oriental si se hubieran reconvertido en factorías baratas, como China, y asegurado una mínima comodidad material a sus ciudadanos? Esta es una cuestión que los autores no se plantean, y que afortunadamente nosotros tampoco tenemos que plantearnos en Europa, pero que es legítimo plantearse en Cuba.
Veinte años después de la caída del Muro de Berlín ya es posible estudiar aquellos sucesos desde una suficiente perspectiva histórica. Este libro, con todo y su relativa brevedad, es un texto ambicioso pese a concentrarse en un tema concreto: la toma de decisiones dentro de la élite dirigente. Abundan los libros que dan voz a los antiguos disidentes pero éste —y es otro de sus puntos originales— se centra sobre todo en las memorias de comunistas y en documentos que por venir de los derrotados, no serán de otra forma traducidos a nuestros idiomas. El resultado es un libro ágil, de fácil lectura, con un tema bien definido. Vale la pena leerlo.
Uncivil Society: 1989 and the implosion of the communist establishment
Stephen Kotkin, con la colaboración de Jan Gross
The Modern Library, 2009
Juan Carlos Castillón
Barcelona




A mi me parece que lo de Cuba es parecido a lo de Rumania, Ceaescu tuvo que pagar una deuda brutal y para hacerlo habia que cortar gastos sociales y aumentar la represion para controlar el descontento popular, ademas de eso hay tension racial y regional que son algo comparables a la situacion rumana.
Siempre he dicho que el mayor dano al liderazgo cubano seria la caida economica de los EE.UU, para afectar todo desde las remesas hasta la esperanza de emigrar y ma parece que esto es lo que esta occuriendo, un gran segmento de la economia norteamerican esta dependiente en la intervencion estatal y hasta que punto se puede seguir con eso? Hay muchos americanos que estan aterrados con lo que esta occuriendo, pero no veo una salida, o el estado se va a la bancarota o grandes segmentos de la economia se reducen a polvo.
Siempre se ha sabido que el cambio en Rusia y por extension en todo el bloque sovietico vino desde arriba. El sistema no cambio desde abajo. La tesis del libro por tanto llueve sobre mojado.