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Carta de Nueva York: Los niños cantores de Santo Tomás

  • ene 06, 201018:33h
  • 3 comentarios

Desde el taxi que me lleva, y que en ese momento se dispone a doblar por la Quinta Avenida, oigo el repique de las campanas, que casi nadie asociaría con el bullicio mundano de esta ciudad. La mañana es espléndida y de sol radiante, aunque hace frío. Pienso que no he visto un día de Navidad tan lindo en muchos años. Los transeúntes que abarrotan la emblemática avenida, adornada para las fiestas, parecen formar parte de una postal.

Sin embargo, no tengo tiempo de detenerme en esta pueril admiración, porque son casi las 11:00 AM y el oficio eucarístico de la iglesia episcopal de Santo Tomás (St. Thomas Church, en la esquina de la 5ta. Ave. y la calle 53), es de una obsesiva puntualidad. Me bajo del taxi con una premura que comparten todos los que llegan a esa hora. Los ujieres, vestidos de chaqué, en la que sin duda es la parroquia más elegante de Nueva York, ya han cerrado las puertas de la nave central y nos entregan los programas impresos al tiempo de señalarnos las puertas laterales. Desde el asiento donde consigo acomodarme sólo logro ver el púlpito y parte del coro, pero no el altar. En el órgano suena un preludio de Claude-Bénigne Balbastre que antecede a la Missa Ad Praesepe con arreglo de George Malcolm.

He entrado en el templo con una unción que tiene poco que ver con mi racional agnosticismo —ateísmo vergonzante en opinión de algunos amigos— y me arrodillo brevemente conforme a las convenciones de mi tradición. Es verdad que hace tiempo que no creo en los truismos fundacionales de la fe cristiana, pero no puedo sustraerme a la emoción de un culto donde, decantados, están todos los ingredientes —Grecia, Israel y Roma— de mi cultura y de una fiesta —la Navidad— que no puede compararse con ninguna otra del mundo.

A las once en punto, las notas de Adeste Fideles nos ponen a todos de pie al tiempo que una columnilla de incienso anticipa la procesión que avanza, desde el fondo de la iglesia, por uno de los pasillos laterales. Detrás del turiferario marcha el primero de los crucíferos que, sobre su sotana de acólito, lleva una vistosa dalmática, y a quien custodian dos ciriales. Aunque no deben tener más de catorce años, andan con una gravedad hierática que los hace ignorar al público que abarrota la iglesia. Esa stiffness que, en mi opinión, es parte de la dignidad de una liturgia, ya sólo es patrimonio en Occidente de la Iglesia Anglicana.

Detrás de ese primer crucífero desfilan los niños del coro, seguidos por los hombres que hacen las voces graves y, luego de un segundo crucífero, vienen los miembros del clero —numeroso en esta parroquia— algunos de los cuales llevan capas pluviales. Son los niños, sin embargo, los que justifican la presencia de la mayoría de los que asisten al oficio, pues no se trata —como en tantas iglesias— de un grupo de aficionados que contribuye con su talento al culto, sino de los internos de un colegio dedicado profesionalmente al canto sacro (St. Thomas Choir School) y que, asociado a esta iglesia desde que se fundara en 1919, constituye al presente la única institución de su clase en Estados Unidos, cuyos pupilos son tenidos por el mejor coro de niños de la nación.

La escuela —un edificio de 14 plantas para sólo cuarenta alumnos— está situado a pocas cuadras de la iglesia (en la calle 58 entre las avenidas 7ma. y 8va.) en pleno centro de Manhattan, y en él cursan regularmente sus alumnos entre el 4ro. y el 8vo. grados, alternando las disciplinas seculares y los deportes con una rigurosa instrucción musical y coral (ensayan unas 400 obras por año), al tiempo que aprenden francés y latín, ya que las letras de muchas de las obras que cantan están en esta última lengua.

El ingreso a la escuela de St. Thomas se logra mediante un riguroso proceso de selección entre niños provenientes de los estados de la costa oriental (para que no estén demasiado lejos de sus hogares) de los cuales escogen a 8 ó 10 entre más de un centenar que se presenta cada año. Los profesores no sólo toman en cuenta las aptitudes musicales y el timbre de voz de los solicitantes, sino también su rendimiento académico y el coeficiente de su inteligencia. Éste último es tan alto que se cree que el alumno promedio de esta casa de estudios bordea la genialidad.

Con sus sotanas rojas y sus sobrepellices y gorgueras renacentistas, los niños de St. Thomas desfilan por la nave central. Aunque la congregación en pleno canta, son sus voces de soprano las que se imponen sobrecogedoramente en este universal llamado a los fieles: O come, let us adore him, O come let us adore him. La Navidad es una jubilosa proclamación que llena todo el ámbito. Pienso que sólo en una ceremonia como ésta es posible captar la plenitud de esta fiesta en su sentido cultural: la gran música, la liturgia impecable, las voces extraordinarias de un coro con que Occidente afirma su identidad en uno de sus mitos fundacionales no exentos de contradicción: sobre el miserable pesebre de la leyenda bíblica se ha levantado la opulenta tradición que la magnifica al tiempo que la subvierte y la torna un glorioso y reverencial espectáculo.

El oficio ha proseguido con una meticulosidad y precisión que ya no se ven ni en Roma. Con emoción, por el sonido y hasta el sabor de las palabras, escucho la lectura del Evangelio que, el día de Navidad, es siempre el del prólogo de San Juan, imbuido de pensamiento gnóstico, que anuncia la encarnación del Verbo. En el ofertorio, el coro canta una antífona en latín: Hodie Christus natus est, Hodie Salvator apparuit, además del Sanctus, el Agnus Dei y, durante la comunión, de varios villancicos tradicionales ingleses, uno de ellos con letra de Christina Rossetti.

Al final, la procesión hace el recorrido a la inversa, mientras congregación y coro cantan Hark! the herald angels sing (que en español se tradujo hace mucho por ¡Oíd un son en alta esfera!) con letra de Charles Wesley y música de Mendelssohn. De nuevo, en un momento, las voces de los niños cantores se destacan por sobre todas las demás, para hacerse especialmente notorias en el ritornelo que proclama el gloria que al rey recién nacido le cantan los ángeles. En ese momento llego a creer que en verdad los he oído.

Vicente Echerri
Nueva York

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3 respuestas
Comentarios

  • No comprendo que significa moderation? me lo podrían aclarar?
    En español moderation es moderación – lo que significarí en este caso que mi proceder no sería correcto. Por favor, me explican porqué? Si me he equivocado en la
    interpretación solicito desculpas, porque mi inglés no es demasiado bueno.
    Muchas gracias por su respuesta.
    Gracias.

  • Leonel dice:

    Vicente, no es dificil entender que, agnostico y todo, esta iglesia y su liturgia y su musica te hayan encantado asi. Hace 2 años yo pude visitar la iglesia y la escuela y, de hecho, ser recibido como huesped por la escuela -en la enfermeria, que gracias a la salud de los alumnos, estaba vacia por entonces. La experiencia, de 2 dias, fue completamente positiva and mind blowing. Desde entonces, le recomiendo la visita a todo el que se que va a NY.

  • AD dice:

    Excelente como de costumbre. Gracias.