- ene 02, 2010 • 22:08h
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Estábamos pasando una temporada en Barcelona y decidimos quedarnos para recibir el año. El primero de enero, después de haber pasado el día, la tarde y parte de la noche en cama por culpa de todos los tragos de la noche anterior, me animé a levantarme. Me dio pena con mi marido que se había pasado todo el día correteando detrás de las niñas, mientras yo permanecía casi inválida sobre el colchón. La cena del 31 había sido todo un fiasco, así que me dejé manipular por una serie de copas mezcladas que mi cuerpo no recibió con gracia.
No me gusta trabajar el último día del año. Dicen que como lo despides es como te recibirá el nuevo. Pero la casa era un asco, y no quería que el nuevo año llegara sucio. ¡Qué limpieza di! Es que en Barcelona el polvo brota de las paredes, como un volcán en erupción.
Luego de aspirar y baldear, fui al mercado a buscar lo que iba a preparar esa noche. Los langostinos estaban carísimos, por eso compré para la receta una parte de langostinos y otra de camarones. Llegué a casa y los pelé. Más tarde pondría cocinar la sopa de calabaza y el arroz y preparar la ensalada. Recuerdo haberle preguntado por segunda vez a mi marido si se había comunicado con los invitados que venían en la noche. Quería cerciorarme de que comieran mariscos. Sí, me dijo mi marido. El amigo venía desde Los Angeles y estaba de vacaciones en Barcelona con su novia burga, que hablaba el inglés con un acento tan fuerte y peculiar que cada vez que nos reuníamos terminábamos todos hablando como ella.
Ya cuando llegaron estaba muerta de cansancio. Y así mismo pasé año entero, por culpa de esa noche.
Las niñas se extremaron, no querían irse a dormir. Eran las nueve y treinta, así que serví la comida, con gritos y reclamos de background, porque por fin había conseguido que se acostaran, pero en contra de su voluntad.
La sopa quedó muy buena, le eché jengibre y eso le destacó los sabores. Más bien era como una crema sin leche, sedosa y espumosa a la vez. Uno sabe cuando la comida gusta.
Traje el arroz a la mesa. No siempre me queda bueno el arroz desde que no tengo una arrocera, pero esa noche me las ingenié. El curry de langostinos y camarones se veía bueno también. Lo pasé a un pozuelo más grande y lo decoré con cebollino picadito y un poco de cilantro. Justo antes de colocar el plato de curry en la mesa me dice mi esposo con una naturalidad para nada fingida, como quien está contestando la pregunta que le hice en la mañana, que los invitados no comían mariscos.
¡Qué bochorno! Estos vegetarianos no me dejan de sorprender, comen pescado pero no marisco ni carne roja, y ya, son vegetarianos. Los ojos de mi marido y los míos se encuentran e inmediatamente siento pena ajena por él, por lo que acaba de hacer y por lo que le espera, porque no es del todo cierto que esta gente come cualquier tipo de comida de mar, como bien me aseguró apenas horas antes y no sé qué es más incómodo, sostener el pozuelo hirviente o el tenedor y seis ojos incrédulos.
Los invitados fueron corteses e hicieron el intento. Él había probado los mariscos en otra ocasión y no le habían gustado, sin embargo se los llevó a la boca sin trampa. Ella nunca los había probado, pero estaba dispuesta a hacerlo esa noche. Le pregunté si era alérgica y me dijo que no. Quería asegurarme y le expliqué que una alergia de crustáceos podía ser terrible. Ella me dijo que no me preocupara. Entones comenzamos a comer. Me parece que quedaron buenos, eso creí de las primeras y únicas dos cucharadas que comí. Inmediatamente me doy cuenta que a él no le gustan para nada, y que a ella le están haciendo una alergia inmediata.
Como era de esperar, angioedema agudo. La burga se empieza a hinchar, y su carita chiquita parece un globo carmesí. Tienen que salir corriendo a un hospital. Qué remedio, ya a esta hora, día treinta y uno, todas las farmacia estaban cerradas.
Yo bebo y bebo, qué más puedo hacer. Bueno, podría haberme evitado la resaca del día siguiente. No lo hice, y ahí estaba, una vez más en la cocina, cortando y cortando trozos de un queso manchego. Sin darme cuenta, me llevo la yema del dedo anular de la mano izquierda. El dolor es de los fuertes. Meto la mano bajo agua, me arde. Me pongo presión con una servilleta, mientras busco la yemita que ha salido volando, debe estar entre los trozos de queso, pero no la encuentro. Me miro bien el hueco que me ha quedado, es profundo y tiene la marca del serrucho del cuchillo. Creo que voy a perder el conocimiento. Ya está, cesa de sangrar.
Llamo a mi madre a Miami y le cuento el episodio de carnicería. Se asusta mucho, y me anima a seguir buscando la yemita perdida. Me cita varios ejemplos en el transcurso de su vida que ha tenido que pegar yemitas por culpa de accidentes parecidos. Cuelgo con ella y regreso a la cocina, en algún lugar tiene que estar. Vuelvo a mirar entre los trozos de queso manchego, en efecto, ahí mismo está. Ha cambiado de color y ya no parece un pedazo de queso sino una yemita pálida, triste. No entro en esas dudas e inmediatamente la lavo con jabón, y la enjuago, metida en el queso, quién sabe. Se me pierde nuevamente, creo que se ha ido por el hueco del fregadero. Busco y busco, tanto estrés me ha dejado casi ciega.
Mi marido está parado detrás de mí, observándome en todo movimiento sin hablar, como esperando a que le pida auxilio, pero en silencio, asumiendo algo de culpabilidad. Él sabe que si no fuera por las niñas y por él, yo no me hubiese parado de la cama para comer esa noche.
No sé cómo da con la yemita, la encuentra y me la entrega con la ilusión del que acaba de encontrar el tesoro perdido. Me la pego con sangre. El dedo ha empezado a sangrar otra vez. La yemita se empieza a mover, tengo que retirarla y ponerle presión a la herida. Cesa la sangre, pego la yemita de nuevo. Espero a ver si esa vez se queda.
Suficiente para un comienzo de año, voy a dormir, sé que mañana será otro día.
Al día siguiente me levanto con mejor ánimo, aunque algo adolorida. Siento un pincho pincho en la espalda, en el lumbago, para ser exacta.
Al rato, en la cocina otra vez cortando y cortando, el dolor se vuelve más agudo, creo que es la ciática. Me agacho para recoger algo del suelo y pum, me desmayo. Me despierto y estoy en la cama paralizada del dolor. Trato de levantarme para ir al baño, pero el dolor es muy fuerte y pum, me desmayo una vez más. Llego hasta el pasillo y me vuelvo a desmayar. Hago reposo, mucho reposo. Todo el día en cama, varios días en cama.
Este año espero un comienzo sano, de menos ron, poca cortadera en la cocina y más elasticidad física.
Grettel J. Singer
Miami






Ay, mi Dios que mala suerte tiene esta señora!!!
Y para colmo la hace pública, como si ayudara a sus sememjantes.
Si no se ofende, le aconsejo guardarse para sí estos hechos y luego narraciones, tan simples como desagradables…y sobre todo para comenzar el año. Por favor hija!!!! no te ocurre nada bueno?
Oye tuniño, pero a esta chiquita siempre le están pasando cosas…!
Candela tremendo fin de año , como para ir a comer a casa de Grettel.
espero y deseo que el año le valla bien y no como lo comenzo.
Un cubano encuentra la Atlantida (eso dice él)
http://www.elpais.com/articulo/sociedad/civilizacion/perdida/elpepusoc/20100102elpepusoc_1/Tes