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Vindicación de Miami: Little Havana

  • dic 31, 200917:29h
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I
La mitad de los restaurantes de los que hablé en los artículos sobre las comidas, la casa de frescos porches en la que pasé la mitad de mi vida en Miami, y varios de los garajes convertidos en efficiencys y cuartos donde viví antes, el restaurante en el que lavé platos y tuve, quizás por primera vez en mi vida, un trabajo honrado; las librerías en las que aprendí a leer en serio y en las que hice amigos, estaban todas concentradas en la misma área de Miami: el South West. Mucha gente —incluso dentro de Miami, incluso cubanos que debieran estar mejor informados—, se refieren de forma despectiva a esta zona como “la Sagüesera” o el “ghetto cubano.”

Pero la Pequeña Habana no es un ghetto. Un ghetto es un sitio cerrado y sin esperanza, en el que te encierran las leyes, donde no te quedas sino a la fuerza y al que nunca regresas voluntariamente. Little Havana es una puerta de entrada en Estados Unidos, un puerto de paso al que la gente regresa para recordar los primeros años pasados en el país. Se trata, a todos los efectos, de lo que algún que otro sociólogo llama un enclave étnico.

Para el público local instalado desde hace generaciones en un país ha sido demasiado fácil confundir guettos y enclaves étnicos porque en ambos casos se trata de zonas habitadas por un mismo grupo étnico, lingüístico o cultural recién llegado, que no suele ser el mayoritario. Para ese mismo observador, que rara vez habla el idioma de la zona, esos matices pueden perderse, y todo ese barrio lleno de gente rara que come comidas exóticas y habla con otro acento puede llegar a parecer un poco siniestro. Sobre todo cuando son los votos de ese barrio los que acaban decidiendo elecciones, a veces incluso presidenciales. Pero en realidad, entre ghetto y enclave no existen sino similitudes superficiales.

Ghettos fueron aquellos barrios en los que las Jim Crow laws marginaron a los ciudadanos negros al no dejarles comprar casas en determinadas áreas de las ciudades blancas del Sur; enclave étnico es la Little Italy de New York; ghettos fueron también aquellas calles insalubres de la Nueva Inglaterra del siglo XIX en las que la elite protestante intentó concentrar y olvidar a los inmigrantes católicos recién llegados de Irlanda; enclave étnico es Little Havana. Algunos de esos ghettos se convirtieron después en enclaves étnicos en el sentido moderno del término, cuando la obligación legal del inmigrante de “quedarse dentro de su grupo y no contaminar el resto de la ciudad” se convirtió en la opción voluntaria de permanecer dentro de su grupo de origen y no dejarse contaminar por el resto de la ciudad.

Esto último fue lo que pasó con los cubanos. Los primeros exiliados cubanos querían volver a Cuba —como tantos otros llegados posteriormente— y además creían que podrían volver a la misma Cuba que habían dejado —un sueño que se ha ido difuminando de generación en generación. Los primeros cubanos que llegaron a Estados Unidos, entre el primer exilio y Camarioca, los llegados antes del Mariel, e incluso una buena parte de los del Mariel, no fueron a Estados Unidos para quedarse. Soñaban, querían, y en muchos casos lucharon, para regresar a una Cuba en la que creían poder reconstruir aquel país que ellos recordaban y que no estaba aún tan lejano en el tiempo y la memoria. Es por eso que fueron ellos los que no quisieron dejarse integrar.

Para cuando llegaron los exilados cubanos, ya no existía, al menos para una minoría tan anómala como la del primer exilio, la obligación legal de quedarse en un sitio cerrado. De hecho, a medida que comenzaron a llegar en masa los exilados, el gobierno federal trató de dispersarlos, tanto si se trataba de Peter Pans adolescentes que acababan en Minnesota pasando frío, como de ciudadanos ya creciditos, que eran “relocalizados” con sus familias en sitios tan improbables para un cubano como Hartford, Conneticutt. El primer exilio esta así lleno de historias de horror, que sólo el indestructible sentido del humor cubano convierte en comedias.

El plan, sin duda siniestro, del gobierno federal de integrar a los cubanos dispersándolos fracasó miserablemente. A los cubanos no les gustaba el frío y además querían permanecer en familia. Al cabo de unos años, los cubanos “relocalizados” acabaron volviendo al Sur, a un Miami en el que se habían quedado muchos de sus compatriotas y en donde estaban los elementos más activos del exilio de los años sesenta, pero también un lugar en donde había comida cubana, café cubano y palmeras, y un sol que no era, por descontado, el de Cuba, pero se parecía más al sol cubano que ese tímido, pálido, sol de Hartford.

Y entre cubanos tuvieron lo que nunca fue un ghetto, ni siquiera en los comienzos. Esa Little Havana que tan poco se parece a La Habana real, entre el Downtown y la 27 (después creció), entre Flagler y la Ocho, comiéndose los Roads hasta la parte baja de Coral Way.

II
Aceptando que Little Havana no es un ghetto, ¿qué es un enclave étnico? En contra de lo que muchos imaginan, uno rara vez emigra a un país completamente nuevo. Uno no sale de, digamos Cuba, y llega a Estados Unidos en una sola noche. La llegada de una persona, o de un grupo, a un nuevo país suele venir acompañada por un proceso de aclimatación en un espacio intermedio entre el país abandonado y el lugar al que se llega. Un espacio en el que rigen, más o menos, las nuevas leyes políticas y sociales, las maneras administrativas del nuevo mundo, pero se mantienen las costumbres del viejo país, el idioma, la cultura, (a veces incluso los rencores), y esa forma de memoria popular que supone la cocina.

El enclave étnico es ese punto de transición en el que aprendes que hay que pagar impuestos sobre todas las operaciones comerciales, y a calcular ese seis o siete por ciento con dependientes que te lo explican en tu idioma, comprenden tus dudas e incluso te lo perdonan; en el que el abogado amigo de un amigo te arregla los papeles (aunque el cubano suele tener ahí ventaja sobre otros recién llegados), en el que se consigue el primer trabajo (en lo que sea, chico) gracias a esa red social de primos, hermanos, cuñados, amigos del colegio o del refugio, pastores y sacerdotes que todo el mundo, incluso el que cree que no la tiene, ha creado de forma natural a través de los años (somos del mismo pueblo, claro que querrá el trabajo)… En el que llegado abril acudes a un amigo, que lleva años haciéndolo aunque no sea contador, con todos los recibos de lo gastado a lo largo del año para rellenar por primera vez esa declaración de impuestos que te convierte en miembro con derechos de tu comunidad… (Porque yo aquí pago impuestos y usted no me habla así).

El enclave étnico es ese sitio en el que trabajas con clientes de tu mismo grupo para jefes de tu mismo grupo, aprendes las habilidades sociales para progresar en un país que no es el tuyo. En el enclave étnico los jóvenes aprenden inglés sin abandonar el español y los mayores, que a partir de cierta edad ya carecen de la facilidad necesaria para aprender un nuevo idioma, se permiten la fantasía de que es posible seguir viviendo en el idioma de su infancia. El primer apartamento, que puede ser un garaje reconvertido sin permiso en efficiency, o incluso un cuarto en una casa tan obviamente llena de infracciones como la que describí en otro de estos artículos suele estar dentro de los límites de ese enclave, como suele estarlo el primer empleo, los primeros bares-restaurant en los que hablas con los amigos, la ventanita del café en la que te paras de camino al trabajo y en la que la camarera sabe como te gusta el tuyo sin necesidad de explicárselo.

El enclave, finalmente, es ese lugar en el que desarrollas las rutinas del nuevo país y en el que un día, sin saber cómo, te despiertas leyendo primero la parte inglesa del Miami Herald en vez de la española porque aunque no te hayas dado cuenta has llegado, con meses o incluso años de diferencia a tu nuevo país, aunque en algunos momentos hayas olvidado que dejabas el anterior.

III
Un ghetto es ese sitio de esquinas llenas de gente desesperada que no sabe cómo salir del mismo y calles vacías de tiendas, con la excepción ocasional de la bodega, la tienda de empeños o el liquor store de ventanas barradas. El enclave étnico es ese sitio en el que los fines de semana aquellos que ya salieron regresan a la Iglesia de su adolescencia, y al que convidan a sus amigos anglos a comer en los restaurantes de su infancia, que con los años han enriquecido el menú, la presentación y son lo suficientemente típicos y coloristas como para que incluso aquellos que no forman parte de la comunidad, los anglos y los turistas, los visiten tranquilamente. Ese sitio al que una vez al mes se regresa con toda la familia, incluso la esposa gringa, el primo de tu esposa de visita en Miami y el compañero de oficina, a la Calle Ocho, a comprar un plato de cerámica decorado con una banderita cubana, oír un poco de música, igualmente cubana, y recordar los primeros años en Miami.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

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