Un hombre y su cuento atraviesan La Habana. El recorrido empieza, creo, en la Avenida del Puerto. El personaje sube a una guagua de número ya olvidado y va a parar, rinde viaje, en la Terminal de Trenes.
Cambia de ruta y las ventanas, la gente, el ruido y sus memorias dibujan, sin que el lector quiera, la locura de una ciudad sitiada por consignas revolucionarias, calor sofocante, violencia, petróleo mal quemado y calles que reverberan.
Se baja en el Parque de la Fraternidad. Pierde varias horas. Espera y espera hasta que una turbamulta lo monta a empujones en una ruta que ahora va camino del Oeste. ¿Calle Reina?, ¿Hospital Freire Andrade?, ¿Ayestarán? No sé.
Sólo recuerdo que vuelve a cambiar de dirección y logra irse hasta la Fuente Luminosa. Lo veo montándose en la ¿76? y puedo pensar que va en busca del aeropuerto. Mientras tanto desgrana, al paso, un rosario de sitios y hechos que describen ¿una fábrica de fideos?, ¿Altahabana?, ¿Río Cristal?, ¿Río Verde? Sabrá Dios.
Pero no. El personaje no va para Rancho Boyeros. Antes de llegar a ese destino se baja del infierno. Está en Mazorra. Camina hasta la reja de hierro que rodea al manicomio, agarra con fuerza los barrotes, incrusta su cara entre los hierros y grita, desde afuera, hacia adentro: ¡Sáquenme de aquí!
El cuento me lo contó, hace más de quince años, mi amigo Che Serguera. Estábamos conversando en el lobby del piso 3-B del Centro de Ingeniería Genética y Biotecnología. La conversación cayó en Virgilio Piñera y el Che, suave y pausado, sano y tranquilo, me contó lo que dijo era “su cuento preferido” de ese escritor.
Mucho tiempo ha pasado desde aquella conversación y todavía hoy, a pesar de haberlo intentado tanto como me ha sido posible, no he podido encontrar el papel que guarda esa historia, mucho menos la firma que la reclama. Si alguien sabe quién la escribió, y dónde puedo encontrarla, le estaré muy agradecido por la información. Varias veces le he preguntado al Che y la respuesta ha sido siempre la misma: una media sonrisa convertida en un ¿qué más da?
Y creo que tiene razón, porque a fin de cuentas lo que importa de esa historia —con independencia de quién la haya escrito— es cuántas veces la realidad de nuestro país nos obliga a recordarla.
Este año que termina, por ejemplo, ha sido pródigo en el recuerdo de ese ¡Sáquenme de aquí! Las noticias que llegaron desde La Habana, a lo largo de estos doce meses, siguen hablando de un país convertido en asilo, de una nación que insiste en olvidar izquierdas y derechas, castrismo y democracia, tiranía y libertad, para dividirse, cada vez más, en sanos y enfermos, en locos de atar y pacientes ambulatorios, en barrotes de hierros y rejas de carne y hueso.
Este último ha sido un ciclo solar marcado por un viceministro de cultura que está dispuesto a golpear mujeres indefensas, turbas que se regodean acosando a damas que caminan en silencio, hombres que envían golpes en vez de palabras y escribanos que mienten y difaman —con énfasis y convicción de locos— desde unas páginas que bien podría ser utilizadas para ilustrar el comportamiento diario de una banda de psicópatas.
Pero en medio de esos espacios que se cierran alrededor de la naciente sociedad civil cubana hay, ya sabemos, signos de esperanza. Señales que nacen de una generación de disidentes, opositores y contestatarios que tienen, como marca de identidad más preciada y atrayente, una lozanía y una sanidad mental que ponen al descubierto, por simple contraste, la locura que ha vivido nuestro país en los últimos cincuenta años, la demencia que los cubanos, tanto dentro como fuera de Cuba, se han acostumbrado a usar en sus luchas políticas.
Esa nueva generación está condenada de antemano al asedio de una Cuba enferma. Los seguidores de los hermanos Castro no le perdonan que sean personas normales; mientras que muchos anticastristas, por su lado, resienten hasta el dolor que se trate de jóvenes que representan, en cuerpo y espíritu, la cura de una enfermedad que, de suceder, significaría, para muchos, una condena a la inexistencia.
Esos jóvenes saben que les espera un futuro incierto, una lucha que en ocasiones se confundirá con el ejercicio de la mejor de las psiquiatrías, un acoso del que sólo podrán escapar abriendo espacios y aceptando, como una nueva realidad, que el único objeto contundente con el que cuentan, para defenderse, es la tecla más larga de sus ordenadores.
César Reynel Aguilera
Montreal





El Psycho One está muy furioso con Oba y nuestra chica Y….
Estuve “fuera de combate” por casi 2 meses y ayer revisando los PDses viejos me leí “Castrocomio”. Excelente, y la foto no tiene desperdicio ( para los que no lo hayan leido es más fácil googlear la palabra castrocomio). Está bueno para pasarlo a Cuba vía e mail, estilo “cadeneta”…Pásalo, pásalo Pacheco!!…
C.R.A, aunque no soy siquiatra (más bien medio kendy a estas alturas) me atrevería a agregarle otro razgo de mi cosecha a esos psycho-desgraciados:
21.) No les gusta perder ni a las escupidas (recuerdan cuando le tiró a relajo al propio Chávez aquel juego de pelota de los veteranos solo porque estaba perdiendo su equipo?..). Tuve un companyero de trabajo aquí en Miami, tendrá ahora como unos 30-32, hijo de una güajirona matancera que además de parecerse físicamente presentaba los mismiticos razgos de Psycho One…tal vez un hijo regado.
Bueno dejando malos recuerdos atrás les deseo a nuestro familión blogo, a la familia cubana en general y a nuestros amigos por el mundo un feliz año 2010 ( exceptuando a los psicopatas como es obvio)….saludos, V, digo, C.