Penúltimos Días

Rupay

Diciembre 15, 2009 · Sin Comentarios

No sé qué decirte de este libro, pero me ha dejado el cuerpo malo —fue el inusual sales pitch de Fernando cuando me habló de Rupay.
Mi librero me llamó para avisarme de un libro interesante. Hubo un momento en que yo era el librero que llamaba cuando me llegaban cosas interesantes y raras. Si algo he aprendido de literatura ha sido hablando con otros lectores y mi trabajo me colocaba en contacto con docenas de lectores serios entre los cientos de clientes semanales que podíamos recibir.
Ahora, desde hace unos meses, yo estoy del otro lado del teléfono. Me he convertido en el cliente y Fernando, el propietario de The Watergate, en el competente librero que me deja saber sobre libros que yo nunca buscaría pero que, una vez encontrados, tengo necesariamente que comprar.
Tenía razón —los buenos libreros suelen tenerla. Rupay es uno de los libros más siniestros que he visto o leído en bastante tiempo. Se trata de un comic (Watergate vende libros raros y éste, además de ser un comic, es un comic raro) y al mismo tiempo de uno de los pocos documentos que circula en España sobre ese siniestro fenómeno que supuso Sendero Luminoso.
Todo lo que se ha escrito, o al menos lo que yo conozco, sobre el Sendero Luminoso es siniestro: las escenas de asesinatos, mas sugeridas que descritas, del Lituma en los Andes de Mario Vargas Llosa; las explicaciones de La cuarta espada de Santiago Roncagliolo — probablemente el libro más completo publicado sobre Sendero Luminoso—, que nos explica por qué los asesinatos masivos del Sendero se perpetraban a pedradas y a mano, y no con armas de fuego; y ahora este comic, que sin el valor literario de una novela de Vargas Llosa ni la profundidad explicativa que tiene el ensayo de Roncagliolo, añade a un texto que busca lo objetivo unas imágenes que parecen destinadas a hacernos perder mas de una noche de sueño.
“Rupay” es una palabra quechua que significa fuego, quizás también iluminación. El texto y las imágenes son peruanos, lo que nos libera del mito trasnochado del buen revolucionario, al que se han aficionado tantos europeos, para enfrentarnos con una guerrilla que explotó las rivalidades entre comunidades indígenas, practicó el asesinato de civiles, ejerció el mismo terror de un Pol Pot antes incluso de consolidarse como estado, asesinando sin dudar a inocentes cuyo único delito podía ser trabajar como maestros o tener un poco más de tierra que el vecino.
No es sin embargo una visión maniquea en la que al Mal absoluto se enfrente un Bien igualmente absoluto. El ejército peruano iguala la violencia de la guerrilla. Sinchi (Comando) o senderista matan por igual a civiles, y lo hacen con la misma saña. Es una violencia que destruye familias y en la que ambos bandos no dudan en enfrentar a las comunidades indígenas y crear odios que perdurarán incluso cuando se acabe el pretexto político.
Las imágenes importan siempre en un comic. Aquí mucho más porque suplen las imágenes reales perdidas para la historia, porque la reconstrucción del crimen se hace más evidente. La estética es la de un Robert Crumb minimalista. Agradezcámoslo. No hay espacio, ni necesidad, para la exageración y la grandilocuencia. La imagen de un grupo de aldeanos atados en el suelo de su propia plaza mayor, esperando el turno de ser asesinados por Sendero no necesita de sensacionalismo. Como no lo necesita la historia de un hombre apedreado hasta morir por sus propios vecinos. Entre capítulo y capítulo, breves textos colocan los hechos, todos reales, dentro de su contexto histórico, los primeros años, entre 1980 y 1984 (fecha maldita), del Sendero.
No sé nada sobre los autores: Luís Rossell, Alfredo Villar y Jesús Cossío, y no siendo el Perú un país exportador de libros es muy probable que no vuelva a leerlos. Pero aun así su comic es el único que voy a tener que recordar de entre los leídos este año.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

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