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Un hombre viejo

  • Dic 10, 200902:41h
  • 2 comentarios

Tristan Bauer no trata, ni por un segundo, de desmitificar al “Hombre”.

Prohibido hacer fotos, niña!, traduce la acomodadora un poco más amablemente a los dos tipos amenazadores que me hacen señas y chistidos inequívocos: van por todas las filas con lucecitas encendidas.

Justo detrás de mí cayó Ernesto hijo con novia, algunos amigos y familiares. Una periodista de la Televisión Cubana arrastra pesadamente a su camarógrafo con trípode minutos antes de que empezara a no llenarse por completo el Yara. No, masculló, gruñó, Ernestito más de tres veces a la acosadora, que insistía de manera ñoña y ridícula: pero si es un documental sobre su papá…, mientras el camarógrafo intentaba obtener al menos algo a la salida, ganándose un nuevo bufido agresivo. Los cuerdas de una guitarra y las imágenes aéreas de la inmensidad selvátiva amazónica dan comienzo a esta cosa. Al principio, me da la inquietante sensación de estar sentada en un aula de primaria, hasta me parece estar desanudándome incómoda la calurosa pañoleta, bajándome los tirantes color remolacha, quitándome la blusita estrecha de algodón por fuera de la saya hasta las rodillas.

Me sacudo el espanto. La señora que está al lado me dedica una mirada reprobatoria. No es que haga calor en el cine: no está hasta su capacidad, incluso la gente se acolcha en sus asientos con las telas que llevan encima: esto pinta pa largo y tendido. Yo por suerte me traje provisiones, es imposible que haya podido decidirme a entrar a ver semejante historia sin al menos dos bucaneros heladas, que escondí en cada uno de los bolsillos del pantalón antes de entrar a la sala, donde no venden nada con alcohol: sólo toneladas de “rositas de maíz” (popcorn), con toneladas de sal, caramelos y chocolates a punto de vencerse y refrescos nacionales. La gente arrasa con todo y se lo lleva a sus butacas, haciendo ruido y dejando cantidades de basura. Pero cuando empieza la solemnidad pausada y la narración masticada y ralentizada del propio Tristan en off, nadie rechina en sus dientes las crujientes rosetas, ni se atreve a disparar el abridor de una lata: tanta es la tensión que se respira. La gente permanece muda hasta lo indecible tratándose de cubanos, relativamente jóvenes en una de las más bulliciosas salas de cine ever. A mi lado hay una pareja que parece tener menos de 18: son los que más cerca tengo para observar sus posibles reacciones. Ella le dice a él: Ño!, qué sueño papito… Él le dice a ella, no sin titubear: ¿Nos vamos?

Se fueron. No esperaron a dormirse. A los pocos minutos se fueron, aunque creo que fueron los únicos en todo el cine enmudecido.

El colmo del aburrimiento. El colmo de la distensión.

Pienso que puede ser una estrategia para dormir al público antes de que se traten cuestiones ocultas en la vida del asesino. Pero espero en vano. Cómo se me ocurre. En Bolivia el realizador ha consultado los archivos que les ha cedido Evo Morales. Pero casi todo el material proviene de aquí: de la Casa de Estudios Ernesto Ché Guevara que fundara su familia y que recoge casi todos los papeles, grabaciones de audio y video, fotos y documentos. Para colmo, los archivos utilizados se remiten además a los noticieros ICAIC, de Santiago Álvarez y a casi toda la filmografía cubana sobre el tema (Yate Granma, Sierra, cuartel Moncada, arribo a la Habana de los barbudos) en fin, estoy segura que Tristan armó su documental sentado en alguna sala de edición de San Antonio: todo es cubano: por tanto, no puedo esperar encontrarme nada medianamente revelador en esta cinta. Que parece mandada a hacer según los libros de historia que se siguen usando sin alterar una coma desde hace décadas en las escuelas primarias y secundarias.

Abarcador, recopilatorio, más completo quizás que los anteriores, el documental puede ser todo menos nuevo, y puede pretender presentarnos cualquier cosa menos al hombre.

La señora que antes me reprobara el estremecimiento dèja vu se ha quedado rota en su butaca. Intento fotografiar su boca abierta pero está demasiado oscuro y siguen rondando los sabuesos segurosos.

Compruebo con horror la lata semivacía a la que se aferra mi mano derecha. Me queda otra, respiro, y la termino en de un trago largo, tan largo como este documental que va recorriendo minuciosamente la vida archisabida y el diario manido de escritor frustrado y aventurero jodido. Todo es conocido y repasado, eso sí, de nuevo. Grandilocuente, sólo que pareciera que va dirigido a un público muy ignorante de la biografía del guerrillero o a personas con déficit de atención.

Una y otra vez se recurre a las cartas más conocidas, a las imágenes más trilladas, las mismas anécdotas y los mismos escritos.
Se recrea poco, se recopila mucho, se obvia demasiado.

Aquí no habrá nadie que desentierre secretos ni realidades ocultas.

Una y otra vez la famosa despedida y renuncia, el diario, las cartas, la voz, las entrevistas, cada una de las imágenes capturadas en video: las únicas “novedades” con las que se me permite tropezar es la recitación íntima de Los heraldos negros de Vallejo, y otros poemas del mismo estilo que fueron la herencia de Aleida, su esposa y madre de sus cuatro hijos legítimos; y una “rectificación” en la frase clave Hasta la victoria siempre: al parecer se había comido una coma (dice Bauer que pensó sorprendido el Che cuando escuchaba la lectura pública del Fifo desde su radiecito en el Congo, donde estaba de misión) la primera intención había sido: Hasta la victoria, siempre patria o muerte. Luego se nos dice que en Bolivia la frase pasaría a ser victoria o muerte.

O sea que para descubrir semejante nimiedad mejor ni me hubiera enterado.

Todas las canciones de Puebla, Jara, etc; en todo el documental la guitarra no se ha quedado callada. Tomas grandilocuentes. Reiteraciones. Todo pareciera ir en cámara lenta.

Joel del Río, alias “la galleta” (aclaro que él es el primero en “autochuchearse”, ya que Llitín es camarógrafo de Che, un hombre nuevo) ha escrito una sensiblera crítica de la que reproduzco un fragmento:

Bauer ha llegado al largometraje documental sobre Ernesto Guevara abriendo rendijas, tanto en el documental como en la ficción, por donde penetre el auténtico sentido de personas excepcionales, y con un sutil sentido de observación y alto sentido dramático, traza el camino que va desde la introspección atormentada a la aceptación esencial de los hechos consumados. (…) Cuando parecía imposible presentar algún pasaje desconocido o inédito en la biografía guevariana, Bauer encontró nuevas imágenes y hechos relevantes que ilustran al ser humano más allá o más acá de la epopeya.

Ustedes crean lo que quieran, pero les aseguro que esto último está muy alejado de la prescindencia que ofrece finalmente Bauer.
En mi caso no sé qué tiene más peso en mi impresión, si el bostezo o el rechazo.

Antes de entrar al cine un amigo escritor intentó disuadirme, y yo hice mal en no irme con él y ver en cambio la película polaca del 12y12 o la noruega del Riviera. Bah, dije, miro un momentico el documental y ya me quedo para la de Almodóvar que seguro va a haber tremenda matazón, después de todo, no puede ser tan malo. Bueno, allá tú, me advirtió. Yo no tolero a ese señor. Indagué: de niño —sabiendo que ese señor mando a fusilar a unos primos hermanos de sus padres por alzarse más tarde en el Escambray (mi amigo es espirituano) contra el nuevo gobierno; la madre había solicitado una última visita antes de que fueran al pelotón en La Cabaña, y cuando se la negaron, pidió al menos que le fueran entregados un jabón y una toalla para que murieran limpios: era una familia religiosa y escrupulosa: tampoco le fue concedido— le había preguntado a la maestra que por qué él tenía que repetir el lema de los pioneros si estaba lejos de querer ser como el Che, lo que le acarreó sendos dolores de cabeza a su familia y unos interrogatorios policiales con menos de nueve años. Algún día van a salir a la luz todas las atrocidades, y se va a conocer todo los que estos señores le han hecho al pueblo cubano, termina diciéndome, lo que no soporto es a todos los cochinos que apoyan y permiten que esto siga. Luego aligera el tono y me hace otro cuento: Cuando le preguntaron a Borges si lo conocía dijo: ah sí, sé de una islita donde hay un dictador barbado que los tiene a todos sometidos, y sí, sí, el Che, un tipo interesante: muy fotogénico.

Lia Villares
La Habana

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2 respuestas
Comentarios

  • ÅntoniO CÅO§ dice:

    Su existencia e un fato e su grito ecoa por lo
    planeta es una grande mujer, surreal.Un fuerte
    abrazo.
    Brasil/ Minas Gerais/ Contagem

  • solariego dice:

    Se les estan cayendo los pantalones.El mito se derrumbara y la luz se hara sobre quien es verdaderamente cada uno de esos engannadores publicos.