Penúltimos Días

La pasión de leer

Diciembre 7, 2009 · 2 Comentarios

Creo que la experiencia de aprender a leer, ese paso, que muchos hemos dado en la temprana niñez, del mundo de los símbolos al de las palabras —el mismo que diera el grupo humano hace milenios— es la ceremonia de iniciación más poderosa y transformadora en la vida de cualquier individuo de nuestra especie.
«Ya sé leer». Esta afirmación constata, al mismo tiempo, un salto sobre el abismo y la entrada a un mundo maravilloso que nos depara una infinita multitud de tesoros; el comienzo de una aventura a la que sólo le pondrá fin la muerte o una de sus pavorosas anticipaciones. De ahí que, desde el instante en que tenemos acceso a la lectura, ésta se asocie a la fruición del acto mismo de vivir, del cual, para los que de leer hemos hecho más que un hábito una pasión viciosa, se torna indistinguible.
Yo aprendí a leer a los cuatro años con una cartilla de la época colonial que hacía ya mucho que estaba en desuso en la Cuba de mi infancia. Recuerdo con asombrosa claridad el alfabeto precedido por un crucifijo que significaba la obligación de decir «Cristo» antes de entrar en el deletreo. De esa piadosa costumbre de asomarse a la lectura nos queda (o acaso nos quedaba) en español el dicho de que alguien «está en los cristos», lo que significa que es tan ignorante de un asunto dado que todavía no ha llegado a la «A».
Me acuerdo que cuando ingresé en primer grado, ya sabiendo leer, le pregunté con mucha seriedad a la maestra «¿dónde esta Cristo?», motivado no por una precoz vocación teológica, sino por la ausencia de aquel crucifijo que antecedía al alfabeto y que llevaba varias generaciones fuera de los libros de lectura cubanos cuando empecé en la escuela en el otoño de 1953.
Desde temprano, mis lecturas fueron disímiles y hasta contradictorias, lo cual sirvió para abrirle muchas avenidas a mi curiosidad y distanciarme, casi naturalmente, de ciertas obsesiones específicas que se conocen por especialidades. Amén de las deliciosamente inevitables lecturas infantiles: cuentos de hadas, relatos de aventuras…, desde pequeño me interesó la astronomía (un primer amor que tristemente terminé abandonando) y la historia, así como los arcanos de la fisiología humana y la Biblia.
Antes de los diez años me había leído la Biblia, de tapa a tapa, como si fuera una novela —sin saltarme, lo juro, esos tediosos pasajes del Levítico y del libro de Números— en la sonora versión protestante de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera (que, a pesar de sus inexactitudes, tiene la fuerza expresiva del Siglo de Oro español y que los españoles se perdieron durante siglos por un prurito de ortodoxia). Creo de veras que la lectura de la Biblia es fundamental y obligada para entender la cultura occidental aunque se fuese ateo, de una manera que nunca lo será, por ejemplo, El Capital de Marx, una de las últimas variaciones doctrinales del pensamiento hebreo mezclado con una serie de detritus decimonónicos (aquí puede aplicarse una de las provocadoras frases de Arrabal: «El Capital no es el evangelio, pero el Evangelio es capital»).
Entré en la adolescencia cuando la revolución cubana, ya declaradamente comunista, imponía sus criterios éticos y estéticos (más exactamente, sus mentiras y sus fealdades) y yo optaba por evadirme, como el protagonista de La historia interminable, en el universo mágico de los libros: relatos fantásticos, novelas históricas, novelas policíacas, textos de historia, poesía… se levantaban a mi alrededor como un auténtico muro de contención contra el albañal de la perversión cultural que lo inundaba todo en mi país. El libro entra a funcionar así como «detente», amuleto y carta de identidad, todo a un tiempo. La lectura me resguarda, me ratifica y me confirma como individuo cuando el superestado se propone reducirme a ser parte de un rebaño o una colmena: el hombre cifra o tuerca de una maquinaria monstruosa que se erige por encima de todos como la incuestionable felicidad. Frente a esa amenaza, yo opté por leer y me salvé leyendo.
Resultaría prolijo intentar siquiera enumerar los libros que se fueron sumando a aquellas lecturas que constituyeron los primeros soportes de mi evasión y mi resguardo. Puedo agregar sí, que aunque disímiles —como resultado de una natural vocación a lo general— no fueron dispersas ni desconectadas. Me movía un instinto que me gusta llamar epistemológico, una tendencia natural a ordenar el conocimiento, a archivar lo aprendido en una suerte de estantería mental, a pesar de que la mayoría de sus anaqueles —dada la vastedad del saber— sigan hasta hoy vacíos. Eso que llaman cultura no es, creo yo, la información almacenada en un depósito amorfo, sino el conocimiento localizado en un lugar de esa espaciosa estantería mental donde está siempre a la mano para sernos útil, aunque esa utilidad sea el mero regocijo del espíritu.
Es así que las lecturas —y los libros mismos, como objetos físicos, atesorables y palpables, a diferencia de lo que fueron para mí antes de salir al exilio, cuando eran bienes provisionales siempre sujetos al abandono y al expolio— se han ido convirtiendo en un espacio autorreferencial que tamiza, en gran medida, mi trato con el mundo, como si éste tuviese que convertirse en palabra impresa para tornarse más real. Vivo entre libros y trabajo rodeado por ellos, en una estantería que, a diferencia de la mental —de suyo mucho más grande, pretenciosa y abarcadora—, no tiene espacios vacíos, aunque cualquiera puede percibir, de inmediato, un cierto orden y, al mismo tiempo, una diversidad de intereses que denuncia la ausencia de una especialidad.
Desde aquí puedo ver los lomos amistosos agrupados por temas y éstos a su vez por orden cronológico: Biografías, por varios anaqueles, desde las Bioi Paraleloi con que Plutarco consagra este género; poesía, desde el Gilgamesh, pasando por las grandes epopeyas hasta poemas de nuestros días; novelas, desde El Satiricón… Historia, mitología, crítica literaria, ensayo político, ciencias… Algunos libros, leídos y releídos, otros, apenas consultados o manoseados. Todos ellos son los cómplices de mi aventura de vivir.
Me costaría trabajo encontrar un título en particular que descuelle entre mis lecturas —y relecturas— de este año que está por terminar y aunque, puesto a elegir en alguna de estas encuestas, he resaltado el mérito de una obra en particular, no pasa de ser un juicio aproximativo, disputado por otras lecturas que también, en su momento, a lo largo de este año, lograron exaltarme y humillarme, como siempre lo consigue un gran libro. ¿Cómo elegir, realmente, entre las extraordinarias novelas de Carson McCullers (a las que he vuelto este año después de haberlas leído en español hace una vida) y el conmovedor epistolario de José María Heredia; o entre la reciente biografía de Talleyrand, de David Lawday y el monumental ensayo histórico The Classical World de Robin Lane Fox —un recorrido por el mundo grecorromano desde Homero hasta Adriano? ¿Cómo elegir entre El largo adiós de Raymond Chandler y Jesus, Interrupted, el deslumbrante trabajo de crítica bíblica del erudito Bart E. Ehrman? ¿Cómo establecer un criterio de preferencia entre Los funerales de Castro de Vicente Botín y Revolution 1989 de Victor Sebestyen, cuando ambos logran de la manera más convincente hacer una disección minuciosa del fraude del totalitarismo comunista?
Podría recomendar con igual pasión cualquiera de estos libros y sería igualmente sincero; como válido me parece insistir en la permanente jerarquía de El Quijote y del teatro de Shakespeare, de las obras de Dostoievski y de Tolstoi, de los cuentos y poemas de Borges, de las novelas y relatos de Thomas Mann, de la Ilíada y Jane Austen, de Montesquieu y la Biblia, a la cabeza de una larga lista de clásicos. El libro —a diferencia del cine y otros medios visuales— es sobre todo un ejercicio de imaginación: unos papeles cosidos con unos trazos impresos en los que están las grandes batallas y los grandes amores, el envilecimiento y el castigo, el heroísmo y la redención, la grandeza y la miseria de nuestra raza; en fin, el cielo y el infierno.

Vicente Echerri
Nueva York

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2 Comentarios ↓

  • oscar canosa

    Muy bueno, Sr. Echerri. Es Verdad. Yo creci con la lectura tipica de mis tiempos(Emilio
    Salgari, de Arsenio Lupin, Jules Verne, etc.), muy parecido parecido a la de Fidel Castro, y ya usted ve! Claro, despuess, conoci a Hemingway, a Shakespeare, a Borges, a Enrique Jose Ingenieros… y……….

  • Infortunato Liborio del Campo (Conde de Lotromonte)

    “El Capital de Marx, una de las últimas variaciones doctrinales del pensamiento hebreo mezclado con una serie de detritus decimonónicos…”

    Me parto y me mondo de la risa.

    Sólo entre ignorantes, puede este señor encontrar lectores.

    Si antes de los 10 años se leyó la Bilblia de tapa a tapa significa que su desequilibrio mental es de nacimiento o se dio un golpe en la cabez cuando chiquito.

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