A Manuel Trallero
Entre los numerosos denuestos que Josep Pla dedicó al mar, los más célebres son aquellos que encontramos en las últimas páginas de El cuaderno gris (fechadas en septiembre de 1919). Pasea con unos amigos por la Barceloneta poseído por una duda: ¿qué ven todos en el mar? ¿Por qué se amontona toda esta gente ante el horrible jugueteo plomizo de algo que define como “elemento pasivo” o “forma terriblemente dura y compacta de la naturaleza”. Irónico, hace el inventario de las reacciones de marineros —gente sencilla que han gastado sus días en el trato diario con el océano— ante frases grandilocuentes de Esquilo (“El mar, sonrisa innumerable”) o Eugeni D’Ors (“El mar, la gran desnudez”). Es como un recolector de incredulidades. A Pla lo que le gusta es la costa, la mezcla de tierra y mar, mientras más confundidos, mejor. “Pero el agua sola —dice— el mar solo y libre, es horrible, abrumador, de una esterilidad desagradable”.
He usado varias veces este ejemplo para explicarle a alguna gente la idea radicalmente antirromántica que tiene Pla de la literatura. En español no tiene muchos aunque sí algunos valedores notables. No diré “fervorosos”, porque como hizo notar Aurelio Asiain hace unos años, ni el “lector fervoroso” ni la idea de “escritor de culto” encajan bien con Pla y su obra. Una obra que tal vez contenga toda su estética en una limitación confesa: la incapacidad para ver la vida en forma de novela.
La mayor parte de la obra de Pla, por tanto, son apuntes sobre la vida, o sobre una naturaleza que se confunde con la vida, como esas vistas marinas de Cadaqués donde es imposible separar el mar de la costa, o las luces nocturnas del perfil de Calella de Palafrugell, dos lugares que forman parte fundamental del paisaje planiano. El estilo es la descripción, una gigantesca y perpetua descripción de todo lo que asoma ante sus ojos escépticos: historia, vida cotidiana, costumbres, sobre las que Pla ejercita siempre el sentido común. Describir le parecía —y de ahí sale una de sus frases más célebres— infinitamente más difícil que opinar. Pero sus descripciones son casi siempre un ejercicio razonado —y razonable— de reticencias.
A Pla le interesa menos un mundo que un paisaje moral; una civilización en tanto conjunto de costumbres ordenadas, plausibles, razonadas. Su patrón son un puñado de pequeñas virtudes, y su primera y casi única lección es la humildad. En sus peores momentos, tanta prevención lo coloca a un nivel rasante, de vuelo gallináceo y radical ausencia de imaginación, de exclusiva atención a cosas concretas y tangibles, y aburrimiento mortal ante cualquiera de las saludables elevaciones del espíritu. En los mejores, Pla recuerda la conquista literaria de lo real según la ambición humanista de Montaigne: mirarse a uno mismo sin contención ni artificio, y al hacerlo, descubrirnos como sus semejantes.
II
Josep Pla se embarcó hacia las Américas en el verano de 1954. Viajaba por encargo de la revista Destino, uno de los focos neurálgicos del periodismo de postguerra en Cataluña, e iba acompañado por el escritor —y por entonces amigo— Néstor Luján. (Luján merecería una nota aparte: promesa literaria derrotada por la triple vocación de dandy, periodista y bon vivant, contribuyó no poco a definir el paradigma estilístico del cronista desencantado que Pla acabaría por agenciarse casi en exclusiva).
A juzgar por sus tempranas fobias marítimas, el crucero Guadalupe le debe haber deparado a Pla muchos días de profundo aburrimiento y mar abierto. No cuesta demasiado imaginarlo en su camarote o conversando con las señoras; a sus 57 años todavía las mujeres eran su principal entretenimiento.
¡Qué alivio se le nota cuando distingue, a lo lejos, la costa de la Florida, los neones de Miami Beach! “Prodigiosa aparición” llama al conjunto luminotécnico que se distingue a cientos de kilómetros, unos anuncios publicitarios que no llegan a concretarse —nota— más que como enjambre fulgurante, suspendido sobre el mar; bella aparición, y aún más bella disolución, como “un rosario de caramelos de colores, titilante como luciérnagas” sobre el mar oscuro que la luna de los trópicos riela.
Al día siguiente, sobre las 11 de la mañana, aparece a lo lejos el primer perfil de la isla. Pocas horas después, ya distingue La Habana; “una ciudad que no se encontraba en mi apriorístico itinerario vital”. Primero la fila de rascacielos; luego las destartaladas fortalezas coloniales y la cúpula del Capitolio. Pla, curioso, busca los tiburones que le han dicho que abundan en las cuevas rocosas del puerto. Sin éxito.
En las páginas que provocó esa rápida —y poco conocida— visita de Pla a La Habana hay algunas de las mejores observaciones sobre la vida cubana que hayan salido de la pluma de cualquier escritor. Hay también prejuicios, los típicos prejuicios españoles ante un mundo que les parece, al mismo tiempo, demasiado cercano y definitivamente ajeno por el peso de la influencia norteamericana.
De todas las magníficas visiones de Pla en su artículo, me quedo con estos dos párrafos, lectura contable de una sociedad cubana a la que cincuenta años de Revolución lograron convertir en una criatura amorfa. Estas palabras se leen hoy, por desgracia, como la descripción científica de un fósil, o de una de esas criaturas fantásticas a la que los relatos de viajeros aportaban la única cuota de realidad mensurable:
“Si resucitaran los viejos indianos del siglo pasado, tan ahorradores, de vida tan estrecha y hasta misérrima, no comprenderían estas nuevas formas de vida, tan distintas de las que emplearon para amasar sus fortunas. El ritmo de la vida es intenso; el gasto, considerable, y la lucha, agitada. Ante nuestras formas de vida, cada día más mortecinas y arcaicas, asfixiadas por un burocratismo entorpecedor cuando no inepto, el libre desenvolvimiento de la actividad individual y el general deseo de ascensión social de este país constituye un espectáculo admirable.
El cubano es muy amable, tiene quizá una tendencia a la exquisitez y a la pastelería social, que contrasta con la creciente brusquedad europea —a pesar de que me aseguran que las buenas maneras se terminaron hace algunos años—. Lo que me parece indudable es que la ‘acción’ cada día pesa más, que el trabajo es un factor esencial.”
Cincuenta años bastaron para convertir a Josep Pla, muy a su pesar, en escritor fantástico.
Ernesto Hernández Busto
Barcelona
La “Carta de Cuba” de Josep Pla (aquí en PDF) apareció publicada (en español) en el número 891, de la revista Destino, agosto de 1954. Está recogida (en catalán) dentro de sus Obras Completas, vol. XXXIX, El viatge s’acaba, Edicions Destino, Barcelona, 1981, pp. 11-30.
(La copia del artículo en español tiene una calidad deficiente. Lamentablemente, la colección de Destino microfilmada por la biblioteca de Cataluña tiene serios problemas de definición. Sugiero imprimir en PDF, o esperar pues he localizado otra copia de la revista con mejor calidad.)
Foto: Patio de la Ermita de los Catalanes, uno de los lugares que Pla visitó en 1954.






He leido varias obras de JP en catalan: El carrer estret, Les Illes, Cartes de llunya, los cuentos reunidos, El cuadern gris, su libro de viajes a Andorra, su biografia de la vida de Santiago Rusinyol, que se supone que fue editado primero en castellano.
Si vas a subir una mejor version mejor del articulo, esperare para leerlo. Pero estoy esperando, por favor no me falles.
Qué bueno Ernesto, éste es el viaje que llevó a Pla a Venezuela y luego a Buenos Aires.
Los españoles que emigraban eran en muchos casos antiamericanos por la guerra de Cuba, pero se adaptaban de maravilla a la nueva cultura con gran influencia norteamericana que había en Cuba, sobre todo en el sector industrial, la banca, los negocios, la publicidad, las relaciones comerciales dinámicas, la cultura empresarial norteamericana pragmàtica y premiando el talento y el trabajo. La descripción de Pla es excelente.
La ermita de los catalanes estaba en lo que es hoy la Plaza de la Revolución, que se llamaba la Loma de los catalanes. Luego la trasladaron a la carretera de Rancho Boyeros, cuando vas hacia al aeropuerto a la derecha, creo que pasando Río Cristal.
Digo los españoles, es posible que “la excepción catalana” no tuviera los mismos sentimientos antinorteamericanos. Esperamos poder leer el artículo en Destino. Gracias Ernesto.
Hay que leer a Josep Pla. Es absolutamente necesario.
Lo he leído siempre en catalán (porque me parece que, siendo una de mis lenguas, debo hacerlo) el idioma en que escribió tantas y tantas cosas, pero he de reconocer que la traducción de ‘El quadern gris’, que es de otro excepcional, Dionisio Ridruejo, es espléndida.
Ah! y gracias por sus palabras, Ernesto.
Una cita curiosa: el batistato visto desde el franquismo // Feb 4, 2010 at 12:11
[...] PD: Más sobre el viaje de Néstor Lujan y Josep Pla a La Habana, aquí. [...]