- nov 23, 2009 • 13:45h
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1. La maldición
Desde 1840 y hasta 1960 todos los presidentes norteamericanos elegidos en un año que acaba en cero han muerto en el cargo —algunos debido a simples gripes, otros asesinados a tiros.
Ronald Wilson Reagan, electo en 1980, pero uno de los hombres con más suerte de la historia de Estados Unidos, fue el primer presidente que escapó a lo que algunos llaman ‘la Maldición de Tecumseh’. A partir de su presidencia se considera rota esa maldición. Antes de dejar la Casa Blanca estuvo, sin embargo, a punto de caer en el último intento de magnicidio registrado en los Estados Unidos.
El último presidente norteamericano asesinado fue Kennedy, que es además el único demócrata entre los cuatro asesinados. Lincoln, Gardfield, McKinley fueron republicanos.
Esta es la base de la llamada ‘maldición de Tecumseh’, bautizada así en honor a un líder indio derrotado en 1813 por William Henry Harrison, un general que muchos años después sería el primer presidente norteamericano muerto en medio del desempeño de su cargo. En realidad la maldición la pronunció —si es que de veras existió— su hermano Tenskwatawa, un chamán shawnee que dijo que si Harrison salía electo a la presidencia moriría en la Casa Blanca y también lo harían todos los presidentes electos cada veinte años. Como Harrison fue electo en 1840, un cuarto de siglo largo después de acabar con Tecumseh, la ‘maldición de Tecumseh’ es también conocida como ‘la del año acabado en cero’.
Aunque no hay prueba de que esas palabras se pronunciaran, han resultado proféticas, desde un Harrison electo en 1840 hasta un Kennedy electo en 1960. Desde luego, para que la supuesta maldición se cumpla ha habido que hacer ciertos ajustes: por ejemplo, Roosevelt no fue electo en 1940 sino reelecto en esa fecha para un cargo que ocupaba desde 1932.
Por lo demás, es cierto que todos los presidentes norteamericanos asesinados mientras desempeñaban su cargo fueron electos en un año acabado en cero. Pero la maldición no empezó con algo tan dramático como un asesino apareciendo por sorpresa en un teatro al final de la Guerra Civil, sino con algo tan anodino como la gripe mal curada que mató a Harrison. Además, entre los muertos en la Casa Blanca está un Roosevelt que murió de muerte natural. Electo inicialmente en 1932, pero reelecto en 1940 (también en 1936 y 1944), Franklin Delano Roosevelt estaba al inicio de su cuarto periodo presidencial cuando sufrió una hemorragia cerebral. Sus últimas palabras difícilmente reflejan el sentido de lo conveniente que siempre tuvo aquel presidente. Antes de morir dijo simplemente: “Tengo un terrible dolor de cabeza”.
2. Lincoln y Kennedy
El primer presidente asesinado de la historia de Estados Unidos fue Abraham Lincoln. El último: John Fitzgerald Kennedy (hace exactamente 46 años). Lincoln es el presidente más importante de la historia norteamericana desde Washington. Obama ha jurado sobre su Biblia el cargo. Kennedy se supone que es la inspiración de todos los políticos norteamericanos jóvenes y renovadores que quieren cambiar algo. Ambos comparten la leyenda del hombre bueno, muerto antes de tiempo, víctima una oscura conjura.
Es una leyenda desigual: Lincoln murió cuando había realizado su programa político, salvar la Unión y manumitir a los esclavos; Kennedy lo hizo después de meter a su país en una guerra a la que nadie lo llamaba y que causaría una de las peores crisis sociales y morales de su nación. Lincoln se había hecho a sí mismo, había nacido en una cabaña, era hijo de un padre iletrado, había ascendido desde la pobreza hasta llegar a ser el abogado de mayor éxito y mejor pagado de Illinois y casarse con una rica heredera. Kennedy era hijo de un embajador, antiguo contrabandista de licor durante la prohibición, un antisemita vergonzante que trato de mantener a Estados Unidos fuera de la Guerra Mundial. Lincoln liberó a los esclavos a pesar de una gran oposición, mientras que Kennedy se limitó a ser simpático con los votantes negros, por cuyos derechos civiles había abogado de forma bastante irregular como congresista.
Por lo demás, ninguno de los dos fue tan popular como dice su leyenda. Kennedy ganó los votos populares necesarios para triunfar en Illinois (y con ellos los votos electorales de ese Estado) en el condado de Cook, que incluye la ciudad de Chicago, donde era fama que hasta los muertos votaban y solían hacerlo más de una vez. Lincoln no obtuvo más allá del 40% del voto popular en ninguno de los Estados que ganó y se limitó a ser el más votado de los cuatro candidatos que aspiraban a la presidencia para acabar ganando debido a la división del partido demócrata que presentó a dos candidatos, uno en el norte y otro, más radical, en el sur, que juntos le habrían sacado una ventaja de más de un cuarto de millón de votos.
En contra de lo que quiere su leyenda Lincoln no fue, en vida, un presidente amado o popular. No hubo un solo mes de su presidencia en que no fuera ahorcado o quemado en efigie, insultado en la prensa o amenazado de muerte de forma más o menos abierta. Y eso en los Estados del Norte donde había ganado. Fue, eso sí, un Presidente honrado y dispuesto a tomar medidas impopulares por cuestiones de principio. Kennedy fue, por el contrario, un presidente popular que tomó decisiones populares, incluso a menudo erradas, por cuestiones electorales. Lincoln era un norteamericano de la frontera del siglo XIX, un hombre duro que no era consciente de ser duro, y nunca dijo nada que no necesitara decir o en lo que no creyera; Kennedy es un político americano del siglo XX, un hombre que trató de parecer duro y dijo cualquier cosa que sus votantes quisieron oír.
3. Kennedy el liberal
La leyenda además quiere a Kennedy como a un político de talante liberal. La verdad es que dentro de los Estados Unidos su administración continuó las reformas iniciadas por Roosevelt, Truman y Eisenhower. Que después implementaría de forma bastante más sólida y profunda un político menos popular que Kennedy, el maniobrero, marrullero y, sobre todo, poco fotogénico Lyndon B. Johnson, quien sí dejó tras de sí una obra digna de ser recordada. Pero por lo demás, y en política internacional, Kennedy apoyó en todo lo posible a la CIA, le encantaban los ‘boinas verdes’ y las novelas de espías, ayudó a crear prácticamente de la nada la guerra de Vietnam, intentó invadir Cuba y si los cubanos del exilio lo recuerdan con justificada amargura porque no quiso, no supo o no pudo ir hasta el final en la invasión de Bahía de Cochinos, nadie que haya seguido su trayectoria de apoyo a los tradicionales aliados centroamericanos de su país puede confundirlo con el primer Carter.
Fue Kennedy el que en los años sesenta empezó los programas destinados a profesionalizar a las policías de área centroamericana. “Los que hagan imposible la revolución pacífica harán inevitable una revolución violenta” era una bonita frase pero para el consumo externo, las relaciones públicas y la propaganda, porque en el mundo real fue JFK el que, a espaldas a veces de sus mismos embajadores, creó todo el nuevo sistema de contrainsurgencia de numerosos países aliados en Centroamérica, con sus equipos de espionaje electrónicos, sus departamentos de huellas digitales y sus archivos modernizados. En los Estados Unidos, James Earl Carter y Willian Jefferson Clinton pudieron ser los muy dispares hijos políticos de Kennedy, como lo es ahora Obama, pero en Centroamérica el único hijo legítimo de John F. Kennedy fue el mayor Roberto D’Aubuisson.
4. Kennedy y Miami
Todos aquellos que hayan visto la película JFK de Oliver Stone saben que a Kennedy lo mató un mafioso homosexual de New Orleans (enjuiciado y dejado en libertad pese al acoso de un fiscal obsesionado), con la complicidad de la CIA, el FBI y los cubanos de Miami… que aún no eran tan malos como en Scarface, de nuevo un guión de Oliver Stone, pero casi…
¿Dónde estabas el día que mataron a Kennedy? ––-es una pregunta común en Miami. Mucha gente la hace, se la hace en todos los Estados Unidos. La muerte de Kennedy marcó el fin de la inocencia para una generación entera. Cuando uno considera que esa fue la misma generación nacida en los años posteriores a la Depresión, que había crecido a través de Pearl Harbor, la Segunda Guerra Mundial, la bomba atómica y la guerra de Corea no deja de ser sorprendente ni la inocencia que se le atribuye ni el poder que se concede a una sola muerte.
En Miami, con la cercanía de Playa Girón, no todo el mundo lo lloró —aunque casi todo el mundo se sorprendió en el momento de su muerte. Y aún más cuando supieron que había quien les consideraba como sospechosos.
Trabajé largos años en una librería de Miami, especializada en libros cubanos. La inmensa mayoría de nuestros clientes eran cubanos, la mayor parte del resto de nuestros clientes eran académicos dedicados a los estudios de lengua y literatura española. Vendíamos libros para un curso sobre Borges en Georgetown University o para uno sobre García Márquez en Chicago State, cosas así. El resto del resto de nuestros clientes no era tan fácil de clasificar. Había de todo. Uno de ellos era un cazador de conspiraciones interesado por la “conexión cubana” con la muerte de Kennedy. Era un cliente fiel a pesar de los problemas del idioma —su español hablado era más que imperfecto e ignoro hasta el día de hoy si leía los libros que nos compraba o se los hacía traducir.
Tampoco sé si creía que el asesino de Kennedy era castrista o anticastrista, porque era capaz de leer libros que defendían esas tesis contrapuestas con el mismo fervor. Sé, sin embargo, que uno de los motivos de su fidelidad hacia la librería estaba en que de entre todas las librerías del mundo aquella era la única propiedad de alguien cuyos amigos son mencionados en el Informe Warren sobre el asesinato de Kennedy, y la única en publicar el libro de Carlos Bringuier.
El nombre de Carlos Bringuier probablemente no dice nada en España, ni tampoco en Estados Unidos fuera del ambiente de los seguidores de conspiraciones. Para los que hayan visto la película de Oliver Stone, Bringuier es el cubano que pega a Oswald en las calles de Nueva Orleans cuando está repartiendo propaganda a favor de Castro. Era interesante estar en aquella tienda. No en todas se puede llegar a conocer a alguien que ha pegado dos bofetadas y algún que otro empujón a Lee Harvey Oswald.
El hombre que ha pasado a la cinematografía norteamericana gracias a Stone no se parecía al retrato del filme. Bringuier, el de verdad, es un caballero bien educado que escribió un libro en el que acusa al régimen castrista de estar detrás el asesinato de JFK. Un libro que, por cierto, está mejor informado que el filme de Stone y merecería la pena ser leído: Operación Judas.
Juan Carlos Castillón
Barcelona






Hasta que nosotros no dejemos de ver el mundo con nuestros ojos esto seguira pasando ahora dime si lo estaba haciendo mal por que lo sacaron si nosotros sabemos que usa venera y admira a esos presidentes k mensiona y no los mata si lo mataron era por k algo hcia bien no crees??
Pienso lo mismo de la foto que Arnaldito Sosa.
Parece que Arnaldito no ve peliculas.
Kennedy no debia sacarnos las sardinas fuera de la braza. Eso nos tocaba a nosotros y no lo hemos hecho. By the way esa foto de JFK con los sesos por fuerta es de mal gusto y morboza.
Felicidades, Juan Carlos. Excelente — como siempre, vas más allá de la fachada. No importa si fue feliz o infeliz aniversario — a su muerte, ya Kennedy había hecho el mayor daño que podía hacer, que fue inmenso y permanente Para mí, el presidente más corrupto, pernicioso y desgraciadamente influyente del siglo XX en Estados Unidos.
Es un aniversarion infeliz, desde luego. Trágico. Y a estas alturas todavía no está claro que fuerzas estuvieron detrás. Pero estoy convencido de que fué una conspiración y no la idea de un solo hombre. Aunque Oswald fué el que apretó el gatillo.
Corregida la errata, “Arnaldito”, gracias.
Hay una errata. acusa el regimen castrista de estar detras del asesinato de Castro.