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Con menos presión

  • nov 14, 200911:48h
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En esta semana de memorias sobre 1989, aquí te va mi recuerdo de la caída del Muro: también yo, entre la multitud enardecida, blandí un martillo y probé, sin éxito, a arrancar algunas esquirlas de la imponente estela de concreto. Que estaba, lo recuerdo con toda exactitud, cubierta profusamente de graffitis. La euforia era gigante. Llegué a Berlín (desde Moscú) poco tiempo después de la caída. Crucé entre ruidosos Trabants y emocionados genosses por el mítico Chekpoint Charlie, exploré a fondo la Kurfürstendamm, me supe —no cesaron de repetírmelo mis amigos alemanes— viviendo un momento histórico. Estuve de acuerdo con ello, lo entendí entonces como tal, llegué todavía más, con el paso del tiempo, a entenderlo cabalmente en ese sentido: como un acontecimiento histórico del cual había sido testigo de excepción. Y varios años después escribí sobre ello en mi novela Enciclopedia de una vida en Rusia. De lo que te cito aquí tan sólo un párrafo:

“A fines de 1989 salí para OCCIDENTE vía Berlín. Era el modo más expedito para alcanzar aquel reino en los cielos, el único lugar del IMPERIO donde los nervios de ese otro organismo estaban como a flor de piel, tras el muro. Cuando cedió el delgado tabique y se mezclaron las dos sangres, por la brecha se lanzaron gitanos de Rumania, mongoles de Mongolia, búlgaros, eslovacos, croatas: todos los que en las profundidades del IMPERIO sintieron en sus vejigas natatorias la brusca disminución de la presión y acudieron en miríadas a predar en el nuevo océano.”

José Manuel Prieto
Nueva York

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