castrismo Cuba soviética Cubazuela Cultura DD HH deporte disidencia economía EE UU-Cuba En Cuba España-Cuba exilio historia y archivo Internet & ITC

PD

Sábados en PD

PD en la red

Berlín, diciembre de 1989

  • Nov 13, 200914:32h
  • 12 comentarios

En diciembre del 89 regresé a toda prisa a Berlín. No podía creer que aquella vida estructurada por el Muro pudiera cambiar de un día para otro, y que ello hubiera ocurrido en mi ausencia. Al volver me esperaba H., a quien yo solía visitar a menudo cuando vivía en el otro lado. Por primera vez, paseamos juntos por Moabit. Hasta entonces siempre había sido yo quien cruzaba. Acordábamos la visita por teléfono —las líneas telefónicas siempre fueron las de antes del Muro, y la conexión de un lado a otro era una llamada local—, y él me solía esperar en el Checkpoint Charlie. De ahí íbamos a fiestas, a conciertos de rock en locales abarrotados a los que sólo se podía entrar tras decir el santo y seña. Mi visa expiraba a las doce de la noche, me estaba prohibido quedarme a dormir, y a esa hora él me regresaba al Checkpoint con su Trabant. Para “ellos”, los del Este, el Oeste era un mito que veían por televisión o escuchaban por radio, pero que la gente de mi generación no había visto nunca. H. me contó que los días que siguieron a los sucesos del 9 de noviembre de 1989 fueron caóticos. La gente cruzaba en masa y se quedaban extasiados con las sexshops de la Ku-Damm.

En diciembre del 89 el cruce era fácil. Ya no había que cambiar dinero, apenas te examinaban el pasaporte, no te preguntaban los motivos. Los pasos fronterizos se habían agilizado, aunque no habían desaparecido del todo. El Muro seguía en pie, pero —como decía un graffiti— no por mucho tiempo. El gobierno del Este empezó a desmantelarlo poco a poco y a abrir las calles que comunicaban ambos lados y que hasta entonces habían estado interrumpidas. Empezaron por los suburbios. En los barrios periféricos, más tranquilos y menos poblados, algunos curiosos se aglomeraban sin cruzar. No se podía, decían. O quizá no se atrevían.

Nosotros no nos atrevimos. Cuando empezaron a quitar los bloques del muro en Kopenick, donde vivía H., en el extremo oriental de la ciudad, fuimos a curiosear. Sólo unos pocos vecinos se acercaron a mirar, y su número nunca superó al de los policías que impedían el paso.

Hace poco regresé a Berlín por primera vez desde entonces. De nuevo visité a H., que sigue viviendo en la misma casa del este de la ciudad. Hacía años que ya no tenía el Trabant y se arrepentía de ello, pues la Ostalgie había revalorizado aquellos carros de cartón. Ahora manejaba uno de fabricación japonesa, y con él trazamos el recorrido del muro desde Potsdam a Kopenick. Ya no quedaba nada. A veces teníamos que preguntar a algún vecino, alguien de por allí nos indicaba la senda exacta, mirándonos con complicidad. Otras veces encontrábamos entre los árboles algunos trozos de cimientos cubiertos gracias a los ramos de flores frescas que siguen recordando a los caídos en el intento de cruce. (Como en la frontera entre EE UU y México, los intentos de cruce se hacían principalmente por las zonas periféricas donde habría menos policía y menos gente). El último fue un amigo de H. del barrio: Chris Gueffroy, quién murió acribillado a balazos cerca de Kopenick a principios del 89. Su madre tuvo que esperara a la reunificación para recuperar su cadáver. Una placa lo recordaba.

Regresamos a Kopenick. En el cine del barrio estaban poniendo “Las Vidas de los otros.” Los otros, que eran ellos.

Ariana Hernández-Reguant
San Diego

12 respuestas
Comentarios

  • ariana h-r dice:

    Gracias a tod@s por leer y comentar, a Ernesto por el estimulo a escribir, y a los amigos por quererme!

  • Ihosvany dice:

    hermosa narración y sorprendente final. Me ha gustado mucho lo aquí leído. Hay una obra de teatro escrita a principios de los noventa: UN MURO EN LA HABANA, pero el muro es una pared interna, digo, la pared que divide dos apartamentos.

    saludos

  • Seju dice:

    Hola Ari:
    Very interesante la experiencia, y que cambio tan fuerte y al final tan complicado para tantos.
    La otra parte, la de detras de la frontera por tanto tiempo, piensa que el problema solo es el muro, pero detrás está tambien la muralla humana y manipuladora de las clases dirigentes.
    Parece que el destino te lleva a diferentes fronteras o muros, la de Cuba donde nos conocimos hace años, la de Tijuana donde hace poco paseamaos hasta el mar. ¿Cual consideras que es la más dificil de derribar??
    Muchos alemanes del este dicen en estos días que ha sido una gran decepción y que son pobres, sin espectativas, que no se cumplió su sueño. Al final se quedaron sin el muro y sin la ilusión infinita de cruzarlo. ¡Que jodienda después de decadas esperando, no????
    Tu que conoces ese mundo, ¿crees que cuando caiga el muro de Cuba estará ganada la batalla o se pondrá la cosa más dificil y con más necesidades???
    Salud,
    Seju.

    Por cierto tengo pendiente un viaje a Berlín. No voy desde que estaba el muro con su guardia pretoriana.

  • Abel dice:

    Goodbye Lenin y The Life of Others son dos clasicos que definen la naturaleza represiva del comunismo. Estremecedoras ambas.
    Hermoso relato el de Ariana, con un final feliz.

  • Kundejo dice:

    Muy bueno el articulo. Por cierto, han visto la pelicula “Goodbye Lenin”? Creo que para nosotros los Cubanos y los ex-socialistas es un clásico del cine del recuerdo. También lo es “La vida de otros”.

  • oscar canosa dice:

    Cambio’, de un dia para otro.

  • anónimo dice:

    Interesante. No queda nada del muro, solo recuerdos. Es curioso como se desvanece de rápido lo que es artificial.

    Y me pregunto cuánto será de igual (o de distinto) en Cuba porque nuestro muro es más difuso y ubicuo. No podríamos derribarlo porque esta en todas partes. Y a falta de un muro que podamos barrer el símbolo -y la huella- de lo que un día dejará de ser estará allí: la Habana, sus calles tristes, sus edificios mustios y el resto de la isla en carne viva.No tendremos un muro, o una frontera que derribar. Y siempre habrá necesidad de un pasaporte y de cambiar de dinero. Y no habrá Trabantes pero sí Polaquitos y muchos Ladas y nadie los querrá. Y adoradores de muros.

    Y ni siquiera nuestras madres podrán soñar con acariciar sus amados cadáveres. Ni siquiera.

  • ErnieTG dice:

    como duele eso. as Rush used to sing: …”all those precious wasted years, who will pay?”….

  • BOBBY JIMENEZ dice:

    Amiga Ariana,muy interesante tu escrito.A pesar de los años que hace que nos conocemos me doy cuenta que sabes mas de mi que yo de ti.
    Te felicito,muy bello el relato…..un abrazo,
    B.J.

  • Miguel dice:

    Gracias por este relato. Es increible haber vivido durante años con esa muralla, y ahora vas, y hasta se hace difícil encontrar sus huellas. Dice mucho acerca del afán de los berlineses por borrar de su historia esta infamia.

    Saludos,

    MI

  • N dice:

    Muy buen artículo Ariana, trae un aire frío de una guera fría, que hiela los huesos. La frontera mexicana, claro, pero la comparación más precisa es el estrecho de la Florida.