Penúltimos Días

Vindicación de Miami: casas y gente

Noviembre 9, 2009 · 17 Comentarios

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Había que mirar muy a fondo en mi primera casa norteamericana para descubrir que formaba parte de un sueño, el llamado “american dream”. No es que el barrio fuera malo, que no lo era, ni que estuviera casi destrozada, que lo estaba, sino que vista en conjunto aquella pobre casa de madera era el reflejo negativo de lo que todo el mundo esperaba de Miami.
Construida sobre pilotes, como tantas otras casas de los blancos pobres del Sur, en tiempos había tenido un porche delantero, de esos en los que es tan agradable pasar las tardes de calor en los interminables veranos del Sur de Estados Unidos, y suelos de madera, frescos y suaves, que invitan a andar descalzo. Pero para cuando yo la conocí los suelos de madera estaban recubiertos de un linóleo pegajoso y lleno de quemaduras de colillas, y el porche se había cerrado y convertido dos habitaciones realmente mínimas. La sala comedor se había dividido en otras dos habitaciones y la casa entera parecía un largo pasillo al que se abrían media docena de habitaciones, un cuarto de baño —con una ducha que oscilaba entre hirviente y helada sin estados intermedios— y una cocina comunes.
Mi cuarto carecía de muebles pero pronto tuvo las paredes recubiertas de pósters promocionales que me regalaba Carlos Castañeda (no, no es el periodista deportivo ni el brujo yaqui, sino un librero cubano español con el que trabé amistad), y de libros que comencé a comprar apenas tuve ingresos regulares. Por primera vez en bastante tiempo vivía sólo. En Centroamérica nunca lo había hecho porque al ser extranjero en un país en guerra me convenía vivir con alguien que supiera si me pasaba “algo” por sorpresa (en los países en guerra, como en la Cuba de Castro, casi todas las sorpresas suelen ser malas, y todos los “algos” dolorosos). Aunque no se puede decir que compartir aquella casa alquilada por cuartos fuera lo mismo que vivir solo. Recién llegado a Estados Unidos, yo estaba viviendo —y no lo sabía porque aún no había leído La Habana para un Infante difunto—, en una cuartería cubana. Y más: en una habitada casi exclusivamente por marielitos.
A todos los efectos prácticos, yo era el equivalente a un marielito. Como mis compañeros de residencia carecía de muchos de los papeles necesarios para trabajar, era pobre, ignoraba el idioma del país, carecía de familia en el mismo y, sin embargo, estaba dispuesto a seguir adelante.

2
En aquel pasillo, yo ocupaba el segundo cuarto a la derecha. A mi derecha estaba a su vez el cuarto de Fosfarina (aunque tal vez ese no fuera su nombre real), que era guajiro, odiaba la gran ciudad (¡y que guajiro debía de ser para considerar a Miami como una gran ciudad!), trabajaba de jardinero, con su machete por única herramienta de usos múltiples, y que a las cuatro de la mañana nos despertaba y desesperaba poniendo en su transistor una emisora, sospecho que de la isla, en la que oía punto guajiro. Las cuatro era la hora en que él se iba a trabajar pero también la hora en que Sammy (supongo que Samuel) se quitaba su uniforme de cajero de Eckerd Drugs, turno de noche, e intentaba dormir algo antes de ponerse el de McDonald’s, turno de tarde. Es por eso que a los dos minutos de comenzar a trinar Ramón Veloz o el Indio Naborí, ya se podía oír como Sammy, en bañador, cubierto de tatuajes carcelarios, sacudía la puerta del guajiro con un bate de béisbol. Dos o tres veces por semana teníamos derecho a un duelo de gallitos que no llegaban a levantar el arma, machete contra bate, mientras el resto de la casa, medio despierta, les miraba como quien mira una obra de teatro vieja, mil veces representada, disfrutando de las nuevas variantes y matices con aires de entendido. “Hoy la pelea ha sido más floja.” “Pero los insultos han mejorado.” “Se nota que Sammy va a la escuela, ya insulta en inglés…”
Un par de cuartos más allá, había una pareja de gays que pagaban por dos cuartos a pesar de ocupar uno sólo —la casera era bautista y no le gustaban las parejas de hecho—, y enfrente mío un marinero que llevaba años sin embarcarse y a veces oía viejas canciones de los años cincuenta en un tocadiscos portátil.
En el último cuarto del pasillo, había un estudiante de medicina, que no había podido revalidar su título cubano y trabajaba limpiando suelos, mientras estudiaba por las noches inglés y repasaba medicina, deseoso de poder examinarse, sacar el board del estado de la Florida, volver a trabajar en lo suyo y, supongo, largarse de allí a toda prisa.
Por aquella casa pasó bastante más gente. A uno se lo llevó la policía a rastras y no puedo decir que el resto de sus conocidos se sorprendiese por ello. A otro, me dicen, se lo llevó una vieja americana ante la mirada envidiosa de los gays. El cuarto del arrastrado por la policía lo ocupó un viejito que llevaba por sombrero uno de esos canotiers de plástico, empleados en tiempos de campaña electoral para la propaganda política, que anunciaba REAGAN 1980.

3
Por aquel entonces conseguí mi primer empleo en Miami, en un restaurante. Comencé de lavaplatos incompetente y pronto me gradué a camarero deslenguado. Era un empleo que me permitía pagar los ciento veinte dólares mensuales que costaba el alquiler y comer gratis de lunes a viernes. Salía antes de la siete de la mañana de aquella casa, y recorría a pie las veintitantas cuadras que me separaban del Mesón de la Tortilla. Me gustaba andar. Me gustaba madrugar —sobre todo cuando era todavía de noche— y ver como amanecía sobre la Ocho. Para cuando llegaba el restaurante estaba todavía cerrado pero en su puerta trasera estaba ya esperándome una gran bolsa llena de barras calentitas de pan cubano. Llegaba el jefe, entrábamos, dábamos presión a la cafetera, sacábamos los pastelitos para servir en la ventana del café, encendíamos el foso del aceite para las patatas fritas y poníamos un cassette con el mismo tipo de flamenco que ya nadie oía en España, porque en el Miami de los años ochenta, y me temo que después también, un restaurante típico español tenía que tener una muñeca flamenca con bata de cola encima de la caja registradora, a Conchita Piquer como música de fondo y un special de tortilla de patatas y chato de vino por 1,50 dólares en el menú.
Una vez puesta la música y recolocada la bata cola de la muñeca encima de la registradora, yo volvía a estar en el ambiente Mariel. Como el restaurante era typical spanish todo el mundo, menos el propietario y yo, era marielito. Del Mariel la cocinera, que yo creía que vestía de blanco porque era cocinera y resultó que además era santera; del Mariel el ayudante de cocina, y del Mariel Anita, la otra camarera con la que compartí turno y bote de propinas.
Ocho horas diarias que comenzaban con los desayunos especiales (dos huevos fritos, patatas fritas, tostada cubana, café con leche), seguidos por una mañana aburrida de cafecitos y pastelitos, con la ocasional bandada de turistas sorprendidos ante la tortilla de patatas y el vaso de tinto, antes de comenzar el turno de comidas: pesadas comidas españolas pensadas en la fría Galicia o Asturias, que servíamos hasta en el insoportable agosto miamiense. Cocido a dos vuelcos, sopas de ajo, fabadas asturianas… que inevitablemente provocaban el comentario de “mi abuelo de Galicia,” siempre preferible al de “mi abuelo era gallego, de Madrid…”
Después volvía a casa con el bolsillo lleno de propinas, de billetes de uno, cinco y diez dólares que estiraba antes de gastar y guardaba debajo del colchón, donde siempre lo han guardado los que no tienen cuenta corriente.

4
Vista desde fuera mi primera casa miamiense no era muy distinta del boarding home descrito en su novela por Guillermo Rosales —aunque Rosales aún no había escrito aquella joya de la literatura cubana—, pero vivida desde dentro tenía una vitalidad contagiosa. No voy a repetir todos esos penosos lugares comunes sobre la supuesta apatía centroamericana, porque de entrada son falsos, pero sí a reconocer que la vida de la gente que está en medio de un conflicto armado suele estar llena de largos momentos de desesperanza e inactividad, de resignación, un desencanto que habían acabado por arrastrarme a mí también. Allí, en Miami, me pasó lo contrario. Allí no había ni apatía ni inactividad y la palabra resignación nunca apareció en el diccionario Marielito-Español/Español-Marielito.
Volvía yo a casa y podía verles en la cocina, preparándose un café, dándose los unos a los otros la dirección de aquel sitio en el que sí contrataban marielitos, o preparando los potecitos de ostiones (¿de dónde saldrían tantos ostiones?) con salsa picante que dos de ellos vendían Dios sabe dónde. Yo llegaba cansado de trabajar, y cansados estaban ellos, pero no resignados, ni tristes.
Era gente que había vivido largo tiempo en un mundo que les negaba la iniciativa, la risa, y a algunos de ellos incluso el sexo tal y como les gustaba, y que dejados por fin a sus propios medios, sin un padre y líder omnipotente dándoles órdenes, a veces se hundían, a veces se equivocaban, pero las más de las veces se las arreglaban para salir adelante.

5
Mi primera noche en Miami no la había pasado en aquella casa, sino en el San Juan, un motel de la Calle Ocho que por lo que sé aún existe, a media cuadra del Casablanca, un restaurante que ya ha desaparecido. Después de años de vivir en Centroamérica, la Calle Ocho era a un tiempo vulgar (con perdón) y tranquilizadora. Era el mismo paisaje urbano que ya había conocido en El Salvador, porque pocas ciudades de Centroamérica estaban más norteamericanizadas que San Salvador, lleno de casas bajas y luces de neón. Aunque en la Ocho alguien había restado un elemento definitorio del decorado urbano centroamericano: el soldado, policía, guardaespaldas o guardia jurado, portador de un arma larga. El hecho de que los primeros policías norteamericanos que vi fueran dos cubanos que bromeaban con las camareras y los habituales en la ventana de café del Casablanca, me hizo sentirme automáticamente cómodo; estaba en una ciudad en la que no eran necesarios los fusiles de asalto para salir a la calle de uniforme.
A mi primer café cubano me invitaron. Fue en el Casablanca donde, después de dos años de mal café —qué mal preparan el café en los países que lo producen— volví a probar esa bebida como Dios manda: caliente, amarga, fuerte y espesa. Me invitó un pintor llamado Teok Carrasco que aprovechó para regalarme uno de sus folletos promociónales (al parecer uno de sus murales en Hawai servía de fondo en una escena de Hawai 5.0).
Un poco más allá del Casablanca, en lo que parecía un pasillo cubierto entre dos tiendas estaba la galería de arte más pequeña del mundo, propiedad de un señor Planas, al que todos llamaban Planitas, y sentados en la puerta de la misma (dentro no habrían cabido), llenando la acera con sus sillas, estaban Carrasco, Roseñada —el caricaturista de la revista Zigzag al que todos recuerdan por sus mulatas de formas excesivas—, Planitas y Bernardo Martínez Niebla. Roseñada hablaba de Zigzag, Planitas de arte, Martínez Niebla de su amigo Pardo, que estaba en Colombia y Carrasco de él mismo, pero lo hacía con tanta gracia que era incluso agradable.
Fue Carrasco el que me paró porque yo llevaba una camiseta del ejército guatemalteco (y él había sido, evidentemente, ministro plenipotenciario de esa república hermana) y antes de que me diera cuenta estábamos tomando café.
Puede haber sido suerte, pero aquella primera noche, leyendo un Zigzag —revista brevemente resucitada en el exilio por Roseñada durante unos pocos números— y bebiendo aquel café, Miami dejó para mí de ser una ciudad temible, llena de gente que no hablaba mi idioma para pasar a ser ese sitio en el que a pesar de los posibles problemas yo tenía cabida.

6
También aquella era gente buena. Existía, sin embargo, entre la gente buena de la mini galería de arte y la gente buena de mi casa llena de marielitos, una diferencia generacional, un resquemor, una desconfianza nacida del hecho de que habiendo nacido en la misma isla no había oído la misma música, ni comido la misma comida, ni reído con los mismos chistes. Los marielitos, incluso dejando aparte a los delincuentes y locos que Fidel pudiera haber introducido en sus filas, eran un recordatorio de cómo había cambiado Cuba.
Antes del Mariel, para muchos exilados ya mayores existía la creencia de que no sólo “la isla” sino incluso “su Isla” seguía allí, donde la habían dejado veintipocos años antes; de que con algunas casas caídas y una economía en ruinas, el cubano seguiría siendo como ellos lo recordaban, o a veces lo imaginaban. Aquellos primeros exilados, entre los que estaban los habituales del Casablanca, habían reinventado en su exilio y en su memoria una Cuba improbable, ya que no imposible: urbana, de clase media, conservadora, americanizada, incluso católica o al menos religiosa, que se veía desmentida por los recién llegados. Siempre creeré que es por eso, y no por unos pocos (aunque estridentes) delincuentes que aquella noche, en el Casablanca pude oír por primera vez una frase que escucharía otras muchas veces: “Yo es que a esa gente no la comprendo… no parecen cubanos…” No la pronunció Carrasco pero era la manera en la que muchos exilados veteranos se referían a los marielitos, y bien podrían haberla dicho también los marielitos sobre los cubanos de los exilios anteriores. “No es culpa suya, pero nunca se integrarán” me dijo en una ocasión un cliente del Mesón que era periodista y al que yo creía informado y objetivo por ello. Y oyéndolo yo pensaba en Fosfarina, con su guayabera vieja y su machete envuelto en un periódico, marchándose a trabajar a las cuatro de la mañana, sin saber una palabra de inglés, bebiendo más de la cuenta. Yo pensaba que aquel periodista quizás tenía razón, no toda la razón pero sí bastante razón.

7
Pasaron los años y me encontré viviendo de nuevo en una casa con un porche donde sentarse, suelos de madera, que eran efectivamente muy frescos en los largos días de estío, elevada sobre pilotes, típica del Sur. Aunque esta vez no tenía que compartirla con casi nadie.
Yo ya no era camarero sino que trabajaba en una librería y había publicado la primera versión de mi primera novela. Vivía en la Pequeña Habana, que a juzgar por las fotos es el sitio menos parecido a la Habana del mundo entero, y me cortaba el pelo en la barbería Mi Habana, que estaba a media cuadra de un restaurante llamado Castillo de Farnes, en diagonal de donde ahora está una licorería llamada El Gato Tuerto (“En El Gato Tuerto hay una noche dentro de la noche…”). Ambiente más cubano, imposible, aunque en este Gato Tuerto no se pudiera encontrar uno con Virgilio Piñera.
En Miami hay peluquerías modernas y barberías clásicas. Aquella —ya desaparecida— era de las clásicas, con apuntador de terminales entre los clientes habituales, peña que discute de pelota, revistas pasadas de moda amontonadas junto a los sillones y el último Playboy guardado, esperando en el cajón para que los clientes habituales y de confianza puedan leerlo mientras les cortan el pelo… como si el Playboy se leyera.
Eran ya los noventas. En algún momento entre la llegada de los primeros balseros y el disparo de salida del maleconazo del 94. Días atrás, una pareja de balseros había intentado atracar el Málaga, un restaurante clásico de la parte baja de la Calle Ocho, y en el asalto había muerto un cliente. Todo el mundo estaba irritado por aquello, y los más irritados eran naturalmente los clientes cubanos. El más irritado de todos era un anciano de pelo cano y repeinado hacia atrás y bigote lacio, un autentico Liborio de guayabera planchada, sombrero vaquero y aspecto campesino, de los que sólo se ven en las postales patrióticas: “Yo es que a esa gente no la comprendo: no parecen cubanos… Yo cuando llegué aquí por el Mariel…” Fue entonces, oyendo a Fosfarina (porque juraría que era él) que me di cuenta de que los cubanos del Mariel ya estaban en casa en Miami y mi cliente el periodista podía ser objetivo e informado pero no tenía ni idea de cómo funciona la emigración.

8
Del médico sé que se graduó; de Fosfarina que trabajó en una casa de coches, cuidando el terreno y que le gustaba cultivar cosas; de la mayor parte de la gente con que compartí casa no he vuelto a saber nada, pero uno de ellos reapareció en la librería donde trabajé durante demasiado tiempo y me dijo que estaba en un central azucarero. Parecía feliz: no sólo trabajaba, sino que trabajaba en algo que le gustaba y lo hacía sin las penurias y problemas de repuestos y materiales con los que había tenido que convivir por demasiado tiempo. Había engordado pero no demasiado, vestía como un campesino americano, ropa sólida y con muchos cuadros. No me recordaba y no le recordé que nos conocíamos o como nos habíamos conocido, entre ostiones.
Sí, supongo que había que mirar muy a fondo en mi primera casa norteamericana para descubrir que formaba parte del sueño norteamericano tal y como lo definieron los padres fundadores. Ellos, mis vecinos marielitos de aquellos primeros meses en Miami, tal vez no lo sabían, y de saberlo es posible que no hubieran podido expresarlo, pero el sueño norteamericano no es ser rico, sino ser libre. Y aquella gente tenía la alegría del adolescente que se acabara de librar de un padre imperioso y tiránico, y era libre por primera vez en su vida.

Juan Carlos Castillón
Barcelona

Fotos: Liz Johnson-Artur

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17 Comentarios ↓

  • Solabaya

    Las emigracion es igual en todas partes. La ola anterior de inmigrantes critica la que llega, y la que llega critica a la proxima… Lo mismo paso con los rusos, con los polacos… Pero es cierto, y tu lo has dicho muy bien: el suenio americano no es la casa, es la libertad.

  • oscar canosa

    Muy lindo, Muy lindo.

  • Eon Flux

    …pero el sueño norteamericano no es ser rico, sino ser libre…

    Juan Carlos, no creo haber oido o leido mejor definicion que la suya!

    Gracias por las cronicas.

    Siga escribiendo.

  • Ric

    Juan Carlos, siempre tan buen escritor como buena persona y hombre brillante.

  • Avileño

    Sencillamente ¡ E X C E L E N T E !

  • Marcel Gascón

    Un placer siempre, Juan Carlos.

  • BAUTA

    Una delicia de relato…

  • Sergio Comas

    Realmente lo redescubro. No es lo mismo leerlo de cronista politico que de novelista consumado. Excelente y muy cinematografico, algo bello.

    Sergio

  • Woland

    Muy buen texto, Juan Carlos.

  • Maniel Rodriguez

    En dos palabras.

    Im-presionante.

  • Camilo López

    ~
    > (¡y que guajiro debía de ser para considerar a Miami como una gran ciudad!)
    ~
    ;-) cuando voy a Miami me parece que estoy en un immenso campo de golf de hecho a veces de siento algo amedrentado pensando que una de esas pelotas tan duras rebotara’ en cualquier momento y me dara’ bien duro.
    ~
    Para mi Miami es un campito y los cubanos en NYC (gracias a Dios y las 11 mil vi’rgenes) no nos hemos metidos en getthos
    ~
    > … donde siempre lo han guardado los que no tienen cuenta corriente.
    ~
    Hay otros modos de hacer esto y uno de ellos es utilizar al USPS y mandarse a si’ mismo el dinero usando un money order dome’stico los cuales -no expiran-. Para eso hay que tener algu’n tipo de identificacio’n con foto y direccio’n que la acepte el USPS (usps.com)
    ~
    Ba’sicamente uno usa el usps como su banco ;-)
    ~
    > la palabra resignación nunca apareció en el diccionario Marielito-Español/Español-Marielito.
    ~
    ;-) y creo que no llamas por su nombre el nivel de -racismo- que hay en Miami
    ~
    > la primera versión de mi primera novela
    ~
    primera vez que oigo que las nvelas se editen
    ~
    > pero el sueño norteamericano no es ser rico, sino ser libre.
    ~
    ma’s que esa ilusio’n de usuario (user ilusion) cuya fachada sin duda en la yuma se cuidad mucho ma’s (esa jodedera de la “libertad”) pero que tambie’n se explota muchichi’simo ma’s, algo que he notado en el yuma es que hay espacio para uno mismo. Es difi’cil de explicarlo con palabras pero creo que la yuma le da a cada cual su lugar (o los deja busca’rse un nuchi oara si’ mismo ma’s fa’cil que en otros lugares de los que conocemos)
    ~
    me gusto leer algo que no haya sido escrito con la mentalidad tiempo “pioneros por el capitalismo” (?o era el “comunismo”?)
    ~
    C

  • juan carlos castillon

    Sobre USPS: estamos hablando de mis primeros meses en Miami, sin saber ni una palabra de ingles.

    Sobre las novelas: Las novelas muchas veces se editan y reeditan. La primera version de SI TE DICEN QUE CAI de Juan Marsé es muy distinta de la definitiva, las novelas de Jardiel Poncela publicadas en la postguerra española son muy distintas de sus ediciones de preguerra, y asi un monton de otros títulos… Una de las cosas que te dan las ediciones criticas, por ejemplo las de la editorial Cátedra, son las variantes de una a otra edicion que a veces son muy reveladoras de los cambios del autor o del país. Entre la primera edicion venezolana de mi primera novela (NIEVE SOBRE MIAMI) y la segunda en España pasaron diez años y hay bastantes cambios… Una novela, despues de todo, no es un registro notarial y no hay problema en alterarla.

    Sobre la libertad: Cada cual tiene su propia definicion y lo bueno que tienen los Estados Unidos es que si no te gusta la definicion de libertad del que te rodea tienes espacio de sobra, entre las dos costas, como para perderte y encontrar otro lugar en que vivir. Puedes ser libre y liberal en Boston y libre y conservador en Houston, vivir libre en una comuna de California o protegerte libremente en el anonimato del enclave étnico.

    No creo por lo demas que lo de los cubanos de Miami sea un guetto… es un enclave étnico… la diferencia de guetto a enclave etnico puedes verla visitando los guettos de verdad en que a duras penas hay tiendas, aparte de los liquor stores y las casa de empeños, y compararlos con la Pequeña Habana, que al menos en mi epoca estaba llena de tiendecitas que vendían de todo… Nadie va a un guetto a comprar una camisa de cuarenta dolares que lleva el escudo bordado de Cuba o un delantal que lleva escrito KISS ME I´M CUBAN como va a las tiendas de la Calle 8 en los block parties mensuales — espero que signa existiendo — de los viernes culturales.
    De los guettos se escapa –el que puede– y se escapa con odio, pero a los enclaves etnicos se regresa con nostalgia al cabo de los años o, mas simplemente, los fines de semana para volver a disfrutar de la comida de la infancia.
    Yo los veia en el Versailles o en el Casablanca a los hijos de los cubanos, convertidos a todos los efectos en norteamericanos, regresar en busca de los sabores de una infancia que dificilmente habia sido de guetto a juzgar por la nostalgia con la que le contaban a sus amigos o esposas americanas anécdotas de las misma.

    Despues de toda una vida de ordenes, reglamentos, consignas coreadas, para mis vecinos de aquella primera casa de Miami el simple hecho de ser lo que eran de forma abierta, o de poder comerciar sin preocuparse de un CDR, era la libertad… e incluso la Libertad con mayuscula.
    Quizas la libertad sea la ausencia de fronteras y Estados Unidos desde luego tiene fronteras pero están tan separadas entre sí que a veces es posible olvidarlas…
    Sigo pensando que con o sin racismo (¿es racismo cuando el que te discrimina es de tu propio pueblo?) aquellos marielitos, en su inmensa mayoría, eran felices de haber salido de Cuba y estar allí, con sus carracas viejas, vendiendo ostiones a los restaurantitos, haciendo de jardinero… estudiando de noche.

    El Mariel a dos años de pasado el éxodo parecia una historia de fracasos, pero a los diez años era ya una en la que abundaban los exitos. Y veinte años despues el Mariel tiene un monton de autores publicados, una Premio Pulitzer, un jefe de redaccion de El Nuevo Herald, bastantes dueños de empresas… No quiero parecer Horatio Arger, pero me gustan las historias que acaban bien. He vivido demasiado pocas como para querer negárselas a los demás.
    jcc

  • ana cecilia

    Lindisimo relato.
    Humanizas a Miami y a nuestra comunidad, tan
    vilipendiada a veces.
    Gracias.

  • Sandra Gonzalez

    me ha encantado, tengo 36 annos y hace 15 estoy aqui, he vivido ambas partes del relato; he sido recien llegada con 21 annos de “socialismo o muerte” y he visto llegar a jovenes casi sin entender lo q hablaban….me ha parecido buenisimo; es cierto, humaniza.

  • Camilo López

    > Sobre las novelas: Las novelas muchas veces se editan y reeditan …
    ~
    Pues bien rico el chisme ese. Yo desconoci’a eso. Yo, aunque naci’ y creci’ entre (muy buenos) artistas (hasta escribo y he sido puclicado hsymbolicus.wordpress.com), me he dedicado pra’cticamente toda mi vida a las ciencias fi’sicas y la tecnologi’as (y gracias le doy a Dios cada di’a que la locura me dio’ por eso) donde las cosas son demostrables o no se habla de ellas. Punto. Y ahora de negro viejo me ha dado por la semio’tica, la filosofi’a y la neurologi’a donde “se habla” muchisi’simo ma’s … y los autores publican y republican repetidamente ba’sicamente el mismo arti’culo que difieren en pequen~os maticez o totalmente contraria’ndose (algo asi’ como el cuento de la buena pipa con un marco (pseudo)cienti’fico)
    ~
    > … las variantes de una a otra edicion que a veces son muy reveladoras de los cambios del autor o del país.
    ~
    eso lo encuentro muy interesante pero mi convencional entendimiento encuentra eso un tanto loco y abusivo desde el punto de vista este’tico
    ~
    > Una novela, despues de todo, no es un registro notarial y no hay problema en alterarla.
    ~
    suficientemente cierto pero ^ …
    ~
    > Sobre la libertad: Cada cual tiene su propia definicion y lo bueno que tienen los Estados Unidos es que si no te gusta la definicion de libertad del que te rodea tienes espacio de sobra, entre las dos costas, como para perderte y encontrar otro lugar en que vivir. Puedes ser libre y liberal en Boston y libre y conservador en Houston, vivir libre en una comuna de California o protegerte libremente en el anonimato del enclave étnico.
    ~
    suficientemente cierto tambien
    ~
    > No creo por lo demas que lo de los cubanos de Miami sea un guetto …
    ~
    no en el sentido te’cnico del te’rmino pero creo que podemos entendernos al menos en el aspecto relativo al que me referi’
    ~
    Reconozco que me gusta de Miami (mis sobrinos de los cuales estoy quasi enamorado) mi familia, mis amigos, el sol que te hace sudar, la playa (aunque algo sinte’tica) ver la hierba exactamente como la de Cuba, ver otros colores que el negro, blanco, azul y azul claro legales/autorizados en NYC y ver a viejitas chismoseando y viejitos jugando domino’ tirando fichas con alarde … pero tambie’n me apropio de eso como desde el punto de vista de un turista y ya no me puedo imaginar haberme ido de Cuba para vivir asi’/”en eso”. Esto lo digo con sinceridad y no para ofender. Como decimos lo importante es -el espacio- y bro el mundo es grandISIMO, aunque los moradores de las favelas en Brazil prefieran el lugar y regresen a e’l aunque les regalen casa y vivan en estado de guerra constante
    ~
    > Quizas la libertad sea …
    ~
    EN 6 palabras Sartre dijo: -La libertad es la condicio’n humana-
    ~
    Y para cagar ese one liner con mi verborrea con intenciones ilustrativas el aclaraba: … uno no puede ser y no ser libre (eso es un absurdo) uno -vive- haciendo uso de su libertad donde quiera que uno viva y bajo las condiciones que sean
    ~
    > ¿es racismo cuando el que te discrimina es de tu propio pueblo?
    ~
    Pues claro bro. Es racismo aunque sea de un/a p/madre/familiar a un hijo aunque la tonalidad del asunto cambie. Algo que siempre me ha gustado de nos es que somos relativamente suaves con esas cosas pero en Miami al parecer nuestros paisanos “se ponen las pilas”
    ~
    > No quiero parecer Horatio Arger, pero me gustan las historias que acaban bien. He vivido demasiado pocas como para querer negárselas a los demás.
    ~
    No es mi intencio’n tampoco
    ~
    Saludos
    C

  • Camilo López

    > el mundo es grandISIMO …
    ~
    cuando escribi’ eso estaba en mi mente las stanzas de Vallejo cuando dijo:
    ~
    “Hay, madre, un sitio en el mundo, que se llama París. Un sitio muy grande y lejano y otra vez grande.”
    ~
    Poemas en prosa / EL BUEN SENTIDO
    ~
    http://www.literatura.us/vallejo/prosa.html
    ~
    Nos los cubanos somos “orilleros” y por eso naturalmente tendemos a anclar en Miami ;-)
    ~
    C

  • Miguel

    Me uno a las expresiones anteriores. Un relato fantástico que retrata lo mejor del ser humano cuando a todas luces está en su peor momento, completamente solo. Muchas gracias JCC.

    Saludos,

    MI

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