Nunca he hecho el amor en un avión, pero me gustaría.
Cuando por fin logré escaparme de Sydney, el último recuerdo positivo que me quedó fue el de dos mujeres guapísimas y en pelotas manoseándose detrás de las cortinitas rojas del segundo nivel del avión de la aerolínea Qantas. Aquella imagen me despertó fantasías aún no cumplidas. Supongo que en un viaje tan largo todo está permitido.
La sonda de la primera misión del proyecto ‘Nuevas Fronteras’ de la NASA fue capaz de llegar a la luna más rápido que yo a Australia desde Miami. En serio: lo logró en 8 horas y 35 minutos vs. las 27 horas de cabina que me tardé en llegar a ese continente. Primero, nueve horas a Buenos Aires. Segundo, catorce horas a Auckland. Tercero, cuatro horas a Sydney. Y si planifica conocer cualquier otra ciudad de Australia, agréguele por lo menos cuatro o cinco horas más.
Desde el principio me faltó entusiasmo. Días antes había sucedido el maléfico atentado terrorista del 11/S y tenía la certeza de que tantas horas de vuelo representarían una desventaja estadística. Es un horror, lo sé, pero cada vez que se cae un avión pienso que por algún motivo estaré a salvo por lo menos seis meses más. Sin embargo, el ataque a las Torres Gemelas me llenó de pánico, especialmente por la paranoia que había que soportar no sólo en los aeropuertos sino en mi propia casa. Pero la mejor amiga de mi esposo se iba a casar doblemente, en la iglesia católica y en la griega ortodoxa. Y esa chica, tal vez la mujer más hermosa, sensual, simpática e inteligente que he conocido en mi vida, no es de las que conviene que ande soltera apadrinada por un marido, el mío.
Cuando por fin, días y días después, llegamos a Nueva Zelandia, decidí que no existían las distancias sino mis malcriadeces. Había llegado al país de la belleza y la dulzura. Y esa teoría no falla: gente generosa = país hermoso. Enseguida nos alejamos de la ciudad atravesando aquellas carreteras enchumbadas de un verde esmeralda. Cuando llegamos a lo que me pareció el rincón más idílico y mágico de esta tierra, ya yo me había casado de por vida con todos ellos: hombres, mujeres, plantas y animales, ah, y también ese acentico alegre y parsimonioso que desconoce la malicia.
Nos alojaron en la habitación continua a la de la reina de Inglaterra. Cuando Su Majestad y un montón de miembros de la realeza vacacionan en esa isla, duermen rodeados de mil exquisiteces que estoy segura no eran parte de nuestro paquete; pero qué importa, ojos que no ven corazón que no siente.
Allí, en campos de hadas y duendes, donde uno termina volando a un ritmo indefinido que sólo he podido apreciar en ese lugar, contraje un virus que por poco me mata. Predecible, aunque para nada previsible. Llegué a Sydney enferma y cada día de mis vacaciones se convirtió en un verdadero fiasco. El hotel era maravilloso, la vista soñada, pero aún así no había forma de encontrarle la gracia a una ciudad tan lejana cuyo primer encuentro marcó tan mala impresión. Luego de viajar tantas horas tuve la impresión de no haber avanzado en lo absoluto. Me encontraba en un sitio que parecía una combinación entre San Francisco y Boston, pero a mil horas de mi casita de Miami Beach. Claro que la gente hace la diferencia y si en nuestro planeta sólo existieran australianos, dejaríamos de hablar del paraíso como un sitio fuera de nuestro alcance.
Los antibióticos me causaron alergia, los segundos antibióticos también, los terceros los arrojaba, las fiebres no cesaban y la chica de blanco contrajo matrimonio sin mi presencia. Al final, creo que lo que más disfruté fue refugiarme en los varios recovecos cubiches que encontré y tomar caldito de pollo y un ron forastero de algún campo incierto. Para colmo, el día que nos montábamos en el avión de vuelta, en el aeropuerto de Auckland escuchamos la noticia de aquel avión rumbo a Santo Domingo que acababa de caer sobre una casa en Nueva York. Y de requetecolmo, a los pocos años la chica se divorció, doblemente.
Los top sites que aunque no disfruté, creo que vale la pena mencionar y por supuesto, visitar:
—Un cara a cara con los koalas y los canguros en el zoológico.
—Los restaurantes del muelle de The Rocks para comer fricasé de canguro con papas fritas (por lo menos una vez).
—La barra de chocolate (The Bold Man) en George Street. Por el chocolate de ese cafetín definitivamente regresaría.
—El acuario, especialmente para ver los caballitos de mar más excéntricos que existen.
—El edificio de la Reina Victoria y todas las tiendas que hay ahí dentro.
—El restaurante del AMP Tower que gira como un astro y se ve toda la ciudad y cada diez minutos me volvía a encontrar con Agassi y nos guiñábamos el ojo. (Evitar si, como yo, sufre de náuseas).
—El museo de Sydney, para entender el país y su historia.
—Algunas de las catedrales, pero no recuerdo bien cuáles. Creo que St. Mary y St. Andrew.
—El Museo Australiano (se aconseja relegar el salón de los pájaros y los insectos nativos, hay cosas que es mejor no conocerlas).
—El barrio chino (para marcarlo con una x, como mismo hago con los bares de La Bodeguita del Medio esparcidos alrededor del globo).
—El Royal National Park.
—La playa Bondi (y sus deleitables surfistas).
—El Harbor Bridge y la Casa de la Ópera.
—Y lo más espectacular: el Jardín Botánico, donde de los árboles se cuelgan miles o tal vez millones de murciélagos a pleno sol, y en medio de un exquisito picnic vuelan sus sombras de un lado a otro y es en el único lugar de esa ciudad donde verdaderamente logré perder la perspectiva y el norte, y por fin pensé que quizás había valido la pena ir tan lejos.
Grettel J. Singer
Miami







Grettel J. Singer usted tomo la vía larga para ir a Australia, por Argentina! Mucho mas corto hubiera sido el viaje por New York, Los Angeles o San Francisco. Qantas vuela desde estas tres ciudades norte-americanas.