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¿Por qué prohibieron P.M.?

  • Nov 02, 200911:45h
  • 9 comentarios

Después de ser exhibida con éxito en el programa del canal 2 “Lunes en televisión” y confiscada por la Comisión de Estudio y Clasificación de Películas cuando sus autores pretendieron exhibirla, P.M. fue visionada en la Casa de las Américas por un amplio grupo de intelectuales y artistas que mayoritariamente la aprobaron con un gran aplauso. Que en el debate subsiguiente —el cual duró, según Orlando Jiménez Leal, diecisiete horas— Mirta Aguirre acusara violentamente de “budapestistas” a los autores del documental y advirtiera que en Hungría la contrarrevolución había empezado por los intelectuales refleja claramente que el mayor detractor de P.M. no era otro que el estalinismo.

Entre los argumentos de los defensores del documental hay dos que vale la pena recuperar. Según Jaime Sarusky, en la reunión de la Casa de las Américas “se dijo que, si en los periódicos había aparecido en esos días que dada la alegría y la exaltación del pueblo cubano ante el triunfo de la Revolución y todo lo que representaba se había triplicado la producción de cerveza, no se veía la razón para que se estuviera censurando la película” (palabras suyas en la sesión del Museo Nacional, en el verano de 2005) Franqui cuenta, por su parte, haber dicho a propósito de P.M. en la segunda de las reuniones de la Biblioteca que “para los cubanos la fiesta, la rumba, el amor, la pachanga, eran una manera de ser —la madre África—, pero estos acusadores eran blancos, católicos e inquisidores.” (Retrato de familia con Fidel, Seix Barral, Barcelona, 1981.) Contra la grave acusación de Alfredo Guevara, Sarusky intenta salvar P.M. interpretándolo como un reflejo de la fiesta revolucionaria; Franqui, de algo tan entrañable como el carácter nacional.

El sordo contrapunteo del cambio histórico y la idiosincrasia nacional está justo en la base de los discursos fundamentales de toda una década marcada por el fantasma de P.M. A propósito conviene recordar unas observaciones de Waldo Frank en “El rostro de Cuba”, interesante ensayo testimonial escrito en 1960. En el Círculo Social Obrero Cubanacán, antiguo club Biltmore, se recrean los trabajadores en los espacios antes reservados a la alta burguesía, pero a pesar de que beben hasta tarde, Frank, asombrado, apunta que no vio “a nadie con aspecto de estar embriagado. Quizás otra embriaguez defendía a estos bañistas”. Después de contar cómo en algún momento el grupo, en su mayoría jóvenes. empieza a cantar al son de guitarras, bongoes y trompetas, observa:

es una forma de danzar típicamente cubana, un paso que el titubeo disimula y que de pronto se define, pero con una violencia contenida. Hay una famosa cantante de cabaret en La Habana, que se llama La Lupe, que se arroja en un orgasmo de movimiento. Pero la Lupe habla por una Cuba decadente cuyos sentidos expresan frustración. Esta escena de trabajadores cubanos y sus hijos es más típica y su alegría se contiene con el sentimiento omnipresente de que la vida es trágica.

El contraste señalado es, en mi opinión, muy significativo. La Lupe, exiliada a fines de 1961, refleja un decadentismo que la nueva Cuba ha de superar. Auténtica y teatral, la Yiyiyi “se quita los zapatos, se pega a la pared como una hiedra, agita las manos como una posesa y empieza a gemir, a gritar, a imprecar, a literalmente desbaratarse en el éxtasis de una canción” (Revolución, 4 de julio de 1960). Semejante violencia representa esas neurosis y psicosis que el intelectual norteamericano no aprecia ya en el club obrero. La alegría está aquí contenida por la conciencia de la amenaza imperialista; en vez de la borrachera del alcohol, prima otra embriaguez que los salva del vicio: la fraternidad revolucionaria. “No bailan para revelar su unidad social: la unidad es la base, la premisa de la danza.”

¿No recuerda en algo esta frase a aquellos versos de Lezama que rezan: “El salón de baile formaba parte de lo sobrenatural que se deriva / Bailar es encontrar la unidad que forman los vivientes y los muertos”? Los mismos se encuentran en un poema —en “El coche musical”, publicado, por cierto, originalmente en Lunes— donde Lezama evoca aquellos primeros años de la República en que la orquesta de Raimundo Valenzuela tocaba sus danzones en el habanero Parque Central. Tal parece como si el triunfo revolucionario hubiera recuperado, a partir de la destrucción de la República del vicio y la miseria, algo de la armonía primigenia, una graciosa unidad en la que Lezama podría entrever el orden católico de la participación y no ese avatar del estoicismo que seguramente era para él el existencialismo triunfante en las caves del Vedado.

No tan lejos de la interpretación metafísica del cambio histórico que encontramos en los apologéticos escritos de Lezama está el kitsch comunista, que se va imponiendo poco a poco a lo largo de la década de 1960. Revelador es, a este respecto, una novela hoy justamente olvidada donde la Revolución viene a redimir moralmente a un hombre que, “aturdido por una época, acosado por un mundo de incomprensiones” había buscado “la evasión en el alcohol”. En Los dioses mendigos, publicado en 1965, Ramón Becali considera a la Revolución como “el medicamento heroico para salvarlo de la ruina”, y no deja de plantear la serie de interrogantes: “¿se acabarán alguna vez los borrachos? ¿Siempre existirá quien le plazca mancillarse y revolcarse en el cieno? El vicio es como un pantano… cuanto más se mete uno en él, peor es el fango. Pero un pueblo que proscribe la vagancia, ama el trabajo y edifica un futuro mejor, nos hace abrigar la esperanza de una generación sana y limpia de cuerpo y alma.”

En tiempos de kitsch comunista, todo es, por decreto, sano, positivo, feliz. Por eso la canción de Ella O’Farril “Adiós felicidad” fue cuestionada en 1963 por el doctor Gaspar Jorge García Galló, que sostuvo que esos estados de ánimo pesimistas no eran compatibles con el socialismo. “Juremos en este día, juremos… ser felices”, había dicho en la Francia del culto a la Diosa Razón el obispo revolucionario Claude Fauchet. Y Céline, en el Mea culpa escrito a su regreso de la URSS, apuntaba: “La grande prétension au bonheur, voilà la enorme imposture.”

Duanel Díaz
Princeton

*Fragmento del reciente Palabras del trasfondo. Intelectuales, literatura e ideología en la Revolución Cubana, editado por Colibrí. Agradezco a Víctor Batista y al autor su autorización para reproducir este fragmento en el blog.
El libro se presentará en la próxima Feria del Libro de Miami.

** Me escribe Orlando Jiménez Leal para pedirme que no cite la copia de PM que figura en Youtube: “[ha sido] mutilada:el título ha sido cortado, el sonido es atroz y, el filme ha sido dividido en dos partes arbitrariamente.” Por respeto al trabajo del cineasta, he accedido a su petición, aunque yo me limitaba a citar la copia del documental. Por cierto, no es esta la única que puede encontrarse en Internet, como saben los habituales de este blog, así que le he aconsejado presentar una reclamación formal a los sitios que la “subieron” sin su consentimiento.

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9 respuestas
Comentarios

  • roberto dice:

    no se pa q escriben tanto si no se sabe de q hablan porq esa pelicula q supuestamente comentan ni la he oido,es una pena como muchas otras q duran en las pantallas de cuba horas.

  • Lo que trunfó en Cuba en 1959 no fue el comunismo, ni el stalinismo, ni ningún niño muerto. Lo que triunfó en Cuba en 1959 fue España y lo que ésta representa como espiritu contrario al progreso.

    Un guajirito de Birán, hijo de gallego y criado en colegios de curas, no podía dar otra cosa que un Fidel Castro. La República Liberal que surgió en 1902 de los últimos restos del imperio colonial español prevalecería efímeramente apenas 57 años. Afixiada por una invación de peninsulares caería finalmente a manos de lo más conservador de la herencia española. No en balde Fidel y Franco se llevaron siempre a las mil maravillas y poco faltó para que en 2003 en un ataque desmesurado al presidente Aznar donde lo llamó “un führercito con bigotico” el dicator cubano estuviera al borde el panegírico del Caudillo español.

  • Fidel Alejandro Castro Ruz –”un gánster que tuvo suerte” al decir de uno de los dos matones que secuestraron al argentino Fangio en el 57– es más hijo de su esmerada educación (primero jesuita en el colegio santiaguero de Belén y después bonchista en la Universidad de La Habana), de las circunstancias de la época, de la idiosincrasia criolla y, sobre todo, de las veleidades de nuestras “clases vivas” que de su cuna conservadora, genoma propenso a la violencia y proverbial buena estrella en sus temerarias aventuras políticas.
    (Jorge A Pomar en un comentario en este Blog)

  • ¿Detectó usted algún rasgo comunista durante la juventud de Fidel?

    Nunca en mi casa, ni en mi familia detectamos ningún rasgo comunista en Fidel. Siempre pensamos que era un demócrata confeso, un idealista, que estaba muy interesado en la política y en llegar a ocupar posiciones muy importantes en el país, para servirlo. Pero por nuestra mente nunca pasó lo que sucedería después del triunfo de la Revolución y que abrazaría las ideas marxistas y el sistema comunista para implantarlo en nuestro país una vez que triunfara la Revolución, que había prometido que sería tan cubana como las palmas reales, una revolución humanista, con justicia social para todos y que habría pan con libertad, pan sin terror en nuestra patria. Esas fueron sus palabras textuales.
    (Juanita Castro Ruz en entrevista con los lectores de El País)

  • Frío, Frío.
    Te voy a dar una pista:

    “La Iglesia, apoyándose en una supuesta y temible otra vida, se ha adueñado de la presente y ha enterrado el pensamiento
    libre con imaginarias revelaciones divinas.”
    (España, la historia de un fracaso de Fernando Urbaneja)

    “En uno y otro caso, la lectura contrapuesta de nuestros periódicos y revistas a partir de la linea divisoria del pronunciamiento antiisabelino o la muerte del general Franco nos descubre un hecho de incalculables consecuencias: el escándalo moral de haber vivido una larga e invisible ocupación sin cascos, fusiles ni tanques; ocupación no
    de la tierra, sino de los espíritus, mediante la expropiación y secuestro por unos pocos del poder y ejercicio de la palabra. Años y años de posesión ilegítima y exclusiva destinada a vaciar los vocablos de su genuino contenido —evocar la libertad humana cuando se defendía la censura, la dignidad y la justicia en materia de sindicatos «verticales»— a fin de esterilizar la potencia subversiva del lenguaje o convertirlo en instrumento dócil de un discurso voluntariamente amañado, engañoso y adormecedor. Monopolio del habla y escritura en manos de
    pseudopolíticos, pseudo sindicalistas, pseudocientíficos, pseudointelectuales, pseudoescritores que, dentro del búnker franquista, tiemblan hoy de pánico y sacrosanta indignación al observar que sus presuntas verdades intangibles son objeto de discusión, que sus privilegios arbitrarios son puestos en tela de juicio, que atentar a sus rancios dogmas ha dejado de ser sacrílego: miedo, indignación, cólera ciega que, a nivel popular, entre la actual masa de lectores sedientos y ávidos, se traduce en sentimientos de sorpresa, incredulidad, maravilla
    al presenciar la caída estrepitosa de los ídolos, el encierro de los bueyes procesionales, el eclipse paulatino de los zombis, el retiro anticipado de tantos y tantos santones enmedallados. Cambio gradual que, día a día, pulgada a pulgada, abre nuevas brechas y grietas en la vetusta cárcel verbal erigida por la censura, desarticula la rígida
    camisa de fuerza que paralizaba a los diarios, permite la entrada de oxígeno y aire fresco en los sufridos pulmones de la gran masa.

    Todos conocemos los efectos de dicho sistema opresivo en nuestra propia conciencia: los vocablos suprimidos, las críticas informuladas, las ideas ocultas o expresadas con cautela que se almacenan en el pecho, el corazón y la sangre hasta intoxicamos; la defensa pasiva contra la palabra monopolizada en forma de bromas y chistes de café, nuestra triste y eterna válvula de escape. Frente a tal situación de envenenamiento y asfixia, el sistema actual significa el reajuste del lenguaje a los hechos, el fin de la continua y penosa esquizofrenia de vivir día tras día entre dos planos distintos e inconciliables.”
    (Goytisolo, Juan – España y los españoles)

  • Desterrado dice:

    Lo prohibieron como prohibieron tambien miles de cosas más. Todo lo que no sea iniciativa del Nerón antillano lleva el sello de la duda,luego una campaña generada y fomentada en su contra,una declaración de ” compromisos “,el cuño de procapitalista y para la candela.Cada acto cultural le ha servido al Nerón para depurar.

  • CS dice:

    En el video de Lupe hay alguien que me parece tan tonto alegando que el “bloqueo” era la razon que se estanco la musica cubana, que los cubanos no tenian acceso al mundo.
    Ademas de que los EE.UU son solo un pais, me va decir ese senor que las acciones de la dictadura no tuvieron nada que ver con el paralisis en Cuba? Y la UMAP? Y el acoso a los del grupo Puente? Y la campanya La Dolce Vita? Y la Gran Ofensiva Revolucionaria?
    Debe ser a causa del bloqueo que censuraron a peliculas checas, polacas, hungaras, claro, no hay duda.

  • Exquisito análisis, Duanel. Se extrañaba tu voluntad de estilo y erudita agudeza en la blogósfera. De acuerdo con todo lo expuesto o sugerido por ti. Igual, las elocuentes citas que aportas hablan por sí solas acerca del creciente dilema de los intelectuales “burgueses” con el Leviatán antisistémico que estaban ayudando a erigir.

    Si bien es cierto que en la controversia de marras entre defensores y detractores de P.M., los primeros (del pasado republicano de Sarusky nada sé, pero del Franqui prerrevolucionario sé bastante) lo tenían cuesta arriba frente a los sofistas del PSP.

    Por la sencilla razón de que, al compartir la falacia poética de la Isla decadente, edonista, conguera, supersticiosa y putañera que aún pinta a la Segunda República como sentina moral y burdel yanqui, propugnaban la radicalización del proceso revolucionario ya en curso a la sazón mientras ellos, encerrados en sus torres de marfil o engoados por las zanahorias del Nuevo Régimen, se enfrascaban en polémicas estériles.

    Más aún, el expeditivo triunfo del “kitsch comunista” en la esfera cultural habría sido imposible sin su poética de la Stoa, profusamente divulgada en toda su obra litararia anterior desde las ópticas neotestamentaria del Sermón de la Montaña (Cintio, Lezama, etc.) y existencialista sartreana, que remite a su vez al Viejo Testamento vía lloriqueos nihilistas de Job y el Eclesiastés.

    Se trata de una réplica en terreno cultural del dilema originario de la socialdemocracia y el socialismo utópico (hoy llamado “progresía”) con el marxismo ortodoxo en el sentido de que el triunfo de la minoría bolchevique jamás se verificaría sin el ancestral complejo de culpa de las mayorías mencheviques. Paradoja que vale tanto para el campo de la política como para el de la cultura y que a día de hoy, a beneficio de la estabilidad del régimen, determina la escisión de la disidencia en dos bandos equivalentes.

    Ciñéndonos más al tema, la Cuba alegre y noctámbula, plebeya y racialmente promiscua, filmada a cámara alzada en el cortometraje de la discordia era justo la anatematizada por la poética de la mayoría de nuestros bardos, narradores y ensayistas republicanos pertenecientes al canon. La misma chusma elbrestada que, significativamente, años después el protagonista burgués de “Memorias del subdesarrollo”, que se mofa de la gusanera en fuga, miraría por encima del hombro durante la Crisis de Octubre.

    Cabe recordar aquí el dato biográfico de que, según cuenta Guillermo Cabrera Infante en el vídeo de abajo, en un acceso de ira –totalmente injustificado porque su hermano Sabá no opuso resistencia, el director del largometraje Thomas Gutiérrez Alea, muerto m,uchos años después en pleno exilio rosa en España, la emprendió a puñetazos contra su homólogo de aquel –al parecer– ingenuo cortometraje. Mientras Edmundo Desnoes, autor de la novela de base, no tardó en exiliarse en Nueva York so pretexto de que: “Necesito las comodidades del desarrollo y la única intensidad que puedo asimilar es la de un buen roquefort”…

    Un caso paradigmático del “pecado original del intelectual burgués”, según el Che Guevara. Finamente, descartando las argucias inventadas por la desbocada fantasía apologética de Lezama ,Saruski y Frank acerca de un supuesto contraste en el solaz criollo antes y después de enero del 59, yo atribuiría el fenómeno más bien al sabor a estafa, culpa y traición que estaban dejando en el subconsciente colectivo los fusilamientos sumarios, los atropellos sin cuento y, sobre todo, el despojo de cientos de miles de desafectos en estampida.

    Con el reparto desigual de ese enorme botín, los guerrilleros en el poder recompensaron por un lado la lealtad incondicional de sus miríadas de esbirros, chivatos y amnuenses intelectuales y, por el otro, el entusiasmo revolucionario de las masas populares. He ahí uno de los móviles retroactivos de su insensibillidad ante la desgracia propia y/o ajena, de sus esporádicos desdoblamientos lúdico-milenaristas, de su extraño, hermético apoliticismo…

    Saludos,

    El Abicú

  • Temple dice:

    Caballero suelten ya ese PM !! siempre lo mismo con lo mismo!!