4
Lo que sigue aún en pie es aquel sitio de costillas sobre la Calle 8, a una cuadra de Abrahams Chevrolet. Fue mi primer restaurante americano. Me llevó e invitó uno de mis primeros amigos norteamericanos. Las costillas eran magníficas y me prometí que volvería apenas tuviera dinero para hacerlo. Curiosamente, cuando ya tenía algo de dinero empecé a trabajar en la Calle 8, y no me gustaba volver en mis días libres al mismo sitio donde trabajaba el resto de la semana. No recuerdo el nombre, aunque alguien con un siniestro sentido del humor lo rebautizó como “The Uncle’s Tom Cabin.”
Del que tampoco recuerdo el nombre era de un sitio de pescado fresco en Flagler. No tenía licencia de alcohol y sólo servía pescado y gambas fritas. Era un sitio de pescadores, sencillo, sin filigranas, donde el único encanto estaba en lo fresco del pescado que podías ver apilado, encima del hielo, al lado de las cocinas donde te lo freían a la vista. A la salida había un viejito con una carretilla ambulante en la que se podía comprar el postre: dulce de coco, boniatillo, granizados de hielo con sabores de fruta. La cerveza había que beberla metida dentro de una bolsa de papel, como los borrachines callejeros. Pocas veces he comido mejor pescado, menos pretencioso.
5
Después aprendí inglés y mi llegada a Coral Gables coincidió con la reapertura del Denny’s de Miracle Mile. Descubrí que, en contra de lo que se cree en España, los norteamericanos no son devoradores de hamburguesas, aunque hubiera media docena en aquel menú.
El inglés cambió mi geografía alimenticia y comencé a comer en Denny’s, y en Steak & Egg Kitchen, otro criadero de colesterol al que iba casi todos los domingos, con una novela de fin de semana debajo del brazo. El nombre no mentía: sólo servían huevos y steak, no se podía beber sino café americano o sodas. No había nada verde en el menú y el único acompañamiento de los platos principales eran unos hashbrowns hechos a la plancha.
Si mis romances con los donuts fueron cenas de cuento, aquellas comidas dominicales eran de novela. No era una comida particularmente sana, pero fue en aquellas mesas de plástico, delante de aquellas grandes tazas repletas de café americano donde leí Pedro Páramo. Los domingos el restaurante solía estar vacío y nadie te empujaba a salir. Aprovechaba la lenta preparación —nada era muy sano pero todo era fresco y recién hecho— para leer los periódicos; después de comer seguía bebiendo café americano (free refill) que el camarero me “actualizaba” cada media hora más o menos. A veces estaba allí, entre una cosa y otra, dos horas y un centenar de páginas.
Tras la ventana —el restaurante en vez de paredes tenía grandes ventanales— podía ver como las tardes sin nubes convertían a las calles de Miami en cuadros de Edward Hopper, llenos de sombras claramente definidas y de soles implacables. Aunque, en realidad, casi todo parece un cuadro de Hopper si se le contempla desde detrás de una ventana.
Aquel Steak & Egg estaba en Ponce de Leon Boulevard, en la entrada a la zona comercial de Coral Gables. Después de comer subía por el Boulevard hacía Miracle Mile, parándome en las librerías de uso que existían por aquel entonces en la zona. Todas fueron desapareciendo lentamente con el paso de los años, a lo largo de la década del ochenta, a medida que las grandes corporaciones exterminaban a las mom and pop stores en todo el país. Esos paseos me llevaban a Miracle Mile donde me daba el único pequeño lujo del que no prescindí ni cuando pasaba hambre: el cine.
6
En Miracle Mile, aparte de un cine y de un restaurante de la cadena Denny’s, había un McCrory’s y un Woolworth’s, dos tiendas de departamentos de las que los cubanos llaman tencens. No sé mucho de McCrory’s, pero Woolworth’s era ya una institución en decadencia cuando llegué a Estados Unidos. Una tienda donde todo lo que había estaba al alcance de tu bolsillo, una idea innovadora y optimista en tiempos de la Gran Depresión, que ahora había pasado a ser deprimente. Los mostradores de las cafeterías de los Woolworht’s del Sur, segregados por largo tiempo, fueron lugares históricos en la lucha por los derechos civiles en los años sesenta.
Woolworht’s había sido la tienda que todos los alcaldes de las pequeñas ciudades querían ver instaladas en el centro porque, a pesar de sus precios baratos, no exterminaba a la competencia sino que propiciaba el tráfico en la zona y era buena para todos los vecinos. La supervivencia en Miracle Mile de aquellas dos viejas tiendas por departamentos era otro recuerdo de la época en que no sólo de nombre sino de hecho, Coral Gables era una ciudad aparte y Miracle Mile su calle principal, con su cine de alta marquesina, la alcaldía y las tiendas buenas. El tiempo había pasado y cuando yo llegué a la Florida Coral Gables, aunque conservaba su independencia administrativa, en realidad ya sólo era la extensión ordenada y limpia de un Miami a menudo caótico. Entrar en Woolworth’s no era una experiencia optimista sino frustrante, algo así como sentirse automáticamente pobre.
Tanto McCrory’s como Woolworth’s tenían cafeterías de comida rápida. Nunca me senté en las de Miracle Mile pero lo hice a menudo en las de Miami Beach; en Lincoln Road había un Woolworth’s, y del Downtown de Miami donde, en medio de los rascacielos, algunos edificios de Flagler conservaban aún un aire decadente de vieja ciudad del Sur.
Comí allí durante los primeros meses de estancia en Estados Unidos, antes incluso de ser librero. Los domingos me levantaba temprano y desayunaba dos veces, una tras otra, porque aquello me mantenía alimentado todo el día y en aquellos tiempos, siendo lavaplatos, comía gratis de lunes a sábado en el sitio en que trabajaba. Los domingos libraba y prefería tener dinero para ir al cine antes incluso que para comer. Después de mi segundo desayuno, volvía a casa y me sentaba a escuchar las comedias musicales del domingo por la mañana en aquella emisora de música clásica y jazz que cerró poco después de irme yo de la ciudad. Tampoco recuerdo el nombre de la emisora, sólo que a medianoche se oía una musiquilla medio china y comenzaba el programa de jazz de Chinatown.
Es curioso pero pese a todo lo que estoy contando, el hambre y todo eso, era feliz. Después de una infancia demasiado protegida, de una adolescencia practicamente criminal y de una experiencia centroamericana que me había curado de novelerías, aquellos días, a pesar de la falta de dinero, de los problemas de idioma, de la inseguridad por no tener papeles, llegué a ser plenamente feliz. Trabajaba, hacía amigos, me iniciaba en un idioma nuevo y hasta escribí mis primeras páginas. Tengo un motivo adicional para recordar aquellos días con una amable nostalgia: nada de lo que escribí entonces ha sobrevivido al paso de los años para avergonzarme ahora.
Tardé años en ascender hasta los restaurantes buenos, pero en mis dos o tres últimos años en Miami me acostumbré a comer por lo menos una vez cada semana, en el peor de los casos cada dos semanas, en un restaurante bueno de la playa o del Grove. La comida era buena pero era sólo comida, algo que se hacía por placer y que en consecuencia hubiera debido disfrutar más que algo hecho para sobrevivir. Pero ninguno de los platos que acabé probando, ni siquiera la magnífica ternera (tagliata di manzo) con ensalada de trébol y salsa de mostaza del Tiramisu de Miami Beach me gustaron nunca tanto como el hearthy breakfast (dos huevos fritos, sunny side up, con bacon, salchichas y hash browns) de McCrory’s; ninguna tanto como aquella primera tostada, de pan cubano cortado a lo largo, tan rebosante de mantequilla que eran necesarias dos servilletas de papel (o más) para no mancharte las manos, cargada de colesterol y deliciosa, que engullí, medio muerto de hambre, en mi primera mañana de recién llegado a Miami.
Juan Carlos Castillón
Barcelona






Mucha nostalgia, fiel y bien descrita. Me gusta mucho, JCC. Gracias.
Thanks for posting this, Ernesto. Me ha traido muchos recuerdos.
BTW The doughnut shop was Krispy Kreme.
Una de las librerias de uso en Ponce de Leon era Adolph’s Reader’s World.
El show de jazz era “China’s Jazz Thing” with China Vals.
Y creo que la pescaderia era East Coast Fisheries.
Gracias por la respuesta de ayer. Su articulo me parece muy bueno y me ha dado cierta nostalgia al leerlo porque ya no vivo en miami.
Otra pregunta:
“Lo que sigue aún en pie es aquel sitio de costillas sobre la Calle 8, a una cuadra de Abrahams Chevrolet”
Se refiera a la actual Maroone Chevrolet?
Gracias por el feed back… y por indicarme el nombre de Krispy Kreme y el del Show de jazz que empezaba a la media noche. y también por recordarme a Adolph´s… aunque Adolph´s lo recuerdo y será objeto de otro artículo sobre mi Miami. ¿Recordais aquel olor ligeramente dulzon a tabaco de pipa, aquella inacabable colección de revistas de todo el mundo? Para mi son inolvidables y es uno de mis primeros recuerdos agradables de la ciudad.
Pero la pescadería no era East Coast Fisheries, que creo recordar estaba al lado del rio y del otro lado de un puente, entre Flager y la Primera Calle del South sino una que estaba por encioma de la quince avenida, en la acera sur, pequeña pero muy iluminada, en que comías en el aparador, sin mesas ni taburetes … algo muy rústico pero con un pescado buenísimo… Bueno el que puedes comprar aquí en la Boquería, nuestro mercado de Barcelona, tampoco es manco…
jcc
Dos Juan Carlos hablando de comida.
El de Cuba, Juan Carlos alias Pánfilo: “Aquí lo que hace falta es jama”
El de Miami, Juan Carlos Castillón: “Allá lo que se sobra es jama”
Propongo una campaña para liberar a Juan Carlos Castillón de su obsesión por la jama.
: )
Jamaliche cubano
(jamaliche: dícese de un gran comelón, tragaldabas)
Por supuesto, te recuerdo de la antigua Libros Españoles, en la 19 y la Ocho, calzando alpargatas, acabado de llegar de Centroamérica, y allí compré “El tiempo de los asesinos”, el estudio de Henry Miller sobre Rimbaud, en 1984. Le regalé el libro a Esteban Luis Cárdenas, que es ‘El Negro’ de “Boarding Home”. Luego el Negro compuso un libro clásico, “Cantos del Centinela”, a partir de la lectura de Miller, y ése es el libro que el personaje del El Negro le regala a Guillermo Rosales en la novela. Así que estás metido en el tejido profundo de la literatura de Miami…
Además, tu novela, Nieve sobre Miami, es una de las mejores que se han escrito sobre la ciudad. Ya sabes que McCrory es uno de los locales que convertí en soneto, y allí, en el McCrory’s del downtown, nos encontramos una vez, entre pantalones y toallas con esquiadoras acuáticas, y conversamos de literarura. Gracias por estas memorias.
N
Bien me acuerdo de lo que contestó Alejandro Barreras cuando le preguntaron cuál era la contribución más positiva a la cultura cubana de los exiliados miamenses — que habían salvado a la gastronomía nacional de segura extinción.
A Jama liche. No estoy obsesionado por la comida… aunque sí por Miami. Es cierto en Miami sobra la comida… los platos en los restaurentes cubanos son rebosantes, son la venganza por el hambre pasada de forma innecesaria por tantos cubanitos durante el castrato. De todas formas no son mi único tema.
A Anthony, Supongo que sí… hace años que faltó de Miami así que no sería raro que Abrahams se hubiera ido y hubiera cambiado el nombre del local. Se que la casa de costillas cambió de propietarios y ahora es un restaurante que hace fusion de cubano y BBQ… no recuerdo el viejo nombre pero el nuevo es bastante insensible.
A Nestor. Ignoraba formar parte de aquella historia aunque sea de forma completamente lateral. Recuerdo McCrorys y recuerdo las conversaciones sobre libros… Algún día alguien deberá escribir la historia del Miami no turístico: los apartamentos compartidos entre tres o cuatro, los poetas pintando paredes o techos para sobrevivir, los coches viejos de cuarta mano en que tantos aprendimos a conducir, las librerías de uso, la ausencia de libros básicos en muchas de las que no eran de uso, todo el Miami de los que llegaron tarde y sin embargo, en muchos casos, triunfaron a pesar de todo.
Y ¿por qué no? también la novela del Miami de los perdedores. Una novela como el poema de Campa (habras visto que está en línea http://blog.yaaqui.com/leandro-eduardo-campa-little-havana-memorial-park-y-otros-textos-en-ceroeditores_articulo_209_22695.html).
¿Reapareció alguna vez Eddy Campa? Yo aún recuerdo cuando leyó su poema en tu apartamento, después de una feria del libro… estaba allí todo el mundo (bueno, todo el mundo que sabía leer y era medianamente divertido) y cuando llegaron de madrugada las pizzas que alguien había pedido resulta que el delivery boy era un balsero recién llegado que había estudiado arte dramático en Cuba…
A Tellechea… Sí y esa comida la han reconvertido, transformado y aumentado que es lo que pasa con las tradiciones vivas.
Gracias a todos por el feedback.
Los Paraitos, JCC.
Gracias por “Los paraitos” Ahora que alguioen me diga que todavía existe y me alegre la tarde…
Yo nunca me he olvidado de los cheeseburgers y los honeybuns de los Royal Castle!
Lo decía en broma, estimado Juan Carlos, y por eso añadí el emoticón ; ) luego de mi broma. Me ha gustado mucho el texto y el de la comida me parece un temás más que importante y digno, de más está decirlo. Mucho más como lo trata usted, entreverado de nostalgia. Alguien dijo que la patria es la comida de la infancia. Entonces, una segunda patria, es lo que se comio en algún otro lugar y se recuerda con nostalgia. Me han gustado los dos textos tuyos. Mucho.
Abrazo
Jamaliche
Y me lo he tomado como broma, lo que pasa es que yo nunca me acuerdo de incluir emoticones… Es curioso pero todo el mundo me habla d ela comida y nadie de los libros que es la otra constante del artículo. Porque Miami fuew mi línea de retirada y el sitio en que volvía ser normal después d edos años bastante raros en El Salvador, pero también el sitio en que me reencontre con mi idioma escrito… Aunque de eso ya hablaré, si me lo permiten, en otros artículos sobre Miami.
Juan Carlos como usted jamo, bateo a los dos manos y se quedo corto lo que hay que hacer es una una comelata para cubanos aqui en barcelona.
Bueno quito la idea no se valla acabar todo como la fieta del guatao.
Juan lo que ma ha gustado es que la vida en general da oportunidades y no importa fregar platos, como limpiar alcantarillas.
Ache pa la cubania. donde quiera que este y pa los pepes tambien.
Caballeros y caballas ustedes se imaginan cuando cuba vuelva a ser el potencion como se va a jamar.
me gusto michisimo tu post, muy nostalgico y lindo! gracias!
Vindicación de Miami: casas y gente // Nov 10, 2009 at 13:16
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