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La más fermosa (La isla de Cuba entre el descubrimiento y la conquista: 1492-1511)*

  • oct 28, 200910:27h
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Al anochecer del 27 de octubre de 1492, la expedición descubridora enviada por los Reyes Católicos al mando de Cristóbal Colón se enfrentaba a la costa de Cuba. Poco más de dos semanas antes, los expedicionarios habían llegado sin saberlo a las primeras tierras americanas: unas islas de las Lucayas o Bahamas a las que el Almirante empezó a rebautizar con nombres cristianos, al tiempo de tomar posesión de ellas en lengua que sus pobladores no entendían: San Salvador, Santa María, Fernandina, La Isabela… Los naturales, que andan desnudos, son de mediana estatura y hermosos de cuerpo, según consigna Colón en su diario, agasajan ingenuamente a los europeos: les traen algodón hilado, frutas, objetos de artesanía que los recién llegados les cambian por cascabeles y cuentas de vidrio; pero no tienen oro, ni especias. Por señas y con torpes palabras les indican a los aventureros que navegando rumbo sur llegarán a una tierra donde encontrarán las riquezas que buscan. Colón y los suyos se sienten aguijoneados por la codicia. Creen que se trata de una de las fabulosas islas cercanas a Catay de las que hablara Marco Polo, si no del mismísimo Cipango (nombre que le diera el famoso viajero veneciano al Japón). Se han llevado, de grado o por la fuerza, a algunos naturales con los que empiezan a entenderse, para usarlos de rudimentarios intérpretes. «Indios» los llamará el Descubridor que, tozudamente, cree que ha llegado al sudeste de Asia por otro camino.

De pronto, la nao capitana y las dos carabelas se enfrentan a un litoral que se prolonga extensamente al este y al oeste. Los «indios» deben haberles hecho saber a los viajeros que ésta es la tierra que buscan. Desde cubierta los expedicionarios alcanzan a ver lo que parece, en medio de la noche, una fronda interminable. Es la primera visión de Cuba que tiene un europeo: un encuentro sencillo y sobrecogedor que ha de ser la génesis, con el paso de los siglos, de una nación nueva. Todos los cubanos, aun los que desciendan de inmigrantes llegados mucho después, están presentes, en ciernes, en ese momento en que unos hombres de quien heredamos la religión, la lengua y la cultura, ven, por primera vez, la tierra a la cual nos habría de ligar el destino.

Siguiendo lo que ya es costumbre, en aguas que Colón ha visto que abundan en bajos traicioneros, el Almirante ordena anclar para esperar a bordo el amanecer. Están frente a la costa nordeste de Cuba. Por mucho tiempo, este punto de llegada estuvo en disputa. En el siglo XIX, Washington Irving, en un trabajo repleto de erudición geográfica, se empeña en probar que el Descubridor topó con Cuba a la altura de Gibara y viajó después hacia el oeste para llegar, primero, a Nuevitas (ciudad en cuyo escudo de armas aparecen las tres carabelas para ratificar esta leyenda) y luego a Morón. Los historiadores contemporáneos son casi unánimes en que es algún punto más hacia al noreste, entre Jururú y Vita, donde Colón toca tierra cubana por primera vez.

En el Diario del Descubridor, en la relación compendiada por Fray Bartolomé de las Casas, dice en la fecha correspondiente al domingo 28 de octubre:

…entró en un río muy fermoso y muy sin peligro de bajas ni otros inconvenientes; y toda la costa que anduvo por allí era muy hondo y muy limpio fasta tierra: tenía la boca del río doce brazas, y el bien ancha para barloventar… Dice el Almirante que nunca tan fermosa cosa vido, lleno de árboles, todo cercado el río, hermosos y verdes y diversos de los nuestros, con flores y con su fruto, cada uno de su manera. Aves muchas y pajaritos que cantaban muy dulcemente; había gran cantidad de palmas de otra manera que las de Guinea y de las nuestras, de una estatura mediana y los pies sin aquella camisa y las hojas muy grandes, con las cuales cobijan las casas; la tierra muy llana. Saltó el Almirante en la barca y fue a tierra, y llegó a dos casas que creyó ser de pescadores y que con temor se huyeron, en una de las cuales halló un perro que nunca ladró; y en ambas casas halló redes de hilo de palma y cordeles de anzuelo de Cuerno y fisgas de hueso y otros aparejos de pescar y muchos huegos dentro, y creyó que en cada casa se juntan muchas personas. Mandó que no se tocase en cosa de todo ello, y así se hizo. La hierba era grande como en el Andalucía por abril y mayo. Halló verdolagas muchas y bledos. Tornose a la barca y anduvo por el río arriba un buen rato, y diz que era gran placer ver aquellas verduras y arboledas, y de las aves que no podía dejallas para se volver. Dice que es aquella isla la más fermosa que ojos hayan visto, llena de buenos puertos y ríos hondos, y la mar que parecía que nunca se debía de alzar porque la hierba de la playa llegaba hasta cuasi el agua, la cual no suele llegar donde la mar es brava… Decían los indios que en aquella isla había minas de oro y perlas, y vido el Almirante lugar apto para ellas y almejas, que es señal de ellas, y entendía el Almirante que allí venían naos del Gran Can, y grandes, y que de allí a tierra firme había jornada de diez días. Llamó el Almirante aquel río y puerto de San Salvador.

A Colón lo deslumbra el paisaje edénico que encuentra, donde todo parece virgen e intocado. En la conciencia de cualquier europeo está presente el Paraíso bíblico del cual, por el pecado, Dios expulsó a la primera pareja, la cual quiso cubrir su desnudez con hojas de parra porque se avergonzó al perder la inocencia. De este otro lado del Atlántico, la exhuberancia de la naturaleza y la confiada desnudez de sus habitantes debe haberle hecho pensar a más de uno que se trataba de un paraíso perdido, de un territorio incontaminado aún por la maldad humana. Esto es lo insólito del ámbito antillano, y particularmente de la más grande de sus islas, tan distinto a las civilizaciones que España ha de encontrar en tierra firme, las cuales, por hallarse en un estadio de mayor desarrollo, se destacarán por su opulencia y su crueldad.

En el momento del descubrimiento, habitada por un pueblo aún con escaso desarrollo agrícola, en Cuba el predominio del bosque tropical es casi absoluto. Las Casas dice que “cuasi se pueden andar 300 leguas por debajo de árboles” entre los que destaca “gruesos cedros odoríferos y colorados como gruesos bueyes”. Trescientas leguas o 1.200 kilómetros es prácticamente el largo de Cuba. Cuesta trabajo creer que, con la diversidad de suelos del país, no hubiera más que bosque tropical. Leví Marrero hace suyos los resultados del geógrafo Leo Waibel que, en base a mapas antiguos, reconstruye las principales formaciones vegetales con una mayor diversidad. Conforme a ese estudio, los bosques siguen primando, pero sólo en dos tercios de la superficie de la isla, que sumada a la vegetación de parque —árboles de copa abierta y distanciados entre sí— y a los pinares la proporción se eleva a casi cuatro quintos. En cualquier caso, se trataba de una inmensa reserva forestal que se vería sensiblemente reducida en los siglos subsiguientes; primero por la ganadería y luego por la explotación intensiva de la industria azucarera.

Este gigantesco paraíso no está ciertamente inhabitado. La presencia del hombre en la isla de Cuba, conforme a los restos fósiles encontrados, se remonta al Paleolítico, si bien no hay pruebas de que los legendarios guanahatabeyes (que decíase habitaban en el extremo occidental de la isla y que eran considerados sus pobladores más atrasados en el momento del descubrimiento), fueran descendientes de aquellos. Tampoco es cierto, que, a la llegada de los europeos, hubiera un notable presencia taína proveniente del tronco arawak o arahuaco que tiene su punto de dispersión en la cuenca del Orinoco. Alguna vez nos enseñaron que la población indígena cubana estaba formada por tres estamentos de una pirámide, en la que los taínos ocupan el ápice, seguidos a distancia por los ciboneyes y con los guanahatabeyes en la base. Ésta es, podría decirse, la teoría clásica, sostenida incluso por Marrero, quien identifica casi a la totalidad de la cultura nativa que encuentran los descubridores con los taínos. Lo que sostienen otros investigadores es que de los guanahatabeyes no hay pruebas de existencia y que los taínos arribaron tardíamente y se extendieron muy poco. Si bien puede admitirse que fueran más aguerridos y dominadores que los ciboneyes, no tenían un grado de cultura superior a éstos, ni habían llegado, en el momento del descubrimiento, más allá de unos cuantos asentamientos en los alrededores de Maisí. Es decir, conforme a este último punto de vista y tal como afirmaba todo una corriente literario-folclórica de nuestro siglo XIX, la sociedad indígena de la isla de Cuba era general y fundamentalmente ciboney.

Luego de explorar la costa nororiental de Cuba, aproximadamente de Gibara a Maisí, el Almirante, que dedica a este recorrido más de un mes, cruza el Paso de los Vientos y se encamina hacia la vecina isla de Haití —a la que también los indios llaman Quisqueya— y a la que él ha de bautizar La Española (nombre que conserva hasta hoy). Este giro a babor que lo distancia de Cuba para emprender no sólo la exploración, sino también la conquista de la isla vecina, está motivado por varias razones: la esperanza de hallar oro, que no ha encontrado en Cuba; el deseo de alcanzar a Martín Alonzo Pinzón, que ha tomado la delantera con la Pinta y que sospecha puede jugarle una mala pasada y, sin duda, una profunda decepción de su experiencia cubana. Samuel Eliot Morison, tenido por muchos como el primer biógrafo del Descubridor, hace énfasis en este último punto:

Mientras dejaba a Cuba y cruzaba el Paso de los Vientos, Colón debe haberse preguntado cómo él, en su torpe castellano y con tan escasas pruebas como había recogido, podría convencer a los soberanos de que este hermoso litoral a lo largo del cual había estado navegando durante cinco semanas realmente pertenecía a la semifabulosa Catay. No había encontrado al Gran Kan, ni a potentados o mandarines en brocado de seda, sino a salvajes desnudos con trapos de algodón; ni gigantescos juncos chinos, sino piraguas; ni populosas ciudades de mil puentes, sino aldeas de chozas con techos de palmas; ni un grano de oro ni de otro metal precioso, sino artefactos de madera, hueso y concha; ninguna especiería mercadeable, sino pobres sustitutos de la canela y la pimienta; ni seres humanos monstruosos ni maravillas del reino vegetal, sino unas cuantas nueces raras y un pez chapín en salmuera. Los que nos hemos beneficiado del viaje de Colón, difícilmente podemos imaginar la decepción que éste había significado [para él], luego de que se agotaran el primer asombro y el encanto que lo animaran en San Salvador.

Dos años después, en su segundo viaje, el Almirante parece querer darle una nueva oportunidad a Cuba y, desde la Española, donde ha llegado con una gran flota y numerosos hombres, emprende la exploración de su costa sur (con una breve escala en Jamaica) que lo lleva desde la Punta de Maisí hasta lo que más tarde se llamaría la Ensenada de Cortés, a escasas 50 millas náuticas del cabo de San Antonio; punto en el cual pone fin a su exploración y decide regresar, convencido más que nunca antes de que Cuba es tierra firme. Era el 12 de junio de 1494 y, conforme a la usanza de la época, se levantó un acta —ante el escribano Ferdinand Pérez de Luna— mediante la cual se imponía multa de 10.000 maravedíes y pérdida de la lengua si en lo adelante alguno de los presentes afirmaba lo contrario de lo que allí se declaraba: que Cuba era parte de tierra firme. El cartógrafo Juan de la Cosa, que era de los acompañantes de Colón en este viaje, decía que, en el juramento que había hecho, constaba que nunca había oído ni visto una isla que pudiese tener 335 leguas de este a oeste. Sólo seis años después, este mismo Juan de la Cosa nos daría el primer mapa de Cuba, en el cual, aunque bastante rudimentariamente, quedaba fuera de toda duda su insularidad.

Durante quince años, desde 1494, cuando Colón lleva a cabo la exploración de la costa sur, hasta 1509, cuando Sebastián de Ocampo concluye el bojeo de la isla, Cuba queda al margen del proceso de conquista y colonización que tiene su centro en La Española; primero, bajo la dirección del propio Almirante, que se empeña en ejercer su virreinato, y luego —cuando éste cae en desgracia y es enviado preso a España—, por los gobernadores que le suceden: Francisco de Bobadilla y Nicolás de Ovando. Algunos historiadores han llegado a decir que, deliberadamente, la Corona quiso dejar a Cuba como un territorio en reserva, pero más parece ser el resultado, por un lado, de la falta de oro de la isla y, por otro, de la desatención oficial que, luego del último viaje de Colón en 1502, desvía recursos materiales y humanos para atender sus intereses en Europa. La aventura americana cobrará un nuevo ímpetu a partir de 1508.

Entre tanto, ¿qué pasa en Cuba?

Puede afirmarse que la estructura de la sociedad indígena se conserva intacta. No hay razones para pensar que la vida inocente y bucólica que viera el descubridor en su primer encuentro con estos naturales haya sufrido ningún cambio apreciable. La población, que puede ascender en toda la isla entre 80.000 y 100.000 habitantes, vive en aldeas presididas por un jefe o cacique. A veces la unidad política o cacicazgo abarca varias aldeas, de ahí que los españoles también las llamen «provincias». Guacanayabo, Cubanacán, Camagüey, Auana (de donde luego saldrá Habana) son algunos de los más importantes. En este último reina Habaguanex, que años después recibirá a Pánfilo de Narváez con un gran número de caciques subalternos.

La práctica religiosa se mantiene imperturbable. Como en toda sociedad primitiva, sus sacerdotes o behíques tienen por misión aplacar a los dioses que se manifiestan en los elementos y curar las enfermedades. Lo social y lo religioso se confunden en los rituales públicos: el areito y el juego de batos —una suerte de fútbol bastante rudo, ya que se jugaba con una pelota maciza a la que había que darle con la cabeza, el hombro, el codo, la cadera, la rodilla— son también celebraciones religiosas. El juego de batos se lleva a cabo en el batey, palabra que ha perdurado —como tantos otros términos indígenas— hasta el presente.

La agricultura sigue sin innovaciones. Los europeos no han introducido aún el arado, ni el buey. La ganadería se desconoce. La pesca y la caza son ejercicios elementales. La vida discurre conforme al ciclo de las estaciones. Cuba vive el epílogo de una cultura secular, acaso milenaria. Es un paraíso prístino a la espera de su destrucción y su transformación. ¿Habrán pronosticado algunos sacerdotes ese inminente fin o se habrán enterado por testigos de los horrores del sistema de encomiendas que los españoles aplican en la isla vecina? Acaso los ciboneyes se alegran de saber que los taínos, que en Oriente han sido sus opresores, son ahora víctimas de la opresión. No hay registros históricos que puedan darnos fe de estos detalles en un pueblo que no conoció la escritura. Seguramente, en esos años que median entre descubrimiento y conquista, más de una vez vieron pasar las grandes piraguas con velas; y algunos contactos, pacíficos y hostiles, deben haberse producido.

Leví Marrero no tiene dudas de que, pese a estar relegada en los planes oficiales de exploración y colonización, Cuba “fue visitada frecuentemente por los mercaderes de esclavos indígenas que, ante el rápido despoblamiento de la Española, estimularon las consejas sobre la renuencia de los indios de las Lucayas y otras islas a aceptar el domino castellano y la fe cristiana”. Este espíritu de cruzada —que justificaría el apresamiento ilícito de indígenas— puede explicar el cambio de actitud de los indocubanos que, en pocos años, pierden la mansedumbre frente a los blancos. Sirva de ejemplo, el caso del barco español que se varó durante este período cerca del río y puerto de lo que después, y debido a este episodio, se llamaría Matanzas. En el barco viajaban unos treinta españoles y entre ellos dos mujeres. Al tiempo se presentó un grupo de indios en canoas que se ofrecieron a pasarles el río y, una vez que estaban en el medio del río, volcaron las canoas y los mataron, sobreviviendo sólo una de las mujeres y tres hombres que fueron rescatados años después.

El bojeo de Ocampo no puede tenerse ya como la primera circunnavegación de Cuba; poco antes, Vicente Yáñez Pinzón, otros de los capitanes del descubrimiento, confirmó la insularidad de Cuba, como antes lo han confirmado los mapas de Juan de la Cosa y el de Contino (1502), donde Cuba aparece como una isla al sur de la Florida. También se le ha atribuido este aporte a Américo Vespucio, a Alonso de Ojeda e incluso a Sancho Camacho, de quien también se dice que fue el primero que bojeó a Cuba y quien provocó la intervención de la Corona —que le ordenó a Ovando que investigara esa expedición del tal Camacho y de su hermano a quienes se tenían por intrusos.

De ahí que la empresa de Sebastián de Ocampo, de cuya conclusión se cumplieron este año cinco siglos, se destaca no por ser la que determinará la insularidad de Cuba, sino por ser la que, con carácter oficial, recorrerá las costas y hará un estudio de los puertos de la isla como preámbulo a la posterior conquista y colonización que iniciará Diego Velázquez en 1511, ya cuando Diego Colón, el hijo del Almirante, se encuentre al frente del gobierno de La Española.

El mundo indocubano quedaría abolido en pocos años por la irrupción de los conquistadores: raza, religión, lengua, cultivos, fauna, dieta… todo, absolutamente todo, habría de transformarse en nuestra isla natal. Nada volvería a ser lo mismo a partir de entonces. La población indígena se extinguiría casi por completo, visible hoy sólo en los rasgos —a veces muy mestizados— de algunos campesinos de la región oriental. Pero todos los “indios” cubanos no sucumbirían a las enfermedades que barrieron con la mayoría, ni a la espada de los invasores ni a los maltratos que éstos les impusieron. Otros, otras más bien, hijas de los primeros caciques del país, se casarían con españoles a fin de legitimar —conforme a las instrucciones del rey— la posesión de las tierras para sus herederos. Esa estirpe de indios desapareció también para seguir viviendo, por innumerables generaciones, en nuestra sangre. Gigantesco crisol e inmolación con el que entramos, como pueblo, en el tiempo y la cultura de Occidente.

Vicente Echerri
Nueva York

Ilustraciones: Mapa de la isla de Cuba publicado en Leiden (1707) por P. van del Aa.
Mapa de la isla de Cuba, por Juan de la Cosa.

* Agradecemos a Vicente Echerri su permiso para reproducir aquí la conferencia que pronunció ayer en New Jersey. Para facilitar la lectura, el texto ha sido despojado de sus notas al pie.

4 respuestas
Comentarios

  • ak.martine dice:

    Si, pero le quitaron las citas bibliográficas, asi que nos quedamos en lo mismo…

  • Sergio dice:

    Vaya, esto es lo primero que leo de Vicente Echerri que de verdad me ha gustado. Muy interesante.

  • CS dice:

    Lo que me llamo la atencion es que el castigo por decir que Cuba era una isla era la perdida de la lengua, que me demuestra que los gallegos tienen una larga tradicion de no querer oir la verdad acerca de Cuba.

  • Ernestico dice:

    Muy bueno este articulo. Cualquier link a este tipo de materia se agradece. Siempre me he preguntado que pasó en Cuba antes de 1868.

    Muchas Gracias