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Yo, Camilo

  • oct 27, 200911:39h
  • 2 comentarios

Una vecina que vino de visita del Norte me saluda después de no sé cuántos años, por primera vez con barba desde que ella se fue, y le suelta a mi madre mientras me abraza: “¡Cómo se parece a Camilo tu hijo!”
Los periódicos cubanos lo mencionan todo el tiempo por estos días. Camilo. Todo un género en sí: la narrativa de los amados por los dioses que, acaso por eso mismo, desaparecen muy jóvenes sin explicación terrenal.
A finales de los noventa, el escritor cubano Francisco García González ganó un Premio de Cuento “Luis Rogelio Nogueras”, y después tuvo su libro (“Color local”, Ediciones Extramuros) secuestrado en la imprenta por ficcionar con personajes perdidos en la maraña de nuestra historiografía: desde Matías Pérez hasta Camilo Cienfuegos.
Hay entrevistas y documentales donde se da testimonio de que todo no fue más que un descomunal pase de cuentas político. Mi madre se horroriza sólo de pensar en estas versiones de un complot clandestino: “Borra esa basura”, me ordena, y se va del cuarto sin esperar por mi protesta cívica o mi ejecución Shift+Delete.
Mi madre María, virgen doméstica de los cincuenta, amada de las casas, sirvienta que devino proletaria y a la postre propietaria, fue una de esas mujeres que lloró de euforia linda cuando Camilo resucitó en la radio, sólo para morirse de nuevo al tercer discurso en el Palacio Presidencial.
Creo que ella desde entonces vivió un poco enamorada de esa palabra que había nacido en nuestro barrio y que, de mero milagro, no terminó siendo mi nombre una década después. Santo Camilo de las Lomas de Lawton. (Su casa natal es hoy un museíto muerto.)
En la escuela primaria fui una vez con el resto del aula a lanzarle flores al malecón. El aire casi me arrebató las rosas rojas de mi jardín que yo llevaba envueltas en nylon. Mi ofrenda nunca cayó ni siquiera sobre los arrecifes. La vi volar de vuelta al asfalto, donde el pasa-pasa de carros de La Habana de los setenta desguasó el culto de mi madre al mártir más hermoso de la Revolución (nunca supimos de su testamento o torturas o cadáver o huesos o cenizas ni ninguna de esas imágenes macabras manipulables por los mass-media).
En octubre de 1959 muchos cubanos tuvieron revelaciones en sueños hechas por el propio Camilo. Entonces dejaban de buscar al Héroe del Sombrero Alón y peregrinaban, desde cualquier rincón de la isla, hasta algún ministerio de la Plaza de la Revolución (parroquias del hombre nuevo), donde, en un departamento emergente, un gurú verde olivo los escuchaba por si surgía algún dato estratégico para la seguridad onírica de nuestra nación.
De niño, yo también soñé una vez con Camilo. Ya no recuerdo nada, por supuesto, pero no era un sueño tan triste (si bien todos siempre lo son). De esa noche aún conservo su dentadura rozagante de Colgate Cienfuegos, esa alegría campechana y cándida incluso bajo las yaguas de Yagüajay. Aunque tal vez sea sólo un recuerdo en blanco y negro (como en los sueños recurrentes) pasado mil y una vez por la televisión nacional.
Tampoco me he preocupado por averiguar si existe el dato de cuántos aviones, de cualquier modelo, han desaparecido en Cuba así. Sin dejar una tuerca ni una mancha de combustible. Como el globo o galimatías del toldero Pérez. Como si los Cessna tuvieran el fuselaje blindado con parafina. Como un Ícaro ingrávido. Nube de cien aguaceros: cúmulos-nimbos de un tal Gorriarán que sobrevivió a la guerra de guerrillas, pero apenas sobremurió a la paz del aire. (Ahora le atornillan su rostro desternillado de risa en uno de esos post-ministerios de la propia Plaza de la Revolución.)
Después nunca más le he lanzado flores a Camilo. Este miércoles 28 se cumplen 50 años de aquel octubre inicial. Los rosales de mi jardín están raquíticos por la sequía, pero así todo han parido unos cuantos botones.
Mi madre todavía está viva, aunque ya le da miedo hasta un simple viaje en guagua al malecón. Creo que le voy a preguntar como un niño a aquella María que me crió: “Mami, ¿corto una flor en tu nombre para Camilo?”

Orlando Luis Pardo Lazo
La Habana

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2 respuestas
Comentarios

  • CAVECANEM dice:

    Orlando, yo de ordinario detesto lo que escribes, pero este de hoy te quedó pingúo.

  • Jose dice:

    Junto con la inmesa popularidad de Camilo, ya hoy sabemos que fue lo que “detonó” su muerte. El apoyo secreto que le daba a Huber Matos mientras estaba encarcelado para ser juzgado en el circo.
    Como Camilo no se prestó para la cosa y su imagen era más querida que la del gallego, encontraron el momento perfecto para despacharlo.
    Un héroe popular o populista inconcluso, sin duda.