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Una casa sobre el mar

  • oct 17, 200913:26h
  • 5 comentarios

Desde muy joven tuve fantasías con viajar a Belice. No recuerdo exactamente cómo comenzó esa obsesión. Me parece que con una foto que vi en la revista Travel & Leisure, que aún conservo como el recuerdo de esa casa de la niñez que inunda los sueños durante años. O tal vez a través de una clienta que conocí en una época que trabajaba momificando a personas subidas de peso, aunque ella era notablemente delgada.

La chica era linda, rubia, de ojos verdes, de carácter y piel suaves y transparentes. Estaba a punto de cumplir los treinta, y cada vez que venía a momificarse me relataba las anécdotas de sus viajes a Belice. Yo tendría unos dieciséis años y aunque deseaba ir de paseo por las grandes ciudades del mundo, parecía destinada a permanecer en esta ciudad calurosa, soberbia y odiosa (especialmente cuando viajar es tema impensable), así que me conformaba con aquello que me contaban y lo que leía en revistas y en las secciones de viajes de los diarios.

La chica suave había conocido a un muchacho en una isla de Belice. Era un cubano que trabajaba junto con otro cubano y un chino, y ella me contaba que cada mañana remaban hacia alta mar y al anochecer, cuando regresaban, se dedicaban a escribir largas horas en sus libretas. No quedaba muy claro a qué se dedicaban. Vivían en unas cabañas sobre el mar, cada una levantada por seis gruesas vigas de madera con unas ventanas laterales a la altura de las caderas; si lo deseaban podrían lanzarse a nadar sin alejarse de su propia casa. Esa imagen se quedó conmigo hasta el sol de hoy: un clavado mañanero usando la cama como plataforma.

Las tres casas estaban situadas en una hilera y de por medio colgaban tendederas con cubos donde aparentemente los hombres se enviaban mensajes y objetos, o tal vez lo hacían como juego porque la distancia entre las viviendas era mínima. Parecía una película esa historia, y ella la contaba con los detalles de una escenografía fascinante y misteriosa, de isla de Julio Verne. Era profesora de inglés en una escuela aquí en Miami, y estaba tratando junto con el consulado de Belice y otras organizaciones nacionales e internacionales de abrir una escuela con una biblioteca y mudarse definitivamente a aquel lugar rural para vivir con el chico de sus sueños y enseñar a leer y escribir a los niños del montón, que eran tan pobres y vivían tan lejos de la civilización que en su mayoría eran analfabetos.

¡Qué aventura! pensaba yo en esos años. La versión perfecta de dos extraños que se encuentran en un lugar desierto y se enamoran y ayudan a los pobres y se casan y tienen mil hijos. Pero con el tiempo me fui dando cuenta que la fantasía de la chica suave era muy frágil y aquel cubano tenía planes de regresar a La Habana, junto a su mujer e hijos.

De todos modos quedé marcada por aquella foto de una cabaña sobre el mar parecida a la que me había descrito la clienta, hasta que por suerte o por desgracia muchos años tuve la oportunidad de viajar al lugar.

Mi esposo me pidió que empacara ligero, ropa de playa. A mí no me cuadraba del todo que para mi propia luna de miel no tuviera la última palabra sobre el lugar de estadía post-nupcial. Pero él me aseguró que me iba a encantar. Claro, yo deseaba ir a Belice, pero no se lo había dicho todavía. De cierta forma porque no quería que se cumpliera ese sueño, no sé por qué, pero no pensaba que era el momento adecuado, ni siquiera en mi luna de miel. Sin embargo, la foto que exhibía en mi escritorio me había delatado.

Una hora y media de vuelo. Increíble, que en todos esos años no me hubiese animado antes a tomar un avión para ir a ese lugar con el que tantas veces había soñado. En la ciudad de Belice (pobre y triste) rentamos un carro y manejamos infinitas horas hasta llegar a un resort situado en las montañas. Allí pasamos tres días de felicidad y luego partimos a una isla preciosa, cerca del Gran agujero azul, donde apenas existían cinco o seis casas y todas daban al mar. Parecía que la casa estaba velada las 24 horas del día, y con apenas pensar en un capricho, a los minutos aparecía un mayordomo, con una bandejita y aquello que segundos antes habíamos imaginado. La gracia del lugar consistía en que al hacer la reserva te enviaban por correo un cuestionario con todas las posibilidades de gustos culinarios y cosas así; entonces, claro, adivinar nuestros pensamientos no era del todo improbable.

Al segundo día organizamos una excursión de snorkel. ¡Qué belleza! Me recordaba la playa de Santa Fe, en La Habana: cualquier profundidad de aguas tibias y llena de vida marina siempre la he asociado con la playa de mi niñez. Es imposible olvidar el momento justo que luego se convirtió en una maldición. Allí estaban, unas tortugas inmensas patrullando con singular lentitud, y una en particular (seguro la matrona) me miraba con cara de lo que te espera bobita. Mi esposo vio también a la tortuga y siguió avanzando junto al guía. Yo en cambio desplayada en mi mal juicio me quedé allí paralizada, mirando a ese animal malhumorado que parecía que tenía por lo menos doscientos años.

Cuando regresamos a la lancha me comenzó una picazón en el esternón, luego se extendió a la barriga y el día siguiente en el cuerpo entero. Una picazón desesperante, verdaderamente insoportable, en una isla desierta. ¿Aguamalas? Como los piojos, dan conmigo dondequiera que me encuentre, y no tienen ni que tocarme para acabar conmigo. Luego me explicaron que las tortugas contaminan las aguas a su alrededor cuando comen aguamalas y seguro me había acercado demasiado.

Tres semanas más tarde, aún con la incomodez de la urticaria, decidí ir al doctor luego de que mi esposo me implorara que fuera a chequearme para salir de las dudas. Él acababa de llegar del viaje de su despedida de soltero, que celebró después de la luna de miel porque antes las fechas no coincidían con el fin de semana del Día de la Reina. El doctor me sacó sangre y varios días después me llamaron por teléfono de la oficina para pedirme que fuera a buscar los resultados. Cuando el médico entró al cuarto donde yo lo aguardaba me dijo sin rodeos que tenía sífilis. Intenté explicarle que se trataba de un error, que era una recién casada y apenas meses antes mi pareja y yo nos habíamos sometido a un extenso chequeo médico descartando todas las enfermedades venéreas posibles. El doctor me confirmó fríamente, mientras hojeaba sus notas, que meses antes los resultados eran diferentes y me sugirió que ese tema debería discutirlo mejor con mi marido, que acababa de llegar de Ámsterdam donde las mujeres durante esas fiestas, despetroncadas por el alcohol y la marihuana, se arrojan en los brazos de cualquier hombre que les pase por delante.

Cuando se lo conté a mi esposo no me lo dijo, pero intuí sus dudas sobre mí como mismo yo dudaba de él. No llevábamos ni un mes casados y ya enfrentando semejante disparate. Evitamos entrar en acusaciones y decidimos llamar a su médico en Nueva York para pedir su opinión. Hablando con él nos dimos cuenta que el médico de Miami no había ejecutado la prueba de la sífilis sino que a raíz de unos números que dieron alterados en los análisis de sangre, seguramente relacionados con el estado tóxico causado por el aguamala, le había bastado para asumir el diagnóstico.

La obsesión con Belice quedó así, trenzada entre un sueño y una pesadilla. Nunca más regresé, pero ahí está la foto todavía, recordándome aquel sitio que guarda de manera quimérica la felicidad incondicional. En medio del mar, que es donde me gustaría vivir y de lo cual, sin embargo, cada vez me alejo más.

Grettel J. Singer
Miami

5 respuestas
Comentarios

  • Ana dice:

    Gretel te ocurrió que alguna ocasión pensaste que tenías clamydias? Me encantaría escucharte una historia sobre eso.

  • Alexis Romay dice:

    La prosa es exquisita y la anécdota (o secuencia de anécdotas) está muy bien narrada.

    Ya que estamos, el motivo de la desgraciada tortuga me hizo recordar aquel cuento de GCI que publicaste, creo, en PD y que tanto gusta a nuestro amigo César Reynel Aguilera.

    Felicidades a Grettel por el texto y gracias a PD por compartirlo en este sábado medio
    lluvioso.

  • Claudio dice:

    …, eso se llama sealice…. o piojo del mar, y como pica, tres dias, por lo menos .

  • adquirir sífilis de una tortuga encabronada es el delirio de la bestialidad, mamiselada… sigue contando tus desventuras, que ya verás.

  • Solabaya dice:

    La prosa tiene un suave dejo de literatura inglesa, con algo de novela psicologica, -las parrafadas de Proust-, y la poesia de Alvaro Mutis.