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Exilio y progreso

  • oct 14, 200915:32h
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Creo que era Juan Benet el que se burlaba hace años de la redundancia implícita en la expresión “política progresista”. No hay políticos que aspiren al regreso; ni los nostálgicos más recalcitrantes defenderían un programa de exclusivos valores restaurados, sin capacidad de adaptación al presente y con ello, al progreso. La política moderna es un pacto contra la involución, una apuesta —más o menos encubierta, más o menos institucional— por la revolución permanente.

De ahí el lugar peculiar que ocupan los exilios en la historia de la política contemporánea. Voluntariamente nostálgico, el exilio clásico parece condenado a permanecer fuera del debate político dominante, en los extremos difusos del credo del crecimiento paulatino. El común de los ciudadanos sólo apostará por una política que prometa el progreso. Una y otra vez, preferirá ignorar los entresijos y conjuras de la Realpolitik, que en realidad tiene poco que ver con el progreso real y mucho con el mantenimiento del poder.

El exilio cubano, por ejemplo, no ha sacado suficiente partido de su imagen de éxito simbólico que se opone inversamente a la accidentada carrera revolucionaria de nuestros últimos 50 años, pero el símbolo sigue estando ahí, y “produce” una emigración sistemática. La gente que “vota con los pies” va, sin duda, en busca del progreso. También quienes en la isla siguen confiando en que “ahora sí”, lo hacen aferrados a una lógica evolutiva que nunca ha abandonado el discurso oficial.

Una de las mañas del castrismo es la insistencia en el significado progresista del corte revolucionario. Pero, ¿acaso estos cincuenta años de “política real”, de entresijos e intrigas para el mantenimiento del poder no son el gran paso atrás de la historia cubana? Comparados con ello palidece cualquier indicio de mejoramiento social, la energía naciente de nuestra década del sesenta congelada en la imagen del totalitarismo verdeolivo.

El Periodo Especial representa el fin de ese sueño de progreso, y por lo tanto, el comienzo de la fase involutiva y “apolítica” de la Revolución. Es el principal enemigo del raulismo, la “cuestión estratégica”, la evidencia molesta que debe ser sustituida por nuevos discursos de mejoramiento —y resurrección: socialismo del siglo XXI, súbita potencia petrolera, etc. Se ha producido entonces una situación ambigua, en la que, por una parte, el exilio está dividido entre el sueño de un país que no existe y el “pragmatismo” de una política de progreso sin consenso histórico, mientras que el gobierno cubano intenta, sin éxito aparente, insuflar nuevas energías en un escenario definitivamente agotado.

Ernesto Hernández Busto
Barcelona

Ilustración: Eduardo Sarmiento.

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