- oct 12, 2009 • 14:16h
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Sueños fragmentados, los peores, son los peores, a trozos, como esquirlas; repito, son peores que las pesadillas. Todo empezó porque soñé con que regresaba a La Habana, con mi hija aún pequeña. Sin embargo el regreso transcurría exactamente veinte años más tarde de mi exilio, lo que todavía no ha ocurrido. En el momento en el que escribo estas líneas sólo he vivido quince años de salida definitiva, y mi hija ya cumplió los dieciséis años. Pues yo volvía a la calle Empedrado 505, entre Villegas y Montserrate, donde vivía con mi madre antes de irme con mi primer hombre, que es otra forma de exilio.
Las llaves mohosas chirriaron en la cerradura. Abría la puerta y todo estaba en el mismo estado en que lo dejé cuando lo vi por última vez. Mi madre se hallaba ausente. “Han pasado veinte años”, musité. Entré con mi hija en el cuarto, estábamos muy cansadas, regresábamos después de un largo viaje, de un largo exilio; nos acostamos a dormir en la cama de mi madre, allí donde yo dormí con ella hasta los dieciocho años. Nunca tuve cama propia. Apagué la luz.
A la mañana siguiente el sol entraba a través de las persianas del pequeño cuarto de baño pintado de rosado mamey, distinguí una pierna que sobresalía de la bañera. La pierna extendida señala hacia el techo, era la de un hombre, y estaba como chamuscada. Corrí al baño, en pocos pasos me encontré dentro del estrecho recinto, dentro del recipiente se pudría un cadáver irreconocible. Me di cuenta de que era un hombre por las dimensiones y las vestimentas. Pegué un grito, mi hija se despertó sobresaltada, empezó a jeremiquear, enseguida a llorar ante el espectáculo. Salí al balcón, llamé a gritos a Cuca, mi vecina, para que telefoneara a la policía, puesto que yo no tenía instalación telefónica.
La policía apareció en menos de diez minutos, extrajeron el cadáver del baño, chorreaba un líquido achocolatado y apestoso, era la sangre podrida. Lo colocaron en una esquina del colchón de mi madre, les pedí que no hicieran eso, que echarían a perder la cama. Uno de los policías se dirigió entonces a mí, y con un deje de cinismo me interrogó:
—¿Dónde está su madre? ¿Lo habrá asesinado ella? —Señaló hacia el cadáver con la punta del lápiz que llevaba en la mano— ¿Conocía usted a la víctima?
—Señor, mi madre ha muerto hace años —Y fue entonces, aquí, donde dentro del sueño me pregunté a mí misma qué hacía yo en este sitio—. No puede haberlo matado porque ella ya es sólo cenizas. Yo no conocía al occiso, pero, además, se encuentra en tal estado de descomposición que aún cuando lo hubiera conocido, no habría podido identificarle.
—¿Quiénes son ustedes? —El interrogador volvió a señalar con el lápiz, esta vez a mi hija y a mí.
—Criaturas del sueño —respondí calmada.
Desperté, di tres vueltas en el edredón y volví a dormirme.
R. y yo montábamos bicicletas por una explanada, cercana del Malecón habanero. Hacía mucho calor, era un mediodía bochornoso. De súbito, mis articulaciones no podían moverse, había quedado atrapada en una inmovilidad insoportable, R. también, y del mismo modo sucedía con los seres humanos que se hallaban a nuestro alrededor, dentro de nuestro paisaje; sólo el mar ondulaba, las nubes mecidas por la brisa se reflejaban en nuestras pupilas. Los humanos habíamos quedado en stop motion.
Alberto Durero se ha volteado hacia mí, acabo de contarle dos fragmentos de sueño. Lleva los cabellos rubios recogidos, debajo de una especie de cofia con pompón, de color rojo, algunas mechas le caen sobre la mejilla y los hombros. El rostro despejado, observa serio, la nariz perfecta, de aletas finas, la boca sonrosada, la barbilla ligeramente empinada, cuello armonioso encajado en unos omóplatos fuertes. Es un hombre muy apuesto. La camisa o blusa descotada muestra su pecho de joven fornido, encima una bata de seda verde bordeada de una cinta color grana destaca la elegancia de la figura del artista. En la mano el eterno cardo, sus dedos juguetean con el gajo; y entonces, pensativo, desciende del marco, y viene hacia mí, me toma de la mano; temblorosa, no rehúyo.
Es, a mi juicio, el mejor autorretrato del Museo del Louvre, y él sabe que me he enamorado de él, que para siempre será mi amante imaginario, y que deberá soportar eternamente mis confesiones secretas, así como las descripciones de mis sueños y pesadillas.
—Todo empezó por un sueño —susurra en mi oído, y me derrito de placer.
El Autorretrato con flor de cardo (1493), obra de Alberto Durero donde él mismo se representó sosteniendo un cardo, con veintidós años, es uno de los primeros retratos independientes del Norte de los Alpes, y de este modo, encara una serie de retratos que pintó a todo lo largo de su vida. La rama que sale del cardo fue interpretada en múltiples ocasiones como un símbolo de fidelidad a su amada, que era su novia, Agnès Frey, con la que se casó en 1494, pero también el cardo en la mano ha sido identificado como una referencia a la Pasión de Cristo (las espinas del cardo serían las espinas de la corona que llevó Cristo en su frente). Sin duda, cualquiera de las dos, resultará una alusión poética. Encima de su cabeza pintó la fecha, y una frase de sumisión en la que se lee: “Mis asuntos siguen el curso que les fue asignado Allá arriba”, lo que lo relaciona con Dios, aunque puede de alguna manera evocar un determinismo astrológico o cósmico. Durero intentaba relacionar, o comparar, las acritudes de la creación con los padecimientos de Cristo. En la otra mano, notamos un pincel, que fue añadido a posteriori.
Alberto guarda el pincel en su bocamanga y se coloca el ramo de cardo detrás de su oreja. Se ve hoy más hermoso que nunca. Me toma entre sus brazos, me adula, besa mis mejillas, sus labios acarician mi piel de una manera vivificadora.
—No me gusta soñar con el regreso —replico—, luego me levanto aletargada, con un dolor hondo en el pecho, y el día se me va volando, porque no puedo apartar de mi mente lo que he presentido dormida.
—Es lógico, recuerda que todo comenzó por un sueño —insiste sin que yo pueda comprender demasiado el sentido de su frase, como si me hubiera olvidado del origen de su anunciación, y que sin embargo algún día lo supe.
(…)
Zoé Valdés
París
*Fragmento extraído del libro Una novelista en el Museo del Louvre (Belacqua, Barcelona, 2009).





no, se si es que desde que vivo , afuera no tengo tiempo para dedicarme a la lectura , pero empece a leer , y me estusiame , pero al final la verdad la verdad me quede botao jajajaajaj
Bellisimo texto. Agorerea, yo tambien, hace anos lo estoy diciendo: A Zoe Valdes le dan el Nobel…Gracias por este post.
Cada vez escribes mejor; me ha encantado lo que he leido, porque has encontrado una forma totalmente natural de mezclar los sueños con la realidad y con los referentes culturales, sin dejarnos botados con esa falsa erudicion que otros ostentan.
Me regocija extraordinariamente verte avanzar hacia tu Nobel de literatura, o al menos, a acercarte a KUNDERA y a Vargas Llosa, los grandes olvidados por ese premio veleidoso.
Siempre he dicho que eres nuestra Milan Kundera caribeña y tropical, y lo sigo diciendo, aunque las comparaciones siempre son odiosas y ociosas.
Tu eres nuestra Zoe Valdes.
Rectificar es de sabios, Don Ernesto. El premio nobel de literatura de este año va a las manos de Herta Muller, una mujer que decidió criticar (para algunos, ya sabemos, sería quejarse) la vida que tuvo en la Rumanía de Ceausescu. O sea —digo yo parafraseándote—, una escritora que decidió no emanciparse de esa otra “gran ficción” que se llama Cortina de Hierro.
Que hayas decidido poner este texto de Zoé se me antoja como una reflexión, isla adentro, alrededor del Nobel de la rumana. Si estoy equivocado, no me lo digas, por favor, déjame pensar que hay espacio, desde la literatura, dentro de la literatura, para “el tema”.
Abrazo
CRA
Placer, tu nombre es Zoe.
La premonición . Más importante que la angustiadel sueño.
Ya lo dije el otro día y lo repito aquí, a Zoe le darán el Nobel, que no los coja por sorpresa!
Un retrato literario de Durero, de la mano de la novelista, tan vívido y enigmático como el célebre autorretrato.
Son vasos comunicantes, en la materia misma de la poesía.
Disfruté mucho este fragmento con su mezcla de sueños, diálogos, y realidad pasada y presente. Gracias a Penúltimos Días por este regalo, y muchas felicitaciones a Zoé por su libro.
[...] Busto, Penúltimos Días, Una novelista en el Museo del Louvre, Zoé Valdés by Zoé Valdés Penúltimos días publica hoy un fragmento de Una novelista en el Museo del Louvre (La Otra Orilla, Belacqua, 2009). [...]
Gracias.