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Krauze, sobre García Márquez y Fidel Castro

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    Editor Jefe
  • oct 08, 200917:36h
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En el último número de Letras Libres, Enrique Krauze ha publicado un ensayo antológico sobre Gabriel García Márquez, a propósito de la reciente biografía de Gerald Martin que acaba de salir en español. Reproduzco aquí un fragmento, dedicado a la relación entre el escritor y Fidel Castro:

A pesar de aquellos “despachos memorables” de 1975, Fidel Castro comentó a Régis Debray que aún no estaba convencido de la “firmeza revolucionaria” del colombiano. No ignoraba la negativa de García Márquez a apoyar al poeta cubano Heberto Padilla en el famoso episodio de sus “confesiones”, eco tropical de los juicios de Moscú que determinó el rompimiento de buena parte de los intelectuales latinoamericanos con el régimen. Pero la reticencia persistía.
García Márquez tuvo que conformarse con entrevistar al hombre fuerte de Panamá, Omar Torrijos, dictador caribeño de segunda fila pero fiel lector que opinaba así de El otoño del patriarca: “Es verdad, somos nosotros, así somos.” “El comentario —dijo García Márquez— me dejó atónito y feliz.” “Rápidamente —escribe Martin— los dos hombres construyeron una amistad basada en una profunda atracción emocional que evidentemente, con el tiempo, se volvió en una especie de love affaire.”
En 1976 García Márquez volvió a Cuba, y tras esperar durante un mes (como su legendario coronel) en el Hotel Nacional una llamada del comandante, el encuentro —esperado por el escritor durante casi dos décadas— se produjo. Una vez aceptado por Castro, y bajo su supervisión personal, escribió “Operación Carlota: Cuba en Angola”, reportaje que le valió el premio de la International Press Organization. Mario Vargas Llosa (que había escrito y publicado una tesis doctoral sobre Cien años de soledad) lo llamó “lacayo” de Castro. Dos años después García Márquez declaró que su adhesión a la vía cubana tenía un sentido similar a la del catolicismo: “una Comunión con los Santos”.
Martin dedica algunos pasajes a describir la creciente convivencia social entre el comandante y el escritor a partir de 1980. “La nuestra es una amistad intelectual, cuando estamos juntos hablamos de literatura”, aseguraba García Márquez en 1981. No sólo la literatura los unía. “Comenzaron a vacacionar anualmente juntos en la residencia de Castro en Cayo Largo, donde, algunas veces solos, otras con invitados, navegaban en su lancha rápida o en su crucero Acuaramas. Mercedes —precisa Martin— disfrutaba particularmente estas ocasiones porque Fidel sabía tratar a las mujeres, siempre atento y con una galantería a la vieja usanza que era al mismo tiempo placentera y halagadora.” También nos instruye sobre las habilidades culinarias de Castro y la afición de “Gabo” al caviar y de Castro al bacalao.
Para la ceremonia del Nobel, Castro envió a su amigo un barco con cargamento de ron y de vuelta alojó a la familia en la casa de protocolo número seis, que se convertiría en su hogar habanero, donde “abrumaba” a sus huéspedes como Régis Debray con botellas de Veuve Clicquot. “No hay ninguna contradicción entre ser rico y ser revolucionario —declaraba García Márquez— siempre que se sea sincero como revolucionario y no se sea sincero como rico.”
En esta vena, no de realismo socialista sino de realismo socialité, Martin hubiera podido extraer mucho jugo del libro Gabo y Fidel de Ángel Esteban y Stéphanie Panichelli (que sólo menciona en la bibliografía). Allí se recoge el testimonio de Miguel Barnet, poeta cubano amigo de García Márquez y presidente de la Fundación Fernando Ortiz. Barnet hace la crónica de las fiestas en la “mansión de Siboney”, describiendo incluso la vestimenta de “Gabo”, el anfitrión. Fidel y “Gabo” —dice Barnet— “son verdaderos especialistas en cultura culinaria, y saben apreciar los buenos platos y los buenos vinos. Gabo es ‘el gran sibarita’, por su afición a los dulces, el bacalao, los mariscos y la comida en general”. Por otra parte, Manuel Vázquez Montalbán, escritor español amigo de Castro, recogió este testimonio del “gran Smith”, quizás el mejor cocinero cubano: “Gabo es un gran admirador de mi cocina y me ha prometido un prólogo para el libro de mis vivencias, que está casi concluido.” En ese libro, cada uno de los platos se asocia a un personaje relevante para quien fue pensado. El de “Gabo” es “Langosta a lo Macondo”, y el de Fidel Castro, un “Consomé de tortuga”.
Por esos días, la cartilla de racionamiento cubana (vigente desde marzo de 1962) contenía, al mes y por persona, las siguientes delicias: siete libras de arroz y treinta onzas de frijoles, cinco libras de azúcar, media libra de aceite, cuatrocientos gramos de pastas, diez huevos, una libra de pollo congelado, media libra de picadillo condimentado (de pollo), a los que se pueden sumar como alternativa en el apartado de “productos cárnicos” pescado, mortadela o salchichas.
A cambio de sus mimos al escritor, Castro obtuvo beneficios permanentes. En El otoño del patriarca el protagonista despreciaba a los hombres de letras: “tienen fiebre en los cañones como los gallos finos cuando están emplumando de modo que no sirven para nada sino cuando sirven para algo.” Pero García Márquez, ya con casa en la isla, servía para mucho. En diciembre de 1986 estableció en San Antonio de los Baños una academia de cine: la Fundación para el Nuevo Cine Latinoamericano. (Años antes había promovido varios proyectos fílmicos, entre ellos un nueva versión de Tiempo de morir, nueva vindicación del abuelo, esta vez a todo color, que exhibió en 1984 la televisión colombiana.) La nueva institución —financiada por García Márquez— era importante para el régimen porque en Latinoamérica la cultura era y es una fuente decisiva de legitimidad. Entre sus visitantes estarían Robert Redford, Steven Spielberg, Francis Ford Coppola. La academia, en suma, fue una decisión sagaz, y excitante:

El cine era cordial, colectivo, proactivo, juvenil; el cine era sexy y era divertido. Rodeado de mujeres jóvenes y atractivas y de hombres energéticos, ambiciosos pero deferentes, García Márquez gozaba cada minuto. Estaba en su elemento.

Tiene razón Martin: “su elemento”. Lo que no advierte es el sentido biográfico de lo que narra. Todo parecía, en efecto, una reconstrucción perfecta del paraíso macondiano anterior a la hojarasca, con la ventaja de que ahora era García Márquez quien habitaba del otro lado, del lado “americano”. Para los cubanos comunes y corrientes su mansión de Siboney, sus comilonas, la champaña, los mariscos, las maravillosas pastas preparadas por Castro y los paseos en yate eran —como escribió García Márquez sobre la “ciudad prohibida” de los yanquis en Aracataca— “apariciones instantáneas de un mundo remoto e inverosímil que nos estaba vedado a los mortales”. Pero ningún paraíso es perfecto. Martin alude sin detallar a cierto malicious gossip que circulaba sobre el comportamiento del escritor en la academia, cosas “que no eran del todo propias de un hombre de sesenta años de edad”.
Pero lo mejor de todo era poder caminar una vez más de la mano del patriarca. En 1988 García Márquez publicó un perfil del “caudillo” (llamándolo así) para el prólogo de Habla Fidel, libro del italiano Gianni Minà. Allí vertió el más amplio homenaje literario a su héroe (“Tal vez no es consciente del poder que impone su presencia, que parece ocupar de inmediato todo el ámbito, a pesar de que no es están alto ni tan corpulento como parece a primera vista”). Ese mismo año, residiendo en La Habana, García Márquez avanzaba en la redacción de un libro sobre el destierro y la muerte de Simón Bolívar: El general en su laberinto. Martin sugiere que al describir a Bolívar se inspiraba en rasgos de Castro, y viceversa.
1989 había empezado mal, con las reverberaciones de una carta pública firmada en diciembre del año anterior por varios escritores de renombre internacional cuya exigencia era que Castro siguiera los pasos de Pinochet y se atreviera a someter su régimen a un plebiscito. Para García Márquez (que en los setenta había expresado su desdén frente a las instituciones, leyes y libertades de la democracia “burguesa” y en diciembre de 1981 se había burlado de los “lagrimones de cocodrilo” de “los antisoviéticos y anticomunistas de siempre” tras la represión del sindicato Solidaridad en Polonia), la carta representaba un capítulo más del ascenso de “la derecha”, propiciado por el Papa Juan Pablo II, Thatcher, Reagan y el propio Gorbachov (a quien García Márquez había advertido del peligro de rendirse ante el Imperio). Martin escribe sobre los firmantes: “Los nombres estadounidenses no son particularmente impresionantes, más allá de Susan Sontag; ni tampoco los latinoamericanos (no estaba Carlos Fuentes ni Augusto Roa Bastos, etc.).” Entre los autores americanos que no impresionaron a Martin estaban Saul Bellow, Elie Wiesel y David Rieff; entre los latinoamericanos, Reinaldo Arenas (que redactó el documento), Ernesto Sábato, Mario Vargas Llosa, Guillermo Cabrera Infante y Octavio Paz; entre los europeos, Juan Goytisolo, Federico Fellini, Eugène Ionesco, Czeslaw Milosz y Camilo José Cela. Pero se entiende. En la óptica del biógrafo y del biografiado, “1989 sería el año del apocalipsis”.

Aún más grave para el prestigio de Cuba fue el sonado juicio contra el general de división Arnaldo Ochoa y los hermanos Antonio (Tony) y Patricio de la Guardia, bajo el cargo de narcotraficantes y traidores a la Revolución. El oscuro episodio —al que Martin dedica un par de párrafos— salió a la luz pública en junio de 1989. Según el periodista Andrés Oppenheimer, el movimiento de droga a través de Cuba comenzó en 1986 y tuvo la bendición tácita de Fidel, hasta que los servicios de inteligencia estadounidenses detectaron una operación comprometida. Castro aprovechó entonces el momento para matar cuatro pájaros de un tiro: podía deshacerse de un enemigo potencial de peso que lo criticaba (Ochoa era uno de los comandantes supremos de la intervención en Angola, veterano de las incursiones en Venezuela, Etiopía, Yemen y Nicaragua, reconocido oficialmente como “Héroe de la Revolución”) mezclando su juicio con el de los hermanos De la Guardia, ambos amigos de Fidel y adscritos al Ministerio del Interior a cargo de otro implicado, el general de división José Abrantes. A Tony de la Guardia, su “protegido”, Fidel le había encomendado múltiples operaciones de inteligencia (como el depósito en Suiza de sesenta millones de dólares que obtuvieron los Montoneros de Argentina en 1975, producto del pago de un secuestro). Es difícil creer que el nuevo trabajo —ordenado expresamente por Abrantes— no contara, como todo en la isla, con su bendición. Pero el fin justificó los medios.
Gabriel García Márquez era amigo íntimo de Antonio de la Guardia, personaje digno de una película de acción y pintor aficionado de quien tenía un cuadro en su casa habanera. Ese mismo año de 1989 “Gabo” le había dedicado El general en su laberinto: “Para Tony, que siembra el bien.” El 9 de julio, a punto de conocerse el veredicto final, Castro visitó a García Márquez. Oppenheimer reconstruye fragmentos de la larga charla: “Si los ejecutan —habría dicho García Márquez— nadie en la tierra creerá que no fuiste tú quien impartió la orden.” Más noche, el escritor recibió a Ileana de la Guardia (hija de Tony) y su esposo Jorge Massetti (el hijo del finado guerrillero Jorge Ricardo Massetti, viejo amigo y jefe de García Márquez en Prensa Latina). Llegaban para rogarle que intercediera por la vida de su amigo. “Gabo” soltó frases como “Fidel estaría loco si tuviera que autorizar las ejecuciones”, les dio esperanzas, les pidió tranquilizarse y les aconsejó abstenerse de acudir a organismos de defensa de los derechos humanos. Pasaron cuatro días. Finalmente, la ejecución de Ochoa y Antonio se llevó a cabo el 13 de julio de 1989. Patricio fue condenado a treinta años de prisión. Abrantes a veinte, pero murió de un ataque cardiaco en 1991.
Aunque abandonó Cuba antes de la ejecución, según testimonio recogido por la propia Ileana, García Márquez asistió “a una parte del juicio, junto con Fidel y Raúl, detrás del ‘gran espejo’ del recinto de las Fuerzas Armadas Revolucionarias Cubanas”. Ya en París, en las Fiestas del Bicentenario de la Revolución francesa, comentó a Mitterrand que todo había sido “un problema entre militares”. Públicamente declaró tener “muy buena información” sobre la justificación del cargo de “traición” y observó que, dada la situación, Fidel no tenía alternativa.
Pocos meses antes de los hechos, al escribir las últimas páginas de El general en su laberinto, García Márquez había recreado a Bolívar delirando en sueños al recordar su orden de fusilamiento al bravo general Manuel Piar, mulato invencible contra los españoles y héroe de las masas. “Fue el acto de poder más feroz de su vida, pero también el más oportuno, con el cual consolidó de inmediato su autoridad, unificó el mando y despejó el camino de su gloria.” Al remate del capítulo, García Márquez pone en la boca de Bolívar las palabras de su abuelo, el coronel Márquez: “Volvería a hacerlo.”
“Ya no publico un libro si antes no lo lee el comandante”, había declarado García Márquez. Por eso, sobre el pasaje específico de Bolívar y Piar, Martin se pregunta: “¿Recordaba Castro el pasaje mientras tramaba su decisión?” Claro que lo recordaba. Pero dada la “muy buena información” que siempre ha dicho tener García Márquez sobre Cuba, y dada su cercanía con De la Guardia, las preguntas interesantes no atañen al comandante sino al escritor: ¿Ignoraba García Márquez las encomiendas secretas de su amigo Tony? ¿Consideraba acaso, al escribir su novela, la posibilidad de que sus amigos fueran capturados bajo el cargo de una supuesta “traición”?
Un ciclo muy antiguo de complicidad se cerró con esa ejecución. Había comenzado con una ejecución en el círculo íntimo del niño García Márquez (la cometida por su abuelo contra su amigo y lugarteniente Medardo, hijo de su amante) y terminaba con otra ejecución en su círculo íntimo (la cometida por el comandante en la persona de su amigo Tony, “que sembraba el bien”). Así, el escritor que adoptó desde muy joven la “moralidad política” de su abuelo, el “que con bastante sangre fría antepone la política a la moralidad”, el que vio a Castro como la “representación de su propio abuelo, el único hombre a quien no podía, no pretendería y ni siquiera querría, vencer”, había tenido que probar su teoría en carne propia. Y había aceptado el veredicto del poder.
Nunca sabremos si Castro le recordó a García Márquez el pasaje sobre la ejecución de Piar. La escena, en todo caso, le regalaba a Fidel la legitimación de la literatura. “Cualquier escritor que adopta el punto de vista totalitario —dijo George Orwell—, que consiente la falsificación de la realidad y las persecuciones, se destruye a sí mismo en ese instante.” ¿Qué pensaría Orwell de un escritor que no sólo adopta el punto de vista totalitario sino que, literalmente, lo propone?

Letras Libres Nº 97, octubre del 2009.]

14 respuestas
Comentarios

  • chavela dice:

    chavez y fidel lastimeros personajes que desprecian a sus pueblos

  • jesus bango dice:

    Eso es mentira daban 6libras de arroz no 10,20 onzas de frijoles no treinta,tres cuarto de aceite,seis huevos no diez y media libra de pollo y en un tiempo hasta tres cuarto.

  • Las dictaduras han sido el cancer de las repúblicas latinoamericanas desde la independencia. Nuestra herencia española luego de varios siglos de despotismo. El Otoño del Patriarca es una excelente descripción del personaje del dictador. Cualquiera de ellos se hubiera visto reflejado en la novela. Quizás en esa época en América Latina habían tales dictadores que el nuestro le pareció el menos malo.

  • Lori759 dice:

    Antes de salir de Cuba yo prefería a García Márquez, hoy conociendo muchas cosas sobre su persona cómplice, mi desprecio.

  • Iskan el Cubano dice:

    Ah, pero que rico escribe…

  • elberraco dice:

    Si García Márquez se acerca al déspota no es para exponer o juzgar la complejidad interior de un hombre de Estado sino para inducir compasión por un pobre diablo, viejo y solitario. El dictador es una víctima de la Iglesia, los Estados Unidos, el desamor, los enemigos, los colaboradores, las catástrofes naturales, las inclemencias de la salud, la ignorancia ancestral, la fatalidad, la orfandad. Un caso extremo: después de violar a una mujer, ella lo consuela. Otro más: la casa de retiro para los dictadores caídos en desgracia, que dedican las tardes de su exilio al dominó. La nostalgia les asegura la impunidad. La misma novela que desdibuja la realidad del poder y deshumaniza a las víctimas convierte la dictadura en un melodrama y humaniza al dictador.

  • Tomás Moro dice:

    Sigue recomendándolo. Que sea un infame como persona no quita que sea buen escritor.

  • maría dice:

    y yo recomendándole 100 años a mi hija para q siga mis pasos en la secundaria, cómo lo disfruté!….qué hago?

  • elena dice:

    Antológico.
    Gracias por el enlace.

  • MonkeyArrowHead dice:

    Dime si la mano esa de la primera foto no es la mano de Dracula?

  • Juan Anibal Trespanier dice:

    Aqui me entere tambien de que primero se habia enamorado de Omar Torrijos.

  • Juan Anibal Trespanier dice:

    Por ahi anda una de esas cadenitas en la Internet con pensamientos de este talentoso escritor colombiano y cada vez que la recibo siempre la devuelvo diciendo que Dios a veces se equivoca a quien le otorga talento como es el caso de esta cortesana del Caga-andante.

  • pedro damian dice:

    Estupendo relato. Conoci a Garcia Marquez tambien en La Habana, dejandome la imagen de un hombre de temperamento cobarde y sin escrupulos. Cosa que se ha encargado de demostrarlo siempre.