- oct 02, 2009 • 20:15h
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Por Slavenka Drakulic
“Querida Slavenka,” comenzaba la carta; una carta de dos páginas, a un espacio, escrita en ordenador. A propósito, no recuerdo haber recibido una carta escrita a mano desde Estados Unidos durante los últimos años. ”Te escribo sobre la entrevista que tuvimos en Nueva York, en abril, después de la Conferencia de Académicos Socialistas (si lo recuerdas, en un restaurantito cerca del apartamento de Gloria Steinem)…”
Lo recordaba, claro que lo recordaba. Estábamos sentadas en sillas rojas de plástico, inclinadas sobre una mesa de plástico, sujetando tazas plásticas de insípido café americano, y B me preguntó sobre la situación de la mujer en Europa Oriental, después de la Revolución de Terciopelo. También recuerdo el mapa que me vino a la cabeza: Polonia, Checoslovaquia, Alemania Oriental, Hungría, Bulgaria, Rumania, Yugoslavia también —hablamos de tal vez setenta millones de mujeres, viviendo en regiones y culturas distintas, hablando lenguas distintas, y sin embargo reducidas a un común denominador: el sistema bajo el que vivían.
Fue después de que yo hablase en la sesión plenaria de esa conferencia cuando B se me acercó. El gran auditorio de la Universidad de Nueva York (CUNY) en el centro de la ciudad estaba casi lleno. Tenía que leer un informe sobre ese mismo tema: las mujeres en Europa Oriental. Pero antes de empezar mi charla, tomé una compresa y un Tampax y los levanté, mostrándoselos a la audiencia. “Acabo de llegar de Bulgaria —dije—, y créanme, las mujeres allí no tiene ni compresas ni Tampax —en realidad nunca las han tenido. Ni las mujeres de Polonia o Checoslovaquia, mucho menos las de la Unión Soviética o Rumania. Esto que sostengo es una prueba de por qué fracasó el comunismo: porque en setenta años de existencia no pudo cubrir las necesidades básicas de la mitad de la población.”
La audiencia al principio se vio sorprendida; no esperaban esto, no en una conferencia académica donde se preveen teorías, análisis, conclusiones —palabras, palabras, palabras. Después la gente comenzó a aplaudir. Para mí, la visión de una compresa y un Tampax era la condición prenecesaria para comprender de qué hablábamos: no del hecho, generalmente conocido, de que la gente tiene que hacer largas colas para comprar comida o de que no tienen lavadoras —algo que se podía leer en Time o Neewsweek— sino de que más allá de todas las vicisitudes que implica la vida en Europa Oriental, si no pueden encontrar gasa o algodón absorbente tienen que lavar pedazos de tela ensangrentados cada mes, una y otra vez, como sus madres, sus abuelas y bisabuelas hicieron hace siglos. Para ellas el comunismo no ha supuesto ningún cambio a ese respecto.
Pero no estaba segura de que mi audiencia captase este hecho, después de todo: ante todo, eran hombres y, por algún capricho de la Madre Naturaleza, los hombres usualmente no tienen que lavar pedazos de tela ensangrentados cada mes; segundo, porque eran izquierdistas. Conozco bien a los hombres (y mujeres) de la izquierda americana. Hablar con ellos siempre me hace sentir como la peor de las disidentes, una freek de extrema derecha (o una republicana en el mejor de los casos), incluso si me considero a mí misma una honesta socialdemócrata. Por cada crítica mínima de la vida dentro del sistema en el que he vivido durante los últimos cuarenta años, me han mirado con sospecha, como si fuera una agente de la CIA (mientras que mis compatriotas, comunistas, nunca han tenido ninguna duda al respecto —¿acaso esa es la diferencia clave entre los camaradas de Oriente y Occidente?). Pero difícilmente podemos reprochárselo. Lo que les falta no es el conocimiento sobre el comunismo —estoy segura de que saben todo al respecto—, sino la experiencia de vivir en esas condiciones. Así, mientras yo hablo desde “dentro” de ese mismo sistema, ellos me lo explican sin experiencia. No pretendo afirmar que hay que ser una gallina para poner un huevo, sólo que ciertas diferencias entre estas dos posiciones es normal. Ellos ven la verdad en los esquemas, en los grandes desarrollos históricos, igual que sus camaradas orientales. Me gusta oír sus grandes discursos o leer sus largos análisis después de visitar brevemente nuestros pobres países, donde se reúnen con las mentes más brillantes que el establishment puede ofrecerles (probablemente hablando inglés). Me gusta la manera en que se sorprenden o irritan cuando la comida es demasiado grasosa, no hay agua caliente en su hotel, no pueden comprar Alka-seltzer o aspirina, o su avión se retrasa. Pero sobre todo me gusta la inocencia de sus preguntas. Sentada en aquel restaurantito de la Calle 75 junto a B, resentí las preguntas que me hacía, la forma en que me las hacía, como si no entendiese que las compresas sanitarias o los tampax son metáforas del sistema y la realidad de las mujeres viviendo en Europa Oriental. O como si ella misma no fuera una mujer —delgada, alta, de aspecto inteligente y, sorprendentemente vestida con estilo. Sintiendo la resbalosa taza plástica en mi mano, se me ocurrió que sus preguntas eran como ella: fría, artificial, resbalosa, sin contacto con mi realidad.
“Lamento haber tardado tanto en ponerme con contacto contigo. Estuve en Berlín este verano,” continuaba la carta. “Ahora estoy preparando un proyecto más amplio sobre las mujeres y Europa Oriental, intentando recopilar una antología en torno a este tema. Ya hay un editor que ha expresado su interés. Espero que sea algo más que una mera descripción de los sucesos, un análisis sobre las mujeres y la democracia, la esfera pública, la sociedad civil, la modernización, etc… Una aproximación desde la Critical Theory”
Recogí esta carta de mi buzón de camino a la oficina (junto a mi factura de American Express, que no quería abrir porque sabía que me irritaría). “Ha pasado algunas semanas en Berlín —pensé en el tranvía— ¡y ya está haciendo una antología!” Que fácil, que increíblemente fácil le resulta todo; hasta tiene un editor. Las mujeres de Europa Oriental rara vez existían como tema, especialmente para los izquierdistas. Y ahora, lo que se pretende es nada menos que una “aproximación Crítico-Teórica.” Admito que esa carta me irritó mucho más que lo que hubiera podido hacerlo la factura de American Express. Siguiendo sus instrucciones, tenía que escribir “algún artículo específico sobre las mujeres en Yugoslavia, que tratase sobre el tipo de intervenciones que las mujeres han hecho en el discurso público, por ejemplo sobre el aborto, el control de la mujer sobre el cuerpo femenino, qué tipo de influencia tienen las mujeres en el discurso público en torno a estos temas y qué tipo de influencia tienen los medios de comunicación no feministas sobre los temas femeninos ahora.”
Leyendo eso no pude evitar reírme en voz alta. Algunas personas volvieron sus cabezas sorprendidas, pero no paré de reírme. ¿Influencia de la mujer en el discurso público? Dios santo, ¿qué quería decir? A duras penas existe ningún discurso público, excepto sobre política. Las mujeres no tienen ninguna influencia, apenas si tienen voz. Toda la prensa es no feminista, no existen medios de comunicación feministas. Todo lo que podemos hacer es hablar de la ausencia de influencia, de voz, de debate, de movimiento feminista. “¿Las mujeres en Yugoslavia defienden la tesis `esencialista´, por ejemplo, de que las mujeres son diferentes de los hombres o es una cuestión de elección?” leí en su carta, con renovado asombro. Con cada una de sus palabras, los Estados Unidos se alejaban cada vez más, hasta casi desaparecer de mi horizonte. ¿Defender qué? ¿Defender dónde? De alguna manera, a pesar de sus buenas intenciones, me sentí atrapada por su carta, por las opiniones ahí expresadas, como una cobaya en un laboratorio científico. Sentada en su oficina de la universidad, con un librero lleno de libros sobre marxismo, feminismo y teoría crítica al alcance, B me pregunta sobre la discusión del `esencialismo´ en Yugoslavia. Puedo imaginarla, con sus blue jeans usados y su camiseta de moda, con su pelo negro bien recortado, luciendo más joven de lo que es (aerobics, macrobiótica), sentada en su computadora y escribiendo esta carta, estas mismas palabras que —leídas en un tranvía de Zagreb diez días más tarde— suenan tan absurdas que me río aún más, como si estuviera leyendo muy buenas noticias. “No querida B, no discutimos esta materia,” contestaré en mi carta. “No es cuestión de escoger, sencillamente no importa en absoluto ¿Ves? Y no puedo contestar a tus preguntas, porque todas están equivocadas.”
Pero si ella no nos entiende, ¿quién lo hará? ¿Cómo mostrarle a qué se parece nuestra vida, la vida de las mujeres y las feministas? Tal vez en vez de respuestas, podría ofrecerle algo más. Supongamos que en mi mente existiese un álbum con miles de retratos, fotos, imágenes, pinturas, instantáneas, collages. Y supongamos que puedo mostrarla algunas de ellas.
Es el otoño de 1978 y ocho de nosotras estamos sentadas en la habitación de Rada en la Plaza de las Víctimas del Fascismo en Zagreb. Hace un poco de fresco porque hay un balcón abierto, pero el problema es que Rada odia el tabaco y sin embargo todas fumamos excitadas —incluso Rada. Acabamos de regresar de Belgrado, de la primera conferencia internacional feminista, “Camarada Mujer,” donde nos habíamos reunido por vez primera con las famosas feministas de Europa Occidental, Alice Schwarzer, Christine Delphy y Dacia Maraini. Pensábamos que eran demasiado radicales cuando nos dijeron que habían sido acosadas por nuestros hombres en la calle. Nosotras ni lo notábamos. O cuando hablaron de que llevar tacones altos era un signo de la subordinación de las mujeres; nosotras los llevábamos e incluso nos gustaban. Recuerdo cómo cotilleamos sobre sus pelos grasientos, la ausencia de sostenes, de maquillaje. Pero todo eso no nos detuvo a la hora de decidir formar nuestro propio grupo, el primer grupo feminista de Yugoslavia. No sabíamos cómo organizarnos; parecía incluso imposible. Primero hablamos. Después publicamos algunos artículos —nada importante, desde luego. En cuestión de días fuimos atacadas por la organización oficial de mujeres, la Conferencia de Mujeres, por políticos, profesores universitarios, famosos columnistas, por importar ideología extranjera.
Así descubrimos que una feminista no es tan sólo una devoradora de hombres; aquí es una enemiga del Estado. Algunas de nosotras recibimos cartas amenazadoras. Algunas se divorciaron, acusadas de descuidar sus familias. Un maniaco irrumpió en el departamento de mi amiga (convencido de que podía comprenderla); un escritor escribió una historia porno sobre dos de nosotras, feministas. Las mismas mujeres nos acusaron de ser elitistas. Un hombre quiso encadenarme en la plaza central; alguien escupió en mi puerta cada noche, durante años… Por otra parte, cada vez más mujeres se nos unían, acudiendo a nuestras reuniones mensuales, participando en discusiones, formando sus propios grupos —un centenar, tal vez, al comienzo. Pero ser una de las pocas feministas hace doce años era un oficio muy solitario. Sentada en la habitación de Rada y haciendo planes, era bueno que no lo supiéramos entonces.
Doce años después, cuando estaba en Varsovia en 1990, Jola me llevó a una habitación similar. De hecho parecía una replica de la de Rada, incluso si esta no estaba en el apartamento de un embajador, con pinturas originales, antigüedades y jarrones Ming por todas partes. Estaba en un rascacielos en alguna parte de las afueras de la ciudad, pero la atmósfera era la misma: nueve mujeres jóvenes y sus aspiraciones. Les pregunte por qué se habían unido al grupo. Una —maestra, alta, casada, sin hijos— contestó en broma: “Porque mi esposo siempre me interrumpe cuando hablo. Es difícil reconocer la discriminación cuando vives con ella.” Aún no saben como organizarse, pero saben que el feminismo tiene que ver con los prejuicios, con la misma mujer. Tres de ellas ya habían participado en la organización de las primeras manifestaciones contra la ley anti-aborto propuesta por el parlamento polaco en mayo de 1989. Una vino por primera vez aquella misma tarde. Cuando piensas en el feminismo en Polonia, puedes contar las mujeres con los dedos de una mano: Ana, Malgorzata, Stanka, Barbara, Renata, la gente de esta habitación. “Puedes reírte de nosotras, pero somos la Unión Feminista Polaca,” dice Jola. “Es duro. Las mujeres no toman iniciativas aquí; esperan que alguien resuelva sus problemas, eso es muy típico de la mujer polaca.”
Aquella tarde, en su apartamento, aún en Varsovia, Ana saca un libro de su estantería, un ordinario volumen en rústica, bastante grueso. Parece viejo, porque está gastado y de alguna manera ajado. Pero no es ordinario. Puedo decirlo por la manera en que lo manipula cuidadosamente, como algo único. “Este es el libro de que te hablé,” dice, sujetando la Antología de textos feministas, una colección de ensayos de las primeras feministas americanas, “el único libro feminista traducido al polaco.” El único legible cuando estás aburrida y cansada de leer sobre las feministas devoradoras de hombres, matadoras de hombres, de Occidente, pienso al mirarlo, imaginando cuantas mujeres habrán leído este ejemplar. “A veces me siento como si viviera en Júpiter, entre jupiterianos, y un día, por casualidad, descubro que pertenezco a otra especie. Y lo descubro con este libro. ¿No es fantástico?”
Me recuerda a Klara. En la habitación de Klara en Budapest hay una pequeña estantería con veinte libros similares. Ha coleccionado más porque es traductora de inglés y viaja a Londres de vez en cuando. “Leí estos libros cuando estaba cansada y deprimida de mi vida cotidiana, de la lucha para sobrevivir y mantener la cabeza por encima del agua a pesar de todo. En esos momentos sencillamente cierro la puerta —dejando fuera mi trabajo, dos niños, los precios altos, fuera, sin hombres— y leo a Kate Millett, Betty Friedan, Susan Brownmiller. Es como leer ciencia ficción, un escape de la realidad. Es muy difícil ser una mujer aquí.”
Veo eso mismo cuando visito a la novelista Erzsébet. Es una mujer delgada, callada, y aunque ha escrito cuatro novelas, muy insegura. Hablamos. Su marido —otro novelista y periodista— está sentado allí, bebiendo vodka y pretendiendo que no está interesado en una discusión sobre la mujer en Hungría. “Tengo suerte —dice ella— no tengo que trabajar.” Cuando le pregunto su opinión sobre el feminismo, se detiene. “No entiendo lo que quieren esas mujeres,” me responde, mirando de reojo tímidamente a su esposo. En este momento él ya no puede contenerse más: “¿Quiere saber quién, en mi opinión, fue la primera feminista?” me pregunta, como si su argumento fuera tan poderoso que pudiera persuadirme para siempre contra el feminismo, su cara está ya roja de vodka y cólera mal escondida. “Le diré quien fue: Safo de Lesbos.” Veo a Erzsébet sonrojarse, mientras juega nerviosamente con su vaso. Pero no dice ni una palabra.
En un club oscuro de Sofía, lleno de humo. Kristina se sienta frente a mí. Parece desilusionada. Sus palabras son amargas y me habla sobre un cuestionario que mandó hace algún tiempo. “Escribí cien cartas, preguntando a mujeres si creían que necesitábamos una organización feminista en Bulgaria. Todas contestaron que sí la necesitábamos. Pero también les pregunté si estaban preparadas para unirse a esa organización, e imagínate, sólo diez de cien me contestaron de forma positiva.” Le hablé de las ocho que éramos en Zagreb, sobre Jola y su grupo en Varsovia, sobre Enikö y su grupo de treinta estudiantes en Szeged —el primer grupo feminista en Hungría. Eran siete al comenzar. “¿Diez mujeres de cien?” dije. “Te está yendo de maravilla.” “¿Eso crees?” dice, animándose un poco. “Entonces tal vez merece la pena intentarlo.”
“Querida B,” escribiré en mi carta a los Estados Unidos, “vivimos rodeadas de tiendas porno recién abiertas, revistas pornográficas, shows pornográficos, streap teases, desempleo y pobreza galopante. En la prensa llaman a Budapest “la ciudad del amor, el Bangkok de Europa Oriental.” Las mujeres rumanas se prostituyen por un dólar en las ciudades fronterizas de la frontera rumano-yugoslava. En medio de todo esto, nuestros gobiernos nacionalistas antiabortistas amenazan el derecho a abortar y nos dicen que nos multipliquemos, dando luz a más polacos, húngaros, checos, croatas, eslovacos. Tal vez estemos hasta asustadas de llamarnos a nosotras mismas feministas. Muchas mujeres aquí ven al movimiento como “un mundo sin hombres,” un mundo de lesbianas, que no comprenden y no pueden aceptar. Y definitivamente, no tenemos respuestas para ti. ¿Una aproximación desde la Critical Theory? Tal vez dentro de diez años. Mientras tanto, ¿por qué no intentas pedirnos otra cosa?”
*El ensayo “A letter from the United States—The Critical Theory Approach” forma parte del libro How We Survived Communism & Even Laughed.
Traducción: Juan Carlos Castillón.





Me gusta como esta escritora habla de países comunistas y de comunismo. Nada de castrismo ni castrofascismo ni totalitarismo fascista, COMUNISMO y COMUNISTAS. A las cosas, por sus nombres propios.
Busco un adjetivo para definir el sentimiento q me dejo esta lectura y no lo encuento, solo quisiera tener frente a mi a esta escritora y darle un fuerte abrazo, solamente. Gracias
[...] —Una carta desde Estados Unidos [...]
Estupendo, magnífico. Lo único que me interesa del castrofascismo es el cuerpo de la mujer. Intenté expresarlo en La nada cotidiana y en Te di la vida entera. Gracias por publicarlo, gracias a Juan Carlos Castillón por la traducción. Saludos.
El retrato de los “progres” universitarios de Occidente es genial.
Es como una enfermedad que ha contagiado a todos.
Me recordo un encuentro con un programador africano trabajando para Motorola: me quiso explicar porque el sistema en Cuba era bueno!!!!!!
Muy buena la lectura de éste libro, gracias por traducirlo. Muchas veces y no solo en Cuba, nos sentimos como ella describe la vida de las mujres. Pero en las difíciles condiciones de un país pobre, aún más. Casi sin explicaciones se llegan a las mismas conclusiones que las mujeres polacas, húngaras y yugoslavas de ésa época. Y pensar que pasábamos por lo mismo y no se sabía nada de ambos mundos. También es cierto el exceso de investigación en las circunstancias sociales de las personas. Gracias por éste maravilloso momento de reflexión.
Me gusto mucho el fragmento. Encargue el libro. Bien baratico usado en amazon.com
Me alegro que le guste, sonora. No se pierda el segundo, que sale esta noche…
Están mandados a traducir pensando en mis amigas blogueras de Cuba, y también en otra gente, como usted, que llevan tiempo rondando estos temas.
estupendo, y ni hablar de la traducción. gracias.